10. RETENU #6
Tras los carros, que cruzaron imparables las puertas como si se tratara de una fuerza de la naturaleza, irrumpieron al cabo de poco espacio de tiempo miles de hombres a pie, alzando lanzas y hachas y gritando igual que fieras salvajes.
La muchedumbre de guerreros semejaba un río: fluía y estrechaba su caudal al cruzar por la angostura de la puerta de la muralla, para luego expandirse desbocada y ocupar en oleadas las calles de la ciudad.
En ellas aún se hallaban los habitantes de Šumur, sin tiempo de haber buscado refugio puesto que la voz de alarma murió casi al instante de nacer en la muralla, Allí, desde su elevada posición, los medjay , excelentes arqueros, hicieron blanco en los invasores, cosa en absoluto difícil ya que los había por todas partes.
Sin embargo, ellos mismos estaban condenados a morir, puesto que no tenían más salvación que ocultarse en el interior de los bastiones y por estos ya subía una turba de hombres armados.
Lupakki estaba a la cabeza de uno de los grupos que accedió a lo alto de los muros.
Apenas asomó por el bastión encogió el cuerpo para esquivar la flecha que sabía que alguien le dispararía nada más verle, y oyó al hombre a su espalda gemir y desplomarse.
Lupakki se abalanzó contra el arquero y con una finta lo sujetó por los muslos y lo arrojó al vacío.
Su cuerpo cayó desde una altura de quince codos y se estrelló en el suelo.
Los otros medjay , conscientes de la estrechez del lugar y la dificultad de disparar flechas de modo simultáneo, soltaron los arcos y se encomendaron a las espadas.
Lupakki no había visto nunca ese tipo de arma: la hoja era larga y después de un tramo recto describía una curvatura, a semejanza de una hoz.
La de Lupakki en cambio era una malatti forjada por su abuelo antes de que él naciera, una espada de doble filo recta y de factura magnífica.
Dos de ellos quisieron asestarle un golpe sobre la cabeza; él hizo rodar su cuerpo hacia delante y le abrió a uno la barriga de abajo arriba al tiempo que hundía en el costado del otro el puñal que llevaba en la otra mano.
Aún quedaban más soldados medjay sobre el adarve, pero no parecía que eso le preocupara; a decir verdad, su rostro no mostraba emoción alguna.
Los hombres que lo habían acompañado a lo alto de la muralla permanecieron atentos y a la espera, aunque por experiencia sabían que el hijo del herrero nešili no iba a necesitar la ayuda de nadie.
Para Idrimi todo aquello era un error. La decisión de atacar Šumur quizá había sido tomada por el deseo de batirse cuanto antes con los kemetyu , o tal vez para poder añadir un nombre más, sin duda el más importante, a la larga lista de ciudades y aldeas amorreas saqueadas.
Miraba su entorno mientras se movía, espada en mano, rodeado de guerreros que entraban en las casas, las prendían fuego, sacaban a rastras a sus propietarios y los degollaban como si fueran corderos para un sacrificio.
Vio a su derecha a la sobrina de Gurpa, arrebatada por la excitación, abrirle la cabeza a un hombre con su honda, y al marido de esta cortar una mano a alguien tumbado en el suelo.
Pero estaba seguro de que, siquiera desde un punto de vista estratégico, la decisión no había sido buena.
Era estúpido obligarse a retroceder para llevar a cabo un ataque innecesario.
¿Cómo sabían que la guarnición de Šumur les hubiera cerrado la retaguardia en el caso de haber tenido que huir del ejército del faraón?
¿Tan poderosa era esa guarnición? Habría bastado con infiltrar a alguien dentro de la ciudad para averiguar cuán numerosa era.
En cualquier caso, ¿no hubiera sido conveniente planificar mejor el ataque?
El sudor y la sangre salpicada se le colaban a Idrimi por las comisuras de los labios, y su familiar sabor salado actuaba como una poción que lo espoleaba a seguir la estela de destrucción que los suyos esparcían por doquier.
Pero no podía evitar la sensación de estar despertando a un gigante al que más adelante solicitarían asilo cuando llegaran a la tan pregonada «tierra amada».
Era absurdo. Ya había sido un milagro lograr el acceso al interior de la ciudad como lo habían hecho; podrían haberse encontrado las puertas y postigos de la muralla cerrados y verse condenados a un asedio largo y penoso.
Muchas cosas podían salir mal y las consecuencias amenazaban con ser desastrosas.
«Atacar a un gigante dormido», se repitió a sí mismo: eso era lo que estaban haciendo.
Estaban declarando la guerra a Kemet. Mordiendo la mano a la que luego pedirían alimento.
Cometiendo una temeridad digna del más patán de los hombres.
Pero Idrimi sabía que Gurpa no era ningún patán. Frunció el ceño.
—¿Qué estamos haciendo?
Subaru oyó la pregunta en voz alta de Idrimi. Cuerpo sudoroso, puñal y hacha ensangrentados, ojos desorbitados, respiración acelerada… Subaru parecía enajenado.
—¿Qué? Buscar dónde se alberga la guarnición militar. ¿No son esas las órdenes?
«Sí, esas son las órdenes», pensó Idrimi. De hecho, ese era el único propósito del asalto a Šumur.
—Quizá si se lo preguntamos a estos pobres desgraciados en lugar de matarlos, acabaríamos antes.
Pero Subaru ya se había alejado hacha en mano, guiado por su propio delirio.
Idrimi lo vio entrar en una especie de establo y decidió seguirlo; a buen seguro que allí no estaría alojada la guarnición militar, pero tenía todo el aspecto de ser un lugar ideal para sorprender al impetuoso Subaru.
Entró en el cobertizo de madera. El interior parecía ausente a la locura que reinaba en las calles: todo estaba en calma y silencio.
Había paja y suciedad por todas partes, y olía a estiércol; vio correajes tirados por el suelo, comederos para las bestias junto a un lado y hoces, azadas, bieldos y otros útiles de labranza apoyados contra la pared.
En efecto, aquello era un establo pero no había animales.
Idrimi supuso que alguien los habría liberado o trasladado a otro lugar temiendo que fueran masacrados, o bien estos se habían escapado.
Buscó con la vista a Subaru sin éxito. Entonces oyó ruidos en una sala que se abría al fondo, en lo que parecía una especie de patio.
También oyó a su espalda pisadas sobre el heno.
Se giró y descubrió a un hombre que se movía detrás de él; se había hecho con una de las herramientas del rincón, una enorme hoz cuyo mango sujetaba con ambas manos.
El hombre era corpulento y parecía asustado y excitado a partes iguales.
—No quiero pelear contigo —le dijo Idrimi, y en seguida se percató de lo absurdo que sonaban aquellas palabras—. Estoy buscando a alguien que ha entrado aquí.
El hombre no respondió.
—¿Entiendes lo que te digo? No voy…
El instinto le llevó a echar el cuerpo hacia un lado y la hoja de la hoz silbó a escasa distancia de su cara.
Idrimi estuvo a punto de irse al suelo pero mantuvo el equilibrio.
Entonces vio agazapado tras una tinaja a un niño de no más de diez años, temblando de miedo.
Pero su atención hubo de regresar con rapidez al hombre que tenía delante.
Idrimi no era especialmente fuerte, pero acumulaba ya una larga experiencia en el manejo de armas y también sabía defenderse con sus propias manos.
La teoría le decía que debido a su envergadura la hoz era efectiva si el portador se mantenía a cierta distancia del oponente, y en cambio en una pelea cuerpo a cuerpo se convertía en un estorbo.
Como si pretendiera poner a prueba ese razonamiento, el hombre se lanzó de forma precipitada sobre Idrimi con la hoz por encima de la cabeza.
Él interpuso la espada en el recorrido descendente de la herramienta y las dos hojas rechinaron al chocar la una con la otra.
La espalda de Idrimi topó con violencia contra el suelo y él sintió sobre su cuerpo el peso del otro hombre.
Enseguida se percató de que no podría resistir el empuje: sus brazos no eran ni la mitad de fornidos que los de su rival, que además estaba encima y se ayudaba con el peso de su cuerpo.
Idrimi sujetaba la hoja de su arma con la mano izquierda y el filo comenzó a abrirle la carne.
Apretó los dientes y reprimió un gemido.
De pronto sonó un golpe sordo y apagado, y el hombre dejó caer su cabeza sobre la de Idrimi.
El empuje y la presión de los brazos se desvanecieron; Idrimi apartó su cuerpo y se zafó del peso del otro, quien parecía haber perdido las ganas de matarle.
Entonces Idrimi se dio cuenta de que el hombre tenía un enorme tajo en el cuello, a través del cual la sangre manaba a borbotones.
Otro brutal hachazo acabó de separarle la cabeza del tronco; el rostro de Idrimi se tiñó de rojo ante la violencia del impacto.
—¿Estás herido?
Era Subaru quien le preguntaba. Soltó el hacha y lo ayudó a levantarse.
—Por los dioses… —murmuró Idrimi—. Has podido cortarme la cabeza también a mí…
A Subaru se le escapó una risa nerviosa.
—No te preocupes, sé lo que hago.
Idrimi cerró en un puño la mano herida y se la sujetó con la otra.
Ambos caminaron hacia el exterior, dejando atrás el cuerpo del hombre decapitado cuyos ojos sin vida los miraban alejarse.
Idrimi sintió entonces una terrible punzada en la espalda.
Perdió el resuello y se volvió, y notó otro pinchazo aún más doloroso en el estómago.
El niño no se quedó a esperar su reacción, soltó el puñal y corrió a ocultarse mientras las rodillas de Idrimi se doblaban.
—¡Maldito crío! —gritó Subaru.