Fuego y bronce 10. RETENU #5
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10. RETENU #5

—Erita ya no es esclava de nadie. Es mi mujer. Y dejemos de hablar de ella: quiero saber a qué he venido.

—¡Ja, ja! ¿Y me lo preguntas a mí? —dijo, mesándose la barba trenzada—. Estás aquí porque tú y yo estamos destinados a hacer grandes cosas juntos. Yo cada vez soy más viejo, es verdad, pero ya descansaré cuando me muera. Escucha.

Y Eumetas empezó a explicarle a su sobrino que Kupirijo no era más que una isla, y una isla nunca podría ser más grande de lo que el mar le permitía serlo: gobernar en ella era como hacerlo en el interior de una vasija.

En cambio, en tierra firme no existía otra frontera que el fin del mundo, si es que el mundo tenía fin.

—¿Me estás diciendo que quieres gobernar el mundo? —preguntó Kerkios sin comprender nada. Eumetas volvió a reír.

—Ojalá los dioses lo hicieran posible, pero me conformaré si me permiten hacerme con el país más poderoso que se asoma al mar: Akupitija.

Incrédulo, Kerkios escuchó por boca de su tío cosas que ya sabía y otras que le costó creer.

Que el mundo en el que al parecer Eumetas anhelaba entronizarse se había derrumbado al norte, sur, este y oeste de ese mar por el que Kerkios navegaba y en cuyas islas y costas compraba y vendía cuentas y abalorios, tan despreocupado del desastre como lo estaría un niño.

Que Ḫ atti ya no existía, al igual que las ciudades de Akhaia, y todo su territorio era pasto de la anarquía.

Que Aššur y los reinos orientales miraban expectantes el caos de occidente con sus espadas afiladas.

Que en Amurru, Kin ā na, Nu ḫ ašše y toda la zona de levante, señoreaban los akhlamu , los sutu , los aramu , los ḫ abiru , los shasu , los habbatum y una infinidad más de tribus nómadas en el más absoluto descontrol.

Que el reino occidental de Labu se había instalado en una inestabilidad perenne, ansioso siempre por cruzar las lindes arenosas que lo separaban de Akupitija.

Que el Señor de las Dos Tierras bastante tenía con contener a unos y otros repartiendo guarniciones entre sus fuertes fronterizos, distribuidos a ambos lados del delta.

—¿Y ese mundo caótico es el que te interesa, Eumetas?

—El mundo es al mismo tiempo mejor y peor de lo que te imaginas, Kerkios. Y como te he dicho, yo solo voy tras Akupitija. No me preocupa que me mires así; también tenías esa mirada antes de convencerte de conquistar Kupirijo. Puede hacerse, te lo aseguro. Tengo un aliado poderoso.

Eumetas le habló de los nómadas del norte, una horda de salvajes que avanzaba de forma inexorable por la costa de Amurru y Amki y que pronto llegaría a los dominios del faraón. Le contó el plan, la combinación de un ataque por tierra y otro por mar, el debilitamiento del faraón…

—¿Has pactado con esas bestias? ¿Como hiciste con aquellos salvajes que asolaron Puro? ¿No te cansas de cometer siempre el mismo error, Eumetas?

—Esta vez saldrá bien, lo sé. Estoy seguro.

Kerkios tardó en asimilar todo aquello. ¿Qué significaba su presencia allí? Eumetas seguía hablando y, de pronto, a Kerkios todo le pareció un desvarío, un disparate. Un delirio de su tío. Y él había acudido raudo como un perro, trayendo además consigo a su mujer y su hijo.

—¿Y qué hay de Afareo? Le tienes a él, a mí no me necesitas.

Eumetas frunció el ceño, en un gesto que no solía hacer.

—¿A qué estás jugando, Kerkios? —dijo con rabia—. Por los dioses del mar, eres como un hijo para mí. ¿Por qué te empeñas en mostrarte distante? Afareo es… un advenedizo surgido de la nada, además de un hombre egoísta y peligroso.

—Egoísta y peligroso son palabras que también encajan bien contigo, Eumetas —se burló Kerkios, y a su tío pareció no hacerle gracia—. Pero no sé qué te preocupa: siempre os habéis llevado muy bien Afareo y tú.

—¿Noto algo de resquemor en tus palabras? Pues te aseguro que ya no. Maldita sea, cuando le expliqué lo que te acabo de contar, ¿sabes lo que hizo? Cogió todos los barcos que pudo y desde entonces se dedica a atacar las ciudades costeras de levante.

—¿Y qué, Eumetas? ¿No es a eso a lo que se supone que te dedicas tú también?

Eumetas miró con infinita paciencia a su sobrino y suspiró con cierta irritación.

—Estás cansado, Kerkios. O tantos años yendo de mercado en mercado te han atrofiado la mente. Mañana seguiremos hablando y te mostraré algo que te ayudará a entender. Ahora ve con tu esposa amorrea.

Erita estaba sentada en una especie de yacija grande, en una habitación con las paredes cubiertas de pieles. Una antorcha junto a la entrada iluminaba el lugar. Muballit daba vueltas por la estancia con la curiosidad de un gato.

La repentina oscilación de la llama sobresaltó a Erita. Era Kerkios.

—¡No me dejes sola nunca más! ¡No lo hagas!

Corrió hacia él y lo abrazó, y él le prometió lo que ella le pidió sabiendo que difícilmente podría cumplirlo.

—Erita, crees que no te comprendo pero no es así.

Sé que estar con los míos, con mi tío, te hace recordar y sentirte como…

—buscó la manera de decirlo sin herirla— como si fueras de nuevo un botín de guerra.

Pero no lo eres, Erita. Eres mi esposa. Creí que eso ya había quedado atrás.

Por los dioses: en Kutira todos tus vecinos eran akhaios como yo.

—Pero había algo que teníamos en común y solo por eso pude soportarlo: ellos pasaron por lo mismo que pasé yo. Su ciudad fue destruida y perdieron a sus familias. Por culpa de personas como tu tío.

«Y como yo», pensó Kerkios. Muballit se acercó a ellos.

—¿Qué te pasa, mamá? ¿Estás triste?

Se abrazaron los tres y se estiraron sobre el jergón, y dejaron que sus pensamientos, el cansancio del viaje y el sueño los venciera.

En el estrecho adarve delimitado por el doble pretil de la muralla, varios hombres de piel oscura paseaban sus lanzas y escudos de un lado a otro con aire displicente.

Pertenecían a las tribus nómadas de los medjay , originarias de la tierra de Ta-seti, al sur de Kemet.

El hastío los hacía bostezar, de tanto en tanto se apoyaban en la áspera piedra arenisca de las almenas y conversaban en su propia lengua, una que jamás usaban en presencia de sus superiores kemetyu .

El grupo de medjay estaba destinado en una de las dos compañías de que constaba la guarnición militar acantonada en Šumur, a más de cien bêru de distancia de su hogar.

Sus antepasados habían sido hombres afortunados: fueron prisioneros de guerra y, en lugar de ser ejecutados y sufrir sus cuerpos la amputación del miembro viril, se les permitió formar parte de la tropa del faraón como mercenarios.

Varias generaciones después sus descendientes estaban ya integrados entre los kemetyu en unidades del ejército y, gracias a su habilidad como arqueros, incluso gozaban de cierto prestigio.

Pero a veces los medjay eran enviados a destinos poco apetecibles; Šumur era uno de ellos.

Los largos períodos de inactividad en la ciudad amorrea sumados a la humedad y el calor sofocante, y lo peor de todo, con los mosquitos como enemigo imposible de derrotar, destrozaban los nervios del más templado y convertían la fortaleza en una especie de lugar de castigo.

Ni siquiera los atacaban las tribus nómadas, que preferían llevar a cabo su actividad en tierras del interior y pocas veces se atrevían a aventurarse tan cerca de la costa, quizá recordando el triste destino de aquel Abdi Aširta que pagó cara la osadía de coronarse en Šumur.

Por eso su reacción fue lenta y tardía cuando divisaron una muchedumbre que apareció de forma repentina, recortándose sobre la colina que se distinguía a no mucha distancia de la muralla.

La árida superficie del montículo se cubrió en un instante de hombres y carros que avanzaban a toda velocidad hacia los muros de la ciudad.

Los medjay adivinaron, antes de poder constatarlo con sus propios ojos, que los carros no eran de mercancías y que los hombres que corrían no portaban en las manos cayados sino armas.

El medjay al mando se apresuró a llegar al puesto de guardia y avisó a voz en grito al oficial; este miró por la tronera y luego salió al adarve, y comprobó que estaban a punto de sufrir el primer asalto desde que él fuera destinado a la ciudad.

Despachó un emisario que avisara con urgencia al hery-pedjet , el comandante de toda la guarnición; otro mensajero partió hacia la residencia del gobernador para informar del ataque; y un tercero se precipitó escaleras abajo del puesto de guardia mientras gritaba que cerraran las puertas de la muralla.

Tan solo pudo vocear la orden una vez; en el segundo intento las palabras murieron en sus labios, extinguidas por una flecha que le atravesó el corazón.

Los primeros carros ya habían irrumpido dentro del perímetro de la muralla, cruzando los enormes batientes que nadie había tenido tiempo de cerrar.

Gurpa había sugerido que un arquero y un auriga por vehículo serían suficientes para perpetrar el ataque; así los carros ganarían en velocidad, lo cual era esencial si pretendían garantizar la sorpresa del ataque.