10. RETENU #4
—Estoy seguro de que el a ḫḫ iyawa de Ugarit acertó en algo de lo que dijo: es inevitable que nos enfrentemos a los hombres del faraón.
Nos dirigimos a su tierra, así que tarde o temprano sucederá.
Bien, hagámoslo ya, aquí y ahora, cuanto antes.
La espera genera temor e incertidumbre entre los nuestros, así que acabemos con eso de una vez.
Si nos derrotan todo terminará, pero habremos luchado con honor y sin miedo.
Si en cambio vencemos nosotros, entonces será el faraón quien tendrá que comenzar a temernos.
Idrimi esbozó una sonrisa extraña, una mueca que combinaba dosis de optimismo y esperanza, pero también de indulgencia y resignación. Tomó de nuevo la copa y la alzó.
—Brindo por eso, Gurpa. —Los tres chocaron las copas y bebieron el licor, que les supo áspero y agridulce—. Pero atendedme un momento. Quizá también te parezca que es el miedo lo que me hace pensar esto, Buzazu, pero aun así os lo diré.
Buzazu y Gurpa escucharon con atención las palabras de Idrimi.
Más tarde, Gurpa convocó con urgencia a los cabecillas y les explicó la situación.
El debate fue largo, se escucharon algunas voces en contra esgrimiendo argumentos similares a los expuestos por Idrimi, pero hubo muchas más opiniones del lado de Gurpa.
Antes de disolver la reunión, se acordó no demorar el asunto y partir al amanecer. La suerte estaba echada.
Poco después, Gurpa pudo al fin retirarse a descansar.
Introdujo su enorme cuerpo en el carro donde ya haría tiempo que dormían Lamass ī y el pequeño P ū sukš ē n.
Sin embargo, descubrió que el niño no estaba y supuso que aquella era una de las muchas noches que P ū sukš ē n prefería dormir en el carro de su abuelo y la hija de Azzari.
Se desvistió y procuró no hacer ruido cuando se tumbó junto a Lamass ī ; respiró profundamente, sacudiéndose así el cansancio acumulado durante todo el día.
Sintió deseos de abrazarla y pensó que tal vez aquella sería la última noche que pasara con ella, pero no quiso despertarla.
Aun así Lamass ī notó su presencia y el fuerte olor a šikaru que aún despedía su boca.
Se giró y, como si le hubiera leído el pensamiento, se abrazó a él. Ambos tardaron en dormirse.
El amanecer del día siguiente fue duro para todos.
Las despedidas se multiplicaron por doquier.
No hubo lágrimas, pero sí tristeza teñida de esperanza en el reencuentro.
Los ligeros carros de guerra se pusieron en marcha, y con ellos una multitud de jinetes y varios miles de hombres a pie que portaban lanzas, escudos, hachas y espadas.
—Tú decides, Kessi —le había dicho su hermano tras explicarle el motivo de la escisión del grupo en dos partes.
Por sugerencia de Idrimi, las huestes marcharían contra Šumur pero no había razón para desplazar hasta allí la caravana con la impedimenta.
Supondría poner en peligro a los no combatientes de modo innecesario; por eso era mejor que aguardaran su regreso allí, en la ribera del Arantu.
Se quedarían los carros de bueyes y ruedas macizas, las tiendas de piel, el ganado, los fardos, las provisiones, los ancianos, los niños y las mujeres.
—De igual forma nos pones en peligro —había respondido Kessi—. Si te llevas a todos los que pueden empuñar un arma, estaremos indefensos hasta que volváis. Si es que podéis volver.
—Serán solo cinco o seis días, no más. Y volveremos. Haz lo que quieras, pero creo que es mejor que tú te quedes para proteger a los tuyos.
—Hazlo, Kessi —le había dicho también su padre—. Si alguien nos ataca, yo ya no puedo empuñar un arma. Tú sí. Velarás por mí y por tu nieta. Y por la familia de tu hermano.
—No necesitáis convencerme, maldita sea—farfulló Kessi.
Y el grueso de hombres partió en dirección oeste para recorrer los menos de cinco bêru que los separaba de la ciudad fortificada de Šumur.
Siempre habían presentado batalla con la intención de obtener un botín, pero en esta ocasión la finalidad era puramente estratégica.
Aquello no gustó a muchos, y se escudaron en ese argumento para ocultar el temor que sentían de enfrentarse por primera vez a los temibles soldados kemetyu .
La travesía hacia el este era larga pero a Erita se le hizo demasiado corta.
Cada día aparecía el sol por la proa señalando el camino y sin darse apenas cuenta llegaba el anochecer, cuya oscuridad se esfumaba con rapidez ante un nuevo amanecer.
No miró ni una sola vez hacia delante; durante todo el trayecto mantuvo los ojos puestos en el mar que quedaba atrás y la estela blanca que a su paso dejaba la nave sobre el agua; la observaba mientras se mantenía unos instantes en la superficie, hasta verla desvanecerse diluida por el inmenso mar como si nunca hubiera estado allí.
Era la triste metáfora de sí misma, su tiempo y su vida en Kutira; todo aquello estaba desapareciendo, exactamente como si no hubiera existido.
Igual que antes había desaparecido también, diluida en la nada, otra vida anterior.
La embarcación era pequeña y ligera, y por esa razón rápida.
Su tripulación la componían tan solo seis remeros y el timonel, quien aún respiraba con dificultad después de la paliza de Kerkios.
El pasaje se reducía a dos personas además de Erita: el propio Kerkios y su hijo.
Era la primera vez que Sîn-Muballit subía a un barco y se mareó.
Kerkios habló poco durante el trayecto; solo lo necesario cuando Erita se lo requería.
—Se lo prometí.
—No me lo dijiste nunca.
—Pensé que esto no sucedería jamás.
—Sabes por qué te llama, ¿no es cierto?
—Lo imagino.
—¿Y de verdad creíste que no lo haría?
—Basta, Erita. Te dije que no volvería a dejarte sola y es lo que estoy haciendo.
—¿Y tu hijo? Yo ya he vivido una guerra y sé lo que es, pero él no.
—Tendrá que aprender.
—¡Tiene diez años!
—Basta, por favor. Tú no sabes nada.
Pero Erita sí sabía. Sabía que ya había perdido tres hijos en una guerra, más pequeños que Muballit.
Sabía que no soportaría ver de nuevo al hombre que acabó con la vida que ella tuvo hacía veinte años.
Y sabía lo que Kerkios no se atrevía a confesar: que en el fondo, en lo más profundo de su ser, no podía seguir encerrado en la monotonía de Kutira por más tiempo.
Que manejaba mil veces mejor la espada y la lanza que ninguna otra cosa.
Que la rutina de matar gente le perturbaba menos que la de mercadear con telas y vinos.
Que era un guerrero, igual que todos los de su raza.
—¿Tu hermano también estará allí?
—Supongo que sí —le acarició el rostro, frío como el mar—. No te preocupes, hice las paces con él. Seguro que ahora nos llevaremos bien.
Erita se horrorizó. Su vida se acababa de desmoronar una vez más. Como aquel último día en Wiluša. Como aquella mañana en Kutira.
No contó los días que tardaron en arribar a la isla que ella siempre había conocido con el nombre de Alašiya y que Kerkios llamaba Kupirijo.
Había numerosos barcos fondeados a lo largo de la costa de Maa; la nave echó la piedra de ancla en el embarcadero y saltaron al agua, que les mojó hasta las rodillas.
Subieron la ladera y el timonel los condujo al interior de la ciudad cruzando la muralla.
En una de las casas señoriales de la plaza central, una especie de palacio, les esperaba Eumetas.
Erita fue incapaz de poner atención en ningún detalle durante todo aquel tiempo.
—¡Querido Kerkios! Los vigías me anunciaron la llegada del barco. ¿Cuánto hace? ¿Ocho años? ¿Diez? ¿Habéis tenido buena travesía?
Le dio un caluroso abrazo y besó sus mejillas.
—Sobrino, te veo viejo y desgastado —rio.
—No tanto como tú, Eumetas —respondió él, esbozando una sonrisa.
—Tienes toda la razón; me gustaría decir que por mí no pasan los años, pero no solo pasan sino que se quedan. —Miró por encima del hombro de Kerkios—. ¿Y quién es este muchachito?
Se acercó a Muballit, que iba de la mano de su madre. Eumetas le dedicó a Erita una mirada fugaz y se agachó frente al niño.
—No sabía que tenías un hijo, Kerkios. ¿Cómo te llamas?
—Me llamo Sîn-Muballit —respondió el chico.
Eumetas se fijó en la mano sudorosa de su madre y percibió el temblor de sus piernas bajo la larga túnica. Ocultaba el rostro con un velo azul verdoso, pero él pudo adivinar lo que en realidad ya sabía.
—Bonito nombre. —Se puso de pie y caminó hacia Kerkios—. Si te quedas por aquí, muchacho, tu tío abuelo te enseñará un montón de cosas. Como hice con tu padre. ¿Verdad, Kerkios?
—¿Por qué estamos en Maa, Eumetas? —preguntó Kerkios—. Creí que te habrías instalado en Enkomi, la principal ciudad de la isla.
—Y lo hice, pero he venido aquí por ti. Enkomi está muy al este y pensé que así te ahorraría un poco de tiempo de navegación. Además, casi todos los barcos están ahora a este lado de la isla. Esta ciudad la tomó tu hermano cuando iniciamos la conquista, ¿te acuerdas?
—Sí, me acuerdo. ¿Y dónde está Afareo?
Erita ahogó un gemido.
—De él precisamente quería hablarte, Kerkios. Pero primero vamos a buscar acomodo para tu familia y luego seguiremos con esta conversación.
Apareció un esclavo y con señas indicó a Erita y a su hijo que le acompañaran. Ella lo hizo con la mirada de un ciervo aterrorizado, sin soltar de la mano a Muballit. Otro esclavo trajo una vasija, escanció vino a Kerkios y Eumetas y los dejó solos. Brindaron antes de beber.
—No es tan bueno como el tuyo —dijo Eumetas—, pero es lo mejor que podrás beber en esta isla de cobre y azufre. —Después del trago añadió con una mueca—: ¿Sîn-Muballit?
—Es un nombre amorreo. Su madre nació en Amurru.
Eumetas tardó un instante en reaccionar y lo hizo con una sonora carcajada.
—Así que lo que me dijiste no fue ninguna broma. Realmente has formado una familia con la esclava.