10. RETENU #3
Su madre estaba sentada en la banqueta de la mesa. Al verlo entrar lo miró con ojos espantados, deseando que en esa mirada él comprendiera y saliera huyendo. Pero Muballit aún seguía sorteando las grietas que Posedao abría bajo sus pies. Dejó la tinaja junto a la pared.
—Mamá, ¿me dejas encender a mí el fuego? Luego iré a por las manzanas.
Se volvió y en la parcial oscuridad de la choza vio a un hombre muy alto, vestido con una túnica y cubierto con la piel de algún animal a modo de abrigo.
Se fijó un poco mejor y descubrió que no era tan alto como pensaba: sobre la cabeza tenía un tocado lleno de plumas de color ocre que apuntaban hacia arriba, o tal vez fueran hojas puntiagudas.
El hombre llevaba también sujeta al ceñidor una espada larga parecida a la que guardaba su padre.
Pero ese hombre no era su padre. El intruso miró al muchacho sin demasiado interés y volvió a dirigirse a la mujer.
—Te lo pregunto de nuevo: ¿cuándo llegará? —dijo, moviendo con la cabeza el ramillete de plumas de un lado a otro.
Ella no dijo nada. El hombre hablaba la lengua de su esposo sin ningún acento particular y, de hecho, por su aspecto parecía proceder de su tierra. Pero eso no la tranquilizaba en absoluto; más bien todo lo contrario.
—Sé que entiendes mi lengua, el niño la ha hablado perfectamente. Se me agota la paciencia, mujer, he hecho un viaje muy largo y estoy cansado. Contéstame o…
—¿Mi papá? —preguntó el niño, mezclando en la pregunta desparpajo, inconsciencia y miedo—. Vendrá pronto…
—¡Muballit, calla! —gritó ella.
—Bien —respondió el hombre sin mudar el rostro—. Entonces le esperaré. Y lo haré aquí; ahí fuera hace frío. Prepárame algo, mujer; lo que tengas, pero que esté caliente. Y tú, muchacho, ven; vamos a encender ese fuego.
Se giró hacia la puerta, por donde penetraba al interior de la choza el aire gélido de la noche que se avecinaba.
Caminó hacia ella para cerrarla. Cuando estuvo bajo el vano un golpe debajo de las costillas le dejó sin respiración.
Sintió que lo agarraban por el ceñidor y lo arrojaban al frío suelo fuera de la choza.
Sin tiempo de reaccionar, fue izado y lanzado contra el manzano cuyas frutas aún estaban esperando a Muballit.
El golpe fue brutal y una de las manzanas cayó sobre la cabeza del hombre, que ya había perdido la consciencia.
Muballit permaneció un rato sin poder cerrar la boca, asombrado al ver que el carácter dócil y apacible de su padre albergaba sorpresas desconocidas hasta entonces para él.
Cuando despertó, el desconocido se descubrió con las muñecas atadas fuertemente a la espalda y estirado sobre el terreno áspero y terregoso del boscaje. Arriba las estrellas iluminaban con torpeza la noche.
—¿Quién eres?
La pregunta provino del hombre que lo había derribado. Estaba sentado frente a él desplumando la tiara que antes lucía sobre su cabeza.
—¿Eres Kerkios de Puro? —dijo a su vez el visitante con voz quejosa.
El otro se levantó y le dio un puntapié en el estómago, lo que le provocó toses y ahogamientos.
Los ojos se le humedecieron, pero pudo ver entre la acuosidad de las lágrimas el puñal que se acercaba hacia su cuello.
Tuvo que pensar con rapidez cómo evitar la muerte, cuál sería la palabra salvadora.
Con gran esfuerzo logró decir apresuradamente:
—¡Eumetas! ¡Me envía Eumetas!
El otro se detuvo. Retrocedió y luego le preguntó:
—¿Cómo me has encontrado?
—Él me dio las indicaciones. La última choza junto al altar y el hieron de la Potnia, a la derecha. No he tocado a tu esclava. Yo…
—No es mi esclava.
—Eumetas me dijo que tenías una esclava. Perdóname entonces, te lo ruego. No quería asustar a tu familia.
—¿A qué has venido?
—Tu tío te necesita.
Kadeš cayó sin dificultad. La ciudad a orillas del Arantu no resultó digna de la fama que su nombre había ganado a expensas de la batalla entre el Tabarna de Ḫ atti y el faraón de Kemet cien años atrás; fue saqueada, incendiada y abandonada como un perro perdería interés en un hueso después de sacar de él todo lo aprovechable.
Los nómadas del norte continuaron su avance hacia el sur, a pocas jornadas ya de dejar atrás la región de Amurru y de afrontar la siguiente etapa del viaje, el territorio de Amki.
Un halo de optimismo recorrió a todos, ya que la amenaza recibida en Ugarit no se estaba cumpliendo: de la inminente presencia de un ejército enviado por el faraón no había ni rastro.
Le informaron de ello los exploradores que Gurpa siempre tenía rondando por la región, una buena costumbre que había adquirido en el ejército.
Sin embargo, el miedo nacido de los rumores acerca de la capacidad de las tropas de los kemetyu , su perfecta organización y su eficiencia, decrecía solo en apariencia, pero permanecía oculto en las mentes de todos.
Dos días después del saqueo de Kadeš uno de los grupos de exploradores que había sido enviado hacia el oeste regresó y le informó de la existencia de una ciudad junto a la costa, un punto al parecer de gran importancia estratégica para el control de toda la región de Amurru.
Aquella misma tarde Gurpa habló con Idrimi y Buzazu sobre el asunto, mientras compartían un poco de šikaru .
El licor, un obsequio más del a ḫḫ iyawa de Ugarit, combinaba a la perfección el agrio sabor de la cebada fermentada con el dulzor de los dátiles.
—He preferido decíroslo primero a vosotros: hemos de recular y volver a la ruta de la costa —les dijo—. En seguida hablaré con los demás cabecillas para que me den su conformidad. Tenemos que ir a Šumur.
—¿Šumur? Creo que es un error, Gurpa —intervino Idrimi con rapidez.
Con los años el antiguo herrero de Ergani se había convertido en un excelente compañero de armas de Gurpa; había aceptado su papel secundario en el liderazgo del grupo con total naturalidad, la misma con la que Gurpa recibía siempre sus comentarios y sugerencias.
Idrimi les explicó a Buzazu y a Gurpa que esa ciudad, Šumur, en tiempos remotos había pertenecido a los ḫ abiru .
Un grupo numeroso comandado por un bandido llamado Abdi Aširta la había asaltado y se había adueñado de ella, llegando al extremo de coronarse rey de Šumur.
Entre los ḫ abiru , explicó Idrimi, se contaban leyendas acerca de ese Abdi Aširta, historias que lo describían como una especie de héroe.
—Por eso nuestro anterior jefe, el que tú mataste, Gurpa, adoptó ese nombre. ¿Le recuerdas?
—Sí, recuerdo a Abdi Aširta —el hombre que acuchilló a sangre fría al anciano P ū sukš ē n; «cómo olvidarlo», pensó—. ¿Por qué me cuentas todo eso, Idrimi?
—Porque me parece una temeridad ir a pasearnos delante de sus murallas.
Es como meterse en la boca del lobo. Cuando el faraón supo lo de Abdi Aširta envió sus tropas a Šumur, castigó a los rebeldes y recuperó la ciudad.
Y para evitar que en el futuro volviera a suceder lo mismo la amuralló e instaló en su interior una guarnición de soldados.
Esa guarnición, por lo que yo sé, sigue ahí.
Šumur es una ciudad fortificada y protegida por hombres del faraón.
—Me dices lo que ya sé, Idrimi. Una de las razones por la que hemos de ir allí es precisamente la existencia de esa guarnición: no podemos avanzar y dejar al enemigo en la retaguardia. Eso sería una temeridad mayor.
Buzazu, el más joven de los tres con diferencia, estuvo de acuerdo.
—Gurpa tiene razón. Si continuamos hacia el sur correremos el peligro de encontrarnos atrapados por los kemetyu que nos envíe el faraón al frente y por detrás con la guarnición de Šumur.
Idrimi dejó la copa sobre la mesa que tenían delante.
—Eso es dar por sentado que el faraón se movilizará contra nosotros…
—¿Después de lo de Ugarit? ¿Y de lo de Kadeš?
Puedes poner la mano en el fuego a que lo hará, Idrimi —dijo Gurpa—.
Además, seguro que en Šumur ya saben de nosotros y habrán despachado un emisario al galope a Kemet para avisar al faraón, como sin duda hicieron también los de Ugarit.
Con el faraón por delante y Šumur por detrás, nos meteríamos en una trampa de la que no podríamos escapar.
—¿Es muy grande esa guarnición de Šumur? —preguntó Idrimi, reacio aún a aceptar la idea.
—Solo hay un modo de averiguarlo. No esperaremos a verlos desplegados sobre el terreno: iremos a su encuentro en su propia casa.
Idrimi meditó unos instantes.
—Por evitar una encerrona en campo abierto, quizá nos metamos en otra peor atacando Šumur.
Buzazu se hartó de las objeciones de Idrimi.
—Parece que tengas miedo, Idrimi.
La situación se violentó ligeramente. Gurpa miró de reojo a Idrimi; la amistad que les unía se había forjado en los últimos años sólida como un bronce bien templado.
Su buen consejo era a menudo para Gurpa más útil que la mejor espada.
Su mesura y prudencia eran el remedio que muchas veces requerían las situaciones que se tensaban por la vehemencia del comportamiento de Buzazu, el eterno aspirante a ocupar el primer lugar en las preferencias de Gurpa, su cuñado.
Por eso Gurpa no se sorprendió al ver que Idrimi no se alteraba ante la ofensa de Buzazu.
—El miedo ayuda a sobrevivir mejor que la temeridad. No me avergonzaría decir que lo tengo si fuera así, pero no lo es. Dime, Gurpa, con sinceridad: ¿no te parece temerario dirigirnos a Šumur?
—Sí —confirmó Gurpa—, pero no hay alternativa.
—Has dicho que la existencia de esa guarnición es una de las razones para atacar esa ciudad —recordó—. ¿Cuál es la otra?
Gurpa frunció el ceño.