10. RETENU #2
—¿Inmunidad? —Eumetas rio—. Afareo, eso suena a amenaza, pero tú y yo somos familia. Y estamos en el mismo bando. No te enfades.
—Ese patán tuerto merece que alguien le rompa los dientes, y tú le has dado coba como…
—Porque le necesito, Afareo. Si me dejas explicarte…
—Hace un momento has dicho que me necesitas a mí y ahora dices que a él. Sí, será mejor que te expliques.
Y Eumetas le contó el plan que había concebido, un plan mucho más grande que el de tomar Kupirijo, isla que ya se les quedaba pequeña; más aún que tomar Ugarit y adueñarse de la costa de Amurru y Kin ā na.
Ese plan se había gestado en medio de su conversación con el gigante nešili y mientras le daba coba al patán, como Afareo decía, su mente ordenaba las piezas que necesitaba para llevarlo a cabo.
Y dos de ellas se mostraban esenciales: Afareo era una y, por mucho que a su sobrino le incomodara, el propio nešili era la otra.
Pero el plan valía la pena la incomodidad.
—¿Akupitija? ¿Te has vuelto loco, Eumetas?
—¡Ja, ja! Por fin vuelves a ser el de siempre.
Sí, tomar Akupitija. La Tameri que dicen esos nómadas del norte.
Tu Kmt , Afareo, donde pasaste días tan gratos.
No es una misión en absoluto descabellada: el faraón del reino más rico del mundo no es más que un pobre hombre atribulado que apenas puede permanecer tranquilo en su trono, porque le llueven flechas por todos lados.
Al oeste del delta lo mantienen en alerta continua los intentos de invasión de los labu .
Al este no dejan de incordiarle las sediciosas tribus del desierto.
Pero qué te voy a contar: tú sabes todo eso mejor que nadie.
Por último, en el sur los medjay suponen una amenaza que el faraón no puede soslayar. En cuanto a su ejército…
—Es poderoso, Eumetas. Yo formé parte de él y éramos los mejores.
Ahora Afareo escuchaba a su tío con profundo interés. Todo el enfado parecía haberse disipado.
—Exacto. Es poderoso gracias a hombres como tú, es decir: a los mercenarios.
Se apoya demasiado en soldados de fortuna y eso lo hace débil.
No te ofendas, pero tú y yo sabemos que cuando en una batalla las cosas no van bien los mercenarios son los primeros que se plantean si vale la pena seguir luchando.
En cualquier caso, esa cuestión solo atañe al ejército de tierra y quienes se las verán con él no tenemos por qué ser nosotros sino esos nómadas que tan mal te caen.
Por lo que respecta a la flota, la mayoría de las naves de que disponen son barcazas de río que en aguas abiertas se vuelven inestables como una hoja.
Estoy planeando asaltar la costa del delta, darles batalla en el mar si es preciso, y penetrar en Akupitija.
Te aseguro que no tendrán nada que hacer contra nuestros barcos. Tus barcos, Afareo.
«Tus barcos», recordó Afareo al saltar sobre los maderos enmohecidos de uno de los amarraderos.
Al frente lo contemplaban los muros de Šukšu, ciudad que contaba con el puerto más importante de la costa sur de Ugarit.
Un puerto sobre cuyos malecones y atraques, sobre cuyas arenas y muelles de pilotes, estaban varando y embicando quince barcos comandados por Afareo.
Liberó la ira arengando a sus guerreros y conduciéndolos hacia las construcciones que en breve iban a ser pasto de las llamas.
Eumetas acabó de explicarle el plan. Los hombres del norte se las verían con el poderoso ejército del faraón y ganarían o perderían, pero en cualquier caso el resultado favorecería los intereses de su flota.
Porque al mismo tiempo que se produjera el ataque terrestre, él y Eumetas asaltarían el delta.
Y el faraón tendría que desdoblarse y hacer frente a dos invasiones.
—Hasta que eso llegue, Afareo, solo nos queda esperar a que esos nómadas salidos de quién sabe dónde alcancen la frontera de Akupitija. Entonces será el momento de conducir la flota al delta y atacar. No antes, ¿de acuerdo?
Afareo se quedó pensativo. No era algo propio de él, siempre dado a exteriorizar cualquier fogonazo que le cruzara por la mente; pero, se reservó unos instantes para sí mismo.
Conquistar Akupitija no era ninguna locura.
De hecho, era perfectamente posible puesto que ya se había hecho en el pasado.
Le vinieron a la mente viejas historias que le contaron cuando estuvo allí: cientos de años atrás los kemetyu estuvieron regidos por h ḳ ȝ ḫ ȝ wt , reyes extranjeros, procedentes de la tierra de K Ꜣ n’n’ .
Invadieron el país y lo gobernaron durante generaciones hasta que fueron expulsados.
Se decía que los kemetyu aprendieron de ellos a usar carros de guerra y a fabricar arcos más potentes, y que luego se valieron de ello para echarlos de sus tierras.
Afareo conocía todo eso gracias a haber vivido una temporada en la que fuera antigua capital de esos reyes extranjeros llamada ḥ w.t w ꜥ r.t , Hut-Waret.
En el tiempo que él estuvo allí una nueva ciudad se alzaba sobre las ruinas de la anterior, con el pomposo nombre de Pi R ā mese Aa-najtu , «la Casa de Ramsés, Grande en victorias».
Sí, Kemet podía ser conquistado. Pero la clave no estaba en presentarles batalla en el mar.
—Espera tú si quieres, Eumetas —respondió finalmente—. Yo no pienso sentarme a ver pasar las nubes.
—Si hacemos más ruido del necesario, en Akupitija estarán demasiado pendientes de lo que sucede en el mar, Afareo. Con la caída de Ugarit es suficiente; ahora es mejor…
—Basta de dar órdenes, Eumetas. Tengo una flota y voy a usarla.
Aún era pronto para recoger el grano sembrado meses antes, pero el manzano que había junto a la entrada de la choza ya ofrecía sus frutos.
La mujer le ordenó al joven Sîn-Muballit que trajera agua de la fuente y que después trepara al árbol y cogiera las manzanas maduras.
Era una fruta más resistente al frío que otras y se avecinaban meses de mal tiempo; habían sido previsores plantando la semilla allí mismo.
—Corre, ve. Encenderé el fuego, empieza a hacer frío. Te espero dentro.
Hizo una respiración profunda; se sentía cansada.
Pese a no estar ya en la edad de la juventud, aún conservaba toda la belleza que la había adornado siempre, y quizá esta brillaba más gracias al barniz de la madurez que su cuerpo y su mente habían adquirido con el paso del tiempo.
Recogió los pequeños objetos con los que llevaba trabajando desde el principio del día, lo envolvió todo en un hatillo de tela y se levantó; el sol pronto se ocultaría definitivamente y ya era tiempo de preparar algo de cenar.
Además, su esposo no tardaría en regresar.
Echó un último vistazo a su hijo que se alejaba con la tinaja en brazos y entró en la choza.
Sîn-Muballit descendía por la cuesta siguiendo la senda en dirección al chorro de agua que manaba de modo natural de unas rocas, en la parte baja de la aldea.
Con casi once años, él era el único muchacho de aquel pequeño núcleo urbano; los demás habitantes eran adultos, un puñado de hombres y mujeres que se acercaban en su mayoría a la ancianidad y que no aspiraban más que a volver a ver a sus antepasados cuando los dioses del inframundo los llamaran a su presencia.
A Muballit se le escurrió el ánfora de las manos y estuvo a punto de hacerse añicos; no habría sido la primera vez que rompía una cerámica.
El niño era puro nervio incapaz de tener las manos quietas o de caminar si podía correr.
Todo lo contrario que su padre, en quien la vida monótona y rutinaria de los últimos años se había encargado de cultivar una mansedumbre que quizá ya existiera en su interior desde siempre.
Muballit recogió el ánfora del suelo y siguió trotando pendiente abajo.
Se veía a sí mismo con el semblante y la apariencia del gran dios Ba’al, el que regía los truenos y las tormentas, y en su mente se imaginaba al temible Yâm de siete cabezas saliendo del mar y enfrentándose a él, echando fuego por la nariz y lanzando terribles dentelladas.
Era la leyenda que muchas veces le había contado su madre, una historia en la que Ba’al al final derrotaba a sus enemigos y vencía incluso a la muerte.
Luego le llegó el turno al «agitador de la tierra» Posedao, un dios benévolo pero con mal humor; el padre de Muballit le había explicado que cuando se enfadaba mucho sacudía sus sandalias contra el suelo y los temblores desmoronaban casas y abrían la tierra hasta sus entrañas.
Muballit saltó durante el trayecto como si el terreno que pisaba se agitara a causa de la ira del dios, evitando así las imaginarias sacudidas y las grietas abismales que se abrían a sus pies.
Al fin vio la fuente. Acercó la boca al caño y bebió hasta saciarse.
No había nadie allí, como en casi ninguna otra parte de la aldea.
Luego puso el ánfora bajo el chorro y esperó con impaciencia.
En cuanto el agua comenzó a rebosar la retiró y emprendió el camino de vuelta, acompañado de nuevo por Posedao y el traicionero Yâm.
Vio la puerta de la choza abierta. De ser un muchacho más observador, Muballit habría pensado en lo extraño de ese simple hecho: si su madre había entrado para encender el fuego del hogar no tenía sentido dejar la puerta abierta y permitir que el frío se colara en el interior.
Habría supuesto que tal vez hubiese ido a buscar leña, pero él mismo había recogido un buen montón de ramas por la mañana.
Además, ella le había dicho que le esperaría dentro.
De fijarse más en los detalles, se habría dado cuenta de que no salía humo por la abertura superior de la choza.
Si hubiera sido un chico más atento se habría percatado de todos esos detalles, pero Muballit no era un niño atento.