Fuego y bronce 10. RETENU
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10. RETENU

E n los días siguientes a la partida de Ugarit todo se volvió monótono, casi rutinario.

Esa rutina incluía largas marchas por pedregales y caminos terregosos bajo un sol abrasador, y también pillaje.

Los llamados nómadas del norte, como ya se los conocía en toda la región, desataron el pavor en granjas y pequeñas aldeas, aunque los saqueos por lo general se focalizaban en centros de población relevantes, ante la perspectiva de obtener de ellos un mayor botín.

Gurpa y los que asistieron al encuentro con Eumetas llevaban ahora sus alforjas atestadas de telas de lana y de lino tintadas con colores que jamás habían soñado que existieran, obsequio del usurpador a ḫḫ iyawa del templo de Ba’al.

Azul lapislázuli, púrpura, verde, turquesa, amarillo y por supuesto ḫ ašmanu , el verde azulado que inundaba por completo el pensamiento de Lupakki cada vez que pensaba en su madre.

Esas telas resultaron tener una utilidad insospechada.

Con el pasar de los días se toparon en su deambular por la región de Amurru con un enemigo incómodo y casi imposible de combatir: los mosquitos.

A veces atravesaban densas nubes formadas por una infinidad de ellos, y no podían hacer más que entrecerrar los ojos y cubrirse cara, brazos y piernas.

Sin embargo, se dieron cuenta de que las telas de colores de Ugarit despedían cierto olor que les resultaba insoportable a los mosquitos, puesto que los ahuyentaba igual que si poseyeran un poder mágico.

Así que las trocearon en miles de fragmentos y las distribuyeron entre todos; durante aquellos días las usaron a modo de repelente y las conservaron como si se tratara de su tesoro más valioso.

Las telas en cambio no tenían poder alguno contra los lobos y perros salvajes que les acechaban en aquellos parajes casi desérticos.

Perdieron unas cabezas de ganado a causa de sus ataques y más de un hombre sintió las garras y dientes en sus propias carnes.

Una de las rutas más utilizadas por mercaderes y viajeros era la que partía de Emar, cerca de Karkemiš y, pasando por lugares como Ḫ alab, Nu ḫ ašše y Qatna cruzaba los territorios de Amurru, Amki y Kin ā na hasta finalizar en los puertos de los kemetyu situados al este del Gran Delta.

Ese fue el camino elegido por los nómadas del norte para llegar a Tameri.

Eso los llevó casi de modo natural a saquear lugares que se hallaban de paso, como Hamah o Qatna.

A menudo los destrozos eran mínimos, lo justo para obtener provisiones, agua, ganado o armas; pero sus acciones solían atraer grupos carroñeros de saqueadores sutu y aramu .

Aparecían al abandonar ellos el lugar y, como hienas, se aprovechaban del desorden y provocaban una destrucción aún mayor.

Lupakki no hablaba mucho, tan solo si era preciso que se supiera su opinión o cuando tenía interés en algo.

Hizo la pregunta a su tío Gurpa una mañana mientras los carros remontaban el río Arantu y se dirigían a un lugar llamado Kadeš.

Kessi, en la trasera del vehículo, alzó una ceja y pensó que tal vez era una pregunta inadecuada.

Llevaban cuatro años viendo el parche de Gurpa en su cara, no tenía mucho sentido interesarse por eso ahora. Cuando menos, a él lo incomodaría.

—¿Cómo perdiste el ojo? ¿Fue peleando?

Gurpa respondió con naturalidad desde el caballo en el que montaba. Kurunta cabalgaba al trote a su lado.

—No. Un hombre saltó sobre mí y me lo sacó con un cuchillo.

—¿No hiciste nada por defenderte?

—No.

A Lupakki aquello le bastó. Walmu, que iba a su lado guiando los bueyes, lo miró de reojo.

Seguramente, pensó, Gurpa tuvo poderosas razones para abstenerse de impedir la mutilación.

En cualquier caso, hacía falta más coraje para soportar semejante atrocidad sin mover un dedo que para luchar contra ella.

—¿No temes que piense que eres un cobarde por no haber hecho nada? —preguntó Kurunta. Su comentario, oído con cierto escándalo por los demás, hizo sonreír a Gurpa.

—Creo que él ya sabe que la cobardía no se mide con esas reglas —respondió.

—Nos estamos acercando al territorio de Kadeš —dijo Appu desde el interior del carro, echando un vistazo al horizonte—. ¿Sabes, Lupakki, que tu tatarabuelo participó en una terrible batalla librada aquí mismo, en este lugar?

—Ya me contaste esa historia hace tiempo —recordó Lupakki—. Venció Muwatali.

—Por lo que yo sé, los reyes de Ḫ atti han librado varias batallas aquí —puntualizó Gurpa, y rememoró las historias escuchadas durante el tiempo que sirvió en el ejército del Tabarna—.

El gran Šuppiluliuma ya tuvo conflictos hace cientos de años con los gobernantes de Tameri por este pedazo de tierra; y hace cuatro generaciones fue Muwatali, en efecto, quien se enfrentó al faraón en la batalla a la que se refiere tu abuelo, Lupakki.

Y sí, venció, o al menos eso cuentan las crónicas.

Aunque quizá los cronistas del faraón explican la historia de otra manera.

—Y ahora ha llegado el momento de tener nuestra propia guerra en estas tierras, ¿no? —dijo Kessi con displicencia—. Por eso nos dirigimos a Kadeš.

—Kessi, tengo tanto interés como tú en entablar batalla en Kadeš o donde sea. He librado ya demasiadas. Pero si hemos de combatir, lo haré lo mejor que sé. Todos hacemos lo que tenemos que hacer, nos guste o no. Tú también lo haces, o eso dijiste una vez.

—Y lo que tenemos que hacer es ir a Tameri, ¿verdad? La «tierra amada».

El tono de Kessi era desabrido. Hacía tiempo que no participaba en las acciones de saqueo, ni en ninguna otra cosa.

Dejaba que su condición de tullido lo anulara por completo y se recreaba en una amarga sensación de injusticia y resentimiento contra el mundo.

Recordaba que él no había podido dejar la herrería cuando era joven, pero su hermano sí.

Gurpa se había alistado en el ejército, como deseaba, pero él no había tenido ocasión de averiguar qué quería hacer.

Cuántas cosas habrían sido de otro modo de haberse invertido los papeles en la herrería de Appu.

Ahora su hermano se había convertido en un líder, en el ídolo de sus hijos, en el orgullo de su padre, pero él no era más que un tullido.

Todo eso pasaba por la mente de Kessi más a menudo de lo que él mismo deseaba.

Gurpa intuía hacía tiempo que algo extraño sucedía con Kessi, pero jamás sospechó que se tratara de celos.

Celos que, paradójicamente, él había sentido toda su vida de su hermano a causa de Mikal.

Pero, ahora sus preocupaciones eran otras.

Sentía como una losa sobre sus hombros que se le admirara por lo que era y lo que representaba, es decir: por lo que no quería ser ni representar.

Pero, como acababa de decirle a Kessi, todos debían hacer lo que les correspondía.

—Kemet —puntualizó Walmu, obviando la tensión entre los hermanos.

—¿Cómo? —preguntó Kessi sin comprender.

—Kemet —repitió—. Ese es su nombre auténtico, no Tameri. Nos lo recordó aquel gigante de cabeza rapada en Ugarit.

—Pues ojalá Tameri, la «tierra amada», no se convierta en kemet para nosotros —dijo Appu con pesar.

—¿Qué trabalenguas es ese, Appu? ¿Qué quieres decir? —rio Walmu.

—Los de mi edad conocemos bien el significado de esa palabra, kemet . Pero veo que vosotros no.

—No, ¿qué significa?

—Tierra negra.

El tajamar abría la superficie del agua como la hoja de un puñal sajaría la tersa piel de un lechón.

Estaba de pie en la proa aferrado a la cabeza de ave tallada en la roda, y las olas rompiéndose contra la quilla le salpicaban los tatuajes del pecho.

Pero Afareo no temía caer al mar, ni morir en el combate que le esperaba en la costa.

Tampoco temía a aquellos hombres del norte que conoció en Ugarit. Y mucho menos temía a su tío Eumetas.

Los remos impulsaban la nave con fuerza hacia la costa, que se divisaba de manera intermitente a causa del cabeceo de la proa.

El hervor de la sangre en sus venas ya se había apaciguado, pero aún se reavivaba cuando recordaba el incidente.

Ser expulsado del templo de Ba’al por Eumetas –quien se quedó en una compañía al parecer más grata que la suya– fue la gota que colmó la copa de su paciencia.

El nešili tuerto no le cayó bien desde el principio, pero Eumetas, en vez de ponerle en su lugar o dejarle hacerlo a él, lo había despachado como si fuera un niño pequeño.

Ya eran muchos los desplantes de su tío, y Afareo no era tonto.

Por alguna razón Eumetas le menospreciaba.

Olvidaba que si se había convertido en los últimos años en caudillo de Kupirijo era gracias a él; que si era el cabecilla de una flota, esta existía por obra de Afareo.

Que si Ugarit había caído se lo debía a sus hombres.

Y sin embargo, Eumetas le había colocado detrás de los cortinajes sin otorgarle más mérito a los ojos de los demás que el de ser su sobrino bastardo.

—¡Izad las velas! —gritó a la tripulación—. ¿Es que no veis que tenemos el viento a barlovento? Cuando estemos junto a los embarcaderos os daré la orden de estibar los remos, pero hasta entonces ¡remad con fuerza!

Afareo siguió recordando; la ira que sentía al hacerlo era un buen alimento para su furor y esto era justo lo que ahora necesitaba. Un poco después su tío había ido a buscarle al semiderruido palacio de Ammurapi. Esa fue la prueba evidente de que Eumetas era consciente de su error.

—No soy un pelele a quien puedas manejar a tu antojo, como hacías con Kerkios —le espetó Afareo nada más verlo.

—Afareo, ¿a qué viene esto? Vamos, tengo algo que decirte. Te necesito.

—Pero tal vez yo a ti no. Estoy harto de tu desdén, Eumetas. Nadie se ha atrevido a tanto y sigue vivo. Ser mi tío no te coloca por encima de mí —le miró a los ojos— ni te otorga inmunidad.