9. UGARIT Diecinueve años después del Desastre #7
—¡Basta! ¡Vamos, vamos, calmaos los dos! ¡Afareo, están aquí con la hoja de palma en la mano! ¿Acaso quieres concitar la ira de los dioses?
Gurpa y Afareo no se apartaron la mirada pero fueron capaces de contener su ánimo. El clima se tensó y los miembros de la comitiva se sintieron inquietos, rodeados como estaban de potenciales enemigos que podrían acabar con ellos en cualquier momento.
—Parecéis dos toros a punto de embestir —dijo Eumetas, tratando de relajar el ambiente—. El propio becerro divino Ba’al podría tomárselo como un homenaje. Vamos, todo esto no son más que palabras. Olvidémoslas.
—Puedo olvidarlas, Eumetas, pero si lo de esa guarnición es cierto, que los hombres del faraón acudirán a estas tierras con las armas en la mano no serán solo palabras.
—Eumetas no pudo contestar a Gurpa porque este siguió hablando—.
Vosotros seguid aquí o embarcaos, haced lo que os plazca.
Pero nosotros continuaremos nuestro rumbo hacia el sur y si hemos de enfrentarnos a ese faraón, lo haremos sin miedo.
Eumetas se giró hacia Afareo y le tomó por los hombros.
—Afareo, sobrino, te lo pido como un favor personal. ¿Puedes dejarme a solas con este hombre?
Afareo se sintió menoscabado; aquello le ofendió hondamente, pero obedeció. Se dio la vuelta y abandonó la terraza a grandes zancadas, empujando a todo el que tuvo la mala suerte de hallarse en su camino.
—Gurpa, te ruego que disculpes a mi sobrino. Es un gran guerrero, pero no sabe que hay que templar la espada antes de empezar a usarla. No sé si me entiendes.
—Te entiendo —dijo, aún molesto por el altercado—. He sido herrero, he templado muchas espadas.
—Ven conmigo a ese rincón y hablemos.
—Hagámoslo aquí si no tienes nada que ocultar.
—Ahora eres tú quien no templa bien —sonrió—.
No me importa. Escucha: yo también pienso que el faraón movilizará a sus soldados, y reconozco que será más por causa de nuestro ataque a esta ciudad que por vuestras correrías en las aldeas.
O tal vez no lo haga; tal vez espere a ver cuáles son vuestras intenciones. Es lo que yo haría en su lugar.
—¿Nuestras intenciones? ¿Y qué hay de las vuestras?
Eumetas indicó a un sirviente que volviera a servirles vino.
—Oh, nosotros alzaremos las anclas y nos iremos —dijo con desapego—. No me incomoda si parece cobardía; tengo demasiados años como para que eso me quite el sueño. Además, antes tenía un cierto interés en esta región, pero te he de confesar que me has abierto los ojos.
—¿De qué estás hablando, Eumetas?
—Mira, esta es mi propuesta. Y antes de que me contestes que con ella busco mi propio provecho, te diré que en parte no te equivocas, pero en parte también quiero desagraviarte.
Por el incidente con Afareo y por haber despertado de su plácido sueño al faraón.
Ahora estará pendiente de vosotros, me temo.
—Dime de una vez de qué se trata.
—Si sois capaces de llegar hasta Akupitija, vuestra Tameri, os ayudaré a vencer al faraón. Porque ten por seguro que no permitirá que os asentéis en sus tierras sin luchar, y menos después de ver lo peligrosos que sois.
—¿Cómo nos ayudarás?
—Estaré allí con mis barcos. Le daré batalla y le venceré.
Gurpa bebió.
—¿Y por qué harías eso?
—Ya te lo he dicho, para desagraviarte. Y también porque tengo poder para hacerlo.
Con la ayuda de ese sobrino mío tan vehemente puedo reunir una flota de navíos de guerra contra la que los barcos de agua dulce del faraón no podrán hacer nada.
—Meneó la cabeza, sonriendo—. Bien, de acuerdo: también lo hago porque me interesan esas tierras.
Mucho más que Ugarit, desde luego, o que cualquier otro lugar que pueda arrasar con mis hombres.
Mientras tú tienes entretenido al faraón avanzando por tierra, yo sacudiré sus puertos y me apoderaré del delta, lo asfixiaré y no podrá reaccionar.
Acosado por un flanco y por el otro, tendrá que decidir entre destinar sus hombres a los barcos o a las divisiones de infantería; así dividirá su fuerza y se debilitará.
Aliémonos, Gurpa. Tú atacas por tierra y yo lo hago por mar.
Como hemos hecho aquí en Ugarit, aunque haya sido de modo accidental.
En Tameri sucederá lo mismo y luego nos repartiremos los despojos: el País del Gran Delta es lo bastante grande para ti y para mí.
Gurpa volvió a beber y soltó el ritón.
—Yo no busco enfrentarme al faraón, ni saquear su tierra. Solo…
—Solo quieres quitarle un pedacito y quedártelo para ti. ¿Y crees que te dejará hacerlo?
—Pareces saberlo todo, Eumetas.
—Soy viejo y la experiencia me otorga sabiduría, pero no soy más que un hombre; los dioses, ellos sí lo saben todo.
Saben lo que ha sucedido y lo que sucederá, deciden cuál será tu destino y cuál el mío.
Dentro de cien, de mil años, todos nosotros habremos muerto y ellos seguirán en su lugar.
Pero lo que hagamos mientras vivamos influirá en cómo será el mundo en el futuro.
Y estoy seguro de que los dioses quieren que hagamos esto.
En tres días nos habremos ido de Ugarit, es el tiempo que tienes para darme una respuesta.
Si aceptas el trato nos beneficiaremos ambos y el mundo te lo deberá todo.
Si no lo haces los dos perderemos y entonces el mundo no te deberá nada.
Es así de fácil. Espero tus noticias, Gurpa de Ḫ attuša.
Con un gesto que daba por terminada la conversación, Eumetas señaló el camino por donde habían venido Gurpa y sus hombres.
—Y ahora, si lo deseas, os acompañaré hasta más allá de las murallas. Es una pena lo que le ha pasado a esta hermosa ciudad, ¿no crees?