9. UGARIT Diecinueve años después del Desastre #6
—Bienvenidos, amigos míos —les saludó Eumetas en lengua acadia—.
Bienvenidos al templo del dios que los habitantes de esta región llaman Ba’al.
El palacio real se encuentra en estado ruinoso y no hubiéramos estado muy cómodos allí, así que espero que no os moleste si os recibimos en este espacio sagrado.
Es el lugar más alto del montículo, desde él se domina toda la ciudad; me pareció un sitio adecuado para revestir nuestro encuentro de la importancia que merece y así los dioses de Ugarit comprobarán que los tenemos en la misma estima que ellos a nosotros.
Ahora subiremos a la terraza y les haremos un sacrificio para ganarnos su favor.
Hay una buena altura, cerca de cuarenta codos, espero que no tengáis vértigo.
Aquí —señaló con ambas manos a su izquierda— tenéis a Ba’al; también lo habréis visto en el vestíbulo acompañado de un toro, el dios El, su padre y el de todos los dioses, de hecho.
El ojo de Gurpa viajó de su anfitrión a Ba’al y luego regresó al primero.
Tenía todo el aspecto de ser un a ḫḫ iyawa , como cualquiera de los muchos que había en sus propias filas.
Hacía tiempo que Gurpa no consideraba a los hombres del otro lado del mar sus enemigos.
En cambio, le resultaba difícil ubicar al hombre que había más atrás: nunca había visto una túnica de un color amarillo tan vivo salpicado de manchas negras.
En cualquier caso, Gurpa no tenía ganas de cháchara hueca y fue al grano.
—Los heraldos que nos enviaste dijeron que nos abrirías las puertas de la ciudad.
—Y lo he hecho. Estáis aquí, ¿no? Os hemos preparado obsequios: unas telas tintadas de púrpura y varios arcones con objetos de bronce, tallas de marfil, cerámicas bellamente decoradas, oro y plata…
—Pero no imaginaba que lo encontraríamos todo destruido. Tú no tienes aspecto de ser el rey Ammurapi —dijo secamente Gurpa, obviando el humor que quizá podía haber en sus palabras—. Me informaron de la presencia de barcos repletos de guerreros repartidos por toda la costa. Sois piratas.
Afareo se mordió la lengua; iba a decirle que le haría tragarse sus palabras si no las retiraba, pero decidió respetar el papel de anfitrión de su tío y permanecer en un discreto segundo plano. Al menos, por el momento.
—¿Piratas? —se sorprendió levemente Eumetas—. Sí, supongo que lo somos. ¿Y vosotros no lo sois también? Por tierra o por mar, qué más da; pero nos dedicamos a lo mismo. ¿Acaso miento?
Gurpa dudó. El hombre tenía razón; quizá no del todo, pero sí en gran parte.
—En cualquier caso —continuó Eumetas—, la palabra «pirata» tiene connotaciones que no me agradan.
Prefiero considerarme alguien que trata de sobrevivir como mejor puede, y que solo busca un lugar donde vivir tranquilo y en paz.
Un nómada del mar en pos de su destino, si lo quieres expresar en un modo más poético.
No saqueamos por placer; hay un objetivo, un fin.
Y no, es evidente que no soy Ammurapi: mi nombre es Eumetas, de la desaparecida ciudad de Puro, en Akhaia.
Gurpa guardó silencio. Él también se sentía un nómada, un ḫ abiru , y tampoco saqueaba por placer.
—Mi nombre es Gurpa —dijo, y añadió con evidente pesar—, de la desaparecida ciudad de Ḫ attuša.
—Tenemos muchas cosas en común, Gurpa. No hagamos que nuestras pequeñas diferencias nos conviertan en enemigos.
Poco después el olor a vísceras quemadas anegaba sus narices. Un humo gris ascendía hasta desaparecer desde el altar de la terraza, donde los restos de un pequeño ternero descuartizado se asaban sobre brasas candentes.
—¿Por qué estas gentes construyen los altares en alto?
¿Piensan que así sus plegarias llegarán antes a los dioses?
Es curioso: en la ciudad apenas hemos encontrado animales pero, en cambio, en este pequeño recinto los sacerdotes guardaban vacas, ciervos, cabras, corzos, ¡incluso toros!
Cuando vinimos estaban sacrificándolos y no interrumpieron su ritual al vernos: como si fuéramos invisibles, siguieron ejecutándolos y lanzando sus cánticos al viento.
Gurpa apreciaba el tono relajado con que se expresaba Eumetas, pero no renunciaba a desconfiar de él. Había conocido demasiadas personas que bajo una máscara de desenfado ocultaban oscuras intenciones.
—Antes de que lo matara, el gran sacerdote del templo me explicó con toda tranquilidad qué estaban haciendo.
Al parecer su dios Ba’al fue derrotado hace meses por Môt y este lo tiene encerrado en las profundidades de la tierra.
Por eso el mundo se ha vuelto estéril; no hay cosechas ni lluvias, y las plantas se marchitan.
Pero Anat, la hermana de Ba’al, lo salvará y él reinará de nuevo sobre la tierra, y con él regresarán el buen tiempo, las cosechas, la alegría y la felicidad.
Y así hasta la próxima estación, en que Môt otra vez derrotará a Ba’al. Y vuelta a empezar.
Gurpa le oía sin prestar atención; aún no sabía por qué estaba allí y se impacientó, pero le dejó hablar.
—Los sacerdotes invocaban a la diosa Anat y le rogaban que liberara a su hermano del mundo subterráneo donde Môt lo ha encerrado.
No protestaron cuando los degollamos; no íbamos a dejar que siguieran sacrificando animales y se desperdiciara toda esa carne.
Solo uno de ellos me amenazó con la ira de Anat, de El y de no sé quién más.
Le dije que no temo a sus dioses porque me protegen los míos y son más poderosos.
Me pidió que se lo demostrara y le corté el cuello con su propio cuchillo sacrificial.
Por la Potnia, nuestra presencia aquí es suficiente demostración, ¿no crees?
—Bien, pues si los dioses —dijo al fin Gurpa—, sean tuyos, míos o de Ugarit, están ya satisfechos, nos iremos y seguiremos nuestro camino. No os haremos la guerra; no nos interesa saquear una ciudad ya saqueada.
Un sirviente de Eumetas trajo unos ritones y los escanció. Eumetas le ofreció uno a Gurpa.
—Toma antes una copa de vino, en prueba de amistad. Así que eres nešili ; lo habría jurado por tu acento. Mira —señaló un edificio al oeste—, ese de más abajo es el templo de Dagan, otro de sus dioses. ¿Os vais, has dicho? ¿Entonces no os quedareis en Ugarit?
—No —respondió—. Y algo me dice que vosotros tampoco.
Eumetas sonrió.
—Pues ha sido una feliz coincidencia que vosotros y nosotros hayamos mostrado interés por una ciudad en la que en el fondo ni tú ni yo estamos interesados. ¿Puedo preguntar si os dirigís a algún lugar en concreto?
—En mi lengua se llama Mizr ī . En la tuya es Akupitija. El País del Gran Delta.
Afareo, a la espalda de Eumetas, ocultaba mal su antipatía hacia el gigante de un solo ojo. Imaginó que su tío pretendía engañarlo disimulando su interés en la ciudad y el reino que acababan de tomar.
— Kmt —dijo Afareo con voz hosca—. Así es como lo llaman sus habitantes, los kemetyu ; ese es su nombre.
—En cualquier caso, nosotros lo llamamos Tameri. «tierra amada». Nos instalaremos allí y veremos crecer a nuestros hijos.
—Tameri… Me gusta más ese nombre —decidió Eumetas, alzando su ritón para hacer un brindis. Gurpa lo chocó con el suyo y bebió. Afareo hizo lo mismo, y cuando acabó el trago se dirigió a Gurpa en tono agresivo.
—No esperéis que los kemetyu os reciban con los brazos abiertos —dijo—.
Habéis saqueado un reino aliado del per- ʿ ō , el faraón de Kmt .
En tiempos Ugarit fue un pueblo tributario de ellos antes de serlo de Ḫ atti, cosa que tú deberías saber puesto que eres nešili .
Y ahora que tu reino ya no existe, los de Ugarit seguro que han vuelto a acercarse al faraón.
Si aparecéis por allí os esperarán con los cuchillos afilados.
—Pareces conocer muy bien a esos kemetyu . ¿Eres uno de ellos? —preguntó Gurpa, percibiendo la aspereza de Afareo.
—No, pero pasé allí muchos años. Y no me son simpáticos, si es eso lo que quieres saber. Aunque hay quien me resulta menos simpático aún.
Eumetas trató de rebajar el tono de su sobrino:
—Seguro que Afareo está dramatizando un poco la situación. No creo que…
—En el vestíbulo habréis visto otra estatua además de las de Ba’al y El.
Es el per- ʿ ō de Kmt , Ba-en-R ā Mer-en-Ptah Hetep-her-ma ā t .
Merneptah ya hace tiempo que murió; ahora gobierna User-ma ā t-R ā Meri-Amon R ā mese : «Poderosa es la justicia de R ā , Amado de Amón, Nacido de R ā ».
—Soltó una risita—. Y si en Ugarit tienen una estatua del faraón en su templo más sagrado junto a Ba’al y a El, sus dos dioses más importantes, te aseguro que no es por casualidad.
—¿Los faraones tienen siempre esos nombres tan largos? —preguntó Gurpa con desinterés.
—Puedes llamarle Ramsés. Es quien decidió mantener en Ugarit una guarnición de soldados enviada años atrás por Merneptah para supervisar el orden en este lugar.
No tendría sentido hacer eso si entre Ugarit y Kmt no existiera una buena relación.
Esa guarnición salió huyendo en cuanto vio lo que se le venía encima y ahora mismo debe de estar camino de tu Tameri para contarle al oído al faraón quiénes sois y lo que habéis hecho.
Y él enviará un ejército para deteneros; y me refiero a un ejército de verdad, con miles de hombres y cientos de carros de guerra, no la chusma contra la que estáis acostumbrados a pelear.
Gurpa apuró el vino y arrojó el ritón a las brasas con violencia.
—Más bien le contará lo que habéis hecho vosotros. Han sido vuestros hombres quienes han tomado la capital de Ugarit, no los nuestros. Vuestra suerte correrá pareja a la nuestra, a menos que salgáis huyendo con el rabo entre las piernas, os embarquéis en vuestras naves y desaparezcáis de aquí.
Afareo dejó caer también su copa e hizo ademán de abalanzarse sobre Gurpa. Eumetas se interpuso entre los dos gigantes y dio gracias a Ba’al y a Posedao por que todos en la terraza estuvieran desarmados.