Fuego y bronce 9. UGARIT Diecinueve años después del Desastre #5
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9. UGARIT Diecinueve años después del Desastre #5

—¿Lo nuevo, padre? —preguntó Gurpa—. ¿Te refieres a lo que habrán de construir Lupakki, mi hijo P ū sukš ē n, tu nieta Azzari?

Quién sabe qué mundo se encontrarán. Quizá ninguno, y tendrán que levantarlo ellos mismos encima de todas estas cenizas.

—Se acercó a su sobrino y le puso la mano en el hombro—.

Te he visto pelear ya muchas veces, Lupakki.

Contra estos pobres labriegos y también contra fuerzas bien organizadas, en Ḫ alab y en Emar.

Dime, ¿no le temes a nada? —Lupakki bajó la vista y no respondió—.

Vamos, no lo digo para avergonzarte. Ojalá todos lucharan como tú.

Lupakki tomó la lanza y el escudo que yacían a sus pies y se alejó.

—No sé cómo lo has hecho para enseñarle lo que sabe, Kessi —ahora fue su hermano quien tuvo que poner la frontera de los parpados entre ambos—, pero su forma de combatir es tan…

perfecta y tan controlada. Hace lo que tiene que hacer y lo hace bien.

No he visto nunca a nadie así, ni siquiera yo era capaz de moverme tan rápido y con tanta precisión en el combate.

—Su hermana no le va a la zaga —apuntó Appu, henchido de orgullo.

—En cambio —siguió Gurpa— nuestro ejército, porque eso es lo que somos, ¿no?

, un ejército formado por mil razas y naciones, parece que entra en un estado de locura siempre que tiene oportunidad de agitar las espadas.

Se nos unieron los mercenarios que militaban en las fuerzas de Ugarit, como ha sucedido en otras tantas ocasiones: siempre los menos arraigados, los que lo han perdido todo y no quieren perder también la vida, incluso diría que los menos leales a sus lugares de nacimiento, a sus ancestros, a sus tradiciones…

Esos son los que se alían con nosotros y ellos hacen que seamos lo que somos ahora.

Una fuerza ingobernable, una furia desatada que a duras penas soy capaz de controlar.

Salvajes que disfrutan destruyendo. Yo no pedí ser el jefe de todos ellos, no pedí ser el jefe de nada.

Solo buscaba un lugar donde vivir con mi mujer y mi hijo.

Guardaron silencio. No esperaban que el discurso de Gurpa terminara de ese modo. Kurunta reparó en que ni siquiera sabía el nombre de la aldea que acababan de reducir a ruinas. El anciano Appu miró a su hijo.

—Gurpa…

—Estoy cansado de pelear, padre. Pero es lo único que sé hacer. Y no veo otro camino por donde seguir adelante. Solo es eso.

—Es nuestro camino, Gurpa. Un camino marcado por la lucha entre Tar ḫ un e Illuyanka.

Entre el Dios de la Tormenta y el Dragón, el bien y el mal.

Su pelea nos deja un estrecho margen a nosotros los mortales y nos corresponde avanzar por ese camino guardando el equilibrio, con cuidado de no caer a un lado ni al otro. Pero hemos de seguir adelante.

—Para que pueda nacer lo nuevo, ¿no?

—Para que pueda nacer lo nuevo.

Lejos ya de la conversación, Lupakki oyó las últimas palabras de su abuelo sobre la lucha entre el dios y el dragón. Hacía años que no pensaba en esa historia, que para él encarnaba el juego al que jugaba con su hermana siendo niños allá en Wilios. Le invadió un profundo sentimiento de nostalgia.

Por la noche hizo calor y a pesar de ello encendieron una fogata para sentarse en derredor.

Lamass ī salía del carro donde acababa de dormirse el pequeño P ū sukš ē n, cuando Lupakki, recostado en el exterior contra una de las macizas ruedas de madera, estaba contando en pocas palabras lo dicho aquella misma tarde por Gurpa.

Buzazu, Azzari y Subaru acompañaban a Lupakki; Azzari acunaba con brazos nerviosos a la sollozante Kaddusi, empeñada en la imposible tarea de hacerla dormir.

Con un gesto mal disimulado, Subaru advirtió a Lupakki de la presencia de Lamass ī . Él calló al instante.

—Conozco a mi marido, Lupakki —le tranquilizó ella con una sonrisa—. Y también un poco a ti. No podrá molestarme nada de lo que digas sobre él.

—No estaba diciendo nada malo de mi tío, Lamass ī . Solo que...

—¡Que está cansado de luchar! —le interrumpió un exaltado Subaru—. Es lo que has dicho que oíste, Lupakki.

—Lleva toda su vida haciéndolo —dijo Lamass ī con tranquilidad—. ¿Qué hay de extraño en ello?

Se acercó a Azzari y le indicó con un gesto que le dejara coger a la niña.

—¿Podrás? Que los dioses te ayuden, yo soy incapaz.

—Siente tu nerviosismo —explicó Lamass ī . Comenzó a mecerla y los lloros de Kaddusi remitieron al momento, ante la asombrada mirada de su madre.

—Es verdad, no hay nada de extraño —respondió al fin Subaru, sentado en un tocón—.

Gurpa, Kurunta y Walmu tienen ya una edad, su tiempo ha pasado.

Aún pueden combatir bien, por supuesto, son una generación de luchadores; pero ahora nos toca a nosotros.

Y es lo que estamos haciendo: luchar con ellos y por ellos. ¿No es verdad?

Lupakki pasó por alto que no había mencionado a Kessi, a quien Subaru siempre había menospreciado. Todos sabían con cuánta frecuencia cada palabra que salía de su boca enturbiaba el ambiente. Buzazu no se reprimió.

—¿Que aún pueden combatir bien? —protestó—. Gurpa acabaría contigo con un brazo atado a la espalda y desarmado.

Subaru se levantó como si su asiento estuviera ardiendo.

—Déjalo —le calmó Azzari—, te está provocando. Además, tiene razón.

Subaru no supo qué decir.

—Pero algo sí es verdad —continuó Azzari—: no es momento ahora de bajar los brazos.

¿No nos habíamos propuesto llegar a la tierra de Tameri?

Pues habrá que pelear con quien sea necesario hasta conseguirlo.

Y si mi tío se ha hartado de guerras, muchos aún no lo hemos hecho.

Además, se lo debemos. Ellos nos han puesto en el camino, ahora es tarea nuestra alcanzar el final.

—Yo pienso que el sueño nos está haciendo exagerar un poco —dijo Buzazu—. No me creo que Gurpa, ni ninguno de nosotros, esté pensando en rendirse ahora que estamos tan cerca.

—¿Lo estamos? —preguntó Azzari.

—Tameri está más allá de Amurru —señaló con seguridad hacia el horizonte como si supiera exactamente en qué dirección se encontraba—, cruzando Amki y Kin ā na. Hacia el sur. A unos cincuenta o sesenta bêru .

La sensación de hallarse tan cerca de su destino, pero al mismo tiempo aún tan lejos, acalló sus gargantas durante un momento.

—Vayamos a descansar —susurró al fin Lamass ī —, aprovechando que Kaddusi al fin ha dejado de llorar—. Azzari le dedicó una sonrisa agradecida y Lamass ī le devolvió a la niña profundamente dormida.

Todos se retiraron. Antes de separarse, Lupakki se acercó a su hermana. Ella sujetaba a Kaddusi en sus brazos sin atreverse a acunarla para no despertarla.

—¿Alguna vez piensas en nuestra madre?

Azzari vio en los ojos de su hermano una profunda tristeza.

—La verdad es que no me acuerdo mucho de ella… Yo era muy pequeña, tenía cuatro años cuando murió. ¿Tú sí?

—Nació en Amurru.

—No lo sabía. —Azzari se quedó pensativa un instante—. Me acuerdo de un colgante que siempre llevaba al cuello. Cuando me cogía en brazos yo jugaba con él. Era una medialuna. Es curioso: no recuerdo en absoluto su cara, pero ese collar…

—Yo también lo recuerdo —mintió él. Quizá lo recordara en el pasado, pero en ese momento la imagen en su memoria era confusa.

—Le habría gustado estar aquí ahora con nosotros. Buenas noches, Lupakki.

—Buenas noches.

De nuevo el calor y la humedad hacían aflorar el sudor en todos los rostros.

Subieron un pequeño tramo de ocho peldaños para acceder al recinto y caminaron por un pasillo exterior entoldado hasta ver una suave escalinata a cuyo término se abría un amplio patio.

En el centro, un obelisco cuadrangular y un pequeño pebetero humeante anunciaban que aquel era un lugar sagrado.

Subiendo por una nueva escalinata pasaron bajo un pórtico columnado y entraron en una especie de vestíbulo.

Allí se precisaban antorchas para ahuyentar la oscuridad.

El aroma dulzón y empalagoso que desprendían los incensarios los aturdió un poco.

Gurpa, Idrimi, Buzazu y el resto de la comitiva se sintieron intimidados por unos ojos de piedra.

Una figura humana los miraba desde un asiento; llevaba un gorro puntiagudo en la cabeza y en la mano sostenía una especie de maza.

A su lado había un enorme bloque de piedra de color negro con forma de toro.

Y detrás, junto a la puerta que daba al patio, se erguía la estatua de un hombre de rostro hierático, la cabeza aparatosamente engalanada, el torso desnudo y un faldellín de telas plisadas.

Las paredes pintadas con dibujos de colores ocres completaban el ornamento de la sala.

Apenas estuvieron en el vestíbulo un momento y enseguida fueron conducidos por la puerta contigua a una estancia más grande, en la que la decoración se reducía a la presencia de un simple becerro de bronce de tamaño natural y cornamenta protuberante.

En la estancia les aguardaba más de una veintena de hombres que cesaron su leve murmullo cuando los vieron aparecer.

Uno de ellos, un individuo de unos sesenta y tantos años con la barba recogida en una trenza, avanzó hacia los recién llegados.