9. UGARIT Diecinueve años después del Desastre #4
—¿Haciendo? Estamos saqueando esta ciudad. ¿A qué te refieres? ¿A masacrar a sus habitantes?
—Estoy arrebatando la vida a estos desgraciados.
Más que eso: el alma, Eumetas. Ellos lo llaman nefesh .
Sus dioses les otorgaron al nacer un soplo de vida en la garganta y ahora yo les despojo de ese aliento.
¿No crees que eso me iguala a ellos, a sus dioses?
Incluso me coloca por encima, al tener el poder de revertir lo que ellos hicieron.
Eumetas se esforzó en no dejar traslucir ninguna emoción.
—Te coloca a ti y a cualquiera con un cuchillo en la mano y deseos de clavárselo a alguien, ¿no crees?
—No es lo mismo. Yo tengo una finalidad concreta al hacerlo y eso debería agradar a los dioses; a los míos, al menos.
Estoy contribuyendo a que el mundo cambie.
Hasta ahora en este lugar vivía esta gente y ahora nos toca a nosotros iniciar un nuevo ciclo.
Es el destino, querido tío. Yo soy el instrumento del destino.
Eumetas reprimió una carcajada.
—¿El destino? No seas iluso: eso no existe.
Siempre es todo lo mismo. Lo que se gana de un lado en algún momento se pierde del otro, y como no sabemos lo que perdimos, creemos que ganamos y que hemos avanzado.
Pero es falso. Solo somos nosotros aquí y ahora, como antes y como siempre.
Así que si piensas que eres instrumento del destino, entonces asume que eres el instrumento de una farsa.
A Afareo no le agradó el comentario y le miró con disgusto. Él se mesó la barba trenzada, como solía hacer cuando se sentía satisfecho de sí mismo, y se permitió una sonrisa.
Muchos huyeron de Ugarit con intención de cruzar la frontera por el sur y entrar en la tierra de Amurru, o por el este donde serían carnaza para cualquiera de los grupos nómadas de pululaban por la región: los shasu , los habbatum , los aramu , los sutu, los ḫ abiru …
Otros prefirieron refugiarse en el territorio de Ugarit, en algún rincón de las montañas, a la espera de que los invasores se fueran de la ciudad para volver y recuperar los bienes que habían enterrado bajo el suelo de sus casas.
Sin embargo, ni las montañas ni ningún otro paraje del reino era un lugar seguro en aquellos momentos.
Varios días después llegaron a oídos de Eumetas noticias del norte.
Se había instalado en el imponente palacio de Ammurapi, a quien no tuvo la oportunidad de conocer ya que había huido con mayor diligencia y rapidez que sus propios súbditos.
Eumetas había incendiado el palacio casi por completo, pero había preservado algunas salas para hospedarse en ellas.
Aguardaba allí el regreso de mensajeros que le confirmaran que los cinco bêru de costa del reino de Ugarit, a lo largo de los cuales existían cuatro puertos importantes y otros más pequeños, amarraderos, refugios y muelles, obraban ya en su poder.
Uno de los emisarios relató a Eumetas y Afareo los logros obtenidos por la flota, recitando de memoria los diferentes puntos de la costa que habían caído.
—Eran un objetivo fácil —replicó Afareo con suficiencia cuando terminó de hablar—, ya sabía que no nos plantearían ningún problema. Ugarit solo cuenta con barcos pesqueros y otros que se dedican al comercio. No disponen de armada.
—Nadie la tiene, que yo sepa —apuntó Eumetas—, pero muchos acondicionan sus naves para la guerra si es necesario. La única armada estable que conozco es la de la tierra de Lukk ā , y son todos barcos piratas. Igual que nosotros, en realidad.
Eumetas despidió con un elegante gesto a los mensajeros.
—Aún hay algo más, Eumetas —añadió el emisario.
—¿Algo más? Pues habla, no te lo guardes.
—Alguien está atacando las aldeas del interior, las del norte y el este.
—¿Alguien? ¿Cómo lo sabes? ¿Quién, exactamente? —preguntó Afareo con gran interés. Se acercó al emisario como si fuera él mismo el responsable de esos ataques, pero este no se amilanó.
—Un ejército. Avistamos columnas de humo en el interior y fuimos a comprobar su origen; yo mismo fui miembro de la partida de exploradores. No hay duda de que ese ejército penetró por el norte desde las tierras de Mukiš. Están asolando las aldeas de Ugarit.
—Algunas de ellas están amuralladas. ¿Es un grupo muy numeroso?
—Mucho, Eumetas. No son un puñado de nómadas del desierto; se trata de miles de hombres.
—¿Mukiš está invadiendo Ugarit? —preguntó al aire Afareo.
—No lo creo —señaló Eumetas, y se volvió hacia el mensajero—. ¿Qué más sabes?
Este les dio algún detalle más acerca de esa fuerza que estaba arrasando el reino: un grupo tan heterogéneo como salvaje y tan innumerable como imprevisible en sus movimientos.
—Yo pude acercarme al lugar donde estaban acampados.
No son un simple ejército: llevan mujeres y niños, familias enteras.
La mayoría de sus carros no son de guerra sino de transporte.
El campamento es totalmente provisional, con lonas y tiendas, sin construcciones estables, sin empalizadas pero con vigilancia. Da la impresión de ser gente que…
—… que está de paso —adivinó Eumetas—. Buscan un lugar donde establecerse. No vienen de Mukiš sino de más al norte; proceden de todas partes, he oído hablar de grupos así que se desplazan por todo el continente. Pero ¿son tan numerosos?
—Lo son.
Eumetas calló pensativo, mientras el mensajero se retiraba y Afareo daba inicio a sus habituales fanfarronadas.
—Cuando aparezcan por aquí acabaremos con ellos, no hay por qué preocuparse. Querrán tomar la ciudad pero nos encontrarán dentro, y entonces…
—Vamos, Afareo: ¿por qué razón íbamos a luchar contra gente que no nos ha hecho nada y por un lugar que nos importa bien poco?
—Maldita sea, Eumetas, ¿te has vuelto loco?
Porque ahora Ugarit es nuestro, hemos llegado antes que ellos.
—Aquello sonó infantil y el propio Afareo lo reconoció con un silencio—.
A menudo no sé si bromeas o hablas en serio.
Da igual; no sé qué piensas hacer tú, pero yo no voy a salir huyendo por muy numeroso que sea ese ejército.
—¿Huir? Claro que no. Cálmate, Afareo —sonrió su tío—. Tengo curiosidad por conocer a esos hombres del norte. De acuerdo, haremos como dices: les esperaremos.
Una tras otra las poblaciones fueron cayendo ante el empuje arrollador de los «nómadas del norte».
Las aldeas de Ugarit cercanas a las montañas, Šuqalu, Mu ʿ aru, Ba ṣ iru, Y ē n ā , Ḫ alb ā , y también Bi ʾ ru, U ḫ nappu, Baq ʿ atu, Ḫ albu-rapši, Ša ḫ aqu y Ḫ albu- ʿ apur ī ma, situadas al inicio de las llanuras, poco pudieron hacer y fueron pasto de las llamas antes o después de que sus habitantes las abandonaran.
Las tierras de Ugarit se convirtieron en un infierno y oleadas de familias sin hogar se precipitaron en dirección este hacia la cordillera, para alcanzar al otro lado del río Arantu la región de Nu ḫ ašše .
Allí les aguardaban tribus de akhlamu y sutu que saqueaban sus escasas pertenencias y los forzaban a regresar de nuevo al lugar del que habían huido, un lugar que ya no era suyo.
Gurpa no deseaba todo eso, pero tampoco le importaba.
A menudo recordaba sus años como esclavo de los kaška y sentía vértigo al no comprender cómo sin pretenderlo se había convertido en el líder de una ingente masa humana que devastaba todo a su paso.
El propósito de establecerse en Tameri o donde fuera se había difuminado; su lugar lo ocupaban el trastorno y la destrucción que los suyos sembraban a su paso.
Y Gurpa racionalizaba ese caos y lo convertía en un requisito indispensable para alcanzar la paz que buscaba.
Sin embargo, y a modo de compensación por todo ello, tenía la satisfacción de haber encontrado no una sino dos familias: Lamass ī y el pequeño P ū sukš ē n habían reconstruido lo que en su interior se desmoronó cuando creyó muertos a quienes dejó en Wilios; y el posterior reencuentro con esa misma familia que suponía perdida lo colmó de bendiciones casi por completo. Casi. Faltaba Mikal.
—El mundo está en crisis, Kessi. Nosotros no somos menos víctimas que estos pobres a los que despojamos de sus casas y sus tierras.
Una mañana Kurunta se sintió impelido a decir aquello al ver la expresión sombría de su amigo.
Frotaba con una piedra el filo de su espada sentado en una roca, en una especie de plaza de la última aldea que habían asolado.
A su alrededor el humo de los escombros y la ceniza que el viento removía enturbiaban el aire.
Algunos cadáveres aún sangraban desperdigados por todas partes; pronto el hedor a muerte sería insoportable y habrían de marcharse de allí.
Gurpa, Appu y Lupakki también se encontraban contemplando el mismo escenario de desolación, aunque cada uno con ojos diferentes. Fue Kessi quien respondió con expresión fatigada:
—Curiosa forma de ser víctimas, ¿no crees? —Señaló un cuerpo tendido a sus pies—. Ese pobre desgraciado tiene las tripas desparramadas por el suelo y tú le sacas filo a la espada. Necesito que alguien me lo explique un poco mejor, Kurunta.
El alfarero gruñó y ya se disponía a contestar cuando Appu se adelantó.
—Yo lo haré, Kurunta. —Y le dijo a Kessi—: Él está en lo cierto: el mundo está en crisis y eso quiere decir que lo viejo se está muriendo y lo nuevo aún no ha nacido.
Y mientras no lo haga, se producirán este tipo de hechos sobre la faz de la tierra.
Nosotros no somos más que instrumentos de los dioses, muñecos a expensas de su capricho.
—Yo no me siento un muñeco —dijo Kessi, dándose por aludido—. Hago lo que quiero hacer. No deseo participar en todo esto y no lo hago.