Fuego y bronce 9. UGARIT Diecinueve años después del Desastre #3
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9. UGARIT Diecinueve años después del Desastre #3

—¿Crees que los derrotarás con ese lenguaje soez? —le dijo con una media sonrisa.

Subaru no la oyó pero sí lo hizo Walmu, situado junto a ella.

—No pretende infundirles miedo, sino sacudirse de encima el suyo. No se lo digas a nadie o parecerá que somos un ejército de miedosos, a juzgar por cómo grita todo el mundo.

—¡Eso ella ya lo sabe! —exclamó Kurunta a su izquierda—. Es más valiente que cualquiera de los que estamos aquí. ¡Vamos a darles una paliza! ¿Verdad, pequeña Azzari?

Ella amplió su sonrisa, divertida por la pintoresca idea de ser una mujer valiente rodeada de hombres sin valor.

—Sí, lo sé —confirmó—. Es solo que no me gusta verle fuera de sí.

—¿Fuera de sí? ¡Estamos a punto de entrar en batalla! Déjale que descargue la rabia que lleva dentro.

Azzari era la única hembra en las filas y su presencia ya hacía tiempo que había dejado de causar extrañeza entre los hombres.

Resignado a verla llevar armas –y en realidad secretamente complacido por ello–, su abuelo Appu le había forjado una coraza que se adaptaba a su cuerpo, más delgado y esbelto que el de un hombre.

Era tan hábil con la honda como su hermano Lupakki y con la espada se defendía bien.

Su conducta escandalizaba a la mayoría de las mujeres, entre las cuales no se encontraba la esposa de su tío, Lamass ī ; cuando conoció a la joven Azzari la hija de P ū sukš ē n había sentido deseos algo irreflexivos de imitarla, de llevar el mismo tipo de vida que ella.

Sin embargo, ni Gurpa ni Buzazu se lo permitieron jamás y ella se plegó a sus deseos sin demasiada insistencia, casi con fingida resignación.

A sus ojos Azzari no tenía miedo a nada ni a nadie.

La había visto dar a luz y soportar los dolores del parto con absoluta entereza, y pocos días después montar a caballo y disparar con la honda como si su cuerpo no arrastrara secuelas del alumbramiento.

Lamass ī se había quedado con el resto de las mujeres en el campamento, a medio bêru de distancia hacia el norte, cuidando del pequeño P ū sukš ē n y la hija de Azzari y Subaru, una niña de apenas tres años pecosa y de fuertes pulmones a la que habían puesto por nombre Kaddusi, como su bisabuela.

También se habían quedado con la impedimenta Appu y Kessi, el uno por la edad y el otro por su brazo lisiado.

En el pasado Kessi había llegado a participar en batallas, pero su particular desinterés por la guerra unido a su tara física habían acabado por relegarle a ser compañía de mujeres, viejos y niños en la retaguardia.

Al respecto de eso, jamás le importó la opinión de su padre ni tampoco se preguntó qué pensarían Lupakki o Azzari, tan diestros en la batalla y siempre situados en primera línea de combate.

Allí estaba en ese mismo instante su hijo, en el frente, observando casi sin parpadear al enemigo.

Hombres de caras asustadas que esgrimían lanzas y hoces y que iban engalanados como lo que eran: labriegos, artesanos, pastores de ganado.

Lupakki sentía en esos momentos una enorme pena por él mismo y también por ellos, los hombres de Ugarit.

Porque esa palabra, Ugarit, le retrotraía directamente a su madre: en sus recuerdos ella llevaba puesta una túnica larga sin mangas y de amplio cuello a la que siempre llamaron «el vestido de Ugarit», teñido de un vistoso ḫ ašmanu entre verde y amarillo, un color que Lupakki había reconocido en los ropajes de algunos de sus actuales enemigos.

Para Lupakki, Ugarit era ese vestido y ese vestido era su madre.

A duras penas podía recordar ya su rostro, pero jamás olvidaría el ḫ ašmanu del vestido de Ugarit.

Y ahora, a sus veintiséis años, acababa de descubrir el auténtico significado de la palabra, un significado que debía hacer desaparecer de la faz de la tierra.

Porque estaban allí para arrasar la ciudad de Ugarit y aniquilar a los mismos hombres que habían confeccionado y teñido el vestido de su madre.

—¿Te pasa algo? —le preguntó con aire distraído Subaru, a su lado. No hubo respuesta y Subaru no insistió; ya conocía el carácter taciturno de su cuñado. Tenía la garganta seca de tanto gritar y tosió—. Daría lo que fuera por un trago de agua.

Lupakki le miró y también sintió pena por él. Entonces alguien hizo sonar un cuerno y todos supieron que la batalla iba a comenzar.

Una descarga de cientos de flechas cayó sobre uno de los puertos del reino de Ugarit, el más cercano a la capital.

Tres embarcaderos más, en el norte, habían sido ya asaltados y destruidos por la flota invasora.

Afareo al fin se sentía feliz: había bastado un día y medio de navegación desde Enkomi para que los barcos alcanzaran la costa de Ugarit.

A la primera andanada le siguió otra y poco después otra más.

Hacía años que se beneficiaban de la explotación de las minas de la isla del cobre, Kupirijo, de modo que no les faltaba materia prima para fabricar puntas de flecha; a pesar de ello, los hombres tenían orden de recuperar todo el metal disparado que pudieran una vez se consumara el ataque contra los lugareños del puerto.

La gente corría buscando refugio; saltaban para no tropezar con los cuerpos de los muertos y gritaban como si de ese modo pudieran ahuyentar las flechas. Afareo exhibía su amplia sonrisa de pie en la borda, observando el caos que las saetas provocaban.

—Ayer vi unos delfines saltando junto a los barcos. ¡Los delfines me siguen, Eumetas, es un gran augurio! ¡Una señal divina! ¿Por qué hemos esperado tanto tiempo en hacer esto? —bramó eufórico desde la borda de uno de los barcos.

A su lado, Eumetas se mostraba más comedido.

De hecho, estaba bastante lejos de compartir el entusiasmo de su sobrino.

Dudó si contestar a la pregunta; él no acostumbraba eludir ninguna cuestión, lo cual a menudo le había acarreado más de un disgusto.

Pero los años de convivencia con Afareo le habían hecho descubrir en él a un individuo peligroso con un amplio espacio en su corazón para el rencor, de modo que solía no contrariarle y evitar así problemas innecesarios.

Se decidió a responder, pero no le diría toda la verdad; no le apetecía confesarle que una de las razones, y no la de menor importancia, de la demora en emprender el ataque de la costa de Ugarit, había sido el deseo de que su otro sobrino cambiara de parecer, saliera de su cabaña en Kutira y volviera con él.

Si se decidiera a exponer a Afareo ese motivo oculto, Eumetas le diría en pocas palabras que prefería la compañía de Kerkios a la suya puesto que él no le agradaba como camarada de aventuras.

Era una cuestión puramente personal. Sin embargo, eligió el camino de la diplomacia, que no estaba reñido con la verdad.

—Primero debíamos consolidar el control sobre Kupirijo, ya te lo he dicho muchas veces.

—¡Hace diez años que Kupirijo es nuestra!

—Y restablecer la normalidad en las rutas comerciales. Y convencer al rey de Akupitija de que no tenemos nada contra él.

—Pero si tú…

—Y volver a reunir una flota en condiciones. Recordarás que, después de caer la isla, tus amigos lukk ā , labu , škl , trš y demás giraron la proa y volvieron al mar para seguir con sus correrías de siempre.

—Ya, pero…

—¡Por la Potnia, Afareo! Estamos aquí, ¿no? Disfruta del espectáculo. Todo está saliendo según lo previsto.

—Estás hecho un viejo carcamal, Eumetas. ¡Adiós!

Afareo tomó la lanza y saltó por encima de la regala. El agua le cubrió hasta las rodillas. Brincó sobre las olas hacia la costa, donde los barcos ya estaban varando y comenzaban a vomitar la carga que transportaban: cientos de guerreros dispuestos a matar para tomar la ciudad de Ugarit.

No encontraron oposición digna de ese nombre: los hombres corrían y ofrecían sus espaldas a las lanzas y las flechas, a las cuchilladas y los hachazos.

Afareo arrojó la jabalina y la afilada punta asomó por el pecho de un pescador que trataba de ponerse a salvo huyendo tierra adentro, en dirección a la ciudad.

Su cuerpo ensartado se estrelló contra el suelo como un fardo; Afareo lo pisó para poder desclavar la lanza de la espalda.

—Por Posedao, son un hatajo de cobardes —murmuró—. ¿Hacía falta tomar tantas precauciones? Habría bastado con mis barcos para asaltar esta ciudad.

Avanzó con paso firme por el escenario de muerte que había a su alrededor.

Algunas de sus víctimas intentaron defenderse con arpones y cuchillos, incluso un hombre le arrojó por la cabeza una sucia red de pescar.

Afareo se zafó de ella con la espada y a continuación atravesó el pecho del desdichado.

Entretanto Eumetas observaba la escena desde el barco con cierto hastío.

Veía a Afareo andar y pavonearse en el puerto con su piel de jirafa sobre los hombros y sus ademanes amenazantes, y se preguntó por qué le resultaba desagradable aquella presuntuosa exhibición de fuerza.

Al cabo de un instante halló la razón: le recordaba a sí mismo veinte o treinta años atrás. Y odió verse reflejado en su sobrino.

Entraron en Ugarit sin otra dificultad que la de tener que echar abajo la pesada puerta de la muralla este.

Los hombres trabajaron duro en la construcción de arietes usando la madera de los cedros que crecían en las arboledas del interior.

Necesitaron tres arietes hasta que la puerta cedió y se vino abajo.

Cuando entraron descubrieron que podrían haber escalado los muros y abrir la puerta desde dentro ellos mismos, ya que no había allí nadie para impedírselo.

Los invasores penetraron en una ciudad casi desierta; encontraron algunos hombres y mujeres en sus casas o huyendo por las calles, y Afareo y otros se divirtieron poniendo a prueba su puntería con el arco y las flechas.

—¿Sabes lo que estoy haciendo, Eumetas? —preguntó Afareo con una sonrisa.