9. UGARIT Diecinueve años después del Desastre #2
Gurpa obedeció a Lamass ī pero el crío, encantado con el breve paseo aéreo que le había brindado su padre, pidió otro viaje y él no pudo reprimirse. Sonrió a su esposa y volvió a zarandear al niño por encima de sus hombros.
Gurpa y Lamass ī llevaban juntos trece años.
La hija del mercader P ū sukš ē n había nacido en un carro tirado por bueyes en los caminos de Aššur y Gurpa la había tomado por esposa siguiendo el rito nešili , que toleraba los casamientos sin importar la condición social o racial de los contrayentes.
Dado que el padre de la novia había muerto, Gurpa formalizó el contrato con el hermano de ella, Buzazu.
A él le entregó la tradicional kusata , dote que no consistió más que en la promesa de convertirle en su mano derecha al frente de los ḫ abiru ; y a ella le hizo entrega del assu , un regalo consistente en un hermoso collar con unas cuentas.
Cuando llegó el momento, le alzó el velo y le ungió la frente con sagrados aceites perfumados.
Gurpa incorporó el matrimonio con Lamass ī a su vida como un hecho natural, como si formara parte del camino que le había tocado recorrer.
Durante meses trató de convencerse de que su destino y el de Lamass ī tenían que transcurrir juntos no porque sintiera que le debía algo al anciano P ū sukš ē n, ni por querer liberarla a ella del estigma de la soltería, ni tampoco por borrar de su mente el recuerdo de aquella mujer cuyo nombre ya no deseaba recordar.
La razón del enlace era simple y primitiva, como debería serlo la de cualquier vínculo conyugal: el amor que sentía por ella y el deseo de perpetuar su estirpe con un heredero.
En cuanto a lo primero, Gurpa estaba seguro de no estar engañándose a sí mismo.
Sobre lo segundo, al año y pocos meses nació el hijo de Gurpa y Lamass ī .
No tuvieron ninguna duda acerca del nombre que le iban a poner.
Pero el por fin ordenado y sereno mundo interior de Gurpa saltó por los aires cuando ocho años después abrazó a su padre y su hermano, a quienes hacía el doble de tiempo que no veía y a los que daba por muertos.
Al poco de ese abrazo un sentimiento de culpa lo azoró, porque la alegría de verlos vivos quedó opacada por la renacida esperanza de volver a ver también con vida a Mikal.
Y por un instante maldito deseó que Lamass ī y su propio hijo P ū sukš ē n no hubieran existido jamás, para poder regresar al mundo en el que solo estaban Mikal y él. Y una vez más, se odió a sí mismo.
—La mataron los a ḫḫ iyawa al poco de marcharte de Wilios —le dijo con pesar su hermano Kessi—. La quemaron viva. Pienso en ella cada día de mi vida.
Entonces se sintió morir de un modo más profundo y terrible que cualquiera de las mil veces que había sentido cerca la presencia de la muerte a lo largo de su existencia, pero enseguida experimentó una sensación de alivio que, paradójicamente, lo atormentó.
¿Qué habría sido de Lamass ī de estar viva Mikal?
¿Habría tenido él que escoger entre una u otra?
¿O habría sido capaz de subsistir en el engaño traicionando sus propios sentimientos?
Pero ¿acaso estaba seguro de conocer esos sentimientos?
Se dio cuenta de cuán tenue era el equilibrio sobre el que había asentado su vida y se sintió una vez más zarandeado por los acontecimientos, cuyo vaivén agrietaba su mente.
Su fortaleza exterior no era más que la engañosa carcasa que cubría una fragilidad enfermiza.
Ese torbellino de emociones le sacudió durante un breve momento de hacía ya cuatro años, y él aún lo recordaba. Pero ahora su vida había sido cubierta por un manto de normalidad y estabilidad de la que Lamass ī y P ū sukš ē n constituían los pilares.
Oyó su nombre mientras volvía a colocar a su hijo en el suelo. P ū sukš ē n corrió alborozado a los brazos de su madre en tanto que ella miraba con sorpresa y preocupación a su hermano, que venía sorteando obstáculos a su paso. Un buey mugió al recibir un bastonazo para que lo dejara pasar.
—¡Gurpa! ¡Gurpa!
—¿Qué sucede, Buzazu?
—Los exploradores han regresado y traen novedades. Preparémonos para la batalla.
Una larga fila de hombres se extendía de este a oeste por el valle cubriendo una pequeña parte de la llanura.
Portaban lanzas y toscos escudos de madera, algunos sujetaban en las manos azadas y hoces, y vestían túnicas de lino gastado y cuero mal remendadas.
Detrás se agolpaban otros muchos provistos de espadas curvas, arcos y flechas, mazas y hachas.
Las corazas aparecían en esa segunda hilera de hombres y muchos de ellos iban tocados con una especie de birrete de piel.
Era difícil descubrir algún tipo de disposición en su formación.
Destacamentos o pelotones agrupados de acuerdo a su armamento o conforme a algún color, batallones de infantería ligera o pesada, filas o columnas bien definidas…
Solo se percibía una caótica aglomeración de gente acumulada tras las primeras hileras y cualquier atisbo de orden quedaba difuminado en el amasijo de cabezas y cuerpos que se agitaban inquietos bajo el sofocante calor.
Frente a ellos, a unos doscientos pasos de distancia, una inmensa y también heterogénea amalgama de guerreros los observaba con rostros ansiosos por recorrer el espacio que los separaba y consumar aquello para lo que se habían dado cita esa mañana.
Estos sí se hallaban agrupados en función de la vestimenta y las armas, lo cual indicaba su pertenencia a un colectivo, a un pueblo, a una etnia.
Los había con espadas cortas, lanzas largas y escudos redondos; otros llevaban una pequeña cornamenta en sus cascos y escudos que les cubrían medio cuerpo con umbos protuberantes en su centro.
Coseletes de lino y refuerzos de bronce y de cobre en cuellos, hombros y vientre; diademas de bronce repujado engalanadas con ramilletes de plumas que apuntaban al cielo, o de hojas de junco, o incluso de crines de caballo.
Espadas de hojas anchas y planas, o bien puntiagudas y estrechas, o también curvas.
Coseletes de bronce que cubrían hasta la cadera, otros que tan solo protegían el pecho, y otros con estructura de láminas que les otorgaba flexibilidad.
Eran miles de combatientes agitando sus lanzas y espadas, golpeando los escudos y profiriendo al viento sonidos guturales con la intención de amedrentar al rival, que oía sus voces amortiguadas por la distancia.
Ajenos al bullicio ensordecedor, Gurpa, Idrimi y Buzazu observaban al enemigo un paso por delante de la primera línea.
—Los envían a la muerte… —dijo Idrimi con cierta tristeza.
—Es la milicia hrd —explicó Gurpa. Idrimi lo miró sorprendido al oír el extraño nombre—.
Es la única palabra que conozco en su lengua.
A menudo lucharon con el ejército de Ḫ atti; son tropas auxiliares, transportan en asnos el material, las provisiones, la impedimenta, pero los dirigentes de Ugarit las enviaban a Šuppiluliuma como fuerza de choque.
Al parecer, Ammurapi también les da ese uso.
En su mayoría son campesinos sin la necesidad ni a menudo los medios de pagar a un herrero para que les forje una espada o un escudo propios, y no digamos una coraza de metal.
—Los maryannu con sus carros están a la derecha, cerrando el frente por aquel costado; debe de haber unas cinco o seis decenas de ellos. Urtenu hizo un buen cálculo.
—Planean atacarnos por el flanco, quizá incluso rodearnos y sorprendernos por la retaguardia —apuntó Buzazu.
Idrimi arrugó la nariz.
—No lo creo, es una estrategia absurda. Mientras los carros avancen para situarse a nuestra espalda ya habremos acabado con esos pobres desgraciados de ahí delante, y podremos dedicarnos a ellos sin problemas.
—No me parece tan absurda —señaló Gurpa—.
Detrás de la milicia hay más hombres y estos sí llevan corazas, el brillo del sol sobre el metal las delata.
Sacrificarán su milicia, pero a cambio nos desgastarán para cuando alcancemos la segunda fila del frente; y además ganarán un tiempo que sus vehículos sabrán aprovechar.
—¿Y esto es todo lo que tienen? Con más efectivos podría funcionarles, pero con esos… Es un plan descabellado.
Gurpa rumió un momento antes de hablar.
—Ammurapi podría habernos esperado tras los muros de Ugarit y obligarnos a un asedio presumiblemente largo y duro.
En cambio, por alguna razón pone frente a nosotros ese simulacro de ejército en la frontera de su reino.
Quizá se ha visto forzado por su propio pueblo, que no desea ver arrasadas las aldeas donde viven.
—Quiere ponernos a prueba —dedujo Buzazu— lejos de la capital.
—O bien trata de defender los hogares de esos pobres y quiere demostrarles que es un buen rey.
—Desde aquí solo distingo lanzas y herramientas de labranza —observó Idrimi—: hoces, azadas…
Si tan bueno es ese rey, ¿por qué no los provee de buenas armas?
Urtenu nos contó que en Ugarit hay espaderos excelentes que suministran armamento al ejército del País del Gran Delta, y en el pasado también a Ḫ atti, a Mitanni, a Aššur e incluso a los a ḫḫ iyawa .
¿Es que no se guardan ningún arma para ellos por si acaso?
—Habrán vendido todas las espadas al rey de Tameri con los emblemas del faraón grabados en la hoja —contestó Buzazu, y añadió con ironía—: Quién sabe si no las tendremos delante en el futuro.
Al frente de la muchedumbre pero a la izquierda del lugar donde se encontraba Gurpa, Lupakki permanecía en silencio sin participar del griterío que lo envolvía.
Su inigualable categoría como guerrero le otorgaba el derecho, si así lo deseaba, de colocarse en primera línea, y él nunca lo rehusaba.
Tras él Subaru golpeaba con energía el escudo con la hoja de la espada mientras se desgañitaba arrojando al viento insultos contra los habitantes de Ugarit.
A la derecha Azzari lo miraba con desdén.