Fuego y bronce 9. UGARIT Diecinueve años después del Desastre
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9. UGARIT Diecinueve años después del Desastre

P aseó la mirada por las personas que lo aguardaban.

El recelo inicial antes de entrar en la tienda se disipó al ver allí caras conocidas que le ofrecieron un trago de šikaru .

Mientras bebía, alguien le explicó la razón por la que estaba allí y le hizo una pregunta.

Él apuró la copa y se limpió con el dorso de la mano.

Animado por el licor y esfumada su desconfianza, respondió sin pudor ni vergüenza.

—No les gusta pelear. Siempre que Ḫ atti ha pedido hombres para sus campañas han intentado quedarse al margen ofreciendo oro y plata a cambio.

Es un reino pequeño, la gente vive pendiente de sus propios asuntos en sus aldeas trabajando el campo, y los artesanos, comerciantes y pescadores que residen en la capital no tienen ningún interés en la guerra.

Por eso cuando les toca empuñar las armas, y en el mundo en que vivimos solo un iluso creería que podrá abstenerse de beber esa copa, lo hacen a regañadientes.

Los hombres son reclutados a la fuerza, los sacan de sus granjas y les ponen una lanza en la mano.

Los ricos, esos sí, tienen más espíritu de lucha, pero todo es impostado: se montan en sus carros y pasean sus lujosas túnicas por el campo de batalla disparando flechas.

Sucede igual en todas partes y en todos los ejércitos, ya lo sabéis: los maryannu son los primeros en llegar al combate y también los primeros en desaparecer de él cuando las cosas se tuercen.

Y quien va a la cabeza de todos ellos es el rey.

—¿Cómo se llama?

—Su nombre es ‘Mrpi ; Ammurapi en vuestra lengua. Es un hombre más interesado en aspirar el incienso del templo de Ba’al, que en gobernar y coger la espada.

Su padre, Niqmaddu, ese sí dormía con un puñal bajo el cojín, pero no porque tuviera espíritu guerrero sino por miedo a ser asesinado.

Al menos es lo que se decía. Ni uno ni otro se preocuparon jamás de procurarse una flota de barcos de guerra, lo cual es un suicidio si tu fuente de ingresos es el comercio marítimo.

Hasta un patán como yo es capaz de ver eso.

—Los barcos nos importan poco. ¿Crees que pueden congregar un ejército numeroso?

—Lo dudo. Ya te he dicho que esa gente detesta pelear.

—Sí, pero cuando la vida depende ello, un hombre saca el valor de donde no lo tiene. ¿Cuántas tropas serían capaces de reunir por tierra? ¿Y carros?

—No puedo saberlo con exactitud, Gurpa. Hay cerca de doscientas aldeas en todo el reino, y en la capital viven tantas personas como en el resto del territorio.

¿Dos mil? ¿Tres mil hombres? Y carros, no lo sé.

Cincuenta, tal vez más. Eso sí: seguro que van engalanados hasta las orejas, con corazas de lino teñido de púrpura y túnicas con bordados de hilo de oro.

—¿Sabes si cuentan con mercenarios?

—Podría ser. Oro no les falta para costearlos. Y considerando su aversión por la guerra, es fácil pensar que prefieran pagar y que alguien la haga por ellos.

—¿Alguna cosa más que creas que pueda sernos útil, Urtenu?

—No.

—¿No sientes remordimientos al enfrentarte a los tuyos?

—No son los míos; los míos están muertos. Por mí como si se abre la tierra y el dios Môt se traga todo Ugarit.

—Gracias, Urtenu. Vuelve a lo tuyo, te avisaré si te necesitamos de nuevo.

En el pasado una banda de habbatum , bandidos de las montañas del norte, había matado a la familia de Urtenu.

En la aldea de Y ē n ā donde vivían al amparo del monte Nanni, ningún vecino movió un dedo por ayudarlos, y en la ciudad se rieron de él cuando acudió a pedir justicia.

Por eso hizo un hatillo con provisiones y pieles, quemó su granja y su parcela de tierra y se marchó de Ugarit.

Vagó durante meses por montañas y llanuras hasta unirse al grupo de ḫ abiru de Abdi Aširta. De eso hacía ya más de diez años.

Urtenu salió de la tienda de Gurpa sin hacer reverencia ni saludo alguno a quienes lo habían mandado llamar: el propio Gurpa, su lugarteniente Idrimi, su cuñado Buzazu y varios cabecillas de los distintos pueblos que componían la expedición; también se encontraba allí el sobrino de Gurpa, Lupakki, este último no por interés propio sino atendiendo a la petición de su tío, que deseaba tenerlo presente.

«Demasiados hombres para llevar una sola vara de mando», pensó Urtenu en cuanto el ardiente sol volvió a quemarle la piel.

Aunque muchos los confundían –él mismo lo hacía antes de conocerlos–, los habbatum que mataron a la familia de Urtenu no tenían nada que ver con los ḫ abiru : aquellos eran parias salvajes y despiadados, poco más que animales sin conciencia del equilibrio natural entre el bien y el mal; estos eran solo un puñado de almas errantes que mataban para sobrevivir.

Pero en los últimos tiempos las cosas habían cambiado: ya no se trataba de los ḫ abiru de Abdi Aširta sino de Gurpa el nešili .

Ya no deambulaban sin rumbo fijo, ahora tenían una meta bien definida: un lugar que la mayoría conocía como Tameri, otros como Akupitija, el País del Gran Delta, T Ꜣ -mr ἰ , Mizr ī o Kmt .

Ya no eran un puñado de vagabundos sino una enorme masa humana que aglutinaba gentes de la lejana Wiluša y del País del río Seha, de Lukk ā y Tar ḫ untašša , de Milawata, de Aššur, de la tierra de los a ḫḫ iyawa y de la de los kaška , de Ḫ atti, de Kizzuwatna y de Mukiš, de Karkiša , de Ḫ apalla y de Mira, incluso del reino de Ugarit que se disponían a asaltar; una marea de hombres, mujeres, niños y ancianos que pensaban y se expresaban en multitud de lenguas: acadio, sumerio, luvita, nešili , ugarítico, hurrita, semítico, la de los lukk ā , la de los a ḫḫ iyawa , la de los habitantes de Alašiya, la de T Ꜣ -mr ἰ …

Ya no mataban por su supervivencia: ahora eran una fuerza de la naturaleza, un torrente incontenible de furia desatada que arrasaba todo lo que encontraba a su paso en pos de un objetivo final.

—En lo que ha dicho Urtenu no hay nada nuevo, nada que no sepamos ya —dijo Idrimi en el interior de la tienda—.

Ugarit no es diferente a cualquier otro lugar: sus gobernantes organizan milicias de campesinos y las envían al combate en primera línea, mientras ellos y sus nobles aristócratas se presentan en carros para no ensuciarse con el barro y la sangre.

—Así es, Idrimi —convino Gurpa—. Pero te equivocas en lo de que sus palabras no tienen valor: nos sirven para saber que no hemos de actuar frente a ellos de modo distinto a como lo hemos hecho con todos los demás.

Sin embargo, y aunque Urtenu es un buen hombre, habla desde el rencor, quizá desde el odio hacia su pueblo.

Y eso puede que le haya llevado a infravalorarlo. Convendrá no confiarse.

—Hasta la capital aún nos quedan varios bêru por recorrer —intervino Buzazu—. No sabemos si ese rey, Ammurapi, nos plantará cara en la frontera o esperará a que estemos frente a los muros de la ciudad.

—Cierto, no lo sabemos. ¿Qué pensáis? —preguntó Gurpa a los congregados.

En la tienda olía a sudor y a cuero seco.

La sombra que proporcionaban las pieles era caliente pero al menos protegía de la canícula del exterior.

La proximidad del mar hacía que el calor en la región fuera más sofocante y pegajoso.

Gurpa se acercó a una jofaina y se arrojó agua al rostro.

Aún discutieron durante un rato largo sobre cuándo llevar a cabo el ataque, cómo organizar las líneas de soldados, con qué amplitud y composición debían formarse, dónde disponer los carros de guerra con que contaban y que habían obtenido en los saqueos de las aldeas y ciudades que había entre Alalakh y el reino de Ugarit…

Gurpa sabía que ese era un tiempo y un esfuerzo perdidos, porque una vez iniciada la embestida contra Ugarit el desorden y la anarquía se adueñarían de los suyos.

Era inevitable. El problema radicaba en la paradoja de que sus hombres en realidad no eran sus hombres, sino de cada uno de los cabecillas que en ese momento estaban librándose del sol bajo los cueros de su tienda; de ellos y de otros muchos.

La intuición de Urtenu fue acertada: demasiados jefes para un solo ejército.

Suponía una tarea imposible aplicar orden y método y un criterio único a semejante diversidad cultural.

Gurpa tenía formación militar, estaba hecho a la disciplina, las jerarquías y la organización, y entendía necesario que todos aceptaran esos mismos parámetros; pero entre los líderes de los diferentes grupos había muchos que no compartían esa necesidad.

Por eso se conformaba con poder controlar el desorden dentro de unos límites para evitar el desastre.

Gurpa fue el último en salir de la tienda: el resto de los cabecillas había ido marchando a medida que consideraron innecesaria su presencia. Sujetó del hombro a Buzazu y lo retuvo antes de perderlo de vista.

—Haz lo que puedas con los nuestros —le indicó—. Envía los exploradores de costumbre y que vean si hay movimiento más allá del valle. Si todo está en calma, avanzaremos.

—Salieron esta mañana apenas amaneció —respondió, y colocó la mano como visera para poder verle la cara—. ¿Tú adónde vas?

—A ocuparme de asuntos más importantes que estos.

Poco después los fornidos brazos de Gurpa alzaban por los aires a un niño que todavía no había cumplido los doce años.

Los rizos castaños de la criatura eran similares a los que se recogía su madre bajo el velo, mientras que la mirada aguda y despierta la había heredado del padre. Aunque el padre solo tuviera un ojo.

—¿Qué has hecho hoy, pequeñajo? ¿Te ha enseñado ya tu primo a usar la honda?

La madre observaba la escena con fingida severidad, y le habló a Gurpa en un acadio bellamente revestido de un exótico acento.

—Ya tendrá tiempo de aprender eso, no es más que un niño. Vamos, deja a P ū sukš ē n en el suelo.