Fuego y bronce 8. KARKEMIŠ Quince años después del Desastre #9
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8. KARKEMIŠ Quince años después del Desastre #9

Walmu contó que los hombres y mujeres de Alalakh no opusieron resistencia, pero los que no corrieron lo suficiente murieron.

Antes de marcharse los asaltantes prendieron fuego en algunos tejados de chamiza, que ardieron al momento.

Y pasando de una casa a la contigua, las llamas se extendieron por la población.

—Cuando nos hemos ido —apuntó Subaru—, por todas partes hacía un calor insoportable. El fuego dará cuenta de todo.

Kessi los miró con severidad.

—¿Pero habéis encontrado comida y agua? Ese era el objetivo, no arruinarles la vida a esas pobres gentes.

—Sí —contestó Kurunta—. Graneros y despensas. Ya se han encargado de poner la comida a buen recaudo. Aún deben de estar en ello. Y se están llenando ánforas con agua que mana de varias fuentes en las inmediaciones de la ciudad.

—El río Arantu transcurre junto a las murallas —dijo Subaru, y miró sonriente a Azzari—, aquí el agua no supone un problema. De hecho, ahora hablábamos unos cuantos de acercarnos a la ribera a limpiarnos y refrescarnos un poco antes de que anochezca. ¿Quiere venir alguien más?

Lupakki y Kurunta siguieron a Subaru. Walmu se disponía a hacer lo mismo cuando sintió los ojos de Kessi clavados en su espalda.

—No te reconozco, Walmu.

Walmu se volvió y Kessi pensó que no le aguantaría la mirada, pero lo hizo con firmeza.

—Se trata de eso, Kessi. De que no nos reconozcamos a nosotros mismos, para ser capaces de hacer lo que hay que hacer. Se trata de vaciar la jarra y volverla a llenar con un vino nuevo.

—O con sangre.

Walmu se dio la vuelta para irse. Pero antes le dio la razón:

—Sí, o con sangre. Y hacer con ella una libación a los dioses.

—¿Los dioses? Yo no creo en dioses, Walmu. ¿Cómo puedes hacerlo tú? ¿Cómo puede hacerlo nadie? Pruébame que están ahí y creeré en ellos.

Walmu se quedó pensativo unos instantes.

—Yo quería mucho a mi esposa y a mi hija —dijo, y su voz sonó entonces más débil—. Y tú también a Mikal, tu mujer, ¿verdad?

—Muchísimo.

—Pruébalo.

Walmu se dio la vuelta y se marchó tras los jóvenes antes de que se perdieran de vista.

El día siguiente no llegó huérfano de novedades.

Los hombres se veían ya a sí mismos como guerreros preparados para cualquier cosa, ebrios del poder que les otorgaba el manejo de las armas y el haber sido capaces de destruir una ciudad.

Eufóricos como estaban, no descubrieron al grupo de jinetes que se acercaba por la orilla del río hasta que los tuvieron a un tiro de lanza.

Era una decena de hombres, no portaban armas y el que iba en primer lugar llevaba una gran rama de palma en la mano.

Cruzaron la línea de carros bajo la recelosa mirada de hombres, mujeres y niños. Pronto los rodearon un puñado de espadas y lanzas y les cortaron el paso.

—Queremos hablar con vuestro líder —dijo entonces en lengua acadia el que enarbolaba la rama—. ¿Quién es vuestro jefe?

Algunos se rieron y uno se animó a responder.

—¡Nuestro jefe somos todos! —Hubo más risas.

—Bien, pues os hablaremos a todos. ¿Es posible?

—¿Sobre qué?

—A todos —recalcó el otro.

Hubo carreras de tienda en tienda para anunciar la aparición de los visitantes y convocar la asamblea, al menos en su versión reducida.

Se enviaron avisos a los representantes de cada núcleo poblacional de la caravana.

Los recién llegados fueron guiados hasta un espacio central del convoy habilitado como plaza; allí acudieron los portavoces de los miembros de la caravana oriundos del País del río Seha, Mira, Ḫ apalla , Karkiša , Lukka, Ikkuna, Tar ḫ untašša , Kizzuwatna…

Los representantes del reducido grupo de los nešili de Ḫ atti eran Appu y su hijo. Ambos asistieron con cierta desgana.

Poco después, y ya con todos sentados sobre pieles dispuestas en el suelo, uno de los visitantes se puso en pie para hablar.

Le amparaba la inmunidad que proporcionaba portar la rama de palma en la mano; tenía la cabellera ligeramente rizada y recogida con una cinta, y el rostro avispado.

Con voz pausada y monocorde, comenzó diciendo que habían traído presentes en sus alforjas en señal de paz.

Pero luego continuó con algo que inquietó a la asamblea.

Habían sabido de la existencia de la caravana siguiendo a tres de sus miembros cuando regresaban de un viaje desde Karkemiš.

No quisieron asaltarlos entonces, continuó hablando, en espera de que les condujeran a un botín más suculento.

Appu y Kessi dieron un respingo, y Kessi recordó el incidente en el que Lupakki había creído oír algo durante la noche.

Pasaron por las aldeas de Mallos y Mopsuestia, donde no encontraron nada –hubo un murmullo en la asamblea–, y cuando localizaron la caravana decidieron seguirla mientras atravesaba las montañas de Mukiš.

—¡Sois ḫ abiru ! —gritó alguien con el puño en alto—. ¡Malditos saqueadores, asesinos!

Más de uno sintió una cierta vergüenza, pues eso era con exactitud en lo que se habían convertido ellos mismos. El visitante replicó con serenidad:

—Tenéis suerte de que seamos ḫ abiru . —Esbozó una sonrisa—. En estas tierras son frecuentes los ataques de las tribus sutu . Los llaman «cortadores de gargantas». Si os hubierais cruzado con ellos no estaríais ahora hablando como si nada.

—¿Quieres asustarnos? —respondieron desde el fondo entre risas.

—No. Pero este es su, digamos, territorio de caza.

Viven en estas regiones, las conocen bien, son su hogar.

Por aquí y más al sur y el oeste también hay aramu y akhlamu ; todos ellos son habitantes del desierto.

Saben moverse por él, conocen las rutas, dónde hallar agua, cómo resguardarse del sol o del viento helado…

Sé que el ejército de Ḫ atti empleaba a akhlamu como mercenarios en sus fronteras meridionales; su particular crueldad imponía respeto al enemigo.

Nosotros, en cambio, solo somos nómadas, ḫ abiru .

Podríamos haberos atacado varias veces, pero no lo hicimos.

—¿Y quieres que te lo agradezcamos? —gritó otro—. ¡Ojalá os hubierais atrevido!

Los ánimos se caldeaban, pero el hombre no se alteró y mantuvo el mismo tono calmado del principio.

Dijo que habían visto desde la distancia el asalto llevado a cabo contra Alalakh, y comprobaron –aquí repartió elogios, quizá para rebajar la tensión– que eran un ejército fuerte y poderoso.

Añadió alguna loa más y pareció que el agasajo reconfortaba a los más alterados, que comenzaron a sonreírse y darse codazos de complicidad.

Explicó que, como era de todos sabido, el emplazamiento de Alalakh convertía la ciudad en paso obligado para quienes hicieran la ruta comercial que conectaba la costa marítima con otro importante enclave, Ḫ alab, situado más al interior, en la orilla oriental del Arantu.

Especias como el sésamo, el coriandro o el azafrán eran transportadas en camellos por mercaderes que iban y venían en un itinerario que en tiempos fue muy transitado.

Aunque Alalakh, continuó el visitante, era una ciudad importante, la auténtica joya del territorio era Ḫ alab.

Se entretuvo en describir los tesoros que se guardaban en el interior de sus murallas en forma de oro y plata, especias, ganado, telas, pendientes, collares, ritones, copas…

En el pasado Alalakh y Ḫ alab habían conocido la presión de los gobernantes del País de Ḫ atti, de Aššur e incluso del poderoso reino de Mizr ī ; pero ahora Ḫ alab era un lugar próspero que se administraba a sí mismo, y Alalakh ya no era nada.

—¿Y qué más nos da a nosotros quién gobierne en Ḫ alab? —dijo alguien con soberbia.

—Si alguien los ataca no recibirán ayuda del exterior. Y nadie perseguirá a sus agresores para castigarlos.

—Pues si tan valiosa es esa Ḫ alab, en lugar de estar ahora aquí contándonos sus maravillas ¿por qué no vais y la tomáis?

En ese momento el hombre situado al lado de quien había hablado se puso en pie; el otro le dio la rama de palma y se sentó. Nadie lo había percibido hasta entonces, pero se trataba de un gigante, alto y corpulento, con el rostro barbado y veteado de canas.

—Porque no tenemos fuerza suficiente. Y si vosotros quisierais atacarlos, tampoco podríais. Pero si nos unimos lo lograremos.

Se oyeron exclamaciones de asombro.

—¿Unirnos? ¿A unos bandidos? ¿Sabes cuántas veces hemos tenido que combatir contra gente como tú que quería quitarnos lo poco que teníamos?

—Nosotros queremos lo mismo que vosotros: sobrevivir.

Pensadlo, miraos a vosotros mismos y decidme en qué somos diferentes.

No tenéis patria, vagáis de un sitio a otro en busca de un lugar donde echar raíces.

Habéis sufrido lo indecible en este mundo caótico que nos ha tocado vivir.

Y habéis tenido que luchar para no sucumbir.

Nosotros también. Eso es lo que significa la palabra ḫ abiru .

Nómadas, supervivientes. Vosotros lo sois. Somos iguales.

Appu tenía una sensación extraña desde que el hombre corpulento había comenzado a hablar; sintió una especie de sobresalto al oír su voz y ver su monumental figura. Kessi también había notado algo.

—Nuestro propósito es llegar a Tameri —protestó uno—, no convertirnos en unos saqueadores.

El gigante miró a su compañero, sentado a sus pies, y compartieron un gesto mutuo de asentimiento.

—¿Tameri? ¿«Tierra amada», así llamáis a Mizr ī ?

Es un buen nombre. También nosotros queremos ir allí.

Al igual que vosotros, no llevamos esta vida por placer.

Hace mucho que viajamos hacia el sur en busca de ese lugar para establecernos, echar raíces, trabajar la tierra y ver crecer a nuestros hijos. Vayamos juntos a Tameri.

Appu sintió un estremecimiento. En la distancia no podía distinguir bien el rostro del orador, medio oculto por la barba. Además, algo le tapaba un lado de la cara. Se puso en pie y se abrió paso lentamente hacia donde se encontraba el gigante, sin dejar de mirarlo.

El hombre continuó hablando acerca de aunar esfuerzos para resistir durante el trayecto hasta la tierra soñada.

Kessi lo siguió y sintió la misma turbación que su padre.

Habrían de entrar en más ciudades para obtener provisiones y lo más probable era que ninguna les abriera sus puertas.

Appu pudo al fin identificar qué era lo que le cubría la mitad del rostro: un pedazo de cuero, un parche puesto sobre el ojo.

Se cruzarían en su camino los sutu , o los aramu , quienes o bien lucharían contra ellos, o bien con ellos.

Lo imaginó sin el parche y un escalofrío recorrió su espalda.

Cuando estuvieran en Tameri hallarían tierras cultivables, agua y un clima favorable.

Ahora Appu estaba frente a él y los ojos se le llenaron de lágrimas.

Gurpa interrumpió su discurso y lo miró, y también miró a Kessi. Su cara se descompuso. La rama de palma cayó de su mano, se adelantó y los abrazó.