Fuego y bronce 8. KARKEMIŠ Quince años después del Desastre #8
60%

8. KARKEMIŠ Quince años después del Desastre #8

—¿Y qué significa eso para quienes llevamos quince años yendo de un sitio a otro?

—replicó Walmu—. Si no te conociera, Kurunta, diría que tú no estabas a mi lado cuando partimos de Wilios y que te acabas de unir a la caravana.

Es a los nuevos a quienes les corroe la impaciencia y no tienen aguante. Tres meses no son nada.

—Esos tres meses pueden significar la muerte para todos nosotros —objetó.

—Walmu —dijo entonces Appu—, yo también me fui de Wilios contigo. Y me atrevo a decirte que lo que estamos viviendo desde hace ya muchos días no se parece a lo que vivimos en el País del río Seha o en Tar ḫ untašša . Esto es mil veces más terrible.

—¿No será que te haces viejo, Appu?

—Tal vez. Pero si se trata de eso entonces significa que tengo la muerte cerca, y yo no quiero morir así.

—Bien, ¿y en ese caso qué se puede hacer? —preguntó Walmu con los brazos en alto—. Estoy seguro de que antes de salir de Kizzuwatna ya sabías a qué distancia se encuentra Tameri, ¿no es verdad, Kurunta? ¿Qué es lo que vais a proponer en la asamblea vosotros, los hombres de Mallos?

—¿Qué quieres decir con eso de «los hombres de Mallos»? —Kurunta pareció molesto.

—No nos tomes por tontos, Kurunta. Es evidente que convocáis la asamblea porque habéis pensado algo. Algo que quizá tenéis en mente desde que abandonasteis vuestra ciudad y os unisteis de nuevo a nosotros.

Kurunta arrugó la frente y bufó como un niño al que hubieran descubierto en su escondite. Luego alzó su barbuda barbilla.

—Luchemos, defendámonos contra la muerte. No dejemos que nos encuentre aquí parados, metidos en nuestros carros, hambrientos y envueltos en pieles.

Lupakki arqueó las cejas.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Kessi.

Kurunta hizo una pausa.

—No estamos lejos de una ciudad llamada Alalakh. Allí está nuestra verdadera salvación. Allí hay comida y agua.

—No puedes saberlo —discrepó Appu—. Y si la hay no la compartirán con nosotros. Somos miles.

—Se la quitaremos.

—De modo que se trata de eso… —murmuró Walmu.

—Maldita sea, ¿se puede saber qué os pasa?

Llevamos años siendo los perdedores en este mundo caótico.

Atacan y saquean las ciudades donde vivimos, y nos asaltan continuamente cuando nos movemos como parias sin tierra de un sitio a otro.

¿No estáis hartos de que sea así? Yo sí lo estoy.

Ya es hora de cambiar eso. —Dudó antes de pronunciar el nombre—: Anfilokos nos enseñó a luchar, a defendernos; y también a tomar algo cuando lo necesitamos.

Oh, basta ya de monsergas: si queréis llegar a Tameri habrá que hacer lo que sea preciso para mantenernos vivos.

—Y eso pasa por…

—¿Pero qué clase de gazmoñería te ha entrado, Walmu? —se irritó Kurunta—. En el mundo solo subsisten los más fuertes. Te puede parecer mal, pero es así. Yo haré lo que tenga que hacer para sobrevivir. ¿Acaso vosotros no haréis lo mismo por vuestra familia? ¿Appu?

Appu miró a Kessi y no dijo nada. Lupakki se acercó a Kurunta.

—Te acompaño a la asamblea.

—Aún eres joven, no podrás alzar la mano —le informó Kurunta—, pero sí escuchar lo que se diga. —Se giró hacia el resto—. ¿Venís?

En la asamblea más multitudinaria desde que iniciaron su periplo quince inviernos atrás, sucedió lo que Kurunta había anunciado.

Unos expresaron con vehemencia su rechazo al papel de víctimas que los dioses les habían otorgado durante tanto tiempo.

Otros, que sin duda estaban de acuerdo con los primeros, enarbolaron lanzas y espadas mientras recordaban a la multitud que todos tenían armas y sabían cómo usarlas, y que si no fuera por eso ya haría mucho que estarían muertos:

—¿Cuántas agresiones hemos sufrido a lo largo de estos años que llevamos vagando por el mundo? —arguyeron—. Nos han acosado de manera repetida, implacable y sorpresiva. ¿Y qué habría sido de nosotros si no hubiéramos aprendido a defendernos?

Finalmente, otros exhortaron a los reunidos a ir un paso más allá y emplear esas armas no para repeler ataques sino para provocarlos:

—¡Atacar es sobrevivir! Hagamos que los que han quedado por el camino no hayan muerto en vano —clamaban—. ¿Qué preferís, ser víctimas o verdugos?

El ánimo de los asistentes se encendió y cientos de gargantas gritaron la última palabra una y otra vez; Appu la oyó en boca de Kurunta y también de Lupakki, de pie a su lado y con la mirada puesta en esas armas que apuntaban al cielo y se agitaban sobre sus cabezas.

Pensó en recordarle a su nieto que estaban a punto de convertirse en aquello a lo que con tanto empeño se opuso su tan apreciado Muksus, pero se abstuvo de hacerlo.

Kessi junto a él callaba; vio gritar a Subaru, aunque no le oyó ya que su voz se perdía en el escándalo.

Y se entristeció porque, en el fondo de su corazón, Appu también pensaba que el grupo solo se salvaría si se sometía a esa metamorfosis, si ellos se convertían en hombres como los que habían destruido Wilios y Ḫ attuša.

Los mismos hombres que habían matado a Mikal y a Impakru, a la hija de Walmu, a la familia de Kurunta.

Miró los brazos en alto de Walmu a su derecha, a poca distancia.

Él también coreaba palabras de rabia, extasiado.

Y pensó que el poderoso Kumarbi, y Tar ḫ un, Dios de la Tormenta, y Hutena y Hutellura, y la Diosa Sol de Arinna, la diosa Ištar, Lulutašši dios protector de Ḫ atti, Hapantaliya dios protector del campo, Šarruma Dios de la Montaña, Ḫ epat la reina del Cielo, Yarri, Zappana, Ḫ antitaššu, y el resto de Mil Dioses de Ḫ atti a los que Appu hacía abluciones y presentaba pan grueso y ofrendas, eran unas divinidades retorcidas que jugaban con sus vidas por pura diversión.

Primero les habían quitado lo que tenían y ahora les quitaban lo que eran.

Quizá, después de todo, Kessi estaba en lo cierto al no creer ya en nada. Quizá él fue consciente desde mucho tiempo atrás de lo que les iba a suceder y en lo que se iban a convertir. Quizá por eso ahora permanecía mudo y desalentado en medio del clamor popular.

Alalakh se encontraba a no más de una jornada de distancia hacia el sur.

Los hombres de la caravana desconocían casi todo acerca de la ciudad, más allá de su ubicación geográfica en un recodo del Arantu.

Cubrieron la distancia que los separaba arrobados por el entusiasmo e inmersos en un ambiente cargado de soflamas y diatribas que alentaban a la victoria sobre el enemigo.

Se hablaba de arrasar la ciudad, de matar a todo el que se les enfrentara, pero también de aceptar en el grupo a quienes quisieran unírseles.

Porque eso sí había permanecido inalterable en la asamblea: el propósito último de la caravana, su objetivo final, era llegar a Tameri.

Se estableció una suerte de jerarquía castrense que se enraizaba en los vestigios de la estructura de Anfilokos; los encargados de dar órdenes lo hicieron y agruparon a los hombres, supervisaron el reparto de armas, formaron subunidades y asignaron tareas, y todo el mundo sintió que sobre ellos recaía el deber y el honor de luchar por los suyos.

Sumidos en la vorágine de los preparativos para el ataque nadie reparó en que, al igual que durante su paso por la cordillera de Mukiš, también ahora estaban siendo observados.

Lupakki, Kurunta y Walmu participaron en el asalto.

También lo hizo Subaru, deseoso de alancear cuerpos.

Kessi se excusó alegando el brazo lisiado.

Se quedó en la caravana haciendo compañía a su padre y su hija, los tres callados sin más ocupación que observar el suelo bajo sus pies.

Appu parecía dormitar, cabizbajo y con los ojos cerrados; la guerra no le era ajena ni tampoco el sufrimiento que provocaba, el cual alcanzaba a cualquiera incluso aunque no participara directamente en el combate: quizá no volviera a ver con vida a su nieto ni a sus amigos.

Kessi entretanto paseaba la mirada entre su padre y su hija.

Sospechaba que, de ser hombre, Azzari habría acompañado a su hermano y su esposo en el ataque a la ciudad.

Y en efecto, a ella le costaba disimular su rabia: nunca más aceptaría que, solo por ser mujer, todos la relegaran al mismo lugar que los viejos y los tullidos.

Azzari era única en su especie, se dijo Kessi.

¿Cómo había podido suceder? ¿Qué pensaría su madre, Mikal, si pudiera verla?

Lo culparía a él, por supuesto, y en efecto, él era el único culpable.

Permanecieron en silencio hasta que los ausentes regresaron.

Volvieron todos ellos, y verlos vivos produjo a quienes les esperaban una sensación de alivio indescriptible.

No hacía tanto tiempo que se habían marchado y Kessi pensó que tal vez habían desistido de llevar a cabo el ataque.

Pero las corazas de cuero sucias de tierra y sangre y el cansancio reflejado en sus rostros le indicó lo contrario.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Appu sin rodeos.

Walmu, Kurunta, Subaru y Lupakki no tenían muchas ganas de hablar. Arrojaron las armas que llevaban al suelo y se desprendieron de las corazas. Walmu trató de relatar lo sucedido, aunque fuera escuetamente.

—El asalto de Alalakh ha sido rápido —dijo—. No hubo que superar murallas porque pudimos entrar con facilidad por sus puertas, abiertas y sin vigilancia.

«¿Qué habría sucedido si hubiesen estado cerradas?», se preguntó Appu. Walmu continuó su relato:

—Penetramos como un torrente, éramos cientos, miles de hombres. Y aunque quienes dirigían el ataque habían elaborado un plan de acción, una vez dentro de la ciudad toda estrategia desapareció.

Como aprendices que eran en el oficio de tomar una ciudad, actuaron enajenados y borrachos de soberbia, dijo. Ni siquiera hubo tiempo para preguntar, explicar o llegar a algún acuerdo con los habitantes de Alalakh:

—No sé cómo, pero de pronto estábamos destruyendo viviendas, granjas, establos, templos…