8. KARKEMIŠ Quince años después del Desastre #7
Eso último era cierto, como bien sabían todos.
Respecto a los ritos dedicados a Išara, la diosa de los juramentos no debía ser invocada en vano ya que su venganza podía ser terrible.
Y aunque Kessi hacía tiempo que no creía ni en eso ni en ninguna otra cosa que tuviera a los dioses por protagonistas, Appu insistió en que jurar ante la presencia de Išara convertía el acto en sagrado e inviolable.
Walmu y Kurunta le dieron la razón, y puesto que ni Subaru ni Azzari deseaban separar sus caminos, la protesta de Kessi se desinfló y él, falto de la voluntad necesaria para llevarles la contraria a todos, hubo de claudicar.
Y su hija quedó unida a Subaru de modo indisoluble.
Aunque Kessi cedió en ese punto que afectaba en particular a la vida de Azzari, no lo hizo en otro igual de decisivo que habría alterado el destino de todos los miembros de su clan.
Appu volvió a insistir en que se instalaran en Karkemiš, pero su propuesta fue rechazada de modo unánime.
En la mente de Kessi se revolvía una mezcla entre la convicción de que seguir hacia el sur era la mejor opción, y la oposición a cualquier cosa que su padre planteara.
Esta vez contó con el apoyo de Walmu y también de los más jóvenes de la familia: Lupakki, Azzari e incluso el recién llegado Subaru apenas habían conocido otra vida que no fuera la de la marcha diaria y el vagar de un lugar a otro.
Por eso no les parecía tan terrible volver a ello; además.
ahora contaban con el aliciente de que su vagabundeo tenía una meta: la tan pregonada Tameri, la «tierra amada».
Ese paraíso en la tierra, según se decía, era grande y acogedor, y en él encontrarían al fin la paz y tranquilidad añoradas; algunos que no habían estado allí jamás aseguraban que serían recibidos con los brazos abiertos.
Sin embargo, Appu era reacio a creerlo. Y no solo él.
La masa humana de la que formaba parte y que en esos momentos estaba dejando atrás la tierra de Kizzuwatna para adentrarse en la de Mukiš, había aglutinado a lo largo de quince años una mezcolanza de procedencias, razas, lenguas y pueblos, y también de edades: desde ancianos como el propio Appu a hombres y mujeres en la mitad de sus vidas, o jóvenes como Lupakki, Azzari o Subaru, e incluso niños y recién nacidos.
Y eran los de mayor edad quienes se mostraban más reticentes a aceptar la idea de que podrían entrar en Tameri sin dificultad ni oposición.
A decir verdad, para la mayoría de ellos la tierra del Gran Delta –cuyo nombre siempre había sido Mizr ī aunque ahora, por alguna romántica y absurda razón, llamaban Tameri– era sinónimo de desgracia.
Appu aún recordaba el relato de su abuelo acerca de una cruenta batalla entre el Gran Tabarna de Ḫ atti y el rey de Mizr ī , Señor de las Dos Tierras.
En ese choque el abuelo de Appu combatió a las órdenes del glorioso Muwatali.
De la narración de su abuelo Appu recordaba que el rey de Mizr ī , cuyo nombre se había borrado de su memoria, era un jovenzuelo pretencioso que se enfrentó a Ḫ atti para arrebatarle los territorios hacia los que precisamente ahora se estaban dirigiendo.
Ḫ atti convocó a sus aliados, que vinieron de todos los rincones de la tierra: el País del río Seha, Kizzuwatna, Karkiša , la entonces para Appu lejana Wilios, la tierra de los lukk ā , Ugarit, Karkemiš, la poderosa Mitanni…
El ejército de Mizr ī era sólido y numerosísimo; su abuelo le contó que sus guerreros eran sanguinarios, tenían unas espadas de hojas anchas como hachas y cortaban manos, orejas y narices solo por placer.
Pero el poder del Tabarna era mucho mayor y era justo.
Y Muwatali se impuso a la barbarie que pretendía imponer su ambicioso rival.
Appu se crio sabiendo que aquellas gentes eran el enemigo.
Y aunque muchos años después los gobernantes de ambos territorios firmaron un acuerdo de paz, la que ahora todo el mundo llamaba Tameri, «tierra amada», siempre había sido para los habitantes de Ḫ atti la tierra odiada.
Cuán pronto se desvanecía, pensaba Appu, la memoria de los hombres, y con qué estúpida inconsciencia las nuevas generaciones creían cualquier rumor que sonara bien a sus oídos, y se encaminaban ellos solos a la boca del lobo.
—No somos unos peleles, abuelo —le respondía Lupakki cuando aquel le compartía sus temores—. Ya no. Somos un ejército. Y nadie se nos podrá oponer.
Razones no le faltaban a Lupakki para fanfarronear.
Entre la disciplina marcial que había inculcado Anfilokos a quienes le habían seguido hasta Mallos y la rabia contenida de todos los que habían ido conformado el grupo, hombres y mujeres que habían huido del desastre y la destrucción, del hambre y la sed, muchos no se habían avenido a agachar la cabeza y aceptar su destino sino que guardaban en su interior una furia alimentada por una cierta esperanza de desquitarse.
Y los frecuentes ataques de nómadas, merodeadores y ḫ abiru no habían hecho sino aguijonear más ese sentimiento y ese deseo de devolver los golpes recibidos.
Por eso la caravana de desahuciados que partió de Wilios quince años atrás era ahora, tal y como decía Lupakki, una especie de ejército rabioso, tal vez poco organizado pero poseedor de un temible instinto guerrero ansioso por ser puesto a prueba.
No eran montañas muy altas, pero sus laderas trazaban pasos angostos que obligaban a la caravana a estrecharse y alargarse como la tripa de un cerdo.
Las ruedas de los carros y las pezuñas de los animales sufrían al pisar el terreno duro y rocoso.
La cañada tenía el aspecto de haber contenido en otro tiempo el cauce de un arroyo, pero la falta de lluvias había hecho que ahora no hubiera ni una gota de agua en toda la vaguada.
El terreno agrietado y la casi total ausencia de vegetación otorgaban al escenario una apariencia desoladora; era lo más parecido a un desierto que habían visto nunca.
Hacía días que el desánimo cundía entre los integrantes del convoy, quienes jornada tras jornada veían empeorar la situación.
La comida y el agua empezaban a escasear y su carencia acrecía la preocupación general.
Kessi se preguntó si su padre estaría disfrutando de su particular victoria, pues era evidente que hubiera sido mejor opción dirigirse a Karkemiš que a la quimérica Tameri.
Pero sabía que ese era un pensamiento retorcido e injusto.
Lupakki, Azzari y otros muchos recorrían en vano los alrededores en busca de caza mientras la caravana se arrastraba por los yermos desfiladeros.
También lo hacían para detectar posibles ataques de bandoleros desde las montañas.
No tardaron en darse cuenta de que si alguien quisiera tenderles una emboscada, esa garganta era el lugar indicado.
El azar o su impericia hizo que no vieran a nadie; sin embargo, no estaban solos: ocultos tras una pared rocosa en lo más alto de las crestas había hombres que tenían en su mano el poder de dispararles una flecha y acabar con sus vidas.
Pero se abstuvieron de hacerlo y permanecieron en la sombra.
Era lógico que la caravana tomara precauciones: apenas abandonar sus casas de Mopsuestia y poco antes de llegar a la cordillera, ya sufrieron un pequeño ataque.
Fue una escaramuza, una intentona a cargo de un puñado de merodeadores que pensaron obtener un beneficio fácil si lograban aislar uno de los carros del resto del convoy.
El ataque causó dos muertos y los asaltantes huyeron despavoridos cuando vieron que un centenar de jinetes se les echaba encima enarbolando lanzas y espadas.
En la caravana se había operado un cambio: ya no eran una masa humana indefensa sino que estaban preparados y dispuestos a defenderse.
Cuatro largos días después, por fin el cielo se abrió sobre sus cabezas y pudieron contemplar de nuevo un horizonte de llanuras amplias, aunque yermas.
Pasaron la noche bajo pieles y al abrigo de hogueras, racionando las provisiones.
No fue casual que justo al día siguiente algunos de los antiguos habitantes de Mallos convocaran la asamblea.
De hecho, se pidió que asistieran a la reunión no solo los representantes de cada grupo sino todo hombre que fuera capaz de empuñar un arma.
Antes de la reunión Kurunta visitó el carro de Walmu. Sabía que encontraría también allí a Appu y Kessi.
—No podemos seguir así —dijo nada más verlos—.
Si no estáis ciegos, y por los dioses que tenéis ojos para ver lo mismo que yo, ya os habréis dado cuenta de que estamos asistiendo a los estertores del mundo.
Los dioses han abandonado la tierra y no nos han dejado en ella ninguna posibilidad de sobrevivir.
¿Dónde están la comida y el agua? ¿Dónde están los pájaros, los ciervos, los zorros y las águilas?
Ya no hay, los dioses los han hecho desaparecer.
Esta tierra que pisamos y que llevamos recorriendo desde hace muchísimos años es estéril, está tan muerta como lo estaremos nosotros dentro de poco.
Había dicho «los dioses» tres veces. El grandilocuente discurso hizo sonreír a Appu; parecía que Kurunta hubiera adquirido dotes de orador durante su estancia en Mallos.
Todos callaron unos instantes hasta que al fin Walmu se atrevió a decir que la salvación estaba, como todos sabían, en Tameri, el País de las Dos Tierras, y que esas palabras tan apocalípticas no venían a cuento.
—¡Habremos muerto mucho antes de ver el cielo de Tameri! —les informó con excitación Kurunta—. ¿Sabéis a qué distancia estamos aún? A más de setenta bêru . ¡Tardaremos tres meses en llegar!