Fuego y bronce 8. KARKEMIŠ Quince años después del Desastre #6
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8. KARKEMIŠ Quince años después del Desastre #6

No hubo más preguntas; Kessi no se preocupó más, quizá porque conocía la verdadera razón por la que su hijo se había ausentado. Se giró y trató de conciliar el sueño, y Lupakki le imitó.

Primero el fuego y más tarde las brasas calentaron sus cuerpos hasta el alba, y por la mañana prosiguieron camino hacia el oeste.

Cuando divisaron a lo lejos la oscura empalizada que rodeaba la aldea de Mallos, Kessi se abstuvo de proponer lo que en el fondo deseaba: acercarse y comprobar si, como imaginaba, las granjas estaban ya vacías y las calles desiertas.

Dos días después llegaron a Mopsuestia y allí sus temores se confirmaron.

Las puertas de los muros estaban abiertas y tras ellos no hallaron más que un silencio sobrecogedor, la soledad y el abandono propios de una ciudad deshabitada.

Antes de que Kessi comenzara sus recriminaciones, Lupakki vio las marcas dejadas por los cientos de carros, caballos, personas y ganado que habían partido de la aldea.

—Padre, no hay más que seguir este rastro. Las huellas de ruedas y pisadas aún están bien definidas, no se han ido hace mucho. Los alcanzaremos pronto.

El conciliador mensaje de Lupakki pareció aplacar el enojo creciente de Kessi.

Appu tiró de las riendas de su caballo y sin decir nada se puso en marcha de nuevo, avivando un poco el trote del animal.

Kessi suspiró e hizo lo mismo. Y justo antes de que el atardecer diera paso a la noche divisaron la nube de polvo de la caravana.

Appu no pudo reprimir una cierta sensación de alivio que Kessi percibió.

Este miró a su padre, sonrió levemente e hizo un gesto de asentimiento. Pensó que se lo debía.

Poco después se abrazaron con Walmu y celebraron su regreso. La caravana acababa de detenerse a pasar la noche, ya se encendían las primeras hogueras y se tendían las lonas para resguardarse del frío. Alguien más se unió a la celebración por el reencuentro.

—¡Kurunta! ¡Has vuelto con nosotros! —dijo Appu entre muestras de alegría.

—¡Viejo Appu! Aquí me tienes, dispuesto a seguir refunfuñando por todo.

—¿Por fin resolviste marcharte de Mallos? —quiso saber Kessi—. Pasamos por allí, pero no hemos querido entretenernos en acercarnos.

Kurunta les explicó a los recién llegados que en la aldea de Mallos las perspectivas de futuro eran tan nulas como las de Mopsuestia, y por eso habían decidido deshacer lo sucedido años atrás y volver a unirse a sus viejos amigos, para emprender juntos la marcha hacia el sur.

Y afrontar unidos lo que el destino les deparara.

—Me parece una idea magnífica —dijo Appu—. Nunca debisteis…

Lupakki puso la mano en el brazo de su abuelo y este calló. Ya bastaba de reproches inútiles.

—¿Y dónde está Azzari? —preguntó Kessi—. ¿No acude a abrazarnos? Aún no me ha perdonado no haberla dejado venir con nosotros, ¿no? ¿Está en el carro, Walmu?

Walmu mudó el semblante.

—No. —Le tembló la voz—. Kessi, hay algo que deberías saber. Y vosotros también, claro. —Miró a Appu y Lupakki.

Kessi sintió que la ira reprimida volvía a instalarse en su cabeza.

—¿Qué ha sucedido? ¿Ella está bien? ¡Habla, Walmu, maldita sea!

—¿Bien? Oh, sí, está bien, pero… Será mejor que vengáis conmigo.

Con paso y voz titubeantes, comenzando mil frases y sin acabar ninguna, Walmu los guio por entre las tiendas y carretas hasta un viejo carromato de gruesas ruedas cuyos bueyes estaban ya desyugados de la yunta. Una lona de piel oscura protegía el interior del vehículo de miradas curiosas.

—¿Qué está pasando, Walmu? —Kessi no soportaba más la incertidumbre.

—Que te lo cuente ella misma —dijo mientras golpeaba con la palma de la mano en el lateral de la carreta.

Al poco la pequeña cabeza de Azzari asomó por la lona. Parecía somnolienta.

—Hola, Walmu. ¿Quieres algo? —Echó la vista por encima del hombro de Walmu y vio al resto de la comitiva. Al instante se azoró—. ¡Padre! ¡Abuelo! ¡Ya estáis aquí! ¡Lupakki! ¿Cómo… ha ido todo?

—¿Qué estás haciendo en ese carro, Azzari? —preguntó su padre, entre sorprendido e irritado.

Entonces se fijó. El vehículo llevaba en sus laterales ramas de laurel y cañas de palma sujetos con lazos de piel, y una guirnalda de flores de un intenso color morado.

Lupakki, lejos de interesarse por la razón de las ornamentaciones, se preguntó dónde habrían encontrado esas flores en una tierra en la que apenas crecía nada.

—¿Qué… significa esto?

Walmu sintió la necesidad de intervenir en ayuda de la muchacha.

—Kessi, tu hija… ha celebrado esponsales.

—¿Qué?

—Que se ha…

—¡Te he entendido! —Se volvió hacia Azzari—. ¿Que has hecho qué? ¿En mi ausencia? ¿Cuándo? ¿Por qué? ¿Con quién?

Pocas veces desde que dejara atrás la adolescencia Azzari se había quedado sin saber qué decir ante una reprimenda; en realidad tenía una bien merecida fama de respondona.

Pero en esta ocasión no le salieron las palabras.

En ese momento, detrás de la aturdida familia apareció un muchacho de túnica polvorienta y con una vara al hombro.

Caminaba feliz y distraído mientras se acercaba a ellos.

—Ya he llevado los bueyes al aprisco. Ahora podemos…

Cuando vio la comitiva frente a su carro se le heló la sangre. Todos se giraron y Azzari hizo las presentaciones, aunque en el caso de Lupakki fueron innecesarias.

—Bueno… Padre, abuelo, Lupakki: este es mi esposo.

Kessi y Appu no mostraron emoción alguna al conocerle, más allá de prolongar su estado de sorpresa; a Lupakki en cambio, pese a no alterar su habitual semblante impasible, sí debió de removérsele algo por dentro al ver a Subaru allí plantado.

El joven muchacho había querido hacer las cosas bien.

Y eso significaba que su padre hablara con el padre de la futura esposa y ambos acordaran la dote correspondiente por el desposorio, con el objeto de incrementar el valor de la chica.

Como si se tratara de una mercancía; después de todo, un acuerdo de matrimonio no era muy diferente a una transacción comercial.

Pero ninguna de las dos partes estaba presente: Kessi se había marchado de viaje y los padres de Subaru murieron en el saqueo de Wilios hacía quince inviernos.

Además, ni Subaru ni, por lo que podía imaginar, la familia de Azzari tenían patrimonio o riqueza alguna que pudiera ser empleada como dote.

De modo que si Subaru seguía los cauces normales, la boda no podía tener lugar.

El camino que le quedaba a Subaru si quería persistir en su empeño no era tan ortodoxo pero sí igualmente lícito, al menos en tanto que estaba amparado por las viejas historias que resonaban en su cabeza por habérselas oído contar a algunos.

Se decía que existía la costumbre, no tan extraña ni desconocida entre los más ancianos de Wilios ni tampoco de Ḫ atti, de raptar a la muchacha y retenerla en la hacienda del futuro esposo.

Una vez cometido el hurto, el padre de ella debía personarse en casa del secuestrador y llegar a una especie de trato con él, en virtud del cual la hija era entregada a su raptor de por vida.

También en este caso el padre de la muchacha debía aportar una retribución, en tierras o en bienes, para asegurarle a su hija el respeto y los cuidados del esposo en contraprestación al hecho de haber sido raptada.

Quienes afirmaban tener antepasados que habían sido varones raptores o hembras raptadas explicaban con sorna que el procedimiento venía a ser una especie de humillación para el suegro en ciernes, al tener que pagar el rescate sin que a cambio se produjera la restitución de lo rescatado, es decir, de la muchacha en cuestión.

En otras palabras: casarse por rapto era poco menos que una tomadura de pelo para el padre de la novia.

Otros, aplicando un sentido más práctico, lo entendían como una buena manera de librarse de la hija, pues el matrimonio suponía una boca menos que alimentar.

Que a Kessi no se le había pasado por la cabeza pagar el supuesto rescate a Subaru fue algo que estuvo claro desde el primer momento.

De ese modo el muchacho quedaba legitimado para llevar de regreso a Azzari si así lo deseaba, puesto que no obtenía beneficio alguno del rapto.

Pero ni él quería hacer eso ni tampoco a Azzari parecía agradarle la idea.

Cómo había sido posible que ella sintiera algo por quien se había dedicado a vapulearle y humillarle durante su infancia, era una pregunta que Lupakki no lograba responder.

Pero en la misma medida que no lo comprendía, tampoco le preocupaba.

Solo reflexionó sobre un hecho incuestionable: no había duda de que Azzari no iba a ser una esposa al uso, sumisa y hogareña.

Ella era de armas tomar, en el sentido más literal de la expresión, y tal vez por esa razón Lupakki llegó incluso a pensar, sin demasiado convencimiento, que tal vez Azzari estaba maquinando una venganza contra Subaru, una venganza en la que ella sacrificaba su futuro.

La unión de ambos era, en cierto modo, un castigo a Subaru, a quien la diosa Ištar habría puesto una venda en los ojos para cegarlo y dejarle caer en la trampa de Azzari por su propio pie.

Rumiando tales pensamientos, Lupakki se permitió una sonrisa.

Con o sin dote de por medio, el enlace podría haberse disuelto si todo se hubiera quedado en el rapto. Pero Appu hizo una pregunta cuya respuesta marcó el destino de los contrayentes sin posibilidad de desviarse de él.

—Dime, Subaru, muchacho: ¿Habéis hecho las pertinentes abluciones a Išara? ¿Habéis llevado a cabo el ritual, le has alzado el velo a Azzari para ofrecerle tu copa?

—Sí —respondió con timidez—, hemos hecho los juramentos a la diosa. En cuanto al velo, Azzari no lleva, así que…