8. KARKEMIŠ Quince años después del Desastre #5
—¡Maldito haragán! ¡Cuando vuelvan los sacerdotes del Gran Rey a por sus pieles para el templo, les voy a decir que se te lleven a ti y te arranquen la tuya!
Kessi se detuvo antes de subir al caballo.
—¿Qué has dicho? ¿El Gran Rey?
Appu también se había percatado.
—¿El Gran Rey de Ḫ atti? ¿El Tabarna? ¿Šuppiluliuma está aquí, en Karkemiš?
—¿Šuppiluliuma? —Turi sonrió—. El Gran Rey se llama Kuzi-Tešub.
Appu no comprendió nada y Turi-Dag ā n intentó explicárselo.
—Que los dioses hagan conmigo lo que quieran, pero las cosas son como son: ese Kuzi-Tešub es un jovenzuelo malcriado.
—Su hermano lo miró y pareció decirle con la mirada: «¿y tú que eres, sino precisamente eso?
»—. Al morir su padre y heredar él el cargo de virrey, hace unos años, lo primero que hizo fue celebrar grandes festejos aquí, en Karkemiš, sin guardar el debido luto a la muerte de su antecesor.
Y los sacerdotes del templo del Dios de la Tormenta dijeron que no llamáramos nunca virrey a Kuzi-Tešub, porque había decidido proclamarse Gran Rey.
—¡Pero eso es traición! —exclamó Appu.
—¡Ja, ja! ¿Traición a quién? Nos dijeron que el Gran Rey de Ḫ atti habitaba ya en el lugar que le corresponde en el inframundo y que su puesto en la tierra lo ocuparía ese crío. Y que nuestra ciudad florecería con mayor gloria que la desaparecida Ḫ attuša.
Turi contó aún más cosas, pero Appu ya no le escuchaba. Sintió sobre él el peso de la mirada de su hijo Kessi y comprendió.
—¿Cómo sabes todo eso? —preguntó sorprendido Laat a su hermano.
—Porque yo no hago como tú y presto atención cuando hablan los sacerdotes.
Kessi interrumpió la discusión que estaba a punto de estallar entre los hermanos. Intuyó que de Turi sí obtendría la respuesta que buscaba.
—¿Cómo murió tu madre?
A Turi le sorprendió la pregunta.
—¿Mi madre? ¿Y qué tiene que ver eso ahora? —Hizo una pausa—. Por lo que recuerdo, enfermó en cuanto llegamos a la ciudad. Y murió en pocos días. Yo era un crío entonces. Recuerdo también que pensé que esta ciudad estaba maldita.
—A esta ciudad no le pasa nada —le corrigió su hermano—. Madre estaba ya enferma durante el viaje. Trajo la enfermedad desde Ḫ attuša. La misma que allí mató a tantos otros.
El risueño y despreocupado Turi-Dag ā n parecía estar más interesado en lo que sucedía en su entorno que en el negocio de las pieles, al contrario que su hermano Laat.
Antes de que subieran a sus caballos y se marcharan de vuelta a Mopsuestia, les contó que la región de Karkemiš se había convertido en el reino de Karkemiš en virtud de la autoproclamación como Gran Rey de su gobernante Kuzi-Tešub.
El día de la coronación se paseó por la ciudad vistiendo la túnica larga y la kipá que solo usaban los monarcas de Ḫ atti, mientras empuñaba el sagrado cayado combo de la realeza nešili .
En el tiempo que llevaba ocupando el trono, Karkemiš había visto reducida su superficie merced tanto a luchas intestinas opositoras al nuevo monarca, como a guerras con sus vecinos fronterizos de Aštata, Kizzuwatna y Ḫ alab.
Su territorio había menguado igual que una charca en medio de una sequía, y ahora se extendía en una franja que llegaba por el sur hasta Emar y por el norte hasta Midduwa.
Quién sabía, les había dicho Turi-Dag ā n, si no sufrirían el mismo destino que Ḫ attuša y acabarían desapareciendo.
Sin embargo, esos asuntos territoriales importaban poco a Appu.
Durante años se había negado a aceptar la caída de su ciudad, de su patria, pero ahora ya no había duda.
En su cabeza barajó la idea, como alternativa a la terrible realidad, de instalarse él y su familia, pese a los malos augurios del hijo de Madi-Dag ā n, en la propia Karkemiš.
Tendría que convencer a los suyos, pero la tarea no tenía por qué ser demasiado difícil.
Así no habrían de volver a vagar sin rumbo y, además, Karkemiš era algo más que una ciudad cualquiera: era una ciudad nešili .
En cuanto encontrara la ocasión le plantearía la cuestión a Kessi.
Pero habría de esperar, porque su hijo parecía sumido en mil reflexiones que lo perturbaban como hacía tiempo que no le sucedía.
Kessi cabalgaba siguiendo el caballo de Appu; con gusto habría encabezado la marcha, pero sabía que no podría evitar pasar del trote al galope y entonces su padre sufriría tratando de seguirle.
De modo que Appu lo frenaba y él tragaba el polvo que levantaba, como lo había hecho en el viaje de ida; de hecho, como había sucedido siempre.
Pensó que había estado toda su vida a la sombra de su padre.
Y que por eso había utilizado la muerte de su mujer, de Mikal, como arma arrojadiza contra él.
Una especie de venganza, que no supo decidir si era justa.
De todos modos, lo que había escuchado en boca de Turi-Dag ā n le hizo pensar algo que, seguramente, resultaba obvio para cualquier ser humano: eran los dioses los que daban y quitaban, no las decisiones de los hombres.
Pero ¿qué prueba había de que los dioses existieran?
En cambio, la muerte de los seres queridos sí era un hecho incontrovertible.
Lupakki encendió un fuego y se sentaron a su amparo.
La noche era fría, llevaban varios días sobre los caballos y sus doloridos cuerpos necesitaban descanso.
Los animales también agradecieron la parada.
Unas colinas resguardaban al grupo del gélido viento nocturno, aunque la sensación de helor no se apaciguaba si no era acercándose a la hoguera.
Una luna casi llena colgaba sobre sus cabezas y confería al paisaje un aspecto fantasmagórico.
—Me preocupa que lleguemos y no haya nadie en Mopsuestia. Hace ya muchos días que nos fuimos.
—Kessi —intentó tranquilizarle su padre—, deja de ser tan pesimista. Si eso sucede cabalgaremos hacia el sur, como habíamos dicho. Nosotros tres nos movemos más rápido de lo que lo hará una caravana formada por miles de personas; les daremos alcance.
—Lo tienes siempre todo planeado, ¿verdad?
Appu calló. Lupakki, con la vista posada en el fuego, arqueó las cejas y pensó que la tensión entre su padre y su abuelo se podría cortar con un cuchillo. Aquello estaba a punto de estallar en cualquier momento.
—Cuando nos reunamos con Azzari —dijo más tarde Appu— deberíamos volver a Karkemiš.
Basta de peregrinar, basta de ser unos vagabundos.
Soy viejo y estoy cansado, y ya me había acostumbrado otra vez a la vida normal en la forja de Mopsuestia.
Karkemiš es una puerta que se nos abre, una nueva oportunidad. Quizá la última.
—¿La última? ¿Quién es ahora el pesimista? Además, según el hijo de tu amigo, esa puerta abierta podría seguir el mismo camino que Ḫ attuša. Pero qué más da, si ya lo tienes decidido...
—¿Acaso tú no preferirías estar bajo techo en Karkemiš que volver a la vida de vagabundo?
—¿Importa acaso lo que yo prefiera?
—Kessi…
—Creo que he oído algo —dijo de pronto Lupakki. Se puso en pie y caminó hacia la roqueda.
—¿Estás seguro? —preguntó Kessi apagando la voz—. Yo no he oído nada.
—Voy a echar un vistazo.
—Podría ser un animal —sugirió Appu.
—Me aseguraré. Vuelvo en seguida.
A Lupakki no le apetecía escuchar más discusiones; esas conversaciones entre su padre y su abuelo, construidas con reproches y veladas acusaciones, eran tan recurrente como estériles y ya estaba harto de ellas.
Le hacían sentirse incómodo. Además, era cierto que había escuchado un ruido; tal vez el viento, o tal vez su abuelo tenía razón y había algún animal oculto en las sombras, atraído por el calor de las llamas y por la posibilidad de hallar comida.
O quizá se tratara de merodeadores en busca de botín.
Caminó sin hacer ruido, brincó de roca en roca fijándose dónde ponía los pies y se aseguró a cada salto de que el puñal seguía sujeto al ceñidor. Recordó entonces algo que le dijo Muksus en una ocasión:
—Todo el mundo, todas las personas, se ponen una máscara y actúan igual que sacerdotes en una ceremonia.
La ceremonia es la vida y entonces se comportan en ella como si fueran la persona representada por ese disfraz, y no como son ellos mismos.
Así viven y así se relacionan unos con otros, porque todos los demás llevan también máscaras.
De ese modo, pocos llegan a conocer a la persona con quien están hablando porque esta permanece oculta y, de hecho, ni siquiera se conocen a sí mismos porque lo que son se difumina tras su propio disfraz y se confunde con él; desaparecen para el otro y también para sí mismos.
»Esto lo he visto en todo aquel que he conocido, Lupakki, menos en ti.
Tú no tienes máscara, eres quien eres y nada más.
Por eso eres diferente al resto. Por eso estás solo y aislado del resto.
A cambio, eres el único que te conoces a ti mismo y que te das cuenta de la verdad: que vivimos en un mundo de máscaras.
Eso quizá te hará sufrir, pero los dioses nos enseñan que uno sabe quién es a través del dolor.
Que solo quien sufre y padece se conoce realmente a sí mismo.
Lupakki recordó todo eso a la luz de la luna, viendo su tenue sombra agitarse y saltar entre las oquedades y los escarpes.
Se preguntó quiénes eran en realidad Appu y Kessi, por qué permitían que sus vidas enmascaradas se enzarzaran en disputas vanas, qué les impedía quitarse el velo –como había hecho su hermana Azzari; en realidad, Muksus nunca la conoció lo suficiente para darse cuenta de que también ella vivía sin máscara– y renunciar a sus diferencias.
Porque esas diferencias no les pertenecían a ellos, sino a las máscaras.
Regresó junto a la fogata y encontró a ambos ya estirados bajo las pieles. Tomó un pesado vellón de oveja y se cubrió con él. Su padre no estaba dormido.
—¿Has visto algo?
—No.