8. KARKEMIŠ Quince años después del Desastre #4
—¿Quiénes sois?
—Me llamo Appu. Appu de Ḫ attuša. Tú debes de ser Turi.
—Turi está haraganeando en la orilla del río. Yo soy Laat-Dag ā n. ¿Has dicho de Ḫ attuša?
Observó con más detenimiento a los tres recién llegados, como si de su aspecto dependiera el respeto que obtendrían de él. Finalmente dejó caer el sacudidor y fue hacia la casa. La puerta estaba abierta; la cruzó y no tardó en salir.
—Si queréis hablar con mi padre tendréis que entrar. Hace mucho que no se mueve de la cama.
Se hizo a un lado y los tres visitantes accedieron a la cabaña. Dentro estaba oscuro, no había ventanas y un hedor insoportable obligó a Kessi a llevarse la mano a la nariz. El olor era acre y rancio, a putrefacción y a orina, a humo y a grasa animal.
—Ah, claro —dijo Laat desde el vano de la puerta al ver su reacción—. Pero no toda la fetidez proviene de mi padre. Aquí dentro hay cientos de pieles; esto es una tenería, ¿nunca habéis estado en una?
—Yo sí —respondió Appu.
Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad comprobaron que, en efecto, gran cantidad de pellejos de animales se amontonaban en el suelo y sobre una mesa de madera que ocupaba todo un lateral de la estancia.
Había recipientes y vasijas de diversos tamaños colocados en estantes que cubrían la otra pared de esquina a esquina.
En la mesa y por el suelo vieron rasquetas, mazos, piedras de alisar, cuchillos con hojas oxidadas de diferentes formas y filos, cepillos de púas y otros utensilios propios del oficio.
El firme sobre el que caminaban era pegajoso a causa de la sangre seca, el orín y la grasa.
La atmósfera estaba cargada y la casa no contaba con más ventilación que la puerta de la entrada.
El aire era casi irrespirable. Emanaban nauseabundos efluvios de las pieles, muchas de las cuales aún conservaban adheridos restos de carne y vísceras en descomposición.
Frente a los estantes, en la esquina contraria, había un lecho y sobre él alguien estirado y tapado hasta el cuello con un grueso manto oscuro y peludo.
—¿Habéis hecho el sacrificio a la Diosa del Espejo? —preguntó el cuerpo que yacía en el jergón. La voz se oyó débil y pastosa.
Appu miró a Laat sin comprender a qué se refería.
—Kubaba, la diosa de la ciudad —le informó—. Mi padre piensa que pertenecéis al servicio del templo. —Se dirigió al hombre yacente—: No, padre, te he dicho que vienen de Kizzuwatna, de un lugar llamado Mopsuestia.
Appu se acercó al lecho y percibió el hedor que desprendía el manto y las desiguales manchas oscuras que lo ensuciaban.
Vio también la mugre que cubría el cabello revuelto y apelmazado del hombre, probablemente hogar de piojos y quién sabía qué otros parásitos.
La hirsuta barba gris y las arrugas de la piel, profundas como surcos de arado, camuflaban el rostro corroído y fatigado de un anciano.
Debajo de aquella capa de vejez, cabellos mugrientos y suciedad, Appu fue capaz de reconocer las facciones de su viejo amigo.
Pronunció su nombre mientras le miraba a los ojos.
—Madi-Dag ā n. —Flexionó las rodillas y se aproximó un poco más, sobreponiéndose a la pestilencia—. Madi, soy Appu, Appu de Ḫ attuša. Tu amigo Appu. ¿Me recuerdas?
—Appu… —dijo el anciano—. ¿De Ḫ attuša? Appu se marchó de Ḫ attuša. No se quedó allí. Pocos se quedaron allí.
—Es verdad, Madi. Me marché, me fui a Wilios con mi familia. ¿Te acuerdas? Nos despedimos una mañana, hicimos ofrendas a los dioses y nos deseamos buena fortuna.
—Los dioses… sí, los dioses.
A continuación posó la mirada en la oscuridad de la habitación y dijo:
—«Que los hombres vayan junto a la piedra de fuego
y que la invoquen.
Y que los hombres ricos, los héroes y los señores
inmolen vacas y ovejas,
y que los hombres miserables
hagan libaciones con sémola».
—¿Qué está diciendo? —preguntó extrañado Lupakki desde la proximidad de la puerta, donde el aire era más respirable.
—Está recitando. Le gusta recitar poemas. Tiene la cabeza ida —explicó Laat.
—¿Quién se los ha enseñado? —quiso saber Kessi. No era habitual que un artesano, alguien que no pertenecía a una clase noble, tuviera ningún tipo de cultura.
Laat alzó los hombros en señal de ignorancia.
—Su padre fue cantor y escriba del Tabarna —aclaró Appu sin volverse—. Yo lo conocí. Él tuvo que seguir el oficio familiar de curtidor, su abuelo le obligó. Madi, ¿qué enfermedad tienes?
—La enfermedad del tiempo —contestó despectivo Laat—, igual que tú, que yo y que cualquiera de nosotros. Solo que él la está padeciendo desde hace más años. Pronto se reunirá con sus antepasados, vendrá la diosa Lelwani y se lo llevará a la mansión del inframundo. Allí descansará.
—¿Pero le ha visto algún médico?
—Vino uno hace tiempo: no hizo más que cruzar la puerta y salió huyendo.
—Madi, ¿te acuerdas de mí? —insistió Appu—. Tú solías visitar mi forja y yo te compraba pieles para pasar el invierno.
Madi miró a Appu con paciencia de anciano y sonrió bajo la barba.
—¡Appu! ¿Eres tú? Te pareces, pero no eres tú.
—He envejecido, Madi; han pasado más de veinte años. Tus hijos no eran más que unos jovenzuelos y tu mujer… —Se detuvo—. ¿Dónde está tu esposa, Madi?
—Murió hace ya mucho —dijo Laat sin un ápice de emoción.
Madi se enzarzó otra vez en la recitación de nuevos versos, y Kessi le recordó a su padre la razón por la que estaban allí. La situación se iba tornando incómoda por momentos.
—Madi, ¿has tenido noticias de Ḫ attuša? ¿Has sabido algo desde que te marchaste de allí? ¿Sabes si el Tabarna…?
Al instante de formular la pregunta, Appu fue consciente de su estupidez. Difícilmente Madi-Dag ā n –deteriorado su cuerpo y, al parecer, también su mente– tendría modo de saber en qué situación se encontraba la capital de Ḫ atti, y menos el soberano.
—¿ Ḫ attuša? Sí, yo sé lo que le pasó.
Madi se humedeció los labios y tragó saliva. Y comenzó a hablar adoptando un tono plano y monocorde.
—«La ciudad de Ḫ attuša fue incendiada y sólo quedó el mausoleo» —balbució—.
«Por el norte vino el enemigo kaška , devastó el territorio de Ḫ atti e hizo de la ciudad de Menaša su frontera.
Por otro lado, del País Inferior vino el enemigo de la ciudad de Arzawa, devastó el territorio de Ḫ atti e hizo de las ciudades de Tuwanuwa y Uda su frontera».
—¡Por el sagrado Ḫ ašamili! —exclamó Kessi—. ¿Te convences ahora, padre?
Appu no respondió, ocupado en tratar de averiguar por qué aquella retahíla de desastres, ciudades y enemigos le era extrañamente familiar. Entretanto, Madi-Dag ā n continuó su letanía.
—«También vino el enemigo de la ciudad de Azzi, devastó el País Superior e hizo de la ciudad de Šamu ḫ a su frontera.
Vino el enemigo de la región de Išuwa, devastó el territorio de la ciudad de Tegarama e hizo de Kizzuwatna su frontera.
En el País de Nerik, en Hursama, en el País de Kastama, en el País de Serisa, en el País de Himuwa, en el País de Taggasta, en el País de Kammama.
Los templos que los dioses poseían en esos países, los enemigos los saquearon… ».
—Ninguna ciudad podría sobrevivir a todo eso —sentenció Kessi.
—Pues lo hizo. De no ser así, nosotros no estaríamos aquí ahora.
—¿Qué estás diciendo?
—Madi está recitando otra vez. —Appu había tardado en darse cuenta, pero ahora no tenía ninguna duda—. Esos desastres sucedieron hace generaciones. Su padre lo escribió, son las crónicas que él y otros escribas grabaron en tablillas para los archivos del Tabarna.
—¿Por qué estás tan seguro?
—Porque yo también se lo oí contar. Cuando éramos niños su padre nos leía esas tablillas en voz alta y nos las hacía memorizar, para que conociéramos la historia de nuestra nación y no olvidáramos que Ḫ atti había sido capaz de sobreponerse a todos esos peligros.
Que Ḫ atti puede sobreponerse a cualquier peligro.
—«Hicieron pedazos vuestras imágenes, dioses.
Robaron la plata y el oro, ritones y copas de plata y de oro y de cobre, vuestros utensilios de bronce y vuestros vestidos; se repartieron esas cosas entre ellos.
Dispersaron a los sacerdotes y a los sacerdotes sagrados, a las madres del dios, a los ungidos, a los cantores, a los cocineros, a los poetas, a los del arado y a los hortelanos y los hicieron sus esclavos.
Así ha sucedido que en esas tierras nadie invoca vuestros nombres, dioses, nunca más; nadie os presenta los sacrificios que se os deben diariamente, mensualmente y anualmente; nadie celebra vuestras fiestas y procesiones».
—Vámonos, padre —pidió Kessi—. No sacaremos nada en claro. Olvidemos todo este desatino y volvamos cuanto antes con Azzari y Walmu.
Pesaroso, Appu convino en ello. Se despidió del viejo curtidor con emoción; apretó las manos de Madi-Dag ā n entre las suyas y acercó el rostro para que pudiera oírle bien.
—Adiós, Madi, amigo. Que los dioses sean justos contigo. Que recompensen la obediencia que siempre les has profesado y sean indulgentes con las faltas que hayas podido cometer en tu vida.
Appu se alzó y salieron de la vivienda. En el exterior encontraron al otro hijo de Madi-Dag ā n, que había abandonado su solaz a la orilla del río y se dirigía a la casa.
Era más joven que Laat y su rostro irradiaba la extraña felicidad de quien no tenía grandes preocupaciones en la vida. Se sorprendió al descubrir visitantes.
—Han venido a ver a padre —respondió Laat a la pregunta que su hermano Turi no había llegado a pronunciar.
—Cuidadle en lo que le quede de vida —pidió Appu—. Es un buen hombre.
—Claro que sí —le tranquilizó Laat-Dag ā n con mirada distraída mientras caminaba hacia su hermano—. ¡Turi, maldito seas! ¡Deja de hacer el vago y ayúdame de una vez con esas pieles!
Kessi, Lupakki y Appu tomaron las riendas de sus monturas, que les esperaban pacientemente junto a un poste de madera. Laat seguía renegando contra su hermano.