8. KARKEMIŠ Quince años después del Desastre #3
Mientras iban dejando la ciudad a su izquierda, no se dieron cuenta de que alguien los vio pasar perfilando sus figuras contra el paisaje casi yermo de la región.
Subaru alzó la vista desde el lomo de su caballo y reconoció en el acto a Lupakki, y un instante después al resto de jinetes.
En su rostro se dibujó una expresión de disgusto y tristeza que duró un momento.
Azuzó el caballo y trató de alcanzarlos, pero al poco se detuvo.
Reflexionó durante un rato, tiró de las riendas y cabalgó en sentido contrario, hacia el oeste. Hacia Mopsuestia.
La ciudad de Karkemiš estaba viva y eso, en los tiempos que corrían, era todo un milagro.
Nadie les impidió el paso, no hubo barreras que superar ni preguntas que responder.
Franquearon las murallas atravesando unas puertas abiertas de par en par, instaladas en medio de dos altos torreones coronados de almenas que semejaban los dientes de un dragón.
Esfinges y discos solares alados esculpidos en la piedra a uno y otro lado del paso dieron la bienvenida a Appu, que montaba en primera posición.
Lupakki se alegró al descubrir un lugar habitado y no reticente a recibir viajeros, pero no llegó a experimentar lo que sintieron su padre y su abuelo.
A ellos se les encogió el corazón: hacía más de veinte años que no veían algo así, algo como lo que dejaron en Ḫ attuša.
Los muros y almenas evocaban los impresionantes baluartes de su ciudad.
La numerosa gente que cruzaba el gigantesco portón se expresaba en lengua nešili .
Los hombres uniformados lucían el tocado y los faldellines propios del ejército del Tabarna.
Appu se habría atrevido a jurar que hasta el olor que percibía, a ganado, piedra caliza y paja seca, era el aroma de la vieja Ḫ attuša.
—Por la sagrada Diosa de Arinna, Kessi. Hemos vuelto.
Kessi sabía que no podían haber «vuelto» a un lugar donde jamás habían estado, pero comprendió a qué se refería su padre.
Tras las murallas vieron, dispersas sobre una considerable extensión de terreno, una gran cantidad de cabañas de piedra y adobe, con techos planos y colores claros.
Desmontaron de los caballos y caminaron por el sendero que esas construcciones delimitaban: eran granjas, talleres, almacenes, viviendas y establos, repartidos sin aparente orden.
La afluencia de gente circulando de un lado a otro, a pie o en carros de bueyes, era incesante.
En varios lugares se reconocía alguna edificación más imponente que el resto, quizá una residencia señorial, tal vez un templo.
Al fondo, en un promontorio que una vez más le recordó a Appu el ascenso hacia la ciudad alta de la capital de Ḫ atti, la muralla de la ciudadela de Karkemiš indicaba que la parte noble se hallaba tras aquellos gigantescos sillares de piedra.
Vieron también lo que parecían canalizaciones artificiales, zanjas y acequias; el caudaloso Mala, que ejercía de frontera natural de la ciudad por el nordeste, además de proporcionar agua al sistema de regadío en las zonas hortícolas de los alrededores, también la suministraba a los habitantes de Karkemiš para su consumo particular.
Kessi se preguntó si en aquel lugar no habrían padecido las sequías pertinaces que llevaban décadas desecando el territorio y enseguida concluyó que no: el río era sinónimo de vida y aquella ciudad se erguía en la mismísima ribera de su cauce.
Recorrieron en línea recta la urbe y su presencia no llamó la atención, nadie reparó en ellos; su aspecto polvoriento era similar al de tantos otros individuos de Karkemiš.
Llegaron a los pies de la ciudadela, una edificación levantada sobre un montículo que se alzaba en la ribera occidental del río.
Caminaron en torno a los muros hasta encontrar una entrada a la acrópolis, custodiada por gruesas torres de piedra maciza y varios lanceros que, estos sí, controlaban el acceso.
Detenían a cada persona y le preguntaban por su identidad y sus intenciones.
Desde fuera podía verse una enorme escalinata de piedra situada a continuación de la entrada, que conducía al interior de la ciudadela.
Allí había preciosos relieves con imágenes de divinidades, esfinges y leones.
Appu pidió a sus acompañantes que le esperaran mientras hablaba con los soldados.
—¿Piensas que te van a dejar pasar? —Se sorprendió Kessi—. ¿Y para qué hemos de entrar? —Y añadió, irónico—: Parece que quieras hablar con el virrey.
Appu le sostuvo la mirada con firmeza y luego le dio la espalda, y Kessi y Lupakki arquearon las cejas en un gesto cómplice. No tardó en regresar.
—No es posible entrar en la ciudadela. No pertenecemos a ninguna familia noble, ni tenemos salvoconducto para pasar.
—Ni se nos ha perdido nada ahí dentro —añadió Kessi con acritud—. Padre, ¿por qué estamos aquí? ¿Este era tu brillante plan? ¿Que el virrey en persona te diera una audiencia y respondiera a tus preguntas? No puedo creerlo. Y yo te he seguido en esta locura…
Appu quiso contestar diciendo «el virrey sabe quién soy», pero la sola ocurrencia de pronto le pareció absurda.
¿Cómo había podido pensarlo siquiera? ¿Cómo había vivido engañándose a sí mismo tanto tiempo?
Tartamudeó y finalmente no dijo nada. Lupakki vio el azoramiento de su abuelo, algo insólito en Appu, y le puso la mano en el hombro para transmitirle su apoyo, mientras Kessi seguía renegando por haber dejado sola a Azzari en el peor momento posible.
Quién sabía si podrían regresar a tiempo antes de que las gentes de Mopsuestia emprendieran su migración hacia las tierras del sur.
—Conozco a alguien en Karkemiš —dijo entonces Appu, recobrando una parte de la compostura perdida.
—¿Qué? Padre, no sé qué te pasa pero no estás bien.
—Un curtidor de pieles. Tenía su curtiduría a poca distancia de la forja, de nuestra forja. Me dijo que él y su familia vendrían a vivir aquí.
—¿Cuándo te dijo eso?
—Hace unos… veinte años. En Ḫ attuša.
Lupakki animó a su abuelo a que se explicara, ignorando los aspavientos de Kessi.
Cuando se produjo la epidemia en Ḫ attuša, contó, hubo un gran éxodo de familias que abandonaron la ciudad.
Algunos se quedaron en los territorios próximos con la intención de regresar a sus casas en cuanto el peligro hubiera pasado.
Otros optaron por irse lejos y no volver jamás, como el propio Appu. Y como el curtidor de pieles.
—El día que enterramos a tu madre —le dijo a Kessi—, se me acercó y me confió que él y los suyos iban a trasladarse aquí, a Karkemiš. —Bajó la cabeza—. Y me aconsejó que hiciera lo mismo.
Aquello abrió en Kessi viejas heridas que temía que nunca cicatrizarían.
Tragó saliva y estuvo a punto de repetir el eterno reproche dirigido a su padre: si no hubieran ido a Wilios Mikal seguiría con vida.
Quince años después de su muerte, aún no había podido perdonarle eso.
Appu percibió la zozobra interior de su hijo.
—Kessi, estoy seguro de que los que vinieron aquí desde Ḫ attuša trajeron la enfermedad con ellos. No podía arriesgarme a que muriera más gente de mi familia. Acababa de perder a tu madre.
—Padre —intervino Lupakki—, el abuelo hizo lo correcto. Nadie hubiera sido capaz de predecir lo que sucedió después.
Kessi cerró los ojos y apretó las mandíbulas. Dio una larga y profunda respiración.
—Preguntémoselo a tu amigo.
—¿Qué?
—Busquemos a ese curtidor, es lo que querías, ¿no? Preguntémosle si murió gente en Karkemiš a causa de la epidemia.
—¿Y de qué servirá eso? —quiso saber Lupakki.
—Busquémosle. Si es que sigue aquí después de veinte años.
En silencio, sin cruzar miradas, deshicieron sus pasos y se confundieron de nuevo con las formas y las gentes de la ciudad.
Preguntaron en su idioma, la lengua nešili , por el barrio de las tenerías y los bataneros y les indicaron al sur, cerca de la orilla del río.
En su camino vieron varias estatuas de piedra oscura que representaban dioses que conocían bien, y un gran templo cuyos relieves y figuras lo identificaban como la casa del Dios de la Tormenta.
Pasaron de largo sin mirar apenas nada de todo aquello, sin ser capaces de apreciar que estaban recorriendo el último reducto de los nešili , el único lugar sobre la faz de la tierra donde aún tenían importancia sus creencias y su modo de vida.
Siguieron caminando hasta que un olor denso y dulzón les anunció que habían llegado al lugar en que se agrupaban los talleres dedicados a trabajar los cueros.
—¿Vive por aquí Madi-Dag ā n? —preguntó Appu a un hombre que estaba amontonando pieles de vaca sobre una piedra. Parecía extenuado por el esfuerzo y su cuerpo semidesnudo transpiraba sudor. Lo miró extrañado y hubo de pensar su respuesta un instante.
—¿Madi? Conozco a Laat-Dag ā n y a su hermano Turi-Dag ā n. Tienen su casa más abajo, junto al dique. —Hizo una indicación con la mano—. Madi es su padre. O lo era, si es que todavía está vivo.
Appu avanzó con decisión hacia el dique y Kessi y Lupakki le siguieron sin mucho convencimiento.
Vieron una pequeña cabaña de paredes de adobe construida a poca distancia del cauce del Mala.
Allí un individuo no mucho mayor que Kessi golpeaba con un sacudidor una piel de cabra tendida al aire.
Tenía la túnica empapada en sudor. A cada impacto se escapaba del cuero una nube de gotas de agua en suspensión y de tierra húmeda que se volvía invisible antes de que se produjera el siguiente golpe. El hombre vio venir al grupo.
—¿Os envía el sacerdote? Decidle que aún no tengo listo el material que me pidió. Volved mañana.
—No nos envía nadie —aclaró Appu—. Venimos de Mopsuestia, a varias jornadas al oeste.
—Sí, sé dónde está —le cortó—. ¿Y qué queréis entonces? ¿Allí no tenéis curtidores?
—Buscamos a Madi-Dag ā n.
El hombre dejó de golpear la piel y los miró con cara de sorpresa.