Fuego y bronce 8. KARKEMIŠ Quince años después del Desastre #2
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8. KARKEMIŠ Quince años después del Desastre #2

—Deja a tu padre que haga lo que crea necesario; aún es el patriarca de la familia. —Luego añadió con fingida seriedad—: Y no te preocupes por Azzari. Yo cuidaré de ella.

La gruesa voz de Azzari, quien al parecer tenía un excelente oído, resonó en el interior de la casa:

—¡No necesito que nadie me cuide!

La región de Karkemiš estaba administrada desde hacía cinco o seis generaciones por una rama familiar del Gran Rey de Ḫ atti.

Su gobernante, con el título de virrey, era escogido y nombrado por el Tabarna en una línea sucesoria de padres e hijos dentro de su propia parentela que se remontaba a los tiempos del primer Šuppiluliuma.

Appu aún recordaba la celebración en las calles de Ḫ attuša del nombramiento del joven Talmi-Tešub, hijo del anterior virrey Ini-Tešub.

Talmi-Tešub era primo segundo del tu ḫ kanti Arnuwanda, un muchacho enfermizo que heredaría la corona de Ḫ atti cuando su padre Tudhaliya faltara.

Se organizaron fastuosos festejos y se honró a los dioses con holocaustos y libaciones.

Una gran cabalgata encabezada por Arnuwanda y Talmi-Tešub recorrió la ciudad alta de Ḫ attuša, y el Gran Rey Tudhaliya concedió a todos los ciudadanos, incluidos los residentes de los barrios bajos y también los artesanos y campesinos, licencia para presenciarla.

Un Appu con muchos años menos de los que ahora tenía, se colocó en las primeras filas al paso del desfile.

Vio acercarse los caballos de Arnuwanda y Talmi-Tešub, rodeados por el cuerpo de lanceros y el gal mešedi , y acompañados por otros dignatarios de la corte del Tabarna.

Gritó como jamás había gritado en su vida.

Se abrió paso entre la marabunta humana, dio un salto y se puso en medio del camino del cortejo, y a punto estuvo de ser atravesado por las lanzas de los mešedi pensando que se trataba de un magnicida.

Se arrodilló, bajó la cabeza hasta tocar el suelo con la frente, alabó al tu ḫ kanti y a todos los nobles de la comitiva y alzó al cielo sus dos manos, que sostenían un objeto alargado envuelto en fina piel de buey.

Era un regalo para el recién nombrado virrey de Karkemiš: una malatti forjada por Appu con sus propias manos utilizando cobre traído de las minas de Ergani en Išuwa y estaño procedente de mucho más al este, de lugares cuyo nombre ni siquiera conocía.

Los lanceros tomaron el presente y se lo entregaron al joven virrey, quien lo desenvolvió.

La espada era sencilla pero sobria, de factura impecable, sin imperfección alguna.

La superficie de la hoja completamente recta relumbraba y la empuñadura era suave al tacto como la piel de un cordero.

La empuñó, la sopesó, observó su filo, comprobó su equilibrio, admiró su perfecto diseño.

Preguntó a Appu su nombre y él se lo dijo con enorme orgullo.

—Lo recordaré cuando empuñe esta espada en la batalla —le respondió el virrey.

Le agradeció el obsequio e indicó a un miembro de la comitiva que recompensara al fiel servidor de la corona de Ḫ atti. Esa fue la única vez que Appu vio a Talmi-Tešub.

El virreinato de Karkemiš se encontraba a unos quince bêru de Mopsuestia en la dirección en que el sol comenzaba cada día su recorrido por el cielo, distancia que se traducía en cinco o seis jornadas cabalgando o más del doble si el medio de transporte era un carro tirado por bueyes.

Kessi pudo convencer a su padre de tomar caballos del establo común de la aldea, dejando en fianza el carro y los animales de tiro.

Aunque a Appu la cuestión no parecía preocuparle, Kessi no quería regresar a Mopsuestia y encontrar la aldea desierta, como el viajero decía que había visto Ḫ attuša.

En cuanto al tercer miembro de la expedición, Lupakki no manifestó en ningún momento interés por ir o por quedarse.

La última noche antes de partir elaboró una pasta con aceite y arena, la extendió sobre una roca lisa y plana y se dedicó a pulir y afilar sus armas.

Luego se quedó mirando las estrellas en el patio hasta que se durmió.

El grupo emprendió el viaje en cuanto amaneció.

Los tres jinetes habían repartido en las alforjas lo que el día antes Appu había estado cargando en el carro.

Azzari los despidió desde el portón y también Walmu acudió para decirles adiós.

La despedida fue silenciosa y fría, como la mañana, cada uno de los presentes prisionero de sus pensamientos pero evitando expresarlos para no desencadenar una nueva discusión.

La propia Azzari se había cuidado mucho de no contarle a nadie más que a su hermano, quien solía guardar en su interior sus confidencias con la misma eficacia e interés con que lo haría una cabra, su deseo de acompañarlos a Karkemiš en lugar de quedarse en la agonizante Mopsuestia.

De hecho, la protesta de Azzari el día anterior respecto a quién debía responsabilizarse de ella no había sido una bravata.

Kessi había exagerado sus palabras, desdeñando de paso a su hija, solo para intentar convencer a Appu de lo absurdo del viaje.

Todos sabían que, a sus diecinueve años, la pequeña e indefensa Azzari no era ya pequeña ni indefensa.

Su educación había sido atípica: rodeada de hombres desde que nació, su vida había transcurrido entre el polvo de las caravanas y los vapores del interior de una forja.

Nadie se había ocupado de enseñarle las tareas propias de una mujer: cocinar, tejer, cuidar de la casa, respetar al sexo masculino.

El trato con otras niñas le era ajeno y, quizá por esa razón, especialmente aburrido.

Kessi y Appu se habían preocupado toda la vida de malear minerales de extrema dureza, pero jamás lo intentaron con el carácter de Azzari.

Ella había crecido viéndolos golpear metales al rojo vivo y darles forma; el olor del cobre y el plomo fundido le era tan familiar como el de su propia piel.

Y así era su personalidad: ardiente, impetuosa y rebelde, igual que el metal incandescente que fluía imparable desde el horno a la moldura.

Con la diferencia de que en su caso no existía moldura que la encapsulara y la retuviera hasta templarse.

A menudo Walmu solía bromear con Appu diciendo que era más fácil moldear una espada que el carácter de su nieta.

Azzari profesaba una especial fascinación por su hermano.

Solo había dos años de diferencia entre ellos, y eso era suficiente para que ella lo convirtiera en su héroe.

De pequeños a veces él le había hablado de su madre, pero los recuerdos que Azzari tenía de ella eran tan difusos que no podía sentir ninguna emoción cuando oía esas historias.

Prefería que Lupakki le explicara aventuras, reales o imaginarias, o que le demostrara su habilidad con la honda y, años después, con la espada.

Solo con ella era Lupakki capaz de abrirse y mostrarle algo de su mundo interior, y Azzari era consciente de ello.

También lo era de que su hermano había cambiado en los últimos tiempos: había pasado de vivir en la sombra e inadvertido para las vidas de todos, algo que a Azzari nunca acabó de agradarle, a convertirse en una especie de paladín en la comunidad de Mopsuestia.

Seguramente se trataba de un cambio operado más en las mentes de los demás que en la del propio Lupakki, porque él jamás abandonó su discreto carácter de silente imperturbabilidad y, desde luego, saltaba a la vista que ese nuevo rol le incomodaba muchísimo.

En cualquier caso, Azzari se empeñó en imitar a su hermano en todo aquello en lo que tuviera capacidad para hacerlo y eso comprendía, cómo no, el manejo de las armas.

Aprendió a usar la honda, a lanzar jabalinas, a disparar flechas e incluso a defenderse de manera digna con la espada.

Lupakki le enseñó todo eso sin plantearse –¿por qué iba a hacerlo, al fin y al cabo?

– si eran o no actividades propias de una muchacha.

En cuanto a Kessi, se tomó el asunto con fría indiferencia.

Y como era de imaginar, los años en los que podía ser tomada por esposa pasaron por Azzari sin novedad, ya que ningún posible pretendiente se atrevió siquiera a acercársele.

Solo hubo un joven que tuvo el deseo de trabar amistad con ella, uno bien conocido por su hermano.

Pero jamás hizo nada al respecto y su loca idea se esfumó como un soplo de viento.

Padre, hijo y abuelo cabalgaron durante varios días a ritmo constante pero pausado; aunque haber trabajado en la forja toda la vida le había proporcionado una formidable constitución física, Appu rozaba ya los setenta años y su cuerpo no estaba habituado a la brusquedad continuada del galope.

Se adentraron en el territorio de Mukiš, fronterizo con Kizzuwatna, y pasaron cerca de Mallos, la ciudad fundada por Anfilokos.

En silencio todos tuvieron el mismo pensamiento: Kurunta.

¿Cómo era posible que alguien que detestaba hasta la médula la raza de los a ḫḫ iyawa , hubiera optado por vivir en un lugar fundado y construido por esa gente?

Los seres humanos estaban llenos de contradicciones, invisibles a los ojos propios pero evidentes a los ajenos; sin embargo, lo de Kurunta era inconcebible.

La obstinación de su amigo era solo comparable a su simpleza.

Una vez Appu le dijo que esa tozudez suya no era mala en sí misma, pero que debía dejar que la guiara la inteligencia; en caso contrario, podía conducirle al ridículo.

El argumento tuvo un efecto inverso al buscado y Kurunta se obcecó aún más en seguir a Anfilokos.

Ahora que este se había evaporado, quién sabía qué pensamientos recorrerían la mente simple y tozuda del alfarero de Wilios.