Fuego y bronce 8. KARKEMIŠ Quince años después del Desastre
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8. KARKEMIŠ Quince años después del Desastre

A zzari no movía ni un músculo, agachada tras los matojos del brezo seco.

Se humedeció la punta del dedo en la boca y señaló al cielo, solo para asegurarse de que el viento no la delataría.

Ante sus ojos había una árida extensión de tierra sin apenas vegetación, y en medio de ella un buitre picoteaba el cadáver de un pequeño roedor.

Sin hacer ruido, sacó de entre los pliegues de la túnica una honda y un glande de plomo del tamaño de su pulgar.

Esperó a que el ave bajara la cabeza y se concentrara en la comida; entonces se incorporó un poco y volteó la honda.

Cuando el buitre volvió a alzar el pico, Azzari arrojó el proyectil.

—No tiene tan buen olfato —dijo alguien a su espalda.

Azzari soltó un grito y se giró. Allí había un muchacho de cabello rojizo y rostro aniñado mirándola con atención. Ella volvió a mirar al buitre justo a tiempo de verlo remontar el vuelo y alejarse con rápidos aleteos.

—¿Qué has dicho?

—Lo que has hecho con el dedo. No hacía falta, los buitres no tienen el olfato tan desarrollado como para olerte a esta distancia. —Hablaba con timidez, temiendo decir algo inconveniente.

—¿Y tú qué sabes? ¡Me has hecho fallar el tiro!

—No, ya habías…

—¡Déjame en paz!

Azzari lo apartó de un manotazo y se marchó dando grandes zancadas. El muchacho balbuceó algo que ni él mismo oyó y la vio alejarse con tristeza.

Cuando Azzari llegó a la ciudad y entró en el taller de su abuelo Appu, este estaba acabando de cargar en la carreta dos morrales de grano y otros tantos odres de agua. Kessi protestaba detrás de él.

—Padre, por última vez, no vengas. Es mejor que te quedes aquí en la forja cuidando de… ¡Azzari! ¿Dónde te habías metido?

—Buscaba algo para comer. Y no necesito que nadie me cuide.

—¿Por última vez has dicho, Kessi? —replicó Appu—. Por los dioses, que así sea, porque estoy cansado de oírte. Además, ya la has escuchado: tu hija no necesita cuidados, se los procura ella misma.

Azzari sonrió a Appu y fue hacia la casa. Junto al portón, Lupakki contemplaba la cómica escena que representaban su padre y su abuelo con mirada impasible.

—No has cazado nada —le dijo a Azzari.

—No me han dejado —contestó con cierto malhumor y cruzó la puerta.

Appu seguía inmerso en su febril actividad de preparativos para el viaje haciendo caso omiso a Kessi. Este buscó entonces el apoyo de Walmu, quien al igual que Lupakki era testigo mudo de los hechos.

—Walmu, échame una mano…

Antes de que pudiera decir nada, Appu le preguntó:

—Dime una cosa, Walmu: ¿cuándo has visto tú que los hijos impongan su voluntad a sus mayores?

—Cada vez que tu nieta abre la boca —respondió jovial.

Lupakki reprimió una carcajada y entró en la casa, donde Azzari revolvía en una marmita.

—¿Quién no te ha dejado cazar?

Su hermana tardó en responder.

—El estúpido de Subaru. Ha aparecido detrás de mí y me ha hecho fallar el tiro.

—¿Subaru? ¿Y qué hacía tan lejos de los suyos?

—¿Cómo voy a saberlo?

Lupakki sonrió.

Aunque hacía tiempo que no lo veía, Lupakki conocía bien a Subaru.

Su familia fue una de las que cuatro años atrás abandonaron Mopsuestia bajo el liderazgo de Anfilokos y se desplazaron unas jornadas al este, donde se establecieron en un nuevo emplazamiento bautizado con el nombre de Mallos.

Fue una separación necesaria y casi natural.

La rivalidad entre Muksus y Anfilokos había llegado al punto de escindir la población en dos bandos.

El único medio de evitar una inminente guerra interna que habría destruido la por entonces emergente aldea era la distancia: siguieron a Anfilokos muchos de los a ḫḫ iyawa que habían venido con aquel Kalkas a quien Muksus derrotó en el pasado, pero también lo hicieron algunos integrantes del núcleo original que partió de Wilios.

Appu, Kessi y Lupakki lamentaron mucho la marcha de Kurunta, aunque quien más lo sintió fue Walmu.

La tozudez de su amigo era proverbial y no pudo hacer nada para convencerle de que se quedara.

La familia de Subaru, originaria de Wilios como Kurunta, siguió igualmente el camino marcado por Anfilokos.

Subaru y Lupakki pudieron haberse conocido de niños en Wilios; lo hicieron un poco después, cuando ya la ciudad no existía y ellos no eran más que dos supervivientes del desastre, en obligada peregrinación por las tierras que en un tiempo rindieron pleitesía al rey de Ḫ atti.

Se conocieron muy a pesar de Lupakki, cuando el por entonces pecoso Subaru le vio un día usar una honda y decidió burlarse de él.

Pasado un año desde la marcha de los adeptos de Anfilokos, Muksus desapareció.

Por el mismo tiempo también lo hizo Anfilokos.

Se dijo que uno y otro se habían retado en algún lugar lejos de miradas curiosas, para dirimir cara a cara sus diferencias.

Ninguno de los dos volvió y las dos aldeas, Mopsuestia y Mallos, quedaron huérfanas no solo de un líder que los guiara sino también del espíritu de la supervivencia, que podría haber nacido de la voluntad de cada individuo; sin embargo, no lo hizo.

Esto último, que los habitantes de las dos aldeas se abandonaran a sí mismos, fue según algunos la causa de que los dioses los abandonaran a ellos; según otros, fue la consecuencia.

Las lluvias dejaron de visitar la región.

La «fuente de Muksus» redujo su caudal a un exiguo chorro, el sol dejó de hacerse visible y los habitantes de Mopsuestia se habituaron a los cielos color ceniza.

La tierra se secó y ya no pudo cultivarse cereal.

Los prados de pastos, que no hacía mucho se extendían generosos hacia levante, desaparecieron en el plazo de dos años y, con ellos, los animales que tenían allí su hábitat.

En Mopsuestia se acostumbraron a despertarse con el aullido de los lobos, que se atrevían a acercarse a la aldea en busca del alimento que no encontraban en las montañas.

La asamblea, constituida nuevamente desde la desaparición de Muksus y cuyo núcleo lo conformaban portavoces de cada grupo humano de la caravana en función de su región de origen, tomó entonces la decisión que nadie quería tomar, pero no había alternativa ante lo que se presentaba como una muerte lenta y agónica víctimas del hambre y las inclemencias del tiempo: había que volver al camino, recorrer las sendas polvorientas y formar parte de los áridos paisajes de sequía y desolación, en busca del espacio que en algún lugar un dios bondadoso les estaba reservando, abundante en agua y comida.

La devastación aparecía siempre desde el norte, de modo que la lógica, el sentido común y las historias que contaban algunos situaban el legendario paraíso soñado en el sur.

Tal vez se tratara de aquel lugar llamado por los nešili Mizr ī y por otros Tameri, «tierra amada», de suelo fértil y cielos claros, gobernada por el Señor de las Dos Tierras.

En cualquier caso, con mayor o menor confianza en la existencia de esa tierra dichosa y próspera, todos eran conscientes de que Mopsuestia tenía los días contados y, si no la abandonaban, ellos también.

La caravana habría de dejar atrás Kizzuwatna y pasar por las montañas que cruzaban Mukiš de norte a sur, hasta alcanzar el valle del río Arantu.

Luego remontaría su curso para adentrarse en Amurru.

Al sur se hallaba la región de Amki, que ya era feudataria del Señor de las Dos Tierras.

Aún les quedaría un largo viaje a través de Kin ā na hasta llegar al fin a Tameri.

Kessi y Walmu alzaron sus manos para apoyar la decisión.

Appu no. Él compartía la idea de que Mopsuestia estaba sentenciada, pero se negaba a renunciar a su sueño particular.

Mientras todos ya disponían los preparativos del viaje a tierras meridionales, Appu los hacía con la mente puesta en el este.

No aceptaba lo que para los demás era una realidad incuestionable: la desaparición del reino de Ḫ atti de la faz de la tierra.

Hubo de pasar por la aldea cierta vez un vagabundo viajero vestido con unos tristes harapos y a lomos de un asno destartalado, para hacer que se tambaleara esa vana convicción: el hombre dijo provenir de las tierras del norte, de la lejana Durmitta, y afirmó que sus ojos habían visto la ciudad de Ḫ attuša vacía de varones y hembras y convertida en hogar de lagartos y alimañas.

Si acaso la diosa Lelwani, contó con cierta sorna, reinaba en el inframundo de los nešili sobre una ciudad de espectros, esta no sería muy diferente de aquello en lo que se había convertido la capital de Ḫ atti.

—Si no me crees —le dijo el viajero a Appu con una mezcla de desafío e indiferencia—, ve a Karkemiš y pregunta.

Karkemiš. La ciudad de Talmi-Tešub, la llamada segunda Ḫ attuša. Karkemiš sí resistió al desastre y allí conocían cuál había sido el destino de Ḫ attuša. Ese era el viaje para el que se estaba preparando Appu.

Lupakki dejó a su hermana y volvió al patio, donde la discusión arreciaba. Oyó a su padre hablar en un tono entre calmado y agresivo, como el más templado de los cuchillos.

—Padre, es el peor momento para marcharse, ¿no lo ves? Toda la aldea está preparándose e irá hacia el sur. Cuando regresemos de Karkemiš no encontraremos a nadie aquí y no sabremos dónde buscarlos. Y sucede lo mismo con Mallos: también allí van a abandonar sus casas.

—Maldita sea, Kessi, si lo acabas de decir: los encontraremos en el sur. Además, conozco a esta gente y sé que aún tardarán en moverse. Regresaremos antes de que los carros crucen la empalizada.

—¿Ni siquiera vas a plantearlo a la asamblea?

—Ni se te ocurra. Esto es cosa mía… y nuestra. Cuando tengamos algo bueno que contar a la asamblea, lo haremos. Por el momento, no hay nada que decir.

—Es una idea loca. Walmu… —Kessi suplicó ayuda sabiendo ya que no la encontraría.