Fuego y bronce 7. TILIURA Cinco años después del Desastre #10
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7. TILIURA Cinco años después del Desastre #10

—Llevábamos comida y agua en los carros —dijo P ū sukš ē n—, y lo habéis destruido todo. Habría sido vuestro sin necesidad de…

—A veces —le interrumpió— es difícil controlar la furia de los hombres que lo han perdido todo y piensan que el mundo los va a devorar si ellos no dan antes la primera dentellada.

La mayoría trabajaba en las minas de cobre, las que hay al otro lado de aquellos montes, seguro que las conoces.

Son gente ruda y poco reflexiva. Cuando personas así pierden lo que más quieren sin comprender por qué, es inevitable que a veces enloquezcan.

Ahora la noche ya ha quedado atrás, las llamas se han extinguido y los ánimos se han serenado.

P ū sukš ē n trató de evaluar la situación.

El bandido se avenía a dar explicaciones en lugar de ignorarlos; eso era buena señal.

Tenía una cierta nobleza en el semblante, apreció.

Pero el pensamiento fue efímero: habían matado a los integrantes de la caravana y habían dejado que el fuego lo quemara todo. No había nobleza alguna en ello.

El mercader recobró algo de la entereza perdida al escuchar el discurso templado y diáfano de su secuestrador. Y recuperó también el coraje necesario para decir lo que pensaba.

—Sois bandidos, asesinos que matáis para…

—Para sobrevivir, viejo. Todos queremos sobrevivir. Vosotros también. En eso no somos diferentes. Solo nos distingue el modo que elegimos para hacerlo.

—¿De qué vivías en Ergani? —quiso saber Gurpa.

La pregunta sorprendió a todos. El hombre lo miró con atención, como si calibrara si existía algún motivo para responder.

—Soy herrero. Lo era —dijo al fin.

—Yo también lo fui. Tienes razón: no somos diferentes.

—¿Y qué vais a hacer con nosotros? —preguntó Buzazu.

El bandido se quedó pensativo y luego sonrió. Tomó el puñal y se acercó al grupo, y ellos se incorporaron como una sola persona, alarmados. Gurpa se mantuvo al frente de los demás y no se apartó cuando el hombre lo agarró del brazo, le metió la hoja por las ligaduras y las cortó de un tajo.

—Quizá haya asesinos entre nosotros, viejo —dijo a P ū sukš ē n mientras iba liberando de las cuerdas también a los demás—. Pero yo no lo soy. Haced lo que os plazca, sois libres.

Tras la sorpresa, P ū sukš ē n sintió una mezcla de alegría e indignación al mismo tiempo. «Devolverte la libertad después de haberte quitado todo lo demás es una broma de mal gusto», pensó. A sus hijos, en cambio, les invadió una inmensa sensación de alivio.

—Nos uniremos a vosotros —dijo entonces Gurpa. Todos, incluido quien lo acababa de liberar, le miraron boquiabiertos—. Es el único camino que nos habéis dejado.

—Bueno —contestó el bandido—, la verdad es que esa decisión no depende de ti. Ni tampoco de mí.

—¿De quién entonces?

El hombre oyó un ruido a su espalda y se volvió. Luego respondió y en sus palabras Gurpa notó un deje de disgusto.

—De él.

En ese momento un jinete se acercó al galope y se detuvo junto al lugar en que se encontraban. Llevaba el pelo recogido en una cola y sus ropas estaban sucias de polvo y tierra. Desmontó con ímpetu y se plantó delante del bandido.

—¿Qué estás haciendo, Idrimi? ¿Te has vuelto loco? Dije que no haríamos prisioneros. ¿Y ahora los estás dejando libres?

—Abdi Aširta, cálmate. Quieren unirse a nosotros. Creo que no nos vendrán mal.

—¿Crees? Mientras yo sea vuestro jefe ninguno de vosotros creerá nada que yo no le diga que crea. —Miró a P ū sukš ē n—. ¿Para qué nos vendría bien este viejo exactamente, Idrimi?

Sucedió muy rápido y aunque P ū sukš ē n lo hubiera visto venir no habría podido hacer nada.

El hombre al cual Idrimi había llamado Abdi Aširta desenfundó la espada que iba sujeta a la grupa del caballo y la clavó en el corazón del mercader, quien no tuvo tiempo de despedirse de sus hijos ni de su amigo, y menos de encomendarse a la Gran Dama de Irkalla como habría deseado.

El espanto sacudió a sus hijos, y gritaron algo que solo su padre podría haber entendido.

El cuerpo del mercader cayó al suelo con extraña lentitud.

Gurpa se arrodilló y sujetó la cabeza de P ū sukš ē n entre sus brazos, mientras Aširta dio un paso hacia Buzazu y Lamass ī con la espada en la mano.

Gurpa dejó a su amigo y se abalanzó sobre el asesino cuando la hoja ya descendía para segar la vida de los hermanos.

Ambos rodaron por el suelo, pero se pusieron en pie al instante como felinos.

Del brazo de Gurpa comenzó a manar sangre, aunque él no pareció sentir dolor y miró a su rival, desafiante.

Aširta aceptó el desigual duelo con una sonrisa y caminó hacia él.

Pero se detuvo y posó la vista por encima del hombro de Gurpa, a su espalda.

La expresión de su rostro cambió. Idrimi también se percató de que algo extraño estaba sucediendo, y Buzazu y Lamass ī se giraron.

Algo le pasaba al sol. Se estaba apagando.

—Por todos los…

Idrimi no fue capaz de acabar la frase. La luz del sol, el inmenso resplandor divino que desde el cielo alumbraba la tierra y gracias al cual existían el día y la noche, se desvaneció en cuestión de un momento y la oscuridad se impuso en todas partes.

Las tinieblas lo cubrieron todo hasta el punto de parecer que la tierra entera había sido tragada por un ser gigantesco, o como si hubiera caído en un pozo de negrura.

Las sombras abrazaron a Lamass ī y Buzazu, el cuerpo de P ū sukš ē n tendido en el suelo se hizo invisible y Abdi Aširta e Idrimi dejaron de ver más allá de sus propias manos.

El horizonte se diluyó y fue substituido por una tenue y casi imperceptible línea que separaba una oscuridad de otra mayor.

Gurpa fue capaz de comprender que había llegado el momento de abandonar el mundo, puesto que la Diosa Sol de Arinna había cerrado su ojo y no velaba ya por la raza humana.

Poco a poco, en el lugar exacto donde la luz del sol se había extinguido, fue ganando nitidez un deslumbrante destello circular, un halo blanco y fulgurante, una aureola centelleante que definía en su interior un enorme círculo negro.

Gurpa vio dibujado en el cielo el ojo de la Diosa, la ominosa pupila divina cuya atención sintió que estaba puesta en él.

Única y exclusivamente en él. El tiempo se detuvo.

El fulgor orbicular se hizo cada vez más intenso, devorando el punto negro del interior hasta hacerlo desaparecer.

Las montañas lejanas volvieron a recortarse en el horizonte, el cielo recobró su color azul y el paisaje la gris aridez de la tierra.

De nuevo el sol alumbró el mundo y las tinieblas se esfumaron, y todos en torno al cuerpo de P ū sukš ē n pudieron volver a verse con claridad.

Gurpa miró entonces a Aširta y le dijo:

—Ahora ven a matarme.