Fuego y bronce 7. TILIURA Cinco años después del Desastre #9
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7. TILIURA Cinco años después del Desastre #9

—Pasaremos el invierno en Ergani —siguió explicando P ū sukš ē n— y en cuanto venga la estación de las abejas seguiremos hasta el río Mala y alcanzaremos Ninuwa. Es un buen sitio donde vivir, mi señor. Incluso para un nešili —bromeó, aunque Gurpa comprendió enseguida. De modo que se trataba de eso.

—Te agradezco el ofrecimiento, P ū sukš ē n. De momento me conformo con calentarme las manos en este fuego.

—Mi oferta incluye todo lo que una vez dijiste que echabas en falta: una casa, un futuro…

y también una familia —añadió, y Gurpa no pudo evitar sonrojarse como un crío—.

He visto cómo miras a Lamass ī , mi señor.

Nada me honraría más que llevar ofrendas al templo de la diosa Ištar para que consagrara tu unión con mi hija.

—No se te escapa ningún detalle —sonrió Gurpa—. Supongo que entonces dejarías por fin de llamarme «mi señor» y tendría que ser yo quien lo hiciera.

—Solo si así lo deseas, mi señor. Y ahora me voy. La compañía es grata y la hoguera reconforta, pero mi espalda está helada de frío.

Gurpa lo despidió con un gesto. P ū sukš ē n era un buen hombre y sus palabras le habían parecido tan cálidas y acogedoras como emanadas del propio calor de la fogata.

Se sintió extraordinariamente bien. Mercader de telas en Ninuwa, con Lamass ī por esposa y viviendo bajo el techo de P ū sukš ē n, el hombre que lo había devuelto a la vida.

¿Por qué no? Quedarían atrás la violencia de las armas, el duro trabajo en una forja… y todo lo demás.

Pero el anciano era un mercader y pensaba como tal, no debía olvidarlo.

Gurpa ganaba una nueva vida con ese trato, pero ¿qué ganaba P ū sukš ē n?

Saltaba a la vista: solucionaba la soltería de su hija –con veinte años ya empezaba a ser perentorio contraer matrimonio–, y además se aseguraba la continuidad de su futuro negocio.

Era evidente que confiaba poco en el joven Buzazu y, seguramente, esa confianza se había reducido desde la llegada de Gurpa y su aureola de guerrero aventurero.

Pero si el guerrero cambiaba la espada por las telas, tal vez Buzazu también lo hiciera.

Gurpa se había equivocado: P ū sukš ē n no le estaba ofreciendo una salvación; le estaba dando la oportunidad de salvarle a él, a P ū sukš ē n.

Y ¿acaso Gurpa no haría eso por el hombre que le había librado de morir ahogado?

Además, estaba Lamass ī . El trato, el negocio, tenía como premio a Lamass ī .

Si no había telas, no había boda. Se frotó la barba y sonrió: P ū sukš ē n era astuto como un zorro.

Gurpa se durmió acunado por el pensamiento de que no podía existir trato más provechoso ni negocio más dulce.

Lo despertaron los gritos. Se alzó de un salto; la hoguera casi se había consumido pero los rescoldos aún seguían candentes.

Había dormido durante bastante tiempo. Notó un fuerte resplandor y calor detrás de él; se giró y vio que varios carros se consumían envueltos en llamas. Los gritos provenían de su interior.

Corrió para tratar de ayudar y, al hacerlo, vio a un jinete que se le echaba encima agitando una gran hoz.

Se agachó a tiempo de evitar la hoja y enseguida se encontró con otro hombre que corría hacia él espada en mano.

Le lanzó un mandoble con fuerza pero falto de cálculo y lo esquivó sin dificultad.

Antes de que reaccionara, Gurpa sacó su puñal y se lo clavó en la garganta.

Miró a su alrededor: la caravana estaba sufriendo un ataque. Varias flechas prendidas con fuego volaron y cayeron sobre las lonas de un carro que aún seguía intacto. Gurpa sabía quién dormía allí.

—¡Lamass ī ! ¡Buzazu!

El muchacho asomó la cabeza al exterior cuando las llamas comenzaron a envolver toda la caja del carro y Gurpa vio que el jinete que acababa de atacarle se dirigía hacia Buzazu al galope.

Estaba oscuro y el caballo se movía rápido; Gurpa apuntó con su único ojo y lanzó el puñal, y el hombre soltó la hoz y se estrelló con estrépito contra el suelo.

Buzazu saltó fuera del carro y su hermana lo hizo tras él, tosiendo a causa del humo pero ilesa. Gurpa respiró aliviado.

Sin embargo, el alivio le duró un instante, hasta que fue consciente del caos que reinaba en la caravana: los carros estaban ardiendo, los asnos rebuznaban despavoridos al sentir la proximidad de las llamas y por todas partes había hombres armados que corrían de un lado a otro.

Los s ā ridum estaban siendo masacrados: diez o quince salteadores atacaban a cinco asustados hombres que habrían soltado las armas para rendirse de haberles dado sus asesinos la oportunidad de hacerlo, cosa que no hicieron.

Realmente, pensó Gurpa, P ū sukš ē n no tenía buen ojo a la hora de escoger sus guardianes.

Entonces reparó en ello: ¿dónde estaba P ū sukš ē n?

Lamass ī corrió junto a Gurpa y se abrazó a él.

Lloraba y estaba muerta de miedo. Buzazu se les unió y pronto estuvieron los tres rodeados por una decena de hombres armados.

Buzazu tomó una espada del suelo y Gurpa pensó que el arma sería de más utilidad en sus manos que en las del muchacho, pero comprendió que poco podría hacer para proteger sus vidas.

—¡Basta! ¡Basta! ¡Os daremos todo lo que tenemos, pero detened el ataque! ¡Por la diosa Ištar, no nos matéis!

El ruego nació de la garganta de P ū sukš ē n, quien apareció de debajo de las ruedas de un carro que estaba siendo devorado por el fuego. Sus ropajes humeaban y se le había quemado la mitad de la barba.

—¡Tengo familiares en Ergani, ellos pagarán el rescate que pidáis! —siguió diciendo el mercader.

Hablaba en idioma acadio, con la esperanza de que los asaltantes le entendieran. Sus hijos se miraron entre sí con los ojos muy abiertos porque, al igual que Gurpa, sabían que P ū sukš ē n estaba mintiendo. Pero si los bandidos le creían, al menos ganarían algo de tiempo.

Uno de los asaltantes a caballo se dirigió a gritos a los suyos:

—¡Es suficiente! Sakar, ¿cuántos quedan?

El tal Sakar, un fornido guerrero vestido con una túnica rayada y con una espada larga en la mano, respondió que tan solo los que estaban allí ante sus ojos.

—Viejo —volvió a hablar el jinete, mirando ahora a P ū sukš ē n—, dile al muchacho que suelte el arma o no tardarán en ensartarlo con flechas incendiarias.

P ū sukš ē n se volvió hacia su hijo y le suplicó con la mirada que obedeciera. La espada cayó al suelo.

—Bueno, viejo, ha sido una noche larga para mis hombres: dejemos que se diviertan un poco. Pronto amanecerá.

A partir de ese momento el tiempo pasó despacio.

Les ataron las manos y los hicieron sentarse al amparo de un pequeño promontorio rocoso, a la espera de que el sol extendiera de nuevo sus rayos sobre la faz de la tierra.

Los merodeadores se instalaron junto a los restos de la caravana, al calor de las hogueras, y bebieron y cantaron como si celebraran una fiesta.

Una nube de pavesas flotaba por encima de las llamas y el humo ascendía emblanqueciendo la noche.

P ū sukš ē n no dejaba de lamentarse al contemplar el pavoroso espectáculo.

—Los han matado a todos… Y ahora están quemando algo que podría ser suyo.

Son unos estúpidos salvajes. Dentro de los carros apenas había ya mercancías, en Tiliura vendí lo último que me quedaba.

Pero los vehículos, las pieles, nuestra comida…

Serán capaces de dejar que los asnos se abrasen solo por divertirse.

—¿Son ellos los que te perseguían, señor Gurpa? —preguntó Buzazu—. ¿Los kaška ?

—No, hijo —respondió P ū sukš ē n al ver que no había respuesta—.

Estos hombres son salteadores de caminos.

Hay muchos de ellos en las regiones meridionales: bandas de desharrapados, parias sin hogar, nómadas que viven de la rapiña y el robo.

Los llaman ḫ abiru . No son los enemigos de mi señor Gurpa: lo son de cualquiera que encuentren en su camino. En especial de los caravaneros.

—Ha sido culpa mía —dijo de pronto Gurpa con pesar—. Me quedé dormido.

—Todos dormíamos —replicó Buzazu—. Y tú no tenías por qué vigilar la caravana, ¿verdad, padre? Para hacer eso contrataste a los s ā ridum .

—Es cierto —confirmó el mercader—. Mi señor, no eres responsable de nada, y menos de la maldad de quienes te rodean.

—Pero sí lo soy de mis acciones. Si hubiera permanecido alerta, como he hecho toda mi vida cuando duermo al raso, los habría visto venir.

—La culpa no es tuya —se atrevió a intervenir Lamass ī .

Gurpa agradeció las palabras, pero no le consolaron.

El grupo guardó silencio hasta que el sol empezó a despuntar por el horizonte.

Vieron cómo los bandidos se dedicaron a revolver entre los despojos de los carros en busca de algo que se hubiera salvado del fuego.

P ū sukš ē n suspiró impotente. El cabecilla pasó ante los prisioneros y les echó un vistazo.

No parecía mucho mayor que Gurpa, se recogía el pelo ondulado con una cinta y caminaba con calma.

Llevaba un puñal sujeto al ceñidor. Gurpa miró a P ū sukš ē n y comprendió lo que iba a hacer; le indicó con un gesto que no era buena idea, pero el mercader lo ignoró.

—¡Escucha! —gritó al bandido—. Tengo un cuñado y un hermano en Ergani, ellos te…

El hombre se detuvo.

—Viejo, deja de mentir. O eres un necio o un ignorante. ¿Cuánto hace que no vais a Ergani?

—Hace… hace mucho. Un año y medio, dos años. Quizá más. Pero mi hermano…

—Tu hermano, si es que lo tienes, no está allí. No queda nadie en Ergani. Es una ciudad fantasma. Como tantas otras.

—¿Qué? No puede ser cierto…

—Lo es, te lo puedo asegurar. Mi casa está allí. —Hizo una pausa y miró a otro lado—. Estaba.

El salteador apretó la mandíbula y arrugó la frente. El gesto no le pasó inadvertido a Gurpa, y recordó algo que él conocía bien: el sufrimiento no era patrimonio de unos pocos sino que estaba en todas partes.