7. TILIURA Cinco años después del Desastre #8
En ese reencuentro con las armas contó con un seguidor inesperado: Buzazu, el hijo de P ū sukš ē n.
Tenía dos años menos que Lamass ī y el bozo hacía tiempo que le manchaba el rostro.
Su temperamento se había sosegado, ya no era el joven irreflexivo de antaño, aunque seguía conservando un carácter fuerte.
No tardó en convertirse en una especie de discípulo de Gurpa.
Lo poco que sabía de él le bastó para construir la imagen de una figura heroica e invencible, lo cual no dejaba de ser paradójico teniendo en cuenta el lamentable estado en que habían encontrado a Gurpa.
Al principio revoloteaba a su alrededor como una mariposa, pero acabó por rivalizar con su padre en darle conversación, esta de un cariz menos profundo que la de P ū sukš ē n.
Solía preguntarle por las batallas en las que había combatido, cuántos hombres había matado, qué aventuras había vivido como mešedi del rey de Ḫ atti…
—No fueron aventuras —respondía con cierta melancolía Gurpa—.
Arriesgar la vida no es una aventura, y proteger a tu rey tampoco; y lo que hacíamos era exactamente eso.
Matar a un hombre no tiene nada de admirable, Buzazu, no es digno ni honorable.
Solo hay dos motivos por los que debe hacerse: si tu vida depende de ello y si tu rey te lo ordena.
¿Mató él al kaška Taniti por alguna de esas razones?, se preguntó en silencio. Pero ya conocía la respuesta. Buzazu escuchaba con atención sus palabras bajo la atenta mirada de P ū sukš ē n.
—¡Ojalá tuviera un rey que me ordenara protegerle! —exclamó Buzazu.
—Supongo que lo tienes. ¿No es así, P ū sukš ē n?
—Sí —contestó el mercader con la voz apagada—. Así es.
Gurpa vio en los ojos del anciano de Aššur una sombra de preocupación, que probablemente no iba enfocada a él sino al joven Buzazu. Y obró en consecuencia.
—El camino de las armas no es un buen camino, Buzazu —dijo—.
Mírate: tienes todo lo que yo no tengo. Mi casa ya no existe, mi familia ha muerto y mi futuro es un campo yermo.
No me ha ido nada bien empuñando la espada.
Y a ti te sucedería lo mismo. Para mí ya no hay salvación, pero tú aún estás empezando a vivir.
Era un argumento simplista y falaz: los males de Gurpa no tenían su germen únicamente en ese camino de las armas y él lo sabía. Los del cuerpo quizá, pero no los del alma. Pero una cosa sí era cierta: para él ya no había salvación.
En los días siguientes constató que no estaba en forma.
La falta de práctica en el manejo de las armas era un hecho, Gurpa lo sabía y no quería engañarse.
Pese a que sus sensaciones eran buenas al desempeñarse con la espada, era consciente de estar muy lejos de lo que él había llegado a ser.
Le faltaba rapidez, agilidad y destreza, pero su cabeza lo traicionaba y le hacía creer que sus movimientos eran veloces y precisos.
Así que se propuso derrotar a su propia mente y esforzarse como si fuera el individuo más incompetente del mundo con una espada en la mano.
El viento anunciaba ya la inminente venida del frío y Buzazu y Gurpa solían entrar en calor batiendo sus espadas junto a los carros y toldos de la caravana cuando esta se detenía cada atardecer.
Buzazu había hecho caso omiso de aquellas palabras de Gurpa que pretendían disipar su interés por las armas. Y lo cierto era que aprendía rápido.
—Mantén la espada en un ligero vaivén, así tu enemigo no podrá adivinar cuál va a ser tu próximo movimiento y te será más fácil reaccionar si es él quien ataca primero. Y no dejes de mirarle a los ojos; ellos te revelarán más sobre sus intenciones que sus gestos.
—Ese consejo es solo la mitad de útil si tu rival es tuerto —replicó el muchacho con desparpajo, mientras agitaba su espada ante la de Gurpa.
—¡Buzazu! —le reprendió su padre, espectador ocasional de aquella práctica.
También Lamass ī observaba con escaso disimulo cerca de uno de los carros. Ayudaba a tender y amarrar las lonas de cuero para acampar y pasar la noche a cubierto.
—Cuando tu rival es tuerto —respondió Gurpa sin mostrarse ofendido— no necesitas leer sus intenciones en los ojos; es obvio que te atacará por el lado que puede ver. Ese es el flanco que debes proteger.
Buzazu comprendió y se giró ligeramente hacia su lado derecho para prevenir la posible estocada.
Gurpa aprovechó entonces y dio un paso rápido hacia el lado contrario para golpear la hoja del muchacho.
Un golpe seco hizo que Buzazu dejara caer el arma y, antes de que pudiera recogerla, Gurpa le puso la suya en la garganta.
—Es obvio también que tu rival tuerto esperará que hagas lo que acabas de hacer; entonces te sorprenderá por el otro costado —le dijo.
Buzazu gruñó enrabietado por haberse dejado engañar con tanta facilidad.
—Hijo—intervino P ū sukš ē n, disimulando su alborozo al poder meter baza en el aprendizaje de su hijo—, aprende de paso otra sencilla lección, esta de parte de tu venerable padre, que lleva más de cinco décadas leyendo en los ojos de los demás: más engañoso que lo que dicen sus ojos es lo que sale por su boca.
—¡Dejad ya todos de darme lecciones! —gritó Buzazu, y se marchó enfurruñado y dando grandes zancadas. Su padre y Gurpa se sonrieron.
—Tiene carácter —dijo—, y no le gusta que lo humillen.
—No hay humillación si no hay orgullo de por medio, y si quiere aprender más vale que deje el orgullo en las alforjas de un asno.
Gurpa asintió, sabedor de que él había vivido sin orgullo mucho tiempo. Recogió el arma del suelo y luego paseó la vista por el horizonte crepuscular, sumido en súbitas reflexiones. Su mirada se cruzó con la de Lamass ī y esta la apartó al instante, azorada.
Gurpa consideró si no habría encontrado por fin aquello que echaba en falta desde que salió de Wilios.
Quedaban ya pocas jornadas para alcanzar Ergani.
El viento era cada vez más cortante y las noches más frías.
A pesar de ello, hacía tiempo que Gurpa había decidido abandonar la comodidad de la carreta y dormir en compañía de quienes lo hacían fuera.
Se sentía mejor, y estaba acostumbrado a tener el cielo nocturno por techo y las montañas por paredes.
Su lugar en la carreta podría así ser ocupado por otra persona.
—Como quieras, mi señor Gurpa —le había dicho P ū sukš ē n—. Pero todos mis caravaneros duermen bien repartidos en los carros; tan solo los s ā ridum permanecen en el exterior, por razones obvias.
Una noche el mercader se quedó un rato a hacerle compañía bajo las estrellas. Se sentó a su lado y se frotó las manos ante la fogata.
—Tu hija me contó que nos dirigimos a Ergani.
¿Qué pasará cuando estemos allí? ¿Tienes casa?
—preguntó Gurpa, no solo por iniciar una conversación: la noche era tan gélida como todas las anteriores, y pensó que si el mercader no había huido del frío al interior de los carros, cosa que solía hacer en cuanto el sol se ocultaba, debía haber alguna razón para ello.
—No, pero sé que podré alquilar algún cobertizo donde esperar el buen tiempo.
—Y luego regresarás al norte, supongo. ¿Por la ruta del cobre, quizá?
—La verdad es que no —le confesó P ū sukš ē n—.
Seguiré hacia el sur. Mi intención es volver a Aššur; ese es mi hogar, mi patria.
Llegaré al Aranza ḫ aš y seguiré su curso hasta Ninuwa.
Allí vivieron y murieron mis padres y los padres de mis padres.
Mis otros hijos viven allí y mi deseo es que Buzazu y Lamass ī abandonen esta vida de nómadas.
—¿Y de qué vivirás? —preguntó Gurpa—. ¿Eres rico en Ninuwa?
—Estoy lejos de ser rico, mi señor Gurpa, pero tengo algo ahorrado.
Escucha: se puede ser mercader sin ir por los caminos.
Acondicionaría la entrada de mi casa y la convertiría en un comercio.
Y allí vendería productos traídos de muy lejos: las costas occidentales, las tierras de Mizr ī en el Gran Delta…
incluso allende el mar. Pero dejaría de tratar con metales.
El cobre es una mercancía sucia y costosa de conseguir, de manejar, de vender a buen precio…
Y el estaño, en los tiempos que corren, también.
—Movió la cabeza—. No, me dedicaría a las telas, los tintes, los tejidos exóticos, mantos, túnicas, turbantes, velos…
Compraría telares e hilo y confeccionaría mis propios tejidos.
Contactos no me faltan. He visitado muchos de esos establecimientos en mis viajes y la mayoría son prósperos negocios.
Les escribiría. Dejaría de ser un caravanero que llamara de puerta en puerta y serían ellos quienes llamarían a la mía.
—Veo que lo tienes todo pensado, P ū sukš ē n. Eres afortunado.
Había pesadumbre y algo de resignación en el modo en que Gurpa dijo eso. P ū sukš ē n lo percibió.
—La vida es como la rueda de un carro, mi señor Gurpa.
Un día estás en lo más alto mirando al sol y al siguiente te hundes en el barro.
Pero tú aún eres joven y en cuanto te repongas estarás listo para afrontar lo que el destino te reserve.
Yo, en cambio, estoy cansado de rodar. Tengo ya casi setenta años y mi vida no ha conocido otra cosa más que calurosos desiertos, áridas estepas y ciudades polvorientas.
Quisiera dejar de una vez los caminos y regresar al lugar donde pertenezco.
Cuando llegue el momento de cruzar las siete puertas y esté ante la Gran Dama en el Irkalla, quiero que mi cuerpo sea enterrado en la tumba familiar donde descansan mis ancestros.
Y ojalá Buzazu continuara con el negocio, pero temo que no será así.
Gurpa pensó en Buzazu. Era claro como la luz del día que al muchacho le interesaba más aprender a manejar la espada que el arte de regatear para vender un manto a buen precio.
Si P ū sukš ē n planeaba contar con su hijo en el futuro negocio de telas en Ninuwa, no le iba a resultar fácil convencerlo, pensó Gurpa.