7. TILIURA Cinco años después del Desastre #7
«¿Cuántas veces he muerto ya?», se preguntó Gurpa. «¿Cuántas vidas he vivido? Soldado en Ḫ attuša, herrero en Wilios, esclavo en Tiliura… ¿Y cuántas me quedan aún por vivir?». De repente se sintió tan cansado que el sencillo consejo del mercader le pareció inalcanzable.
—Me has salvado la vida, P ū sukš ē n. Si tu sirvienta no me hubiera encontrado en el arroyo, ahora mi cuerpo no sería más que el escabel de tu dios Enki.
—No he olvidado que estoy en deuda contigo, mi señor. Aunque te sacamos del agua sin saber quién eras; los dioses nos ponen a prueba continuamente para provocar nuestros errores. Pero no fue mi sirvienta quien te encontró; yo no tengo sirvientas. Fue mi hija.
—¿Tu hija?
Lamass ī …
—¿Puedes… llamarla? Me gustaría agradecerle también a ella…
—Está a tu lado, es quien te ha estado cuidando todos estos días.
Gurpa miró a la muchacha que sostenía la cuchara. El rostro no había cambiado, pero su cuerpo había crecido. Ahora era una mujer. Había estado ciego al no haberla reconocido. O tuerto, al menos.
—Ella no entiende tu idioma, mi señor, pero ha aprendido a hablar en acadio y se defiende bastante bien.
—P ū sukš ē n se incorporó con cierto esfuerzo—.
Espero que el traqueteo de la carreta no te incomode demasiado.
Quiero llegar lo más pronto posible al sur, antes de que comiencen las heladas.
Cuando estés mejor intentaremos quitarte esa argolla del cuello; no creo que te apetezca llevarla por más tiempo. Que descanses, mi señor.
La argolla. Gurpa casi no la recordaba, tan acostumbrado estaba a su peso, sus roces y su incomodidad.
Era la prueba de que P ū sukš ē n sabía que había salvado la vida de un esclavo fugitivo antes incluso de descubrir que se trataba de Gurpa.
En Ḫ atti, ayudar a los cautivos prófugos estaba penado con la muerte; y en cualquier lugar civilizado también, pensó.
Aunque quizá ya no existiera civilización en ninguna parte.
El mercader le dijo algo a su hija en su propia lengua. Ella asintió y él se giró en el angosto espacio y desapareció por la abertura tras la lona de cuero. Gurpa vio junto a su boca de nuevo la cuchara de madera y sorbió su contenido con fingido deleite. Miró a Lamass ī .
—No es tan malo —mintió—. ¿Lo has hecho tú?
—Un hombre de la caravana —respondió. Gurpa no recordaba el tono de su voz. Le agradó; no era una voz aniñada, como su imaginación supuso que fue la que oyó aquella ya lejana noche en la tienda, hacía años—. Conoce el arte de sanar y además es buen cocinero.
Pensó también que si su padre le permitía a su hija estar ahora allí, a solas con un hombre, no debía de pertenecer aún a nadie.
—Se nota —dijo, arqueando la invisible ceja bajo el parche—. ¿Qué te ha dicho antes tu padre?
—Que cuando terminara de darte el caldo me marchara y te dejara dormir, señor.
Gurpa sonrió y alabó en silencio la prudencia de P ū sukš ē n. Sin embargo, instantes después y con el cuenco ya vacío le dijo:
—Puedes quedarte si quieres.
Pero ella se puso en pie y, sin decir una palabra, se fue.
Gurpa no pudo leer en el insondable rostro de Lamass ī si se trataba de simple obediencia o si realmente deseaba irse.
Quizá ambas cosas. En cualquier caso, y muy a su pesar, agradeció estar de nuevo solo.
Su debilidad aún era extrema, hablar le había producido un gran cansancio y el mejor remedio para recuperarse era descansar.
Y tomar el caldo espesado que le daba Lamass ī .
Mecido por el movimiento del carro, Gurpa no tardó en dormirse.
Lamass ī regresó los días siguientes para seguir curando las heridas de Gurpa y alimentarle: hierbas hervidas, más adelante gachas de cereales y poco después algo de carne.
También P ū sukš ē n lo visitaba con frecuencia y comprobaba que el herido evolucionaba con rapidez.
Lamass ī era discreta, de belleza contenida y movimientos delicados.
No destacaba por nada en concreto, pensaba Gurpa, sino por el conjunto armonioso de su persona.
Su voz, su rostro, sus gestos… Tenía algo del sofisticado aire exótico que tanto le llamaba la atención en Mikal, pero la juventud de Lamass ī revestía ese exotismo con una pátina de ingenuidad.
Mikal… Gurpa se obligó a no volver a pensar en ella.
Al igual que su hermano y sus padres, Mikal se había ido para siempre.
Y si llenaba su corazón de tristeza y melancolía, no tendría espacio para nada más.
—¿Cuántos años tienes ahora? —le preguntó un día Gurpa.
—Veinte, señor.
—¿Veinte y aún sin esposo? ¿Tu padre quiere consagrarte a alguna diosa?
—No, señor —respondió con timidez—, pero viajando en una caravana es difícil encontrar marido.
—Eso es verdad. La vida de mercader es buena para un asno e incluso para un hombre, pero no para una mujer.
A Gurpa le pareció una conversación incómoda y algo estúpida, y además notó la turbación de Lamass ī . Le preguntó si su padre planeaba volver a Kaneš; recordaba las palabras de P ū sukš ē n, allí estaba su casa.
—Los salvajes destruyeron Kaneš hace mucho. Allí ya no queda nada. Mi padre quiere ir a Ergani, en Išuwa. Teme el frío del invierno; siempre ha dicho que el frío es peor que el hambre. ¿Conoces Ergani?
—Solo de oídas —respondió.
Ergani. Ese nombre evocaba el taller de su padre.
Gurpa se saltó la prohibición de liberarse del pasado y recordó cuánto se celebraba en su casa la llegada a Ḫ attuša de un cargamento de cobre extraído de las lejanas minas de Ergani.
Padre e hijo corrían a la plaza de la ciudad alta, donde tenía lugar la venta del metal, y compraban tantas láminas de piel de toro como les alcanzaba con el puñado de siclos que Appu guardaba para ese momento.
Gurpa sintió añoranza de aquel tiempo, olvidando conscientemente que él siempre había detestado trabajar en la fragua.
Daría lo que fuera por volver a ese mundo, con sus padres y su hermano, sin más preocupación que la de forjar buen bronce.
Pero eso era imposible, la Ḫ attuša que él conoció jamás regresaría; ahora debía vivir el presente.
Un presente sin luz ni alegría. Salvo quizá por Lamass ī .
Pasaron los días y Gurpa fue recuperando las fuerzas poco a poco.
Cuando por fin pudo bajar de la trasera del carro que había sido su casa durante la convalecencia y volvió a ver la luz del sol, necesitó que alguien le tallara una muleta de madera para no caer de bruces al suelo.
Un cedro que crecía junto al camino prestó sus ramas a ese cometido.
Con el tiempo fue capaz de andar por su propio pie y pronto pudo subirse a un asno y dejarse llevar.
Descubrió así que en la caravana donde viajaba iban doce hombres, cinco de ellos s ā ridum encargados de la vigilancia, y solo una mujer: Lamass ī .
Le pareció un desequilibrio delicado. A menudo P ū sukš ē n colocaba su asno junto al suyo para conversar, y un día Gurpa le preguntó al respecto.
—Un hombre casado no le desea a su esposa este tipo de vida, mi señor Gurpa.
Ni ella la desearía para sí. Algunos de los que van en mi caravana han contraído el vínculo del matrimonio, pero sus mujeres viven en Ninuwa.
Otros no tienen esposa. Buzazu, mi hijo pequeño, aún es joven para complicarse la vida con una mujer.
Pero pronto le llegará el momento. Entonces veremos.
—¿Y tu hija?
—Sé lo que piensas, mi señor. Yo no la obligo a llevar esta vida, sin embargo a Lamass ī le gusta.
Nació en uno de estos carros, su madre murió cuando ella tenía dos años y he tenido que criarla yo mismo.
Lo único que conoce es el polvo de los caminos y las incomodidades de vivir en una carreta.
Ha sabido encontrar la felicidad aquí, con su hermano y con un viejo de barba larga y canosa como yo.
Y jamás la he oído quejarse por el frío o la lluvia.
Gurpa no pudo evitar mirar al interior de sí mismo y tener una gran sensación de vacío.
Pero, paradójicamente, fue a partir de esa conversación cuando comenzó a reconquistar el ánimo perdido, a la par que su cuerpo se recomponía y fortalecía.
Durante un tiempo temió que sus perseguidores kaška volvieran a aparecer.
Ya habían demostrado cuán hábiles eran para seguir un rastro.
Pero P ū sukš ē n le persuadió de que no debía preocuparse por eso: en algún momento se cansarían de buscarle y, por otro lado, jamás había visto un kaška en latitudes tan meridionales.
—Ellos viven en las montañas del norte, tú lo sabes bien. Se acerca el invierno y querrán pasarlo a resguardo en sus hogares. No te ofendas, mi señor, pero no creo que tu huida sea tan relevante como para que ellos cambien sus costumbres.
Aunque Gurpa, en efecto, sabía bien todo eso, no estaba tranquilo; ser un esclavo huido podía no tener tanta importancia, pero matar a un jefe kaška no era un hecho banal.
Por si acaso, y porque no sabía hacer otra cosa, en cuanto se sintió capaz volvió a empuñar el hacha y la espada.
Se había pasado media vida en su compañía, tanto durante la etapa de soldado como en el taller de Appu en Wilios, donde además de forjar bronces se ejercitaba con ellos.