7. TILIURA Cinco años después del Desastre #6
¿Qué le hizo tropezar? ¿La inclinación del terreno, el apresuramiento, el no estar acostumbrado a ser la presa?
No, había sido un lacerante dolor en la pierna causado por una flecha.
Rodó como un ovillo cuesta abajo hasta precipitarse al vacío.
Los kaška habían demostrado ser excelentes rastreadores o bien él se había vuelto más descuidado de lo que imaginaba.
La caída fue considerable y el impacto contra las rocas terrible.
Gurpa no perdió la consciencia, se incorporó como pudo y se sujetó a la escarpada pared tratando de ocultarse de la vista de sus perseguidores, que se asomaban al pequeño precipicio y discutían si habría caído al agua o no.
El asta de la flecha se había quebrado y sobresalía del muslo como un espetón; el dolor insoportable se confundía con el causado por las magulladuras que la caída le había provocado.
Sintió que la herida del brazo se le abría de nuevo.
En cualquier momento se desmayaría. Entonces a su derecha vio el destello de un objeto largo y brillante de color rojizo.
Era una espada: uno de sus perseguidores había decidido bajar para comprobar si Gurpa seguía allí.
Desenfundó el puñal y aguardó, y rogó al Dios de la Montaña que lo mantuviera consciente el tiempo suficiente.
—¡Kuitki! —gritó el guerrero al verlo.
Gurpa le reconoció: era uno de los hombres de Taniti, un individuo grande y fuerte que jamás le dedicó una palabra amable, pero sí más de un puntapié.
Adivinó enseguida que su enemigo había escogido mal el arma: en la angostura de la escarpada pendiente apenas tendría espacio para maniobrar con la espada.
Pero el kaška pensó lo mismo y la arrojó al agua, sustituyéndola por un puñal.
Gurpa sabía que si intentaba dar un paso se desplomaría y esperó, confiando en que su rival atacara cuanto antes.
Vio venir la estocada. En otro tiempo habría tenido la rapidez necesaria para esquivarla y acabar con el agresor aprovechando su guardia abierta.
Pero ahora era tuerto, estaba débil, probablemente tenía algún hueso roto y sangraba por la pierna y el brazo.
Y, sobre todo, ya no era el mismo de antes.
Pudo desviar la hoja hacia abajo, pero se le hundió en el muslo.
Pese al dolor, agarró a su enemigo del antebrazo, lo atrajo hacia sí y le clavó su puñal en el estómago.
Los ojos del guerrero kaška se vidriaron y de su boca escapó un grito ahogado.
Entonces el hombre de Taniti oyó por primera vez en su vida, antes de precipitarse al cauce del arroyo, la voz débil pero enérgica de su esclavo:
—Mi nombre es Gurpa, no Kuitki. Recuérdalo cuando les hables de mí a tus antepasados.
La corriente se llevó el cuerpo muerto del kaška . Gurpa lo vio hundirse y desaparecer, y el puñal resbaló de su mano. Se le nubló la vista. Las fuerzas lo abandonaron y cuando su cuerpo chocó contra las violentas aguas, estas se lo tragaron.
Kaddusi.
Ella acogió el cuerpo semiinconsciente de su hijo y lo guio por la corriente helada.
Llevaba puesto el manto oscuro que siempre usaba y el tocado que ocultaba el color de su pelo.
Le cogió la cabeza y la abrazó. La acunó en su regazo como a un recién nacido mientras Gurpa la miraba, sin advertir que podía verla con ambos ojos.
Se dejó mecer por ella y vio que no caminaba sino que sus movimientos fluían igual que una gota de aceite en el agua, deslizándose en medio de una oscuridad tenebrosa.
Así permaneció durante un instante que no pudo mesurar, tan breve como un suspiro y tan largo como una vida entera.
Su madre le sonrió y él ya no sintió dolor alguno en el cuerpo.
Una sombra junto a ella tomó la forma del fiel Impakru, su joven esclavo, su amigo, su hermano.
Puso la mano en el hombro de Gurpa y le hizo un gesto de asentimiento.
Gurpa no veía más que tinieblas alrededor de las dos apariciones y le pareció que su cuerpo levitaba mientras ellos se quedaban abajo, en lo profundo del abismo.
Estiró el brazo para tratar de asirlos pero no lo logró, y entonces vio una figura aterradora surgiendo desde lo más hondo: era la terrible Lelwani, ama y señora del hogar de los muertos.
La diosa extendió sus enormes brazos y envolvió con ellos a Kaddusi y a Impakru.
Ellos seguían sonriéndole y le dijeron adiós con la mano, y Gurpa siguió ascendiendo.
En su subida pasó junto a dos imágenes casi etéreas que fluctuaban como si sus cuerpos no tuvieran consistencia alguna.
Eran Hutena y Hutellura, las señoras eternas, dadoras del nacimiento y garantes del destino y del fin de cada ser humano.
Responsables de las muertes prematuras, como lo era la suya.
Pero tal vez su muerte no tenía nada de prematura: ¿acaso le quedaba algo por hacer? ¿Qué expectativa quedaba para seguir viviendo? Ninguna. Quizá ya todo estaba bien, quizá su tiempo había concluido y él lo había desperdiciado lastimosamente. Quizá la armonía del mundo requería de su muerte.
Comenzó a sentir frío, y las heridas que habían dejado de castigarle despertaron de repente como bronces incandescentes. Cerró los ojos y desistió de seguir luchando.
—¡Padre! ¡Padre! ¡Ven rápido!
Oyó la voz femenina y sintió que izaban su cuerpo y lo arrastraban, que lo cubrían con algo cálido y, finalmente, lo dejaban inmóvil. Y luego ya no sintió nada más.
Cuando despertó todo estaba oscuro. Su ojo se cerró de nuevo y no volvió a abrirse hasta mucho después.
El dolor trepó por sus brazos y piernas, le cruzó el pecho y penetró en su cabeza.
Vio un pequeño hilo de luz a sus pies, una línea vertical oscilante que brillaba y se ondulaba como un cordel centelleante.
Al cabo de un tiempo indeterminado, el hilo luminoso se ensanchó y por él cruzó una figura humana con un haz de luz en la mano.
Quien quiera que fuese se acercó en silencio al cuerpo yacente con la lucerna. Gurpa lo miró, sonrió y se esforzó en hablar a pesar del dolor:
—He tardado un poco en dar contigo, P ū sukš ē n.
Asearon su cuerpo inconsciente y hubieron de cubrirlo con emplastos y ungüentos para restañar la multitud de cortes y magulladuras repartidos por su piel.
Le vendaron el pecho, le suturaron las heridas del brazo y la pierna, y finalmente afeitaron su barba y recortaron sus cabellos.
Dejó de tener el aspecto de un león salvaje y su cara empezó a recordar la de años atrás, en el tiempo en que aún no había tenido lugar su caída a los abismos.
Fue entonces cuando P ū sukš ē n reconoció por fin al moribundo.
Pasaron dos días más hasta que tuvo fuerzas para incorporarse un poco en la yacija sin desmoronarse. Una mañana P ū sukš ē n subió a la carreta, separó los dos paños de lona y entró en el habitáculo. Lo encontró despierto.
—Esto es obra de los dioses, no me cabe duda —dijo el mercader al contemplar al guerrero nešili .
Aunque la delgadez del cuerpo y el parche en el ojo le confundían, no había olvidado el rostro del hombre que salvó la vida de su familia y perdonó la de su hijo.
—Con el aspecto que tenías antes no te habría reconocido jamás. Enki te ha restituido de las aguas primordiales de las profundidades de la tierra. Algo bueno habrás hecho para que te haya escupido y devuelto de nuevo a la superficie, mi señor.
—O algo habré hecho tan malo que no ha podido tragarme —bromeó Gurpa con voz débil, y a continuación lanzó un quejido.
—También es posible —aceptó P ū sukš ē n—.
Pero ahora trata tú de tragar ese caldo; cuando te encontramos estabas tan débil que un soplo de aire te habría derribado.
Hace dos días tu frente ardía como el fuego.
Tienes varias costillas rotas y has perdido mucha sangre, el fluido que nos recorre por dentro y nos da la vida.
Debes suplirla con sopas y agua hervida.
Una muchacha sentada junto al lecho sostenía un cuenco de madera. El caldo espesado con hierbas y especias humeaba, y Gurpa lo ingirió cuando ella le acercó la cuchara a la boca. El sabor era repugnante.
—Puede que el arroyo no me venciera, pero este brebaje sí acabará conmigo —dijo, haciendo una mueca.
—Quien tiene fuerzas para bromear es que no va a morir de modo inminente, dicen en mi tierra los más viejos.
Permíteme que te pregunte sin rodeos: ¿qué te ha sucedido, mi señor Gurpa?
¿Qué ha sido de ti todos estos años? ¿Y qué es eso que dijiste de que por fin has dado conmigo?
¿Acaso me buscabas? ¿A mí, un simple mercader, señor?
—Estás llamando señor a quien ha sido esclavo mucho tiempo.
He vivido en una pocilga y he limpiado estiércol.
Me han apaleado igual que a un perro y me han arrancado un ojo.
—Gurpa se detuvo, como si el recordar todo aquello fuese una herida más dolorosa que las que tenía en el cuerpo.
Tras una pausa siguió hablando—. Te reconocí en la ciudad, en Tiliura.
Hace ya… no sé cuánto ha pasado de eso. Y tu visión hizo renacer cosas en mi interior que ya había dado por muertas.
He seguido tu rastro no para encontrarte a ti sino a mí mismo…
Pero otros a su vez siguieron el mío. Por ellos estoy en este estado, P ū sukš ē n.
Aunque, créeme, no les guardo rencor. Ya no.
El de Ninuwa arrugó la frente.
—Me parece que estás delirando, mi señor, porque no entiendo bien lo que dices.
Pronto hará una luna que mi caravana salió de Tiliura.
¿Tú estabas allí? ¿Y dices que me has seguido desde entonces?
—Le miró con incredulidad—. Bien, lo importante es que ahora estás aquí y estás vivo.
En unos días podrás caminar y montar a caballo de nuevo.
Hazme caso: descansa y no pienses en nada que te perturbe. P ū sukš ē n cuidará de ti.