Fuego y bronce 7. TILIURA Cinco años después del Desastre #5
49%

7. TILIURA Cinco años después del Desastre #5

Tantos años sin montar a caballo lo habían vuelto descuidado: apenas cruzar los muros de Tiliura cayeron las alforjas sin que se diera cuenta.

No lo descubrió hasta mucho después, cuando se detuvo a beber agua del pequeño odre que llevaba en ellas.

No halló el odre ni tampoco el queso de cabra, ni la carne de cerdo, ni el pan de cebada, ni el resto de los alimentos que había preparado en su huida.

Por suerte el arco, el carcaj y la espada seguían allí.

No lamentó la pérdida y pidió a Šarruma fortaleza para soportar el hambre y la sed si llegaban a acosarle.

El Dios de la Montaña le había privado del alimento pero no de las armas; pudo haberlo hecho al revés o pudo habérselo quitado todo.

Eso encerraba un sentido que él creyó entender y sonrió.

No se culpó a sí mismo del error, sino al silencioso y no tan diligente esclavo llamado Kuitki.

Y él ya no era Kuitki. Su nombre era Gurpa.

Libre al fin, pero su pecho no se ahuecaba henchido de alegría ni su ánimo se desbordaba exultante ni el corazón se le aceleraba.

Todos los excesos que una emoción pudiera provocar le habían sido extirpados durante el cautiverio.

No fue consciente hasta mucho después de que tardaría en recuperar la alegría de estar vivo.

Su intención era viajar hacia el sur, cruzar el río Zuliya y salir de las tierras de los kaška .

Estaba en paz con ellos; le habían devuelto el mal que él les había causado mientras estuvo al servicio del Gran Rey de Ḫ atti.

La justicia y la armonía del mundo eran necesarias, aunque ello supusiera la crueldad de padecer su propia esclavitud.

Ahora la copa ya se había colmado, el fiel de la balanza estaba en lo alto y era tiempo de retirar los pesos y alejarse, sin temor pero también sin rencor.

La única gota de más, el único excedente que sobraba en ese equilibrio, y él lo sabía bien, era la muerte de Taniti.

Pero esta había sido fruto de una satisfacción personal, de un desquite; después de todo Gurpa no era un dios sino tan solo un hombre, con más flaquezas que virtudes.

La liebre voló arrastrada con el impulso de la flecha y quedó inmóvil sobre el suelo rocoso.

Gurpa suspiró: había necesitado tres disparos.

La falta de visión al carecer de un ojo mermaba su puntería.

Y sin embargo, Šarruma le había permitido conservar el arco y las flechas.

Debía practicar más, se dijo. Pensó que esa misma lógica era aplicable también a la espada, aunque ya no se tratara de la malatti de doble filo y empuñadura de cuero que su padre Appu forjó para él en la fragua del barrio de los herreros en Wilios.

No, esa espada no era más que un recuerdo muy bien guardado en su mente; la que tenía ahora era una simple y tosca hoja de bronce sujeta a una empuñadura de hueso.

Una espada típica de los kaška . Pero eso debería bastar para honrar al Dios de la Montaña cuando llegara el momento.

Se echó la liebre al hombro y regresó junto al caballo.

Al divisar al animal, sujetas las riendas en unos brezos, lo notó inquieto.

Gurpa se detuvo. El parche del ojo le provocaba una constante sensación de peligro localizada en el flanco izquierdo; por eso se giró con rapidez hacia ese lado, justo a tiempo de ver cómo alguien a no mucha distancia liberaba la cuerda de un arco.

La liebre que descansaba sobre su hombro recibió la flecha destinada a su pecho, y la punta tan solo le rasguñó la piel.

Corrió hacia su agresor e hizo un rápido y fluido movimiento con el brazo; el arquero no tuvo tiempo de armar un nuevo disparo porque el puñal de Gurpa fue más veloz en llegar a sus entrañas.

Pero ahora había dos hombres con espadas y hachas que se interponían entre él y el caballo.

No tenía ya el puñal y con tan poca distancia las flechas eran inútiles; necesitaba su espada. Y estaba envainada junto al animal.

En lugar de atacar y aprovechar su superioridad, sus rivales se mantuvieron quietos frente a él.

Eso le hizo suponer la presencia de algún arquero más a punto de dispararle.

No había tiempo que perder: se abalanzó sobre el oponente de la derecha y lo derribó, mientras sentía el filo de la espada cortándole en el antebrazo.

El arma rodó por las rocas. Con un movimiento que sorprendió al propio Gurpa porque surgió sin necesidad de pensarlo, le propinó un golpe seco en el cuello con el codo; el hombre se llevó las manos a la garganta al notar la falta de aire.

El tiempo transcurrido sin empuñar un arma, sin sentir el vértigo de tener que luchar por su vida, se volatilizó sin apenas pensarlo.

Antes de que el otro enemigo pudiera reaccionar, Gurpa ya se había puesto en pie y tenía la espada en la mano.

Y al aferrar el arma sintió que la furia lo invadía; que los años de humillación y vejaciones habían sido un pago excesivo, que aquellos kaška que le estaban atacando no eran sino víctimas propiciatorias que el dios Šarruma le enviaba para servirle de resarcimiento, de pequeña compensación por el mal soportado.

Que matarlos no solo era un acto de defensa propia, sino también algo que debía hacerse.

Un acto de justicia. En aras de la armonía del mundo.

El desgraciado kaška perdió un brazo y parte de los intestinos antes de recibir un mandoble que le abrió la cabeza en dos.

Mientras el cuerpo se desplomaba sobre un charco de sangre, Gurpa volvió a por el primer oponente, que se revolvía en el suelo con la garganta quebrada y el rostro morado a causa de la asfixia.

Gurpa puso fin a su agonía asestándole una estocada en el pecho.

Buscó con su único ojo al arquero que suponía apostado en algún lugar, amenazándole.

Al no verlo se apresuró a montar en el caballo, y entonces una flecha surgió de detrás de un árbol lejano y se clavó en el lomo del animal, que comenzó a lanzar relinchos agónicos.

El arquero no fue certero porque la flecha buscaba a Gurpa; la impericia o bien el miedo ante la demostración de fuerza del fugitivo le hizo errar, y además le permitió a Gurpa descubrir su posición.

El arquero se dio la vuelta y corrió al lugar donde los rastreadores habían dejado sus monturas.

Estaba aterrorizado. Cuando en Tiliura lo incluyeron en la partida de caza del fugitivo, el pánico se instaló en su cuerpo.

Sabía perfectamente quién era el esclavo huido: el «demonio nešili », el temible gigante de quien se contaban pavorosas historias, el guerrero de Ḫ atti que desde siempre había sembrado el terror entre los suyos.

Un monstruo que había permanecido en letargo durante mucho tiempo, conviviendo con ellos, comiendo carroña y durmiendo con los cerdos. Y ahora el monstruo había despertado.

Deshizo con manos temblorosas el nudo de las riendas.

Le llevó un buen rato. El caballo percibió el miedo de su amo y no le facilitó la monta.

Cuando al fin lo logró, algo tiró del dogal con violencia y el hombre sintió que lo agarraban del faldellín y lo arrojaban al suelo.

Estirado en tierra junto al animal, pudo al fin ver de cerca el terrible rostro de quien iba a quitarle la vida.

—Has matado mi caballo. Me quedo con el tuyo.

El resto de los caballos se ganó la libertad: Gurpa les quitó los correajes, los palmeó en la grupa y ellos corrieron por el valle.

No estaba satisfecho con lo que acababa de suceder.

Se había mostrado lento y torpe en la pelea: de no haber sido por la liebre, todo habría terminado antes de comenzar.

Hubo de aceptar el hecho de que el tiempo no había pasado en vano para él.

A su enorme cuerpo le faltaban reflejos, los músculos no estaban en forma, sus movimientos no eran ágiles y la visión se le había reducido a la mitad.

El tajo en el brazo era crudo testimonio de que su vida y su muerte dependían ahora únicamente de la suerte, del azar, igual que era el azar el que determinaba si un esclavo vivía o moría.

Y entonces recordó que nunca antes, siendo soldado y mešedi real, había dejado nada al albur.

La suerte para él no existió jamás y así debía volver a ser. Él ya no era un esclavo del azar.

En los días que vinieron continuó avanzando hacia el sur.

Al llegar al río tomó la precaución de cabalgar por la orilla siguiendo el cauce durante un tiempo para evitar todo rastro que pudiera dejar el caballo, y luego cruzó al otro lado.

Ahora tenía las provisiones, las armas y la montura de quienes habían querido matarlo.

Pronto la herida del brazo cicatrizaría gracias a los emplastos de hojas y arcilla que se aplicaba.

Se permitió el lujo de creer que los dioses volvían a mirarle con buenos ojos.

Pero se equivocó. Dos días más tarde jadeaba agazapado en las rocas, aferrándose a la abrupta pared de un risco.

La fuerte corriente de un arroyo le salpicaba los pies y en lo alto se oían las voces de la partida de guerreros que lo perseguía.

Le habían sorprendido y rodeado antes de que él pudiera reaccionar mientras cabalgaba por la ladera empinada de una cortada.

Una lluvia de flechas le había obligado a desmontar y escudarse en el caballo, que fue acribillado sin contemplaciones.

Había zigzagueado pendiente abajo con la cabeza a la altura de las rodillas, en dirección al arroyo cuyo murmullo oía al fondo de la vaguada. Solo llevaba consigo un puñal.