Fuego y bronce 7. TILIURA Cinco años después del Desastre #4
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7. TILIURA Cinco años después del Desastre #4

Tiliura no era una aldea demasiado grande.

Subsistía con cierta holgura gracias a las granjas de cerdos, animal muy apreciado y aprovechable, y sobre todo al cultivo del lino, del cual no solo obtenían la materia prima para confeccionar sus prendas de vestir sino que también era el origen de una sustancia valiosísima: el aceite.

Kuitki conocía bien su proceso de elaboración a partir de la linaza, la semilla del lino.

Esta debía ser prensada con sumo cuidado en un mortero, triturada con paciencia hasta convertir los granos en una pasta de la cual luego se destilaba el aceite, que posteriormente se pasaba por un cedazo.

Se requería gran meticulosidad para realizar todo el proceso y Kuitki ponía especial esmero en ello, quizá porque era el trabajo menos desagradable que le podía corresponder de su larga lista de tareas.

El líquido resultante era vertido en recipientes pequeños o en grandes tinajas, y se empleaba tanto en lucernas para iluminar las cabañas como en aplicaciones culinarias y lubricantes.

A menudo se veían en Tiliura caravanas de mercaderes con productos fabricados en tierras remotas, con la intención de canjearlos por el preciado aceite de linaza.

A aquellas latitudes tan orientales no llegaba el aceite de oliva que se producía en la lejana tierra de Akhaia, lo cual convertía en un bien muy cotizado el que se fabricaba en Tiliura.

Los esclavos, salvo autorización de sus amos, no podían acercarse a los mercaderes, y las transacciones comerciales las llevaban a cabo los propios kaška en las calles de Tiliura o en la plaza central.

Kuitki era consciente de esa prohibición y, para evitar castigos, cuando una caravana se instalaba en las afueras él limitaba sus salidas al mínimo imprescindible.

En una ocasión no pudo impedir cruzarse con unos comerciantes: estaba junto a los muros de Tiliura con un pesado fardo de forraje a la espalda, y varios asnos y un par de carros salieron de la aldea.

Su ojo derecho, el único que tenía, se fue de modo involuntario hacia los hombres que guiaban la caravana: vestían largas túnicas de colores exóticos y hablaban una lengua extraña.

También había una muchacha, sin duda hija de alguno de ellos.

Al instante Kuitki recibió un bastonazo en la cabeza y se le abrió una brecha en la frente. Entonces alguien le gritó.

—¡Largo de aquí, esclavo!

El golpe le hizo doblar las piernas y Kuitki dejó caer el fardo, lo cual animó a su improvisado castigador a cogerle por la argolla que llevaba al cuello, zarandearlo y arrojarlo al suelo para seguir con el apaleamiento.

La enorme espalda del esclavo fue un objetivo fácil donde recibir más impactos.

La casi olvidada herida del hombro volvió a la vida y Kuitki casi se desmayó de dolor.

No pudo ver quién le propinó la terrible paliza, probablemente alguno de los vigilantes de los muros.

Poco importaba: cualquiera que se le hubiera antojado podría haberlo hecho con impunidad, amparándose en el derecho común de castigar a los esclavos displicentes con las normas.

A partir de ese momento y en lo sucesivo algo pareció cambiar en la actitud de Kuitki.

Su diligencia no decayó, pero su amo Taniti notó en él un imperceptible atisbo de inconformismo, un cierto deje de rebeldía aunque fuera inconsciente, de oposición a lo que a buen seguro desde su perspectiva de esclavo era una injusticia.

¿Acaso se lo estaba imaginando Taniti? Tal vez, pero no valía la pena correr riesgos.

Había varios tipos de esclavos: los más sumisos eran los serviles, inmunes a ese tipo de pensamientos oscuros; normalmente eran supervivientes de una batalla o prisioneros capturados en alguna correría.

Pero Kuitki no pertenecía a esa categoría: los serviles se sometían desde el primer momento al amo y aceptaban su condición con resignación e incluso cierto optimismo; él, en cambio, era un ser domesticado, una fiera que Taniti había logrado amansar; una fuerza natural reconducida para beneficiar los intereses de los kaška .

Los esclavos serviles solían ser obedientes e inofensivos hasta el final, pero los esclavos como Kuitki eran peligrosos a perpetuidad, porque en el momento más insospechado sus mentes podían llevarlos a traicionar a sus amos.

Taniti siempre fue consciente de ello, de que algún día tendría que deshacerse de él. Y tal vez ese día había llegado.

Aquella noche tardó en conciliar el sueño.

Había decidido que la mañana siguiente sería la última que Kuitki vería amanecer y dudaba si acabaría él mismo con su vida o lo ataría a un árbol en medio de la montaña para que lo devoraran las alimañas.

La lucerna que iluminaba el interior de su choza con aceite de linaza que el propio Kuitki había elaborado, hacía tiempo que se había apagado.

Sumido en un ligero sopor, Taniti tragó saliva y se giró sobre el jergón, y entonces notó una punzada en el cuello.

Al instante el dolor le hizo abrir los ojos, y entonces vio sobre su cabeza el ojo de Kuitki mirándole fijamente.

Taniti tenía el oído agudo, eso le había salvado la vida en más de una ocasión; pero ahora tenía encima a su esclavo y no había percibido el más leve ruido.

La fina hoja del puñal que le punzaba el cuello desapareció en su garganta.

—Mi nombre es Gurparanza ḫ u, hijo de Appu y de Kaddusi, mešedi del cuerpo real del Gran Rey de Ḫ atti, el Tabarna Mi Sol Šuppiluliuma, hijo de Tudhaliya y nieto de Hattusili. Y tú ahora no eres nada —le susurró Kuitki.

Sacó el cuchillo del orificio y el líquido rojo burbujeó y le salpicó la barba.

Taniti quiso gritar, pero su voz se había extinguido anegada por la sangre.

Volvió a clavarlo sobre el nacimiento del esternón y comenzó una incisión bajando hacia las costillas, rajándole el pecho.

Luego lo hundió con fuerza. El puñal penetró hasta el corazón con facilidad, Kuitki lo había estado afilando esa misma tarde.

La sangre inundó la boca del jefe de los kaška y la muerte le llegó antes de que pudiera ahogarse en ella.

El esclavo abrió el portón de la choza y pasó sobre los cuerpos muertos de los dos hombres que guardaban cada noche el descanso de Taniti.

Corrió amparado por la oscuridad y en un establo tomó un caballo.

Lo llevó de las riendas hasta una poterna situada en los muros de la aldea.

Allí dos guardias más murieron degollados y un tercero desnucado antes de poder dar la voz de alarma.

Kuitki montó sobre el caballo y cruzó la poterna al galope.

Los kaška llevaban viviendo como nómadas en las montañas desde hacía generaciones y eso hacía de ellos unos excelentes rastreadores.

Localizaban con rapidez el rastro de un animal tanto en terreno abrupto como en la llanura, y observando las huellas sabían, por su tamaño, forma, profundidad, cadencia y dirección, de qué especie se trataba, cuál era su envergadura, peso, velocidad, hacia dónde se dirigía y cuánto hacía que había pasado por allí.

Algunos incluso afirmaban ser capaces de rastrear guiándose por el olor, si el viento era favorable.

Cuando se trataba de seguir a un hombre, y en particular un jinete, la exploración entrañaba poca dificultad: las huellas de las pezuñas, la distancia entre ellas, los excrementos o el orín dejados en algún momento de pausa, ramas rotas al pasar, hojas pisoteadas…

El camino recorrido por la presa les ofrecía todo un repertorio de señales que cualquier kaška sería capaz de identificar.

Pero los kaška no sabían moverse en la noche.

La negrura nocturna los aturdía y preferían esperar al alba.

Para ellos el riesgo de que el objetivo se alejara durante ese tiempo era más admisible que el de perder del todo su rastro.

Los animales, en efecto, se detenían y dormían, pero un hombre tal vez siguiera avanzando.

Aunque si el fugitivo iba a caballo era probable que este se rompiera una pata al galopar en la oscuridad.

Gurpa, el esclavo que los kaška conocieron durante años como Kuitki, sabía todo eso.

Había planeado cabalgar y no detenerse hasta estar bien lejos de Tiliura.

Luego, por las noches, desmontaría y guiaría al caballo durante un trecho más atravesando montes y collados, hasta encontrar un lugar resguardado donde el animal pudiera descansar.

Odiaba tener que detenerse, pero no conocía el terreno y avanzar a ciegas era peligroso.

Podría además dormir un poco; años de compartir lecho con cerdos díscolos lo habían acostumbrado a mantenerse alerta durante el sueño, incluso con su único ojo cerrado.

Luego, mucho antes de que el sol asomara, invertiría el proceso: llevaría de las riendas al caballo y cuando los primeros destellos de luz aparecieran, montaría y correría tan rápido como el animal se lo permitiera.

Había recubierto sus pezuñas con mullida lana de oveja y telas de lino hasta la altura de las rodillas y los corvejones; así reducía el peligro de posibles torceduras si cabalgaba con poca luz y, de paso, las huellas serían más difíciles de identificar.