7. TILIURA Cinco años después del Desastre #3
La devastada Nerik quedó atrás y el grupo prosiguió la marcha hacia el este por la región de Ishupitta.
Hasta que una oscura tarde de lluvia comenzaron a ver campos de lino y granjas con cerdos y cabras.
Y pronto avistaron la ciudad de Tipiya, la primera en su periplo ocupada por gentes kaška .
Sin embargo, solo permanecieron en ella dos días.
Por lo que pudo entender el prisionero, sus habitantes pertenecían al clan de Pihhuniya y no miraban con simpatía a la tribu de Taniti.
Ese escaso tiempo de reposo le supuso una bendición: sus piernas sufrían calambres del esfuerzo continuado y necesitaba descansar.
Pero el receso fue breve, y al tercer amanecer emprendieron de nuevo la marcha en dirección a levante.
Los días se le hacían interminables. Odiaba ver el sol aparecer por el horizonte porque significaba el comienzo de una nueva y agotadora jornada destinada a caminar sin descanso; y rogaba por que llegara pronto el momento de verlo ocultarse y la oscuridad obligara al grupo a detenerse a dormir y recuperar fuerzas.
Taniti había dispuesto que recibiera el alimento indispensable para mantenerse con vida: a diario le daban una pequeña porción de carne de caballo, lo cual le provocaba una sed terrible porque la conservaban en salazón.
Pero el agua era tan escasa como la comida.
Un día el prisionero creyó ser víctima de alucinaciones cuando le pareció oír una corriente.
No mucho tiempo después el sonido se hizo más evidente: en efecto, a su derecha vislumbró tras los árboles el curso de un río.
En una pugna condenada al fracaso, agarró la cuerda que lo unía al carro y con las exiguas fuerzas que le quedaban tiró de ella para liberarse; su intención no era escapar sino correr hacia el río, beber, bañarse en sus aguas para quitarse toda la suciedad que recubría cada poro de su piel.
Sus captores lo apalearon sin contemplaciones, mientras él suplicaba entre lágrimas que lo dejaran acercarse al cauce.
El resto del camino apenas pudo andar a causa de la paliza y cayó varias veces al suelo.
Taniti ordenó que lo subieran al carro hasta que llegara la noche.
El río se llamaba Kummešmaha y su presencia significaba la proximidad de la aldea de Tiliura.
Antes del anochecer cruzaron sus puertas.
El prisionero había oído hablar de ella: se la conocía por ser el principal emplazamiento nešili donde se había pretendido implantar la política de integración de la población kaška deportada.
Fue allí donde Taniti sufrió castigos por su rebeldía hasta que escapó.
Ahora la ciudad seguía habitada, pero únicamente por kaška : sus pobladores recordaban con orgullo el día del motín, sublevándose contra el ejército nešili destacado en la ciudad y masacrándolos a todos.
Desde Ḫ atti no llegaron refuerzos para castigar la rebelión porque Ḫ atti ya no existía, y Taniti pudo regresar y la convirtió en su ciudad.
El prisionero fue arrojado sobre los cerdos en una pocilga, inconsciente. No se movió hasta el amanecer del día siguiente.
Cuando abrió los ojos se encontró a Taniti sentado frente a él. Mordía una fruta que había en su mano.
—Esto —le dijo sin más preámbulo— le ha hecho mi pueblo al tuyo.
Esta ciudad, estas casas, este establo, eran vuestros y ahora son nuestros.
Vosotros ya no existís, habéis desaparecido de la faz de la tierra, os habéis extinguido, habéis muerto como pueblo.
No sois nada. Tú no eres nada. No eres nadie.
Tu nombre se lo ha llevado el viento, lo han enterrado los dioses, igual que tu reino.
Eres un gesto de mi mano, un chasquido de mis dedos.
Tu vida está en el movimiento de mi pulgar.
En eso te has convertido, eso eres y eso serás a partir de ahora.
Taniti percibió el asentimiento con la cabeza de la figura humana que tenía delante, del amasijo de piel, cabellos y huesos que lo miraba con ojos huidizos, acuosos y enrojecidos.
—Nosotros no somos el caos. El caos ha venido al mundo desde el cielo y desde el centro de la tierra, y mi pueblo ha tenido que luchar contra él para sobrevivir.
Como el tuyo, como todos. El caos no es obra nuestra: más allá de donde alcanza la vista, al otro lado del horizonte, al sur y al oeste, muchas ciudades y muchas naciones han caído también.
Los lugares que vosotros llamáis Ḫ apalla , Mira, Tar ḫ untašša , Wilios, el País del río Seha…
todo eso ya no existe, y sus gentes tampoco.
El prisionero alzó la cabeza.
—¿Wilios? —dijo con un hilo de voz.
—¿Te interesa Wilios? —se sorprendió Taniti—.
Sí, sus murallas ya no son murallas sino una hilera de piedras amontonadas.
Sus habitantes murieron y los que regresaron para reconstruir la ciudad murieron también.
Llegaron pueblos desde el mar y acabaron con ellos, y lo mismo hicieron con otras tantas ciudades.
La gente de Wilios ya no es más que un recuerdo.
Como lo es tu gente. Como lo serás tú. No, tú no serás ni siquiera eso. Ya no queda nadie que pueda recordarte.
Con el tiempo el prisionero reflexionaría y se daría cuenta de que esa palabra, Wilios, fue la última que salió de su boca en años.
Sin Wilios, y lo que ese nombre representaba, nada tenía ya sentido.
Cualquier deseo de seguir luchando, cualquier atisbo de oponerse a su destino abandonó por completo el cuerpo y la mente del prisionero en ese momento.
—Nosotros no causamos destrucción —repitió Taniti—: sobrevivimos a ella. Nosotros lo hemos logrado. Vosotros no.
Dejó de hablar y mordió la fruta que tenía en la mano; el prisionero no pudo ver qué era. No le importó. Nada le importaba ya.
—Mírate. Hace años los míos te reconocían en el campo de batalla por tu enorme tamaño, los aterrorizabas.
Te llamaban «el demonio nešili ». Mataste a muchos de mis hombres.
A mí me capturaste vivo y te ordenaron darme una tanda de latigazos.
Pude verte la cara varias veces durante el castigo: no parecías disfrutar, tan solo cumplías tu cometido.
Hacías restallar el látigo contra mi espalda y me abrías la piel.
Quizá no estabas de acuerdo con ello o quizá te era indiferente.
Quién sabe. Seguramente mientras estamos vivos no logramos que se nos comprenda del todo.
Por eso la muerte y el olvido tampoco son tan terribles.
Así que voy a mantenerte con vida, ese será tu castigo.
Calló unos instantes para que el prisionero asumiera su destino.
—Vivirás como un esclavo y no escaparás nunca, que los dioses te maldigan si lo haces.
Tal vez ya no creas en ellos, pero te aseguro que están ahí.
Los dioses siempre están ahí. Y tú no eres nadie para ellos.
No eres nadie para mí. Y no eres nadie para ti mismo.
Pero sé que no huirás. No tienes lugar al que ir.
No tienes nada. Y así es como te llamarás a partir de este momento: «Nada».
Te lo diré en tu propia lengua para que no lo olvides jamás: kuitki .
Ese será tu nombre ahora y para siempre hasta el día que mueras.
El prisionero no levantó la vista del suelo. Kuitki. «Nada». Eso era él. Y aunque todavía no había alcanzado esa edad en que la vida de cualquier hombre era una derrota aceptada, él aceptó que la suya ya le había llegado. Taniti lo supo y se levantó para irse.
—No lamentes tu suerte —dijo antes de marchar—: en realidad eres afortunado. Más tarde podrás lavarte, los cerdos no quieren acercarse a ti.
Días, meses y años después de todo eso, el silencioso esclavo Kuitki repartía el forraje entre los bueyes, alimentaba a los cerdos, limpiaba el estiércol de los rediles, lo esparcía por los campos de lino, empujaba la rueda del molino, araba los sembrados con la yunta…
Y realizaba esas y otras muchas tareas sin pensar, sin interés personal en ellas, pero con empeño en hacerlas a satisfacción de quien se las encargaba.
Ningún pensamiento había ya en su interior que no fuera trabajar y recuperarse del cansancio para seguir trabajando.
Recibía golpes de tanto en tanto y los encajaba sin protestar ni oponerse, como si formaran parte de su propia esencia.
Una vez alguien lo vio encorvado cortando matojos y malas hierbas en el camino de entrada a las murallas de la ciudad, y comenzó a gritar.
Ese maldito, dijo con gran gesticulación, estuvo en la unidad del ejército de Karao ğ lan que mató a su padre y capturó a su hermano, y que días después, a cambio de cinco ovejas, lo devolvió a los suyos con las cuencas de los ojos vacías.
El hombre se abalanzó sobre Kuitki empuñando un cuchillo y le sacó un ojo.
Kuitki podría haberse defendido con el escardillo que llevaba en la mano, pero se dejó hacer con mansedumbre y sin emitir ni un sonido.
Cayó al suelo entre terribles dolores, el faldellín y la túnica se volvieron del color de la sangre y el atacante se alejó con el sanguinolento ojo en la mano sin dejar de increparle.
No sufrió represalia alguna por parte de Taniti, el amo de Kuitki, por ejercer violencia contra un bien de su propiedad: si le hubiera cegado del todo habría tenido que pagar una multa por anular la capacidad para trabajar del esclavo, pero al quedar tuerto su aptitud y esfuerzo no tenían por qué menguar de modo significativo.