Fuego y bronce 7. TILIURA Cinco años después del Desastre #2
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7. TILIURA Cinco años después del Desastre #2

Pero no todos pensaban como él. El gran Pihhuniya, jefe de un clan situado en la región más oriental del territorio, no negaba que ese caos se fuera a producir, pero abogaba por aprovecharlo y fortalecerse gracias a él.

El caos no era una amenaza; era una oportunidad.

Taniti decía que no era el sentido común sino la ambición la que hablaba por boca de Pihhuniya: ¿acaso el resto de las tribus kaška se cruzarían de brazos viendo cómo él emprendía una campaña de conquista sobre el territorio huérfano que había dejado Ḫ atti?

El inquieto Pittaggatali, jefe de la tribu más numerosa e importante de la región central, ¿iba a quedarse inactivo al ver cómo Pihhuniya se hacía poderoso?

¿Y acaso lo harían los pueblos de las regiones de Durmitta, Ḫ apalla, Pedassa o Walma?

¿Es que los habitantes de la lejana Tierra de Lukk ā , cuya fama de carroñeros conocían todos, se sentarían a contemplar cómo Pihhuniya recorría con su caballo todas esas regiones, en lugar de ser ellos mismos quienes las saquearan?

Si las tribus kaška se aliaran, Taniti calculaba que podrían reunir una fuerza de ocho o nueve mil hombres, a los que se añadirían cerca de ocho centenares de carros.

De ese modo, como un único pueblo, serían capaces de oponerse a los lukk ā y a cualquier otro rival.

Pero por separado la tarea se volvería imposible.

La triste conclusión de Taniti era que el caos solo podía generar más caos.

Abandonaron el promontorio de Ḫ attuša y se dirigieron al sur, atravesando las quebradas que se abrían entre las colinas que adornaban el horizonte del curso del Marašantiya.

Era una ruta que el prisionero conocía como los surcos de su mano, pero nunca la había recorrido del modo en que lo hacía ahora, tumbado en el interior de un carro, ya que aún no era capaz de dar más de tres pasos sin desfallecer.

Taniti ordenó que se le preservara la salud, pero que si intentaba escapar lo mataran sin contemplaciones.

Las jornadas se sucedieron, cruzaron los cerros y llegaron a la sagrada ciudad de Arinna, donde los antepasados del prisionero construyeron décadas atrás el mayor santuario imaginable para honrar a la diosa Sol.

Un lugar próspero venerado por los nešili , quienes durante generaciones dedicaron con devoción las mayores riquezas a la divinidad.

Pero hacía mucho que nadie iba a Arinna; si alguien lo hubiera hecho se habría encontrado con las edificaciones demolidas, los tesoros saqueados, los templos profanados y las estatuas desfiguradas o decapitadas.

Taniti puso especial interés en que el prisionero viera con detalle lo que quedaba de su ciudad sagrada.

—Esto le ha hecho mi pueblo al tuyo —le dijo al oído, como si quisiera que todo el peso de esa frase, todo su significado, penetrara en la mente del prisionero.

Este se mantuvo impasible ante el desastre que veían sus ojos, sin dejar traslucir los recuerdos que aquel lugar le traía.

Allí, en lo que ya le parecía otra vida, se purificó del deseo de matar a su hermano.

Hacía mucho tiempo de eso y habían sucedido muchas cosas desde entonces.

Las lágrimas estuvieron a punto de traicionar su máscara de imperturbabilidad.

La tribu de Taniti se instaló en Arinna.

Los hombres empleaban las moles de piedra de los destruidos templos como sillares para sus cabañas o para levantar parapetos, y el ganado pastaba entre los escombros sagrados.

Los kaška eran expertos en aprovechar las defensas naturales del terreno montañoso para fortificarse, y aplicaron esa pericia a aquellas ruinosas construcciones.

El prisionero se fue recuperando con relativa rapidez de sus heridas, pero a medida que recobraba las fuerzas fue menguando su alimentación, la cual siempre y de modo deliberado había sido muy insuficiente.

Permanecía atado de pies y manos y con la argolla en torno al cuello, y recibía patadas y salivazos de hombres, mujeres y niños, cualquiera que pasara por el redil donde lo tenían recluido.

Le arrojaban desperdicios para comer y había de saciar su sed en un pequeño cuenco que de tanto en tanto alguien le rellenaba.

No se le permitía lavarse ni afeitarse, y las necesidades naturales de su cuerpo habían convertido el rincón donde transcurría su vida en un espacio nauseabundo que apestaba de modo insoportable.

Pasaron largos meses, durante los cuales el prisionero padeció la lluvia y el frío, el sol y el calor, el hambre y la sed.

Su pelo y su barba se poblaron de piojos, y el color de su piel se cubrió de una capa oscura a causa de la falta de higiene.

Su enorme cuerpo estaba famélico: bajo la túnica eran reconocibles todas las costillas y sus brazos se volvieron finos como el asta de una lanza.

Muchos en la tribu se complacían pensando que Taniti pretendía con ese trato quebrantar su mente y hacer que dejara de ser humano para convertirse en animal.

Un día, por alguna razón, Taniti decidió que había llegado el momento de migrar de nuevo. Se acercó al prisionero hasta donde el hedor se lo permitía y le dijo:

—Dentro de pocos días nos iremos al norte.

Tú no resistirás el viaje, estás demasiado débil.

Así que te dejaremos aquí atado y la noche que nos vayamos te devorarán los lobos.

Pero sé que tu deseo es vivir, lo veo en tu sucia mirada cada vez que te arrojan huesos e inmundicias. Así que te voy a dar carne.

El prisionero conocía a los kaška y sabía que la piedad no estaba entre sus cualidades. Por un momento pensó si ellos, los kaška , no pensarían exactamente lo mismo de los nešili . Ofrecerle la posibilidad de sobrevivir no era un buen augurio, aunque ¿qué podía haber peor que la muerte?

—¿Por qué? —preguntó. La voz sonó rota, bronca, áspera; era la voz de quien no había emitido ningún sonido articulado durante meses.

Taniti no respondió. Hizo un gesto y aparecieron tres hombres; llevaban de las riendas un caballo, un hermoso animal de buena planta y firmes pezuñas.

El prisionero reconoció enseguida a su alazán, el fiel compañero que lo había acompañado en tantos viajes y peligros.

El animal que le regaló su rey en un lejano tiempo, cuando él aún era alguien.

Sin duda su captor era consciente de lo que ese caballo significaba para él.

—Vosotros los nešili no os coméis vuestros caballos, ¿verdad? Nosotros sí. Son fuerza mientras viven y alimento cuando mueren. Te ofrezco su vida por la tuya. Su fuerza a cambio de tu fuerza.

El prisionero se fijó entonces en el enorme hacha que portaba en la mano uno de los hombres.

A una señal de Taniti, y mientras los otros tensaban las riendas para inmovilizarlo, el hombre descargó un potente golpe sobre el cuello del animal, que lanzó un relincho agudo y prolongado.

También el prisionero gritó, pero su voz no pudo salir de la garganta.

Los otros hombres sujetaron con firmeza a la pobre bestia y tiraron de las riendas hacia abajo para impedir que se encabritara.

La sangre manó a borbotones del tajo y el portador del hacha se tiñó de bermellón.

El caballo no bajó la cerviz hasta el segundo hachazo, que le abrió medio cuello.

Entonces recibió un tercero y una espada de hoja ancha le abrió la panza de parte a parte.

El animal tenía los ojos desorbitados mientras tripas y vísceras se desparramaban por el suelo y se acumulaban sobre un enorme charco de sangre.

La cabeza quedó colgando flácida y el animal dobló los cuartos delanteros y luego los traseros, hasta desplomarse entre ahogados relinchos de agonía.

—Lo descuartizarán aquí mismo y te darán un trozo para comer —dijo Taniti.

El prisionero había cerrado los ojos y lloraba de impotencia, aunque la maraña de cabellos y barbas lo ocultó—.

Será decisión tuya comerla o no, pero si te fortaleces lo suficiente te llevaré con nosotros.

Y no te preocupes: asaremos la carne. No somos unos salvajes.

El viaje fue largo. El prisionero caminaba sujeto con ligaduras a la trasera de un carro y se veía forzado a apresurar el paso para no ser arrastrado por el suelo pedregoso.

Recorrieron paisajes yermos y pasaron por lugares que tiempo atrás habían estado habitados por los nešili o sometidos a ellos; ahora eran ciudades abandonadas y en ruinas.

Y en cada ocasión Taniti se acercaba al cautivo y le repetía:

—Esto le ha hecho mi pueblo al tuyo.

Se adentraron en las montañosas tierras del norte, en la región de Ziharriya.

Cruzaron el monte Tarikarimu y el Asharpaya.

Si la mirada perdida del prisionero hubiera reparado en su alrededor, habría sabido que se dirigían a otro de los enclaves más importantes de su desmoronado mundo: Nerik.

La ciudad santuario de los nešili , varias veces destruida por los kaška a lo largo de su historia y otras tantas reconstruida; el lugar donde Tar ḫ un, Dios de la Tormenta, acudía para refugiarse cuando se cansaba de los humanos.

Cada año se celebraba en el templo de piedra el festival de Purulli en honor al dios; también cada año se recitaba de manera ritual el mito del combate entre el Dragón Illuyanka y el dios, y el agua de la fuente subterránea era extraída para rellenar los sagrados recipientes y hacer libaciones. Nada de eso existía ya.

—Esto le ha hecho mi pueblo al tuyo. Y esta vez no vendrá nadie a reconstruirlo.