Fuego y bronce 7. TILIURA Cinco años después del Desastre
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7. TILIURA Cinco años después del Desastre

L e despertaron los gruñidos del animal.

El cerdo acercó su morro sucio a la cara y la empapó de babas y secreciones; luego siguieron varios empujones y patadas con las pezuñas.

Al amanecer las bestias siempre se inquietaban, probablemente porque sabían que se acercaba el momento de comer.

Hacían bien: sin esa violenta reclamación el hombre no se habría despertado.

Abrió un párpado y vio con su único ojo –un parche de cuero ocultaba la ausencia del otro– a uno de los cerdos amusgando las orejas.

El mordisco de esos animales hambrientos podía ser terrible, más de uno había perdido alguna falange por su causa.

Así que se puso en pie de un salto y se apartó.

Se humedeció los dedos con la lengua y los pasó por la argolla que tenía alrededor del cuello.

Estaba atado con una larga correa a un poste de madera, no tanto por impedirle la huida como para recordarle su condición.

Desde su perspectiva se trataba de un día más, igual que el anterior e igual que el siguiente.

Él no era un ser humano, era incluso menos que un cerdo: ellos vagaban libres por la cochiquera y él era un sirviente a su disposición para alimentarlos y mantener el lugar limpio de excrementos. Él, Kuitki, era menos que nada.

Le costaba recordar otra vida distinta a la presente: recibir golpes, trabajar de sol a sol, dormir en los apriscos, obedecer órdenes y agachar la cabeza.

Los malos tiempos tenían la capacidad de convertirse en el único recuerdo posible y ocultar en la memoria las épocas mejores.

Y sin embargo, su amo Taniti sabía bien que no hacía tanto –años tal vez; el tiempo pasaba también implacable por su memoria y no era fácil llevar la cuenta– ese hombre mataba sin ningún remordimiento a los suyos.

Pero la vida daba y la vida quitaba, y ahora era él quien tenía el poder; y en virtud del mismo era dueño de su persona y le permitía vivir.

En el pasado quedó el momento en que, con una flecha clavada a la espalda y la cabeza ensangrentada a causa de un terrible golpe, le habrían dado por muerto de no haber acercado Taniti el oído a su pecho y escuchado la fuerza vital aún palpitante en su interior.

Fue Taniti quien tensó la cuerda del arco y disparó, instantes después de haber reconocido su enorme figura montada a caballo.

Era su enemigo, el enemigo de su familia y de su tribu.

Pero al verlo con vida tras ser abatido decidió no rematarlo.

El casco de cuero había absorbido parte del impacto y, aun así, cualquier hombre tendría los sesos desparramados por el suelo; y la flecha clavada en la espalda junto al hombro debía de resultar dolorosísima.

Si respiraba era porque los dioses habían querido que así fuera, de modo que Taniti no iba a oponerse a su sagrada voluntad.

Le quitaron el atuendo militar que llevaba puesto y le vistieron con una vieja y larga túnica.

Taniti hizo cubrir con vendas la herida de la cabeza y extraerle la punta de flecha de la espalda; cosieron el orificio con una aguja e hilo de lino, y dejaron su cuerpo y su espíritu al albur del capricho divino.

Muchos preguntaron a Taniti por qué no le hacía reunirse con sus antepasados, por qué no lo entregaba a los dioses, y él respondió que los dioses eran libres de llevárselo cuando quisieran.

—Pero es nuestro enemigo y al enemigo hay que matarlo —protestaron.

—Nuestro enemigo es Ḫ atti —respondió Taniti— y Ḫ atti ya no existe. Si él sobrevive ya no será nuestro enemigo. Perderá la dignidad necesaria para ello.

Pasaron los días, el mal causado por las heridas comenzó a remitir y el prisionero volvió a la consciencia.

Y aunque Taniti sí lo había reconocido a él, él no reconoció a Taniti.

Cuando tuvo fuerzas para caminar Taniti le hizo recorrer a lomos de un asno las calles desiertas de Ḫ attuša, simplemente para que viera con sus propios ojos la desolación que imperaba en la otrora esplendorosa capital del país de los Mil Dioses.

Le mostró lo que quedaba de los muros del templo del Dios de la Tormenta, le mostró la destrucción del viaducto que durante centenares de años abasteció de agua toda la ciudad; los graneros estatales vacíos, los estanques desecados, los baluartes de la muralla exterior desmantelados.

La hierba crecía por encima de todas esas ruinas.

El prisionero contempló una ciudad derrumbada, abandonada, muerta, como casi lo estaba él mismo, y sus ojos se oscurecieron.

Cuando regresaron al campamento le hicieron desmontar; su cuerpo aún no había recuperado la fuerza y lo llevaron en volandas hasta un redil donde las ovejas y las cabras comían forraje.

Lo arrojaron con violencia contra el pilón de piedra sobre el que habían amontonado la paja.

El prisionero hubo de poner las manos por delante de la cabeza para evitar el impacto contra la roca, y al hacerlo palpó unas hendiduras sobre la superficie, unas incisiones artificiales que le resultaron familiares.

Con el brazo sano ahuyentó al ganado y apartó la pastura de la piedra, y apareció el relieve de un águila bicéfala grabado sobre el bloque. El símbolo del imperio de Ḫ atti.

—Esto es todo lo que queda de vosotros: una piedra que lamen los cerdos —le dijo a la espalda Taniti.

Aunque hacía muchos años que no oía ese idioma, lo entendió a la perfección. Era una lengua de salvajes, una lengua primitiva que él mismo había tenido que aprender. Taniti hizo una larga pausa mientras lo miraba con atención.

—No te acuerdas de mí, ¿verdad? Las montañas de Hanhana, los bosques pantanosos de Tummanna. Karao ğ lan. La frontera.

—¿Por qué habría de acordarme? —dijo el prisionero con aire cansado—. ¿Maté a tu padre o a tu hijo? Así es la guerra, deberías saberlo. En aquellos tiempos luché contra los tuyos y le quité la vida a muchos. Pero eso ya quedó muy atrás.

Taniti lo miró con seriedad. Era un hombre corpulento, aunque su estatura no alcanzaba la del prisionero.

Rondaría los cuarenta años. Vestía una especie de chaleco de lino que amarilleaba y un faldellín largo hasta las rodillas.

No iba armado: o era un hombre confiado o bien un tonto, pensó el prisionero.

—Mataste a toda mi familia. Mujer y dos hijos, un chico de quince años y una niña de doce. Entrasteis a saco en nuestra aldea y la arrasasteis.

—Estabais en los dominios de Ḫ atti, por mucho que digáis que esas tierras son vuestras. La culpa fue tuya por exponer a los tuyos al peligro.

—Esas tierras eran nuestras desde antes que llegarais vosotros y ahora al fin vuelven a serlo.

A mí me llevasteis a Karao ğ lan para que formara parte del repoblamiento de la ciudad.

Lo llamabais deportación. Quisisteis someter mi voluntad con latigazos, tú mismo me diste alguno; y al no lograrlo me enviasteis al nordeste, a Tiliura, cerca del río Kummešmaha.

Pero allí tampoco os resultó fácil: me hicisteis la vida imposible y yo os la hice a vosotros.

Y no me doblegasteis: escapé y volví a las montañas.

—Lo celebro —dijo el prisionero con ironía—. Pero no me acuses a mí de tus desgracias pasadas, yo no he hecho que el mundo sea como es. Pídeles cuentas a los dioses. Yo no te culpo a ti de mis males, y te aseguro que ahora mismo tengo unos cuantos…

Taniti sonrió levemente antes de abrir el redil para marcharse.

—Tus males no han hecho más que empezar —dijo sin volverse.

Al salir, entraron tres hombres provistos de una argolla metálica, una larga cuerda y una maza. Sujetaron al prisionero por ambos brazos y lo tumbaron boca abajo en el suelo, ignorando sus muestras de dolor al abrírsele la herida de la espalda.

Taniti, jefe guerrero y sacerdote de una de las trece tribus integrantes del pueblo que los nešili llamaban kaška , era un nómada de montaña, como todos los suyos.

Ese nomadismo provenía de un modo de vida enraizado en sus ancestros, en parte debido a su propia naturaleza y en parte también originado por el continuo enfrentamiento que durante cientos de años mantuvieron con los invasores nešili , el cual los forzaba, al menos en las regiones meridionales del territorio que ocupaban, a no tener residencia fija, a huir y vivir en continuo movimiento.

Por eso cuando Taniti consideró que ya llevaban demasiado tiempo entre los despojos de la capital del caído reino de Ḫ atti y que debían trasladarse, los miembros de su tribu acataron la orden con indiferente normalidad y desmontaron el campamento de manera rápida y rutinaria.

Durante décadas la frontera de Ḫ atti con las norteñas tierras de los kaška se había mantenido a tres días de marcha desde Ḫ attuša.

Pero en la actualidad esa frontera no existía, se había desintegrado como el viento borraría un surco sobre la arena.

La tierra había dejado de tener propietario.

En los países sometidos al extinto yugo del Tabarna muchos se entusiasmaron y auguraron el nacimiento de un nuevo orden en el mundo.

En cambio, Taniti, cuyo pueblo había ofrecido siempre una tenaz resistencia a Ḫ atti, mostraba una alegría contenida.

La ausencia de un poder que garantizara la paz y el equilibrio de fuerzas entre los diferentes pueblos sojuzgados propiciaría sin duda el enfrentamiento de unos contra otros, el auge del bandolerismo, las migraciones, la inestabilidad y el desorden general.

Taniti estaba convencido de que el vacío que dejaba Ḫ atti no daría lugar a un nuevo orden sino al caos.

Y el caos no era bueno, ni siquiera para los kaška .