6. ḪATTI Tres meses antes del Desastre #8
Los escribas de la corte recordaban, porque así estaba escrito en los anales guardados en los archivos de palacio, que hacía cinco o seis generaciones, en el tiempo del rey Mursili, el segundo de Ḫ atti con ese nombre, se produjo también una epidemia que diezmó la ciudad.
En los archivos quedaron registradas las oraciones y ruegos de Mursili a los dioses, preguntando la razón de la represalia contra su pueblo y suplicando el fin de la epidemia.
La enfermedad afectó primero a quienes habían participado en las deportaciones de prisioneros a Ḫ attuša, luego se propagó por sus familias y de ahí se extendió al resto de la población.
Tal vez la culpa la tuvieran las pulgas que vivían en los cuerpos de los deportados o las ratas que los acompañaban desde su lugar de origen.
Esas deportaciones las había ordenado un rey anterior a Mursili llamado Šuppiluliuma.
Por ironías del destino otro monarca con ese mismo nombre había cometido la misma equivocación que su antepasado.
Porque para Gurpa, y para muchos otros habitantes de la corte, era evidente que la epidemia no provenía de un castigo divino: la habían traído a Ḫ attuša los prisioneros deportados.
Por qué la enfermedad afectaba a unas personas y no a otras era algo que, eso sí, escapaba a la razón.
Tal vez en eso los dioses sí tenían algo que ver.
El anuncio del embarazo de Mikal supuso para Gurpa la clausura de las abominables elucubraciones acerca de tener una vida junto a ella.
El futuro nacimiento de una criatura, hija de su hermano, definitivamente le hizo darse cuenta de que su existencia debía transcurrir por cauces distintos a los de Mikal.
Pero de nuevo la zozobra lo abordó con la última cosa que le dijo Kessi antes de marchar de vuelta a casa: Appu había resuelto dejar la ciudad.
El vacío ocasionado por la muerte de Kaddusi, el riesgo de que algún otro miembro del hogar contrajera la enfermedad, la tragedia que se cernía sobre una ciudad donde cada día se producían muertes, le habían llevado a tomar la decisión de irse.
Kessi, Impakru y, por supuesto, Mikal lo acompañarían, y juntos construirían una nueva fragua en otro lugar.
Su hermano le transmitió también el deseo íntimo de su padre, casi un ruego dirigido a su hijo mayor: aunque sabía de sus obligaciones para con el rey, le tendía la mano y le abría la puerta a que viniera y ambos dejaran de ese modo atrás sus diferencias.
Gurpa lo pensó mucho y, sin embargo, lo pensó poco.
Le costó dar el paso y más aún asumirlo como un avance en su vida y no un retroceso.
Irse significaba renunciar a ser lo que siempre quiso ser, mešedi del rey, y volver a la fragua, donde nunca deseó quedarse.
Significaba abandonar la ciudad junto a su padre. A Kessi. Y a Mikal.
A punto de enfilar ya el último tramo que desembocaba en las enormes puertas de la amurallada Ḫ attuša, Gurpa vio un zorro de aspecto huesudo y desnutrido persiguiendo un pequeño roedor.
Eran los primeros animales que veía en muchos días.
La escena le recordó las imágenes de cacería que había observado en las paredes del palacio de Ḫ atti, cuando el gran Šuppiluliuma le dio audiencia y él solicitó permiso para abandonar el ejército y la ciudad con toda su familia.
El rey sintió pena, dijo, pero le concedió la gracia.
Rememorar el momento le produjo a Gurpa una profunda tristeza.
Kessi e Impakru envolvieron en pieles y metieron en fardos todo aquello que iban a llevarse.
Gurpa cargó el carro con sacos de grano, tinajas de agua, ropas, utensilios para cocinar y, desde luego, todas las herramientas de la forja.
Enyugaron a una carreta una pareja de bueyes recién adquiridos, y Kessi y Appu subieron delante; Impakru y Mikal se acomodaron entre los bultos.
Gurpa montó en el caballo con el que Šuppiluliuma le había agradecido sus servicios, un hermoso y recio alazán de siete años criado en las praderas de Ḫ apalla , el mismo que le había acompañado a tantos sitios en las campañas militares y que ahora lo estaba trayendo de vuelta a Ḫ attuša.
Llegaron a las gigantescas puertas de madera de la muralla y pasaron entre los dos enormes leones de piedra que flanqueaban el camino, cuyo rugido inaudible se propalaba más allá de la casamata hacia la meseta.
Pronto volvería a tener esos leones ante sus ojos.
Salieron de Ḫ attuša y no volvieron la vista atrás.
Muchos otros habitantes también dejaron la ciudad con la intención de instalarse en los alrededores y regresar de nuevo cuando la epidemia se hubiera extinguido.
Appu en cambio quería irse lejos; no le interesaba recalar en cualquier reino vasallo cercano al País de Ḫ atti.
Buscaba distanciarse de Ḫ attuša y empezar una nueva vida: tenía cuarenta y seis años y aún no había comenzado su declive.
Construiría un hogar con sus dos hijos, su nuera y su futuro nieto, de quien todos los presagios auguraban que sería varón.
Appu podría haberse dirigido a Karkemiš, una importante ciudad nešili que se encontraba a cuarenta bêru de distancia hacia el sur; pero temió que otros muchos hicieran lo mismo y, transportando en sus cuerpos la enfermedad, la propagaran también allí.
Por eso se propuso ir hacia el oeste hasta encontrarse con el mar; en el lugar donde las aguas se estrechaban por la presencia de un gigantesco continente asomando desde la otra orilla, existía un reino del cual solo había oído maravillas.
Era punto de paso obligado para los barcos que cruzaban el estrecho, y las rutas comerciales que venían desde las inhóspitas tierras de allende el estrecho pasaban por allí.
Y si había comercio y mar, había prosperidad, y en un lugar próspero él sería capaz de hacerse un hueco y ganarse la vida.
Ese sitio se llamaba Wilios, aunque en idioma nešili empleaban otra palabra, la cual Mikal se acostumbró a pronunciar con la musicalidad de su acento semita: Wiluša.
Y viajaron durante cerca de dos ciclos lunares, y el vientre de Mikal se hinchó cada vez más, y sus ojos contemplaron al fin las altas murallas de Wiluša, y conocieron el bullicio de sus calles, y Appu fabricó un horno nuevo con ladrillos de barro y la abundante piedra caliza de la región.
Y nació Lupakki, y tres años después una hermosa niña llamada Azzari, y la fragua de Appu prosperó gracias a su tesón y al esfuerzo y sacrificio de sus dos hijos y del joven Impakru.
Y Appu se sintió orgulloso de sí mismo y de los suyos, y Kessi se rodeó de una hermosa familia, con una bella esposa, dos preciosas criaturas y un esclavo a quien apreciaba como a un hijo.
Y Gurpa enterró sus sueños, abdicó de su vida ligada a las armas y a la guerra y sufrió amando en secreto a Mikal.
Cuando los a ḫḫ iyawa desembarcaron en las playas de Wiluša el pequeño Lupakki ya había cumplido seis años.
La muralla cerró sus puertas y se acostumbró al asedio, inconstante pero inflexible, de los guerreros de largas barbas negras como las velas de sus barcos.
La ciudad se fue debilitando poco a poco, parecía que la desangraran, y en ningún momento recibió ayuda del exterior.
En especial se echó de menos el apoyo de Ḫ atti, con cuyo rey Šuppiluliuma habían reafirmado vínculos de vasallaje.
Estaba escrito y consignado por los reyes de ambos reinos que los amigos y enemigos de Ḫ atti lo serían también de Wiluša, y del mismo modo quien atacara Wiluša también se consideraría enemigo de Ḫ atti.
Pero el asedio se prolongaba, la situación se volvía cada vez más dramática y no venía ningún ejército nešili para liberar a los habitantes de Wiluša.
Tal vez la noticia del desembarco no había llegado a Ḫ attuša, se rumoreó.
Quizá el rey, allá en su palacio en lo más alto de la ciudadela, conociera los motivos del abandono; entretanto, en la ciudad baja todos se preguntaban la razón.
Por eso Gurpa sintió que era el momento de salir de su letargo.
Habló con Appu, limpió sus armas, tomó provisiones para quince días y montó en su caballo ḫ apalla .
Él hablaría en persona con Šuppiluliuma y traería las tropas de Ḫ atti.
Él salvaría Wiluša. Una noche recorrió el pasadizo que desembocaba en una oculta poterna de la muralla, dejó atrás el cerco de los a ḫḫ iyawa y se alejó galopando hacia el este.
Y ahora, por fin, estaba en Ḫ attuša. Se aproximó a los enormes sillares por el acceso que custodiaban los dos pétreos leones y en seguida adivinó que algo iba mal.
No había soldados en la casamata ni en las almenas, ni tampoco vigilantes en las puertas, que estaban completamente abiertas.
Su instinto le llevó a girar el cuerpo y echar la mano hacia atrás para tomar el arco que iba sujeto con cinchas a la grupa.
Al movimiento le acompañó una terrible punzada en la espalda, y Gurpa cayó de bruces al suelo.
Antes de que su rostro chocara contra la roca pulida del pavimento ya supo que tenía una flecha clavada en el hombro, tal vez destinada a atravesarle el cráneo.
Tumbado boca abajo, con la cara pegada al suelo y tratando desesperadamente de agarrar la empuñadura de la espada, oyó pasos apresurados y recibió un impacto terrible en la cabeza.
La quijada de caballo con que lo golpearon se quebró en mil astillas, pero Gurpa jamás lo supo porque la vista se le nubló y su alma se preparó para abandonar el mundo de los vivos.
Veinticinco días desde su partida. Cuando volviera a Wiluša tal vez sería ya demasiado tarde. Y no podría ver nunca más a los niños, ni a su padre, ni al joven Impakru, ni a Kessi. Y tampoco vería más a Mikal. Cuando volviera a Wiluša.