Fuego y bronce 6. ḪATTI Tres meses antes del Desastre #7
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6. ḪATTI Tres meses antes del Desastre #7

Aquello volvió loco a Gurpa. Dejó de visitar a su familia, se encerró en el palacio y se aplicó de modo obsesivo a sus funciones como guardaespaldas del rey.

Su carácter se endureció, se volvió huraño y desabrido, y empezó a vivir en un perenne estado de malhumor.

En su fuero interno eran dos las heridas que lo habían desarmado y por las que se desangraba: una era la unión de Mikal y Kessi, algo contra lo que ya no cabía hacer nada, y esa certeza le desgarraba el alma.

La otra era el rechazo de su padre hacia su persona, implícito en el argumento con el que censuraba todo lo que proviniera de Gurpa.

Era como si lo hubiera echado de la familia.

¿Tal vez había adivinado lo que sentía por Mikal y lo castigaba por ello?

Un día su madre fue a verlo a las dependencias de los mešedi en el palacio.

Era insólito que una mujer se atreviera a tal cosa, pero Kaddusi lo hizo.

Kessi y Mikal, le dijo, se habían unido en matrimonio y la muchacha se había trasladado a su casa.

La noticia abrasó a Gurpa por dentro. La desesperación le llevó incluso a pensar en acabar con la vida de su hermano: según la ley de los nešili , si una mujer quedaba viuda el hermano del marido fallecido debía tomarla por esposa.

Gurpa pensó en ello, en lo fácil que sería y en cómo así todos los problemas quedarían resueltos, y se aborreció a sí mismo.

Hubo de ausentarse de su puesto de mešedi unos días y viajó al sagrado santuario de la Diosa Sol de Arinna; allí presentó ofrendas y suplicó con humildad por su purificación por haber tenido tan abominables pensamientos.

Ahora, ocho años después, aún seguía odiándose por haber sido capaz de concebir la idea de matar a su hermano.

Incluso él, un guerrero acostumbrado a que la muerte de los demás formara parte de su vida, debía respetar unos límites que no habían de cruzarse jamás.

Gurpa no quiso recordar más esa historia.

Acarició la crin del caballo, cuyo galope ya no lo llevaba por montañas y estepas sino por un camino llano y terregoso perfectamente definido.

En el horizonte se perfilaba por fin, después de veintidós días a lomos del animal, el promontorio natural sobre el que se emplazaba la ciudad que regía los destinos del País de Ḫ atti y sus reinos vasallos, Ḫ attuša. Su viaje estaba a punto de concluir.

A la derecha vio en lontananza una pequeña aldea que le era muy familiar.

En el pasado él y otros soldados ayudaron a levantarla y durante días se ocuparon de instalar en ella núcleos de población de Wiyanawanda deportados por Šuppiluliuma; luego los instruyeron en las normas y costumbres de sus nuevos señores, los nešili .

Vio manar una pequeña columna de humo de una de las viviendas y sintió hambre.

Conocía a la gente que vivía allí. Dudó si acercarse para abrevar al caballo y comer algo del guiso que estuvieran preparando; llevaba cabalgando desde el amanecer y no alcanzaría la ciudad hasta bien entrada la tarde.

Pero recordó que no podía perder más tiempo: la situación apremiaba y debía llegar al palacio de Ḫ attuša cuanto antes.

Sacudió las riendas y el caballo apresuró el paso.

Si hubiera decidido visitar la aldea, habría descubierto que los actuales ocupantes eran muy diferentes de aquellos que él asentó allí varios años atrás.

La razón para volver ahora a Ḫ attuša estaba ligada a la razón para dejarla hacía siete años.

Se había propuesto no someterse de nuevo a la tortura de los recuerdos, pero la inquietud del presente le hizo volver de modo irremediable a la tragedia del pasado.

Y esa tragedia tuvo su origen cuando Kaddusi enfermó.

La esposa de Appu sufrió una afección purulenta que le sobrevino sin previo aviso.

Comenzó un día con vómitos y un terrible malestar, el cuerpo le ardía y la piel se le ulceró en el vientre y las extremidades.

Su rostro adquirió una palidez lunar y hubo de guardar cama desde el segundo día de enfermedad.

Los cuidados de Appu y de la propia Mikal no parecían aliviarla.

Impakru, un esclavo que no tendría más de diez u once años, dejó a un lado sus habituales tareas en el horno y se dedicó a asistir a la enferma.

Appu siempre reprochó a su hijo Kessi la adquisición de ese crío en el mercado de Neša hacía dos o tres años: un antojo, una debilidad, una estupidez, decía.

Una boca más que alimentar. Sin embargo, en esos primeros días de enfermedad fue quien mejor supo atender a Kaddusi.

El tercer día Appu buscó un médico. Corrió al karum , el antiguo centro comercial que decenas de generaciones atrás los mercaderes de Aššur levantaron en la parte norte de la ciudad, pero que en la actualidad era residencia de artesanos, mercaderes, médicos, panaderos, cerveceros y tejedores de cualquier nacionalidad.

Al recorrer las calles de Ḫ attuša, Appu descubrió que la dolencia de su esposa no era un caso aislado: vio las mismas ampollas de Kaddusi en los cuerpos de otras personas, hombres y mujeres que, incapaces de soportar el calor que les quemaba las entrañas, se sentaban en los portales para respirar aire fresco.

Sus rostros estaban marchitos y los brazos colgaban de sus cuerpos flácidos y sin energía.

Un médico babilonio atendió a Kaddusi y confirmó que sufría el mismo mal que había visto en otros pacientes.

Le dijo a Appu que los enfermos se multiplicaban y poco podía hacerse salvo aliviar el dolor y los ardores con paños mojados en agua fresca, y tomar caldos con unas hierbas cuya composición le indicó con detalle.

Ordenó quemar cualquier objeto que hubiera estado en contacto con la enferma en los últimos días, para erradicar los demonios que se habían instalado en ellos, y prohibió a todos acercarse a ella más que lo imprescindible para atenderla: el mal que la poseía ansiaba apoderarse de utensilios y de otros cuerpos, y devorarlos por dentro como estaba intentando hacer con el de Kaddusi.

La advertencia recayó en especial sobre la muchacha que había visto en la casa nada más entrar.

Appu preguntó el motivo de que señalara precisamente a Mikal y el médico se lo dijo sin vacilar: era más apetecible para el mal que cualquier otra persona, porque su cuerpo no albergaba una vida sino dos.

El vientre ligeramente hinchado de la joven era una señal clara que no escapaba a su ojo experto. Mikal estaba embarazada.

Por toda la ciudad se alzaban oscuras columnas de humo: unas procedían de los santuarios y los altares, donde se quemaba incienso y se sacrificaban animales como parte de los rituales que sacerdotes y curanderos ejecutaban con la intención de espantar el mal; otras emanaban de las piras funerarias erigidas para los muertos.

Vertían vino y licores sagrados sobre las brasas humeantes y de los rescoldos rescataban los huesos ennegrecidos de los cadáveres, los sumergían en aceite para limpiarlos y purificarlos y los envolvían en tela de lino.

Muchas casas se convirtieron en osarios.

Ḫ attuša quedó impregnada del olor a leña y a muerte, una persistente bruma se adueñó de la ciudad y muchos aseguraban que se trataba del mal, que abandonaba los cuerpos de los difuntos y recorría las calles en busca de nuevas víctimas.

Los cuidados de Appu y de Impakru, las hierbas y los paños fríos, el reposo y los ruegos a los dioses no ayudaron a Kaddusi. Siete días después de haber contraído el mal, murió.

La pérdida devastó a Appu en el mismo grado que la enfermedad estaba devastando la ciudad.

El mal se propagaba y las muertes se sucedían, y no parecía existir nada que pudiera hacerse.

Gurpa, recluido en el palacio y concentrado en sus obligaciones como mešedi , se enteró de la muerte de su madre a través de su hermano.

Cuando fue a verle, Kessi también le dio la nueva del futuro hijo que esperaba de Mikal, y Gurpa tuvo que luchar consigo mismo para dilucidar cuál de las dos noticias le causaba más pesar.

Si al principio Kessi rechazaba el matrimonio al que le había forzado su padre, hubo de confesarle a su hermano que ahora se sentía el hombre más feliz del mundo, al menos hasta donde se lo permitía el dolor por el fallecimiento de su madre.

Y el de su suegro: también había muerto el padre de Mikal, el comerciante amorreo, víctima del mismo mal.

La visita de Kessi a la dependencia de los mešedi supuso para Gurpa un hecho crucial en su vida y lo recordaría durante mucho tiempo.

Pudo tomarse la muerte de Kaddusi como un castigo a sus pensamientos oscuros enviado por los dioses pero, aunque la idea cruzó su mente, Gurpa no creía en la ira divina más que en los aciertos y errores humanos.

Y la muerte de su madre era consecuencia del error de un hombre en concreto: un error cometido por el rey Šuppiluliuma.