6. ḪATTI Tres meses antes del Desastre #6
En los primeros años de su reinado Šuppiluliuma salía de la capital, llevándose consigo todo el ejército, incluido el cuerpo de mešedi .
Con él al frente de las tropas Gurpa sí pudo conocer la isla del cobre, Alašiya, cuyo gobernante se había negado a pagar el tributo impuesto por el padre del rey, Tudhaliya, y había reanudado los tratos con los a ḫḫ iyawa .
Šuppiluliuma recurrió a los estados aliados de Ugarit y Amurru para reunir una flota y enfrentarse a los barcos de Alašiya.
En el mar derrotó las naves enemigas, las quemó y las hundió; y en tierra expulsó a los rebeldes de Enkomi, Kurion, Tamassos y el resto de las poblaciones de la isla.
Para evitar que volvieran a surgir conatos de defección, colocó como supervisor de los asuntos del territorio insular a un hombre de su confianza llamado Ešuwara, quien enviaría informes periódicos al monarca.
La victoria fue total y Gurpa estuvo al lado del Tabarna en todos esos conflictos como lancero mešedi , protegiendo la vida de Šuppiluliuma y luchando por la suya propia.
Alašiya fue solo el principio. Šuppiluliuma emprendió una serie de campañas militares por el sur del País de Ḫ atti con la intención de reafirmar su autoridad en territorios vasallos donde se coqueteaba a menudo con la idea de una rebelión.
El Gran Rey fue implacable: los gobernantes de Wiyanawanda, Tamina, Masa, Ikkuwaniya y la propia Tar ḫ untašša fueron sometidos, sus tributos reafirmados y buena parte de la población deportada al interior de la meseta, al corazón de Ḫ atti, a Ḫ attuša.
Gurpa recordaba aquella época con satisfacción: el ejército nešili era poderoso y combativo, tal vez por inspiración de su líder, un rey enérgico y aguerrido que peleaba en primera línea sin rehuir el peligro.
Eso suponía trabajo extra para Gurpa y sus compañeros, que debían velar por su integridad.
Una agudeza que corría entre los mešedi decía que Šuppiluliuma asumía riesgos personales y se enfrentaba a todos esos reinos no impulsado por el afán de derrotarlos, sino porque disfrutaba poniendo a prueba a sus mešedi .
Cuando el ejército regresó a la capital de Ḫ atti, Gurpa disfrutó de un periodo de permiso en premio a su excelente desempeño en el campo de batalla.
Quiso visitar a su familia, a la cual llevaba mucho tiempo sin ver, feliz de poder darle a su padre buenas noticias para la fragua: al fin había conquistado la «isla del cobre».
Dejó a un lado la coraza y la lanza y se vistió con una hermosa túnica ribeteada con hilo de oro y un ceñidor de piel de carnero.
Pero nada más cruzar el umbral descubrió que la desgracia se abatía sobre la casa de Appu.
Su madre, una mujer menuda y recatada llamada Kaddusi, le contó la ruina que acosaba a Appu: ahora el futuro de la fragua no dependía del cobre sino del estaño, y hacía mucho que la fragua no producía beneficios debido a la carestía de ese mineral.
Su hermano Kessi, quien ya tenía dos años más de los que contaba Gurpa cuando marchó del taller, aunque en su interior era mucho más niño de lo que jamás fue su hermano, le confirmó la nefasta situación.
Sin aportar a la aleación la cantidad necesaria de estaño, una medida por cada diez de cobre, no podía fabricarse bronce de calidad, y solo con la venta de objetos de cobre no se obtenía la ganancia suficiente para mantener el taller.
Gurpa le propuso entonces a su padre utilizar su ascendiente sobre el Tabarna: le pediría que le concediera acceso a los suministros de estaño que se guardaban en los almacenes reales y, de ese modo, no solo se salvaría la fragua sino que el sueño de Appu de forjar espadas para el mismísimo rey de Ḫ atti, podría verse cumplido.
Pero Appu era terco y orgulloso, y ante la desesperación de su mujer y sus hijos se negó a aceptar más ayuda que la que él mismo fuera capaz de encontrar.
Y la encontró. El compromiso fue anunciado cinco días más tarde: Kessi tomaría por esposa a la hija de un extranjero, un comerciante de pieles amorreo afincado en la ciudad.
La unión fue acordada por los padres y suponía un negocio del que ambas partes obtendrían un gran beneficio: por un lado, el de Amurru conseguiría la integración en tierra nešili de su linaje, pues los hijos que nacieran del matrimonio no serían ya forasteros sino que gozarían de plenos derechos; y por otro, Appu mantendría la fragua a flote gracias a la iwaru con que el comerciante presentaba a su hija, una dote de la que el marido sería el custodio formal pero que en la práctica gestionaría Appu.
La opinión de Kessi, de Kaddusi o de Gurpa importaron poco en el asunto, y mucho menos la de la hija del amorreo, una muchacha de dieciséis años llamada Mikal.
Un bufido del caballo devolvió a Gurpa al presente, al frío calándole los huesos y a la oscuridad rota por el pequeño fuego que lo calentaba.
El murmullo del Marašantiya penetró en sus oídos e intentó conciliar de nuevo el sueño arrullados sus sentidos por el rumor del agua.
Pero supo que no lo lograría. En su mente ya solo hubo sitio para Mikal.
Tenía cuatro años menos que su futuro esposo.
Dieciséis era una edad adecuada para el matrimonio en una mujer; Kessi, en cambio, era todavía un poco joven.
Tal vez por eso él rechazaba la idea de plano, protestaba y amenazaba con abandonar la fragua si Appu le obligaba a tomar a Mikal por esposa.
Pero Appu objetaba que la edad no era un problema: él se unió a Kaddusi también con veinte años.
Gurpa pidió permiso a su padre para mediar con el amorreo: quizá pudiera convencerle de retrasar la unión uno o dos años pero no la entrega de la dote, que era lo que apremiaba a su padre.
Pero al amorreo le apremiaba precisamente consumar la unión, y en cuanto a la dote, no tenía prisa por entregarla.
Esto fue lo que le dijo a Gurpa el día que lo visitó en su casa en la ciudad baja, en el barrio de los peleteros.
Allí fue donde vio a Mikal por primera vez.
Estaba en el patio interior, sentada mientras con una especie de rueca tejía unas telas teñidas de colores.
Gurpa pudo verla a través de la puerta de la sala donde hablaba con su padre del asunto de la dote.
El amorreo le obsequió con un cuenco de preciado marnuwan y le explicó que en su tierra ese licor no estaba investido del aura de sacralidad que le otorgaban los nešili , pero Gurpa no escuchaba y miraba al exterior, al patio.
Ella vestía un manto fino largo hasta los pies, ceñido a su cuerpo con alfileres.
Llevaba el cabello del color del cobre recogido bajo un kuressar , un pañuelo ancho que la protegía del sol.
De sus orejas colgaban dos pequeños aretes y en el cuello lucía un collar del que pendía un amuleto de color naranja con forma de medialuna.
Con los años Gurpa llegaría a saber que ese amuleto, tallado en cornalina, lo había comprado el padre tres o cuatro años atrás a un caravanero de Aššur como regalo para celebrar que la niña se había hecho mujer; ella jamás se lo quitaba.
Los finos dedos de Mikal se movían por el telar como si tocara un instrumento musical; siendo las pieles el negocio de su padre, Gurpa le agradeció en silencio que le hubiera asignado la grácil tarea de tejer telas, en lugar de la mucho más desagradable y maloliente de curtir los cueros.
Su cuerpo poseía al mismo tiempo fortaleza y fragilidad, igual que los juncos de los ríos.
Quedó prendado de ella, y pensó que los dioses le habían debido de conceder tanta belleza por alguna razón.
Se preguntó si el motivo sería justamente el que había decidido su padre: unirse a su hermano mediante un acuerdo de compraventa para salvar la fragua de Appu. Casi se le saltaron las lágrimas.
Gurpa realizó más visitas al comerciante amorreo, unas veces con la aquiescencia de Appu y otras sin su conocimiento.
En esas visitas siempre intentaba con disimulo ver a Mikal, llegando a imaginar que su presencia era reconocida por la muchacha y que le complacía tenerle allí.
Su insistencia con el amorreo en postergar el matrimonio era cada vez mayor, pero también lo era la del amorreo en no hacerlo.
Incluso amenazó con retirar la dote y dar por anulado el acuerdo con Appu.
Gurpa se sumió en un estado de melancolía que nadie fue capaz de detectar salvo quizá su madre, quien percibía los largos silencios de su hijo cuando este venía a la fragua.
El amorreo, comerciante experimentado en las artes del regateo, se presentó un día en casa de Appu con un ultimátum: la unión de las dos familias debía realizarse ya o no habría acuerdo.
Appu supo entonces de las frecuentes visitas de Gurpa al barrio de los peleteros y le prohibió volver a poner un pie allí.
Él rio: le pareció gracioso que Appu pretendiera prohibirle algo a un mešedi del rey de Ḫ atti.
Sin embargo, creyó encontrar una solución: tenía veinticinco años, una buena edad para tomar esposa, mucho mejor que la de Kessi.
Él ocuparía el lugar de su hermano, él tomaría a Mikal, y en cuanto se consumara la unión entregaría la dote a Appu.
Kessi estuvo de acuerdo, pero Appu se negó con rotundidad.
El hogar de Gurpa era el palacio de Ḫ attuša, de modo que por muy hijo suyo que fuera, el río de su vida corría lejos de Appu: de hecho, su vida le pertenecía al Tabarna.
En cambio, Kessi vivía bajo el mismo techo que el padre, trabajaba en su fragua, estaba aún bajo su tutela.
Appu podría administrar perfectamente el patrimonio de su hijo pues formaría parte del familiar.
Pero no aceptaría jamás la dote si le llegaba a través de las manos de Gurpa: no sería una dote sino una limosna.