6. ḪATTI Tres meses antes del Desastre #5
Frunció el ceño y la rabia le hizo arrojar una piedra a las brasas.
En los tres años que pasó allí colaboró varias veces en la deportación de los prisioneros kaška .
Los trasladaban a lugares donde pudieran mantenerlos controlados y los ayudaban a instalarse.
La ciudad de Karao ğ lan era uno de esos lugares.
Reubicar al enemigo vencido en el territorio de Ḫ atti era una política habitual practicada por la realeza nešili con la que Gurpa no estaba de acuerdo.
Se pretendía con ello integrar a las poblaciones sometidas, no solo en la sociedad sino también en el ejército, como mercenarios.
Pero suponía un gran esfuerzo logístico durante el traslado e instalación de los vencidos, y también posteriormente en su vigilancia una vez reasentados; y el riesgo de rebelión era palpable y constante.
Era lo mismo que tragarse una simiente ponzoñosa: en cualquier momento podía crecer dentro de las entrañas, corromper el cuerpo desde el interior y acabar con él.
Al salir el sol azuzó al caballo y dejó atrás la ciudad, pero no los recuerdos.
Era inevitable, estaba pasando por lugares cargados de vivencias de hacía una década, que su memoria rescataba y le mostraba de modo efímero como las pasajeras nubes del cielo.
Y ahora, al afrontar al fin la última etapa de su largo viaje, un nombre ocupó su pensamiento: Šuppiluliuma.
En aquellos tiempos las novedades de Ḫ attuša arribaban con muchos días de retraso al aislado pero activo cantón de Karao ğ lan y, por importantes que fueran, a menudo pasaban desapercibidas.
Cuando se supo la muerte del anciano Tudhaliya, la noticia encontró a Gurpa embarrado hasta el cuello en las pantanosas ciénagas fronterizas con el territorio de los kaška .
En el acuartelamiento no se pudo guardar el luto reglamentario por la muerte del Tabarna, ni participar de ninguno de los ritos funerarios y ofrendas que a lo largo de catorce días se llevaron a cabo en Ḫ attuša y en otros puntos del país de Ḫ atti.
Lo mismo ocurrió al llegarle el turno al tu ḫ kanti , el sucesor de la corona, su hijo Arnuwanda, quien apenas permaneció un año en el trono.
Los rumores que se escapaban a la censura de la corte mencionaban una repentina parálisis en las piernas, acompañada de espasmos y vómitos.
Tardó diez días en morir acosado por terribles dolores en las articulaciones, hasta que Lelwani, la diosa del inframundo, se apiadó de él y determinó que su vida había tocado a su fin.
Las sospechas de un posible envenenamiento recayeron sobre los cocineros reales, quienes confesaron bajo tortura que en la preparación de la comida del rey habían utilizado durante meses harina de almortas sin hervir.
Los cocineros fueron ajusticiados de modo cruel y jamás se averiguó si se trató de un descuido fatal o si el magnicidio fue deliberado.
De todo eso se enteró Gurpa mucho después; hasta ese momento los nombres de Tudhaliya y Arnuwanda no fueron más que palabras en el viento, y sus muertes sucesos que emergieron y se desvanecieron fugaces como una tormenta de verano, sin afectar en lo más mínimo su existencia.
Pero otro hijo de Tudhaliya se ciñó la corona y ocupó el trono de Ḫ attuša.
Y entonces la vida de Gurpa sí cambió por completo.
Una mañana aparecieron en Karao ğ lan guerreros de la Guardia Real del nuevo Tabarna, con sus resplandecientes corazas de escamas y sus lanzas doradas.
Visitaron primero al auriyas išas , el gobernador provincial, y después se presentaron acompañados por él en el acuartelamiento.
Siguiendo sus instrucciones, el auriyas išas hizo llamar a tres soldados.
Gurpa era uno de ellos. El auriyas les informó de que los hombres venidos de Ḫ attuša allí presentes estaban recorriendo los dominios de Ḫ atti y reclutando a los mejores guerreros para que formaran parte del cuerpo de mešedi del Tabarna.
La guardia personal del rey. El gal mešedi , jefe de la unidad y pariente del nuevo monarca, les dijo con tono enérgico que servir en ese cuerpo era un privilegio y un honor, pero también una carga que no cualquiera estaba preparado para soportar.
El recién coronado rey de Ḫ atti era hermano del fallecido Arnuwanda y su nombre era Šuppiluliuma; no dio detalles de por qué quiso reemplazar con savia nueva su cuerpo de guardaespaldas, pero la razón era evidente.
Con el tiempo Gurpa descubriría que las intrigas en la corte de Ḫ attuša eran constantes y que en la extensa familia real había un sector receloso del nuevo rey, que no se apenaría si a este le sorprendiera la muerte.
A los tres hombres propuestos por el auriyas išas se les dio la opción de rechazar el ofrecimiento; el gal mešedi no se llevaría a nadie que no estuviera completamente convencido de que velar por la integridad del Tabarna era el más alto honor que un nešili podía recibir en la vida.
Eso era con exactitud lo que pensaba Gurpa.
De los tres, solo él acompañó al gal mešedi de vuelta a Ḫ attuša.
Su caballo alcanzó al atardecer del día siguiente la ribera del río de aguas rojas, el Marašantiya.
Una jornada más y llegaría a la misma ciudad a la que había regresado hacía diez años y de la que marchó tres años después.
Por ese paso que tenía ahora ante los ojos vadeó el río guiado por el gal mešedi y los guerreros de la Guardia Real.
La vegetación no había cambiado mucho pero sí el caudal de agua, ahora escaso y entonces abundante y vigoroso.
Desmontó, extendió unas pieles sobre la broza húmeda y pasó la noche junto a la corriente.
¿Recordaba la primera vez que vio a Šuppiluliuma?
Sí, sucedió tras varios meses alojado en los barracones aledaños al palacio del Gran Rey, junto a otros soldados que, como él, estaban destinados a ser futuros mešedi .
En ese tiempo recibió un adiestramiento tan severo que le hizo añorar los padecimientos de Karao ğ lan.
Se convirtió en un experto en el manejo de la lanza y la espada, y su envergadura lo hacía casi imbatible: pocos había que pudieran con él en un combate de pura fuerza bruta.
El Tabarna apareció un día al galope sin avisar, entregó las riendas del caballo al palafrenero y se quedó oteando el patio de prácticas.
El gal mešedi indicó a los guerreros que siguieran con su sesión de entrenamiento; después de largo rato.
el Gran Rey le dijo algo, apenas unas palabras, y luego pidió que le trajeran de nuevo su montura y se marchó.
Esa misma mañana Gurpa recibió la orden de bañarse, perfumarse, vestirse con un manto blanco y acudir al santuario de la diosa Lelwani, donde llevaría a cabo el juramento ritual para garantizar el satisfactorio cumplimiento de sus deberes.
Después se trasladaría a las dependencias de los mešedi en el palacio real, el cual pasaría a ser su nueva y definitiva residencia.
Emocionado, Gurpa quiso saber por qué el rey lo había elegido a él.
«El Tabarna ha dicho que le darás buena sombra en la batalla», respondió el gal mešedi .
Y, en efecto, Gurpa se convirtió en la sombra del rey.
Acompañarlo y protegerlo allá donde se hallara, ese era el cometido de la guardia de élite del monarca: en las procesiones por la ciudad, en los festivales, en los desfiles.
Gurpa tampoco se separaba del Tabarna bajo el cobijo de los templos, con ocasión de las frecuentes ceremonias religiosas que se celebraban en Ḫ attuša, cuando Šuppiluliuma cambiaba la espada por el cayado sagrado, la coraza por una larga túnica y el casco por la kipá .
En palacio siempre debía haber al menos dos mešedi en la misma estancia en la que se encontrara el Gran Rey.
Y cuando viajaba, ya fuera por asuntos diplomáticos o militares, los mešedi lo rodeaban y se movían con él como si formaran parte de un armazón ensamblado al cuerpo del monarca.
Šuppiluliuma se acostumbró a tener a Gurpa cerca de él, su tamaño le hacía fácilmente identificable y pronto aprendió su nombre.
Él acogió ese reconocimiento con orgullo y no tardó en considerar al rey un segundo padre.
Gurpa se hizo en seguida a la vida de palacio.
El edificio era como una ciudad dentro de la propia Ḫ attuša, con pasillos, corredores, salas, escaleras, fuentes, patios, jardines, pisos, columnas por todas partes, y gente, muchísima gente.
Desde comandantes militares, con los que Gurpa estaba habituado a tratar, hasta escribas, archiveros, funcionarios, consultores médicos, guardaespaldas reales como él mismo, personal doméstico, cocineros, sirvientes, heraldos, porteros, recitadores de oraciones, barberos, limpiadores, mozos, pajes, artesanos…
Tuvo la oportunidad de conocer a la reina, la Tawananna, esposa de Šuppiluliuma y suma sacerdotisa de Ištar, que además asumía los poderes del rey cuando este se ausentaba.