Fuego y bronce 6. ḪATTI Tres meses antes del Desastre #4
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6. ḪATTI Tres meses antes del Desastre #4

Sí lo fue, en cambio, que a Alašiya se la conociera como la «isla del cobre»: en ella existían grandes yacimientos de ese mineral, y ni Ḫ atti ni Appu podían prescindir de su suministro.

Gurpa se presentó voluntario; los funcionarios y escribas se admiraron al ver su estatura y sus gruesos brazos de bronce –en la fragua no solo se moldeaban metales– y, pese a su juventud, fue rápidamente admitido y enviado a un acuartelamiento al oeste de Ḫ attuša para recibir la instrucción necesaria.

A lomos del caballo y entrando en el yermo territorio de Durmitta, Gurpa sonrió al recordar el momento en que su padre le dijo cuán orgulloso se sentía de que un hijo suyo estuviera dispuesto a luchar «por el cobre de nuestra fragua».

Así fue como Gurpa se transformó en lo que fue durante años, pero que ya había dejado de ser.

Karao ğ lan, la ciudad donde se convirtió en guerrero del ejército de Ḫ atti, le resultó irreconocible.

La recorrió al paso para darle un respiro al caballo e intentar identificar algo de lo que veía.

La destrucción era total; en algún rincón llegó a ver cadáveres insepultos cuyo estado indicaba que llevaban allí mucho tiempo.

Recordó las palabras del mercader P ū sukš ē n: «si no hay ciudades, ¿dónde voy a vender mis productos?

». Trató de adivinar cuál había sido la causa de aquella debacle ¿El hambre?

La falta de alimentos no derribaba muros de piedra.

Pero la ira de Šarruma sí podía hacerlo: tal vez el Dios de la Montaña había hecho temblar la tierra con una fuerte pisada.

No hubiera sido la primera vez: caravaneros y marinos que arribaban a Wilios contaban que la sandalia del dios había sacudido ciudades al sur del País del río Seha e incluso al otro lado del mar, en territorio de los a ḫḫ iyawa .

¿O quizá el caos era consecuencia de un ataque enemigo?

Las montañas al norte de Karao ğ lan eran la frontera natural que separaba los dominios de Ḫ atti de los kaška , unas díscolas tribus de «porqueros tejedores de lino», como los llamaban de modo despectivo, que vivían en continua rebeldía contra el Tabarna y cuyo territorio jamás había logrado ser apaciguado por completo.

Fuera cual fuese la causa, del acuartelamiento que durante dos años fue su hogar Gurpa solo halló empalizadas quemadas y paredes derruidas.

Los barracones, las cocinas, las estancias de los oficiales…

Todo había ardido. Y las construcciones de piedra, los bastiones, los muros de contención, se habían convertido en escombros.

Incluso la pista elíptica donde se adiestraba a los aurigas estaba tan desdibujada que nadie habría reconocido su existencia.

Cuando quince años atrás Gurpa llegó al acantonamiento y cruzó los portones de madera del recinto, recibió la impedimenta y el armamento propios de la infantería pesada.

Su arma principal sería la lanza para la larga distancia y la espada o el hacha para la corta; su defensa, un escudo ovalado de cuero que jamás debía desprenderse de su brazo.

Gurpa recibió un severo entrenamiento que no le incomodó: si algo pudo agradecerle a su padre fue el haberle acostumbrado a una disciplina dura y al esfuerzo diario.

Aprendió a luchar en formación cerrada y cuerpo a cuerpo.

Pronto demostró su pericia con el arco y las flechas, y no tardó en ser propuesto también para recibir instrucción en la unidad de carros.

Aprendió a conducirlos con destreza y a disparar flechas sin perder el equilibrio mientras el auriga hacía correr los caballos al galope.

El periodo de adiestramiento duró un año y, al finalizarlo, su unidad estuvo preparada para el bautismo de fuego frente a los kaška : en los meses siguientes Gurpa participó en numerosas acciones militares en la región de Durmitta y más al norte, en las montañosas tierras de Hanhana, Pala y Tummanna.

En esos enfrentamientos conoció la victoria y la derrota, pudo morir en más de una ocasión, padeció las miserias de la guerra y también sus alegrías, si es que alguna tenía.

Y adivinó entonces que Tudhaliya no lo enviaría a «luchar por el cobre»: los hombres destinados en Karao ğ lan eran necesarios allí para mantener a raya a los kaška , así que la isla de Alašiya debería ser ganada sin su concurso.

Pero no le importó en absoluto, porque la vida en el acantonamiento fronterizo le daba todo lo que él siempre había querido.

Por el día combatían y por la noche bebían licor de cebada fermentada; si tenían suerte, algún caravanero les vendía tinajas de marnuwan , un brebaje amargo y embriagador empleado por los oficiantes en los ritos religiosos y por los soldados en las tabernas.

Quizá fuera un sacrilegio, pero Gurpa estaba seguro de que si recibían las correspondientes libaciones, los dioses sonreirían encantados de que la tropa le diera un uso más libertino a la bebida.

Gurpa brilló en las guerras contra los kaška .

Las campañas militares tenían lugar a finales de la primavera y durante el verano, cuando el duro clima de las tierras del norte las permitían.

El objetivo consistía tan solo en mantener intacta la fluctuante frontera con el territorio de los kaška , quienes persistían en no dejarse someter y llevaban a cabo incursiones frecuentes en los dominios de Ḫ atti.

Gurpa hubo de pasar largas noches en vela en las torres de vigilancia de las murallas de Karao ğ lan y en fuertes distribuidos en lugares estratégicos cerca del territorio fronterizo.

Se acostumbró, como el resto de sus compañeros, a cubrir sus emociones con una capa de insensibilidad; eso le permitió matar y causar dolor sin remordimientos.

En eso consistía su trabajo. Eran unas guerras sucias, carentes de normas morales y códigos de honor, ¿o es que acaso alguna guerra los tenía?

A menudo los prisioneros capturados después de una refriega eran cegados, o si estaban en buena forma física los empleaban en trabajos forzados, atándolos a un molino o en tareas de construcción de caminos y muros de contención.

Sin embargo, en tiempos de escasez de alimentos los más afortunados eran canjeados por bueyes o cabras y volvían con los suyos.

No había odio en nada de todo ello, no había rabia ni ensañamiento: eran simples tareas rutinarias que formaban parte de su vida, de su mundo.

Como también formaba parte que las flechas y jabalinas del enemigo buscaran en especial la cabeza de Gurpa, que asomaba en los combates por encima de las demás debido a su estatura.

Él aprendió a cubrirse con el escudo y a encogerse como una tortuga hasta que le llegara el momento de desenvainar el hacha y la espada y cortar las manos que instantes antes habían sostenido las jabalinas.

Tras las batallas, el aire se llenaba de cánticos rituales que justificaban la guerra: invocaban a los dioses de Ḫ atti, en particular a la divinidad protectora Zithariya, y también a los dioses de los kaška .

A estos se les pedían explicaciones por sus acciones contra los nešili , en una especie de juicio divino que concluía con el veredicto de culpabilidad para ellos.

Así Zithariya, y el resto de las divinidades de Ḫ atti, y los propios nešili , habían de ser resarcidos; y el modo de obtener esa restitución del orden en el mundo era mediante la guerra, una guerra justa y necesaria.

Pero Gurpa no solo desmembraba enemigos en el campo de batalla.

En las ceremonias de purificación que tenían lugar como consecuencia de algún revés en el combate, él participaba con devoción.

No le temblaba el pulso cuando su brazo era elegido para empuñar el hacha que, según el rito, debía seccionar en dos mitades el cuerpo de algún tembloroso prisionero, mientras otros se encargaban de hacer lo mismo con una cabra y un lechón.

El ejército desfilaba junto a hogueras a través de un pórtico de ramas, pasando entre las mitades de los cuerpos descuartizados del desdichado kaška y de los animales, en tanto que el sacerdote rociaba con agua a los guerreros purificándolos e infundiéndoles la confianza necesaria para vencer al enemigo.

Pero Gurpa no precisaba que reforzaran su confianza; él pensaba que una derrota era una especie de ordalía que los dioses enviaban a los hombres, una prueba a través de la cual podían reconocer a los más dignos, aquellos que habían sobrevivido y eran capaces de sobreponerse al fracaso. Y él siempre podía.

Encendió un pequeño fuego y pasó la noche junto a los muros semiderruidos de la fortificación de Karao ğ lan.

Se convenció de que aquella ruina solo habían podido causarla los kaška .

Pero no atacando la ciudad desde fuera; esas tribus ingobernables se mostraban hábiles y correosas en la pelea cuerpo a cuerpo, y un enemigo temible en las escaramuzas y la guerra de guerrillas; pero no eran constantes ni organizados.

La persistencia y la planificación no formaban parte de sus cualidades.

Carecían de paciencia y de toda metodología, y no tenían nociones de estrategia como para planear el asedio prolongado de una fortaleza.

Por eso Gurpa estaba seguro de que el fin de Karao ğ lan se había gestado dentro de la ciudad.