Fuego y bronce 6. ḪATTI Tres meses antes del Desastre #3
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6. ḪATTI Tres meses antes del Desastre #3

Era ya bien entrada la noche y en la tienda no se oían más que dos respiraciones, una suave y casi imperceptible, la otra más ronca y sonora, ambas lentas y desacompasadas.

El lienzo de piel se abrió de nuevo y por él penetró una sombra; caminó sin hacer ruido hacia el nešili que dormía con placidez tumbado boca arriba.

Se acercó a él y de la nada apareció un pequeño cuchillo que se alzó sobre su cabeza.

En ese momento el durmiente se incorporó de un salto como si reposara en un lecho de brasas, y aferró la muñeca del asaltante.

Este, sorprendido, no pudo impedir que le llevara el filo del puñal hacia su propia garganta.

Giró su cuerpo con rapidez y se colocó encima de él, con la rodilla sobre el pecho y la otra mano sujetando el brazo libre del frustrado asesino.

No era más que un muchacho. Entonces le vio la mano vendada y supo quién era.

—Tu hermana está intacta, chico. ¿Por eso me atacas? No la he tocado ni pienso hacerlo. ¿Entiendes lo que te digo?

—S-sí… —contestó.

El ruido despertó a la joven Lamass ī , quien al ver a Buzazu con un puñal en el cuello se espantó y suplicó por su vida en la lengua de Aššur.

—Debería abrirte la garganta por esto. No tengo paciencia para niñerías. Escúchame bien: la chica pasará aquí la noche. Por la mañana, si tienes interés, pregúntale cómo le ha ido. ¿Has comprendido?

Lamass ī le dijo algo a su hermano. El nešili apartó el puñal y dejó que se incorporara, mientras ella siguió tranquilizándole con suaves palabras.

Era menudo y frágil como un pajarillo, pero destilaba rabia por toda su piel.

La mirada de Buzazu, oscilante entre la incomprensión y el odio, se cruzó con la del hombre de Ḫ atti; bajó la cabeza abandonó la tienda sin decir nada.

Ella posó su mano en el brazo del nešili y lo guio hacia el lecho de pieles.

Volvió a tumbarse, lentamente cerró los ojos y se abandonó, porque según decía un viejo proverbio de Aššur, era preciso cerrar los ojos del cuerpo para abrir los del alma.

El amanecer encontró al nešili ajustando las bridas de su caballo. Junto a él, P ū sukš ē n se deshacía en súplicas y ruegos, haciendo aspavientos y tirándose de la barba.

—¡Es un muchacho alocado que nos causará la ruina, la suya y la de todos nosotros! ¡Lo azotaré hasta romper la vara! ¡Atacar a un huésped que he acogido bajo mi techo! ¡Ha quebrantado las sagradas normas de la hospitalidad! ¡No hay palabras para decirte lo mucho que…!

—No intentes despojarle de ese genio que tiene, P ū sukš ē n; pero castígalo para que aprenda a encauzarlo hacia acciones sensatas.

—Sí, mi señor, eso es lo que haré. Por favor, llena tus alforjas con nuestras provisiones, toma mi queso, bebe mi agua. Que los dioses te acompañen toda la vida por concederme la gracia de no matar a mi estúpido hijo. Estoy en deuda contigo. Gracias, gracias, mi señor.

—Deja de llamarme señor. Hace mucho que no soy señor de nadie.

—Claro, mi… Dime entonces cómo te llamas, para rogar a los dioses por ti.

—Mi nombre es Gurparanza ḫ u. Que los dioses te acompañen a ti también.

Sacudió las riendas y se alejó al galope en dirección al este, por donde el sol acababa de alzarse.

Cuando una noche salió por la poterna de las murallas de Wilios caminando sigilosamente, llevando del ronzal a su caballo, a oscuras y en silencio, y burló el tosco cerco de vigilancia de los a ḫḫ iyawa , Gurpa ya sabía que el viaje que emprendía sería largo y dificultoso.

Había calculado unos veinte días de marcha, tal vez veinticinco en función del aguante de su montura, un hermoso caballo zaíno criado en las campiñas de Ḫ apalla .

En tiempos no tan remotos Ḫ apalla estuvo cubierta de praderas fértiles y pastos abundantes.

Ahora, al recorrer esas mismas tierras, solo había encontrado campos yermos.

Partió hacía ya doce o catorce jornadas, había perdido la cuenta; por tanto a su caballo aún le quedaban unas cuantas más de cabalgar bajo el ardiente sol de la meseta.

Habría podido proponerle al mercader P ū sukš ē n canjear su montura por una de las dos o tres yeguas que había en la caravana, pero un caballo era casi una posesión sagrada para los nešili , y ese alazán llevaba unido a Gurpa desde que era un potro joven y vigoroso.

Lo quería y lo cuidaba, e incluso hablaba con él como si le comprendiera.

Y tal vez así era. Jamás se separaría de él hasta que la muerte de uno de los dos lo hiciera inevitable.

¿Qué le estaba sucediendo al mundo? Al recorrer la distancia entre Wilios y Ḫ atti, comprobó la extrema sequía que asolaba todo.

Y sequía era sinónimo de pobreza. En lugar de viñedos y labrantíos, lo que ahora veía eran eriales; en lugar de ciudades bulliciosas, las veía abandonadas o destruidas; en lugar de plazas efervescentes llenas de puestos de frutas, telas, ungüentos y perfumes de los mercaderes locales, las hallaba casi desiertas.

No se cruzó con ningún rebaño de vacas u ovejas, porque no había pastos.

Ni siquiera la cebada, un cereal más resistente al frío y la humedad que el trigo, sobrevivía a las duras condiciones del clima.

La hambruna flotaba como una sombra terrible cerniéndose sobre aquel territorio.

Todas las ciudades por las que había de pasar, todos los reinos repartidos entre Wilios y las Tierras Altas de Ḫ atti, eran aliados o feudatarios del Gran Rey y, hasta donde él tenía conocimiento, siempre habían cumplido con sus obligaciones tributarias.

¿Por qué Ḫ atti no los ayudaba con cargamentos de grano?

Pero hacía mucho que Gurpa dejó la capital, Ḫ attuša, y desde entonces la situación podía haber cambiado.

Pensó en Wilios: allí el problema era el mismo, agravado por el asedio de los malditos a ḫḫ iyawa , esos guerreros sin escrúpulos –y por qué iban a tenerlos, después de todo– que habían venido en barcos negros y asolaban toda la costa desde el estrecho hasta la Tierra de Lukk ā .

Cuánto deseaba poder enfrentarse a ellos en el campo de batalla en vez de tener que esconderse como una rata tras los muros de una ciudad.

Cuánto ansiaba volver a sentir el vértigo de la lucha cuerpo a cuerpo, la tensión del combate, el éxtasis de la victoria, la catarsis de la derrota.

Un pensamiento le llevaba a otro: recordó entonces el tiempo en que su destreza estuvo al servicio del ejército de Ḫ atti.

Gurpa había peleado codo con codo junto al mismísimo Šuppiluliuma.

Sintió añoranza del pasado; nadie creería que en el fragor del combate había librado de la muerte al Tabarna varias veces.

Él, un simple herrero nešili de Wilios. El mercader P ū sukš ē n le habría tomado por un fatuo o un loco.

¿Cómo había podido desprenderse de todo eso?

¿Qué había sucedido para llegar a la situación actual?

El cadente y monótono trote del caballo le embotaba los sentidos, y le invadió un sentimiento de nostalgia.

Se recordó a sí mismo veinte años atrás, recibiendo en la espalda los latigazos de su padre por no haber calculado bien el tiempo de cocción del cobre dentro del horno de fundición.

«Trabajar en una fragua requiere atención y precisión, no solo fuerza bruta», le decía Appu.

Si el metal se cocía en exceso perdía dureza y calidad, y se volvía inservible; y si los moldes no estaban perfectamente modelados, con la superficie bien pulida y la hondura adecuada, el resultado era tosco, imperfecto.

Y Appu no toleraba eso: de su taller no debía salir nada que no tuviera un acabado impecable.

Todos los objetos forjados en la fragua eran presentados con gran ceremonia a Ḫ ašamili, dios de los herreros y artesanos, cuya estatua de terracota presidía el taller.

La deidad los consagraba y les concedía dicha y fortuna, y después Appu los guardaba con celo hasta que los clientes venían a llevárselos.

Su ambición era convertirse en el mejor forjador de Ḫ attuša.

No se conformaba con fabricar cacerolas: Appu aspiraba a forjar las espadas y moharras del ejército de Ḫ atti y de la familia real.

Que el Gran Rey llevara en su ceñidor una afilada malatti de bronce fabricada por él, ese era su sueño.

Los sueños de Gurpa, en cambio, no pasaban por convertirse en herrero.

Él perseguía otra cosa, no sabía qué, y no lo hallaría entre martillos y tenazas.

Su hermano Kessi era aún demasiado pequeño para trabajar en la fragua, pero Gurpa tenía planeado que en cuanto creciera se convertiría en su relevo y entonces él levantaría la vista y miraría al horizonte, más allá de los vapores y el calor abrasador de los metales candentes.

La oportunidad surgió pasados cuatro o cinco años, cuando Gurpa tuvo dieciocho.

Un día los funcionarios del distrito recorrieron calle por calle y casa por casa la ciudad baja de Ḫ attuša; pasaron también por el barrio de las forjas y Gurpa oyó el llamamiento que exhortaba a los hombres adultos a alistarse en el ejército de Tudhaliya.

El rey estaba a punto de emprender una campaña militar contra una isla situada a dos días de navegación de la tierra de Tar ḫ untašša .

Su nombre era Alašiya, y las noticias decían que el gobernante estaba entrando en tratos con los pueblos a ḫḫ iyawa , con quienes Ḫ atti nunca mantuvo buenas relaciones.

Gurpa supo que Alašiya tenía una importancia estratégica enorme para la economía de Ḫ atti, ya que se encontraba en la confluencia de las rutas comerciales a través de las cuales el reino se abastecía de grano.

Sin embargo, ese dato no fue lo bastante convincente para que Appu dejara marchar a su hijo a la casa de reclutamiento.