6. ḪATTI Tres meses antes del Desastre #2
—Piensas igual que un unnattallaš , que un mercader, lo cual es lógico puesto que es lo que eres.
Pero los que os han querido robar no lo han hecho como consecuencia de guerra alguna.
Pasé por una aldea hace dos días y vi los campos de cebada yermos, las casas vacías y las calles desiertas.
Quise rellenar mi odre en una cisterna natural, pero en su interior solo encontré arañas y saltamontes.
No hay comida ni agua, mercader, y sucede lo mismo en el lugar de donde vengo.
Hace más calor del que yo he conocido jamás y los animales no quieren salir de sus madrigueras.
Por eso tampoco hay caza. Era el hambre lo que movía a esos hombres, no la guerra.
Las guerras a menudo son necesarias. Y justas.
Si un rey roba a otro, es necesario una guerra para devolver las cosas a su orden.
La nacionalidad del mercader le trajo a la memoria al hombre de Ḫ atti las historias que conocía sobre el terrible Tukulti-Ninurta, el rey de Aššur que tomó por la fuerza los estados hurritas pertenecientes al país de Subari, en la frontera entre el reino de Aššur y el de Ḫ atti: Paphi, Katmuhi, Buse, Mumme, Alzi…
Hacía casi tres décadas de eso y por entonces él no era más que un niño, pero creció oyendo a menudo la letanía de la derrota de los carros de guerra de Tudhaliya, el Tabarna, el Gran Rey de Ḫ atti, a manos de los guerreros de Tukulti-Ninurta.
En seguida volvió a la realidad.
—En cualquier caso —prosiguió—, las guerras provocan necesidad y hacen que todo se encarezca. Y eso beneficia a los mercaderes.
P ū sukš ē n rio.
—Es cierto, mi señor. Pero incluso a un simple mercader como yo le resulta más valioso estar vivo sin beneficio que muerto con él. Y en una guerra es más fácil lo segundo que lo primero.
P ū sukš ē n había tenido tiempo de inspeccionar a su invitado mientras lo escuchaba.
Era un individuo alto, fuerte, de complexión robusta.
Aparentaba unos treinta y tantos años, pero en su mirada y modo de hablar detectó una tristeza que interpretó como la amargura y resentimiento propios de una vida de frustración.
Decidió que sería mejor cambiar de tema y procurar no incomodar a su salvador.
Le contó que el centro de operaciones familiar, como lo definió, estaba en la ciudad de Kaneš –«los nešili la llamáis Neša», puntualizó–, donde desembocaban las principales rutas comerciales que partían desde Ninuwa, en el corazón del reino de Aššur.
Mercadeaban con oro y plata, pero también con paños de lino y otros productos textiles, como la lana.
Las telas eran inofensivas, pero los metales preciosos revolvían el corazón de los hombres, despertaban ambiciones y malos pensamientos y convertían su negocio en una actividad francamente peligrosa.
Por eso él prefería trabajar con otra mercancía.
—Estaño, mi señor. Tan valioso como el oro, pero menos atractivo para los malhechores. Brilla menos, no pesa lo mismo…
—Y pocos conocen su utilidad, excepto quienes se dedican al bronce.
—Exacto. Esos asnos negros cuyo pellejo habéis salvado, llevan sobre sus lomos láminas de estaño.
Trescientos cincuenta kor cada uno o, lo que es lo mismo, ciento treinta minas.
No es un gran cargamento, pero el estafador que me vendió los asnos los tasó a veinte siclos de plata el animal, un auténtico robo, y no pude adquirir más que los cincuenta que ves aquí.
Por no hablar de los impuestos que he de pagar para poder entrar en determinadas ciudades…
—Bajó el volumen, como si le dijera algo en confianza—.
A menudo he de sobornar a los funcionarios para que me permitan hacer mi trabajo, y a duras penas puedo luego compensarlo con lo que logro vender.
Ser mercader es duro, mi señor. Pero el estaño se vende a buen precio y espero recuperar la inversión.
Le contó también que por falta de fondos no había podido contratar ka șșā ru , personas encargadas del cuidado de los animales, pero que sus hijos estaban llevando a cabo esa tarea a la perfección y sin que le costara ni un siclo.
El hombre de Ḫ atti señaló que, como pudo comprobar antes, tampoco había encontrado vigilantes para la protección de la caravana, lo cual no había sido una idea acertada.
—Oh, mi señor —se lamentó P ū sukš ē n—, a esos sí los contraté. Cinco s ā ridum nada menos, que huyeron apenas vieron las hachas de aquellos malditos bandidos. Por suerte no iban a recibir su paga hasta concluir nuestra ruta, así que con su marcha no he perdido nada.
—Y hablando de ruta, ¿no estáis muy lejos de ella? Las rutas comerciales entre Neša y Aššur se hallan tan lejos de aquí hacia el este como el mar lo está hacia el oeste. ¿No te habrás perdido?
La pregunta fue acompañada de una media sonrisa y un mordisco a una pata del conejo.
—Mi señor, te contaré un secreto. El metal que llevo en esos fardos no proviene de los yacimientos del este.
Este estaño es mucho más puro, de mejor calidad y ha viajado más lejos que tú y yo.
Lo conseguí a través de unos mercaderes procedentes de la otra parte del mundo, quienes a su vez se lo compraron a otros; su país se halla muy al norte, allende las montañas más lejanas que se vislumbran desde la cumbre más alta de los montes del otro lado del estrecho.
A muchas, muchísimas jornadas de viaje. Allí no se habla ningún idioma que yo conozca.
De allí vengo, con mi familia y mis cincuenta asnos.
Hace mucho tiempo que partí de mi hogar en Kaneš; si los dioses me son propicios, venderé esta mercancía en los mercados de Purushanda y de Walma, en la Tierra del Río Hulaya, donde tengo clientes que me esperan con sus bolsas llenas de siclos.
Confío en que sigan allí —rio—. Son ciudades que rinden pleitesía a Ḫ atti, como sabes y, por tanto, ese estaño sin duda reportará en beneficio del Tabarna.
—Eso queda un poco al sur de este lugar. Has hecho un viaje muy largo y arriesgado con una caravana muy reducida, mercader.
—Lo pequeño suele pasar desapercibido, mi señor.
El nešili sonrió.
—No siempre. —Apuró el cuenco y se puso en pie—. Creo que el vino te hace exagerar. A mí en cambio me da sueño. Dormiré junto a mi caballo al abrigo de vuestra caravana. Y por la mañana seguiré mi camino.
P ū sukš ē n disimuló su decepción al oír eso último. Había albergado la esperanza de que el guerrero de Ḫ atti se quedara con ellos un tiempo más y les brindara protección; deseó entonces el regreso de los s ā ridum fugados.
—Mi señor, acepta mi hospitalidad y duerme en la tienda, bajo la lona. Te lo ruego. No puedo ofrecerte más, pero no debo ofrecerte menos. Te enviaré a mi hija Lamass ī para que te haga compañía.
El nešili se negó y su anfitrión insistió como solo alguien que llevaba media vida mercadeando con las palabras y regateando precios sabría hacer. Al final aceptó: había pasado muchas lunas durmiendo al raso y soportando gélidas rachas de viento
—Te complaceré por no oírte más, mercader, y para no romper las sagradas normas de la hospitalidad. Pero asegúrate de que tus hombres montan guardia en la caravana durante la noche. Aún hay nueve salteadores merodeando por ahí.
La lona de cuero se sostenía en alto con fuertes ramas ensartadas en la tierra y estaba ligada con cuerdas a la rueda de una carreta.
El espacio era lo más acogedor que había conocido desde que emprendió el viaje.
Se desprendió de la coraza de escamas y de las botas, se soltó las grebas y se aflojó el ceñidor.
Colocó un puñal bajo las pieles de cabra que servían como lecho y se estiró sobre ellas.
No tardó en dejarse invadir por los pensamientos que le acompañaban desde el inicio de su viaje.
No pasó mucho tiempo antes de que una mano pequeña de dedos finos, apenas visible entre la penumbra, separara las pieles de la lona.
Por la abertura apareció una muchacha menuda y de aspecto frágil, el rostro aniñado y la mirada huidiza.
El hombre de Ḫ atti pensó que tenía menos edad de la que aparentaba, la cual tampoco era mucha.
—Tú eres Lamass ī —dijo.
Ella no respondió a lo que de hecho no era una pregunta.
Ahí estaba el agradecimiento de P ū sukš ē n por salvarles la vida.
Tratar a su propia hija como mercancía era un gesto propio de la manera de pensar de un mercader –más aún la de un mercader de Ninuwa–, y no halló nada reprochable en ello.
Pensó que si la rechazaba tal vez la muchacha recibiría el castigo de su padre.
Ella buscó con la mano una pequeña fíbula de hueso sobre su hombro y la extrajo, y la túnica que la cubría hasta los tobillos cayó al suelo con suavidad.
La desnudez de su cuerpo se iluminó por un instante con la luz de la luna que penetró fugazmente por la abertura de la tienda.
Los ojos húmedos y la respiración agitada revelaban el miedo que la recorría.
Quizá fuera la primera vez que su padre la convertía en obsequio para un huésped, sopesó él.
La miró con ojos cansados, negó con la cabeza y le dijo:
—Cúbrete.
Lamass ī no entendió entonces, ni tampoco cuando él se lo repitió en acadio.
—Lo siento —se excusó mientras se ponía de pie—, no conozco la lengua de Aššur.
Tomó la túnica y tapó con ella a la joven, y luego le indicó con un gesto el lecho de pieles de cabra.
—Mañana no sé dónde te hará dormir tu padre, pero hoy lo harás aquí, a salvo del frío de la noche.
Ella se tumbó y él colocó su cuerpo al lado, y así permanecieron hasta que el sueño venció al miedo y la muchacha cerró los ojos.
Poco después también lo hizo él, y su sueño se esforzó en ser la duermevela propia de quien está acostumbrado a mantenerse alerta y no confía ni siquiera en sus hospitalarios anfitriones.
Pero el cansancio tras largas jornadas cabalgando era un enemigo demasiado persistente.