6. ḪATTI Tres meses antes del Desastre
D esde su posición, apostado sobre la áspera superficie de piedra, dominaba la quebrada y el arroyo cuyo plácido curso abría la tierra en dos.
Estaba tumbado boca abajo para no ser visto mientras observaba inmóvil el ataque de los merodeadores.
Pudo contar veinte de ellos, en tanto que en la caravana solo había unos ocho o diez hombres, además de tal vez alguna mujer dentro de los carros, o incluso niños, pues no era inhabitual que los mercaderes viajaran con ellos: a menudo eran mejores negociantes que los padres, y no había que pagarles por su trabajo.
Calculó que habría más de cincuenta animales de carga, un número excesivo en una caravana de tan pocos miembros.
La tarde se extinguía e imaginó que habían elegido ese momento del día para evitar la canícula.
Además, pronto la falta de luz habría dificultado el ataque, a menos que los asaltantes supieran moverse entre las sombras.
Quién sabía cuánto tiempo llevarían siguiendo al convoy; no podía ser mucho, porque ninguno de ellos tenía montura.
Supuso que ese era el objetivo principal, aunque de acuerdo con la mentalidad de un salteador, de una caravana de mercaderes, como de un buey sacrificado a la diosa del Sol, se aprovechaba todo.
Había tomado la precaución de no colocarse a favor del viento; sabía de nómadas de las montañas que tenían el olfato de un felino.
Pero estos no eran especialmente diestros en el oficio.
No detectó en el ataque ninguna táctica concreta, ni le pareció que los bandidos siguieran cautela alguna.
No era más que un puñado de hombres harapientos amenazando con hachas, hoces y espadas a los mercaderes.
Dedujo que aquel asalto era un hecho ocasional y no formaba parte de su medio de vida.
Dedujo también que era la necesidad lo que los llevaba a alzar las armas contra aquellos incautos.
Valoró si le merecía la pena intervenir: podía darse la vuelta, volver a montar y proseguir su camino.
Pero su caballo estaba fatigado y a él le quedaba poca harina, pan y provisiones.
En todo el día no había visto un conejo o una perdiz que poder cazar, y el odre apenas tenía agua para echar un trago.
En la ribera crecía buen pasto y ambos, jinete y montura, podrían calmar la sed en el arroyo. Apretó los puños.
Uno de los salteadores había perdido el turbante y mostraba el rostro agrietado y los dientes amarillentos como el sol del atardecer. El hacha en su mano se movía amenazante de izquierda a derecha.
—¡Los burros! ¡Dame los burros! ¡Te abriré la cabeza si no me los das ahora mismo!
Pero el mercader, ya mayor a juzgar por el color gris de la barba, parecía no entenderle y se limitaba a balbucear palabras incomprensibles y a gesticular con las manos.
—Ahí debes de llevar pan, y grano, y queso. ¡Dame los asnos y toda la carga! ¡Vamos!
Sus compinches permanecían de pie varios pasos más atrás y alguno se atrevía a palpar las ancas de los animales y los fardos sobre sus lomos, mientras los caravaneros trataban de apartar las bestias tirando de los arneses.
Uno de los asaltantes empujó a un muchacho y lo hizo caer.
Este se levantó de un salto y se revolvió; era joven y los años no le habían enseñado aún a tolerar las humillaciones, ni siquiera las que podían costarle la vida.
Apareció un pequeño estilete, pero el bandido tenía una espada larga como el brazo que la sujetaba.
La hoja golpeó el puñal y el joven lo soltó y se llevó la mano ensangrentada al regazo.
El bandido no era en absoluto hábil con la espada: en lugar de asestar una estocada, la alzó sobre su cabeza para descargar un golpe como si fuera un martillo.
El mercader anciano vio la escena y gritó espantado.
—¡Buzazu!
La espada chocó contra el suelo un instante después de que la punta de una flecha asomara por el pecho del bandido. Este cayó de rodillas, y antes de que su cara se estrellara contra la hierba cuatro flechas más volaron y hallaron destino en los cuerpos de otros tantos salteadores.
El hombre del hacha se giró sorprendido y aterrorizado a partes iguales, y vio a un jinete bajando al galope por la ladera.
Pudo distinguir con claridad el casco de cuero oscuro, el cabello trenzado agitándose en la nuca, la coraza de escamas cubriendo el pecho, las botas puntiagudas, las grebas protegiendo las espinillas.
Y el hacha volteada en el aire como un remolino.
Era un guerrero del país de Ḫ atti; para su desgracia, había visto muchos durante su infeliz vida de campesino en una miserable aldea junto a la cuenca del Sa ḫ iriya .
La lanza, de casi cinco codos de largo, cruzó la distancia que los separaba y le atravesó el estómago.
La moharra se clavó en tierra y el cuerpo quedó sostenido por el asta como un espantajo.
El caballo, pese a su corta estatura y estar sofocado por la repentina carrera, arrolló sin dificultad a dos de los salteadores, que se habían quedado paralizados de miedo.
El jinete empleó el hacha para acabar de segarles la vida y luego desmontó.
Blandiendo en la otra mano una espada de hoja larga, no necesitó gran habilidad para despachar a tres más, que se reunieron con sus antepasados sin siquiera poder hacer las paces con los dioses.
Los bandidos restantes se recompusieron y, con las armas temblándoles en las manos, fueron capaces de situarse delante de su adversario y hacerle frente.
—Marchaos —les ordenó—. Corred a robar a otros. O por Šarruma, Dios de la Montaña, que os arranco el corazón.
Titubearon. Él volvió a hablar:
—Sin bajar del caballo he matado a la mitad de vuestro grupo. Ahora estoy de pie frente a vosotros. Idos lejos de aquí.
—Somos diez contra uno —se atrevió a decir uno de ellos un instante después. El guerrero de Ḫ atti no mostró ninguna emoción cuando acabó con su vida; los demás vieron el destello del hacha al girar por el aire y clavársele en el pecho en apenas un parpadeo.
—Nueve. Y aún tengo la espada.
Y aquellos nueve, en una mezcla de prudencia y cobardía, estimaron más valiosas sus vidas que unos asnos cargados con grano. Quizá habrían podido con aquel demonio, pero huyeron ribera abajo y se perdieron de vista casi al mismo tiempo que lo hacía el sol tras la quebrada.
Los caravaneros atendieron al muchacho herido; el guerrero guardó su arma en el ceñidor y se dirigió al que parecía de más edad, aquel a quien había salvado la vida empalando a su agresor.
—¿No hablas luvita? Los salteadores te hablaron en ese idioma. ¿Hablas acadio entonces?
El hombre, de barba gris y túnica larga hasta los pies, alzó las palmas de las manos al cielo en señal de agradecimiento.
—Soy mercader, mi señor —dijo en perfecto luvita, como si mencionar su profesión lo explicara todo—: hablo luvita, y acadio, y la lengua de Neša, que es la tuya, y hasta la farfulla de los a ḫḫ iyawa .
Me llamo P ū sukš ē n. Nos has salvado la vida.
Por favor, comparte con nosotros nuestro pan y nuestro vino como muestra de gratitud.
—Pensaba hacerlo.
P ū sukš ē n le preguntó a su bienhechor, movido por el interés sincero y la cortesía, quién era y hacia dónde se dirigía. Este no tuvo deseos de dar detalles.
—Salta a la vista que eres nešili —quiso adivinar el mercader—.
Y por tu indumentaria, perteneces a la guardia del Tabarna.
Manejas muy bien el arco y la lanza, gracias a los dioses, he de añadir.
Nunca había visto a tantos hombres caer abatidos de forma tan rápida y, además, a manos de una sola persona.
El guerrero guardó silencio. Frente a un pequeño fuego, una escudilla con tortas de cebada y un conejo despellejado asándose sobre las brasas, P ū sukš ē n le explicó que su lugar de nacimiento, como el del resto de su familia, estaba a muchas jornadas de viaje hacia el este, en Ninuwa, a la orilla del río Aranza ḫ aš.
—Así que eres de Aššur —observó su ocasional invitado—. Mi país y el tuyo han sido enemigos durante mucho tiempo. Y ahora aquí estamos tú y yo compartiendo el fuego y la cena. —P ū sukš ē n alargó el brazo y le ofreció un cuenco—. Y el vino. Dime, ¿qué significa «Buzazu»? Fue lo que gritaste antes.
—Buzazu es el nombre de mi hijo, mi señor. El que quiso defenderse con el puñal. También tengo una hija llamada Lamass ī .
Le contó que su padre, y el padre de su padre antes que él, y el padre de este, habían sido mercaderes.
Y que a un mercader no le interesaba tener enemigos; más bien le convenía permanecer al margen de los asuntos políticos y los negocios que manejaban reyes y gobernantes en sus palacios, resguardados del sol y del viento.
Su único objetivo en la vida era comprar mercancías a buen precio y venderlas a un precio mejor.
No le agradaban las guerras, es más: las detestaba, porque acababan con la vida de sus compradores, destruían los campos y arrasaban las ciudades –«y si no hay ciudades, ¿dónde voy a vender mis productos?
», preguntó retóricamente–, y convertían los caminos en lugares inseguros, como acababan de comprobar hacía bien poco.
Calló para beber un sorbo y entonces habló el nešili .