5. KUPIRIJO Nueve años después del Desastre #8
—Pero —musitó Ešuwara—… todo esto no es necesario, la ciudad es vuestra…
—Te dije que tal vez no podría contener a mi gente —se excusó Eumetas de un modo algo ingenuo.
Ešuwara vio que se palpaba bajo el manto y adivinó que estaba buscando un arma, un puñal con el que acuchillarle.
En un súbito ataque de pánico lo empujó y corrió con toda la energía de sus piernas, perdiéndose entre la multitud que también huía.
Eumetas no lo persiguió; prefirió quedarse allí observando el caos a su alrededor. Junto a él vio a Afareo.
—Dije que a mi señal, cuando ese estúpido me cogiera el brazo. ¿Quién…?
—No lo sé, Eumetas. No han sido los nuestros, eso te lo puedo asegurar. Pero ¿qué importancia tiene? Acordamos que entraríamos a saco en cuanto abrieran la muralla.
—Para todo ha de haber un orden, por la Potnia. Era yo quien debía acabar con la vida de ese patán; ahora lo harán los suyos y cometerán un crimen que no les corresponde. Para tener éxito hay que hacer las cosas como se debe: los dioses nos están mirando. No somos unos salvajes.
Las calles de Enkomi se tiñeron de confusión y desorden.
Guerreros con espadas, hachas y mazas persiguieron a los pobres habitantes de Enkomi, sus cuellos fueron seccionados y las cabezas aplastadas.
Entraron en las casas y las incendiaron, derribaron muretes y verjas, destriparon animales, violaron mujeres, asesinaron niños, quemaron vivos a quienes se encerraron en sus hogares.
Ešuwara no supo de esas atrocidades porque corrió hasta la plaza central y se refugió en el palacio.
Allí cerró las puertas empujándolas él mismo y se dirigió a sus aposentos.
En los pasadizos se encontró con varios magistrados que lo estaban esperando.
Uno de ellos lo hizo tropezar y caer, y los otros se tiraron sobre él y lo apuñalaron en el pecho y la espalda.
Luego escupieron a su cuerpo muerto y huyeron, dispuestos a vender cara sus vidas frente a los salvajes que habían tomado la ciudad.
Kerkios mató a todo el que encontró a su paso.
Avanzó por una calle y fue dejando tras de sí un reguero de sangre y cadáveres.
Afareo caminaba a su lado y no podía evitar sentir cierto desasosiego al contemplar la capacidad de su hermano de sembrar la muerte.
La espada volaba arriba y abajo atravesando pechos y abriendo gargantas, y en la otra mano el hacha seccionaba brazos, pies, manos…
Y sin embargo, la mirada de Kerkios era fría y serena, templada, tranquila.
Furia bajo control era lo que Afareo veía en sus ojos.
Si llegara el momento de enfrentarse a él, debería estar preparado.
Descubrió al guerrero lukk ā entrando en una casa; Afareo se separó de Kerkios y lo siguió.
Colaboró con él en masacrar a la familia que vivía allí. Tardaron poco.
—No han hecho nada por defenderse —dijo Kukunnis cuando no quedó nadie vivo. Afareo lo traspasó con su espada sin mediar palabra, y mientras moría le abrió la garganta. Limpió la hoja en el turbante del lukk ā y volvió a la calle.
Se cumplieron los deseos de Kerkios y al caer la noche la ciudad era suya.
No toda ella fue pasto del incendio: Eumetas se preocupó de que una parte quedara lo más intacta posible, al menos para poder disfrutar de la comodidad de dormir bajo un techo a resguardo del viento de la noche.
Él se instaló en el lugar que le pareció más acogedor: el palacio de la plaza central, en cuyos fríos pasillos yacía aún sobre las losas el cuerpo de Ešuwara.
En la misma sala donde días antes había tenido lugar el encuentro con el gobernante, se reunió con Afareo y Kerkios: había que vestir la caída de Enkomi y que no pareciera un desplome sino un simple cambio de propietario.
—Lo primero será enviar campesinos a las llanuras del norte para que recojan el grano o se echará a perder.
Informar de nuestro éxito a las demás ciudades de la isla.
Enviar presentes al rey de Akupitija para demostrarle que le queremos como amigo.
Restablecer el comercio con el continente.
Despachar emisarios a las ciudades del otro lado del mar diciéndoles que Enkomi ha cambiado de dueño, pero sigue siendo una urbe abierta y deseosa de estrechar lazos comerciales con todos ellos.
Esa idea te gusta, ¿eh, querido Kerkios?
—¿Y si no se lo creen, Eumetas? —objetó él—. Las hordas que han tomado la ciudad no tienen aspecto de querer estrechar otra cosa que no sean sogas alrededor de los cuellos de sus víctimas.
—Es posible —respondió ufano—. En ese caso ¡habrá que convencerlos!
—También hay que repartir el botín, por Posedao —terció Afareo—.
Se te olvida lo más importante. —Se giró y hundió la mano en el interior de un enorme arcón.
En él había diademas de oro, anillos, joyas de toda clase, cilindros, vasos de bronce y de alabastro, pendientes, tazones, pomos de porcelana, ritones, objetos tallados en marfil…
—. Al maldito supervisor le gustaba vivir a lo grande, ¿eh?
—Sí, ya hablaremos del botín, Afareo. Ahora choca tu copa con la mía y bebe. Y tú, Kerkios: ¿aún insistes en hacer lo que me contaste? ¿Sigues tan loco como para querer volver a Kutira con tu esclava?
Kerkios miraba el techo de la estancia, ennegrecido por el fuego que antes había estado ardiendo en el interior. Ese fuego ahora se había transformado en una pequeña fogata en la que se asaba una pata de cabrito.
—Dejará de ser esclava, voy a manumitirla.
—Te ha hechizado —opinó Afareo—. He oído hablar de esa magia en el este, pero no sabía que los esclavos de por aquí la practicaran.
Kerkios sonrió. No le importó que lo llamaran loco o hechizado, y se limitó a arquear los hombros.
—No me gusta esto, Eumetas, ya lo sabes.
Estos hombres, a quienes supones aliados, no buscan la victoria para conseguir una vida mejor, más plácida, más tranquila.
Su ocupación es la guerra, quieren matar, saquear, destruir.
Son piratas, bandidos, y esa es su forma de sobrevivir.
No se conformarán con esta isla, ahora que tú los has unido y han visto de lo que son capaces.
Eumetas soltó una carcajada.
—Pues no me parece mal. ¿Quién sabe? Tal vez esto no sea más que el comienzo. Y me gustaría tenerte con nosotros si va a ser así. —Afareo ensombreció el rostro—. No sé si dejarte partir.
—¿Dejarme? Tú no eres mi padre, Eumetas. Haré lo que me plazca.
—Que se vaya, Eumetas —intervino Afareo—. Es su voluntad.
—¡Ja, ja! Lo sé, estaba bromeando. Además, esta conversación ya la hemos tenido, ¿recordáis?
Hace varios meses, en Kutira, bebiendo tu vino.
Pero esta vez no insistiré. Márchate si es lo que quieres, solo te pido que me prometas una cosa: te he observado con la espada en la mano cientos de veces y lo que he visto en ti no lo he visto en nadie más.
Sé lo que eres y para lo que has nacido.
¡Maldita sea, llevas mi sangre! Si algún día llama alguien a la puerta de tu pequeña y miserable choza de Kutira y te dice que tu tío te necesita, ve con él.
Vamos, prométeme al menos eso. ¿Cuál es tu respuesta?
Kerkios apuró la copa y se puso en pie.
—No volveré a dejar a Erita. Esa es mi respuesta.