5. KUPIRIJO Nueve años después del Desastre #7
Ešuwara se levantó con el cetro en la mano y paseó la cornamenta por la estancia.
—¿A qué habéis venido? ¿Tan mal os va ahí fuera? —preguntó con sorna. Su voz sonó fuerte y orgullosa, impropia de alguien de su edad. «Más impostura», se dijo Eumetas.
—Ahí fuera no…
—Calla, Kukunnis —le atajó Eumetas—. Lo pregunta para provocarnos.
¿Verdad, Ešuwara? Te interesa poco cómo están las cosas al otro lado de las murallas; al menos, mucho menos de lo que debería importarte cómo están aquí dentro.
Y dentro no están bien, ¿me equivoco? Te has vestido con tus mejores galas para impresionarnos y hacer ostentación.
Has dispuesto en las calles de la ciudad carros repletos de armas y de grano para que los viéramos, simulando una prosperidad que no tenéis.
Quizá incluso hayas ordenado que sonrieran al vernos pasar.
Llevo muchos asedios a mis espaldas, Ešuwara.
El Gran Supervisor se sintió incómodo. Había supuesto que si los invasores habían pedido parlamentar era porque se encontraban al borde del derrumbe, que era exactamente la situación en que se hallaba Enkomi después de ciento veinte días de sitio.
Y en efecto, había tratado de aparentar lo contrario para engañar a los heraldos.
Decidió eludir el comentario de Eumetas.
—Enkomi tiene muchos aliados. He enviado emisarios al continente. Vendrán en nuestra ayuda y os echarán de aquí.
De nuevo fue Kukunnis quien intervino.
—El gran Šuppiluliuma, el rey que te puso en la cabeza esos cuernos y te dio ese cetro, muerde el polvo hace tiempo. ¿Es posible que no lo sepas?
—Claro que lo sé. Por eso los he enviado a Ugarit, a las ciudades de Kin ā na y de Amurru, y al gran per- ʿ ō de T Ꜣ -mr ἰ . Ellos…
—Puedo traerte las cabezas de esos emisarios —le señaló Eumetas—, las tengo en unos cestos de mimbre aguardando a que llegara este momento. ¿Quieres que mande a buscarlas?
Hubo silencio. Ešuwara caminaba ahora más despacio en su deambular en torno a los heraldos. Se colocó al lado de Eumetas y le miró con irritación.
—Te repito la pregunta: ¿a qué habéis venido? No tengo ganas de perder más el tiempo.
—A eso precisamente, Ešuwara: hemos venido a no perder más el tiempo. Tu ciudad acabará cayendo, como caerá el resto de la isla. Kuklia, Maa, Kurion, Kition, Khirokitia… Todos esos lugares están ya en nuestras manos; y si esto no es verdad hoy, lo será mañana o pasado mañana.
—O nunca.
—O nunca, cierto. Pero Enkomi no va a tener esa suerte y tú lo sabes.
Ešuwara dejó de pasearse y se sentó con pesadez en el trono.
—Este desgaste de tiempo, fuerzas y vidas es inútil y no beneficia a nadie, Ešuwara.
Abre las puertas de la muralla y permite que entremos sin más derramamiento de sangre.
Adueñarnos de Enkomi no supondría ningún cambio para ti ni para nadie.
¿No pagabais tributo en el pasado al Tabarna de Ḫ atti?
Y antes que a él, ¿no lo hacíais al Señor de las Dos Tierras?
Pues ahora nosotros ocuparemos ese lugar.
Sé lo que te pasa, leo tus pensamientos como si fueran los míos propios: al morir Šuppiluliuma has creído que podrías convertirte en monarca de la isla y no rendir cuentas a nadie.
Pues me temo que eso no podrá ser. Hoy en día todos le debemos el pellejo a alguien.
Ešuwara tardó en replicar algo.
—¿Y a quién se lo debes tú, akhaio ?
—A Kukunnis —respondió sin titubear. El lukk ā lo miró sin entender nada—. Si no le doy lo que le prometí, él y sus hombres acabarán conmigo. Le dije que le daría una parte de esta isla.
Kukunnis sonrió satisfecho y se esforzó por no dejar traslucir su sorpresa.
—Podrás seguir usando ese asiento tan cómodo —continuó—.
Eres El Gran Supervisor y lo seguirás siendo; nadie podría llevar a cabo esa función mejor que tú.
Lo que te propongo es que nos ahorremos las muertes que vendrán y la destrucción de Enkomi.
El día que derribemos las puertas no podré contener a los hombres y arrasarán la ciudad solo por desquitarse de los meses transcurridos.
Y puedes imaginarte lo que harán contigo si te encuentran sentado en ese bonito trono.
Ešuwara exhibía una mueca inane en el rostro.
Quiso responder al discurso de Eumetas con un vigoroso alegato, arguyendo que la ciudad resistiría, que las murallas, construidas dos generaciones atrás, eran infranqueables y sus ciudadanos estarían dispuestos a luchar hasta el final.
Pero habría mentido. Quizá las murallas soportaran el asedio, pero no los habitantes de Enkomi, que ya hacía tiempo que pasaban hambre.
El bloqueo por tierra y mar había aislado la ciudad de los suministros del exterior, de sus propios suministros de cobre y azufre procedentes de las montañas del norte, e incluso de las grandes llanuras del interior donde los campesinos cultivaban cereal.
Pronto la escasez de comida y agua daría paso a las enfermedades y la muerte, y entonces no haría falta que nadie derribara los muros; la ciudad se desmoronaría desde dentro.
—Esto es todo lo que hemos venido a decirte, Ešuwara.
Nada que no supieras, en realidad. Solo hacía falta que alguien te lo pusiera delante de los ojos de nuevo.
Bueno, sí hay algo que no sabes: si llegamos a un acuerdo, y no hace falta que te diga cómo ha de ser ese acuerdo, te recompensaremos por tu predisposición.
No solo conservarás el trono sino que yo personalmente te haré entrega de mil minas de plata. Piénsalo bien.
Mientras recorrían escoltados las calles de regreso a la muralla, Afareo le estaba dando vueltas a muchas de las cosas que había escuchado en el palacio de Enkomi.
—Eumetas —le susurró, colocándose junto a él—, no sabía nada de la captura de esos emisarios. ¿Por qué no me lo dijiste?
—Sigues siendo un ingenuo, Afareo. Cuánto te queda por aprender... —Ni siquiera lo miró al decirle aquello. Observó de soslayo a Kukunnis, que caminaba unos pasos por detrás—. Por cierto: deshazte cuanto antes de ese lukk ā maloliente. Lo que ha oído ahí dentro podría darle malas ideas.
Los goznes de bronce chirriaron al moverse de nuevo después de casi cinco meses.
La gigantesca puerta, de tres codos de grosor y diez de altura, hecha con maderas de encina y algarrobo y recubierta en su parte exterior con una capa de bronce, se abrió poco a poco hasta desaparecer de la vista de los hombres que aguardaban al otro lado.
Eumetas, Afareo, el lukk ā Kukunnis y el resto de caudillos del ejército invasor observaban con serenidad el desarrollo de los acontecimientos.
Kerkios, situado detrás de ellos, confiaba en que esa misma noche todo habría acabado.
El asedio estaba viviendo sus últimos momentos.
Ešuwara no había tenido dificultad en persuadir a los dignatarios de Enkomi de que aquel acto de rendición no iba a suponer la ruina de la ciudad, sino su salvación.
En realidad él siempre fue el principal adalid de la resistencia al invasor; y por eso el repentino cambio de opinión tras la entrevista con los heraldos generó cierta suspicacia entre los magistrados que estuvieron presentes en el encuentro, los cuales oyeron la suculenta oferta que el hombre de la barba trenzada le había hecho a Ešuwara.
Esos mismos dignatarios estaban puestos en fila tras la puerta de la muralla, vestidos una vez más de manera impecable como si en la ciudad estuvieran celebrando los festejos dedicados a la diosa de la fertilidad.
Un paso por delante estaba El Gran Supervisor, que ya no lucía el estridente casco de cuernos sino otro con un largo penacho de colores que le caía hasta la espalda.
Eumetas vio que no llevaba el cetro en la mano y supuso que la causa era el temor a tener que entregárselo de haberlo traído consigo.
Pese a la multitud de personas que se acumulaban a ambos lados de los muros, el silencio era absoluto; una ominosa quietud tan solo rota por el agudo rechinar de la puerta, como el grito agónico de Enkomi antes de entregarse al enemigo.
Eumetas se mostraba serio y en tensión. En su fuero interno no cabía estar más satisfecho de sí mismo: había sabido jugar a la perfección la baza del tiempo, moviéndose en el fiel de la balanza y manteniendo el equilibrio con habilidad.
Sabía que no podía ofrecer ningún trato al dirigente de Enkomi hasta que la ciudad no estuviera a punto como una fruta madura; y tampoco podía excederse en la espera porque los caudillos sitiadores agotarían su paciencia.
Ellos auguraban un asedio corto, no estaban habituados a permanecer mucho tiempo en el mismo sitio y cuando Eumetas se vio con Ešuwara comenzaban ya a pensar en abandonar la playa con sus barcos.
El mensaje de Ešuwara rindiendo la ciudad a sus sitiadores había llegado en el momento justo; unos días más tarde y tal vez Enkomi se habría salvado.
Eumetas caminó con ceremonia hasta cruzar la puerta, seguido por todos los demás caudillos. Se colocó frente a Ešuwara con rostro grave y solemne y miró al cielo.
—Los dioses nos observan. Revistamos este momento de una pátina de nobleza y dignidad.
Ofreció su mano para que Ešuwara le cogiera el brazo en señal de aceptación y acuerdo.
El supervisor dudó un instante, pero entendió que el gesto no entrañaba humillación alguna.
Entonces una jabalina cruzó el espacio entre unos y otros y se hincó en el pecho de uno de los magistrados de Enkomi, que cayó de espaldas con un horrible rictus en el rostro.
—¡No! —gritó Eumetas—. ¡Maldita sea, no!
El griterío estalló en uno y otro bando, manadas de hombres armados penetraron por la puerta con rostros desencajados y vociferando como salvajes, y multitud de flechas fueron disparadas desde las filas de quienes acababan de cruzar la muralla.
Los magistrados de Enkomi, nobles y en general todo aquel que pudo, salieron huyendo mientras hordas de guerreros los perseguían.