Fuego y bronce 5. KUPIRIJO Nueve años después del Desastre #6
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5. KUPIRIJO Nueve años después del Desastre #6

Eumetas le ofreció asiento, y durante el resto de la tarde Kerkios habló y él permaneció callado y escuchando con toda atención.

Por la noche Afareo ya se encontraba bajo las pieles del interior de su tienda.

Uno de sus hombres le ayudó a descalzarse y a soltarse el ceñidor.

Se desprendió de la lanza y la espada, se quitó la túnica y se quedó con el faldellín.

Estaba cansado pese a no haber participado durante el día en ninguna tarea relacionada con el asedio.

Pero había caminado desde la salida del sol por las cercanas montañas en busca de ciervos, cabras montesas o cualquier otro animal que pudiera matarse con una lanza y unas flechas.

Él y sus hombres habían cobrado algunas piezas, de las que darían buena cuenta en los días siguientes.

Era consciente de la escasez de agua, pero no le importó y se lavó las manos y la cara en una jofaina de cobre.

—Hola, hermano.

Se giró como un relámpago y vio en la entrada a Kerkios, mirándole a través de la penumbra de la tienda.

—¡Kerkios! ¿Cuándo has vuelto?

Él se movió con parsimonia. Afareo se fijó en el brazo.

—¿Has tenido un accidente?

—Yo no lo llamaría así. ¿Y tú cómo estás? Pareces cansado.

—Sí, un poco.

—¿Es tu sirviente o tu esclavo?

—¿Qué? ¿Quién? —Por un momento pensó en Eunawos, pero en seguida adivinó que se refería al hombre que le ayudaba a desvestirse y se dirigió a él—: Puedes irte.

Pasara lo que pasase a continuación en la tienda, no quería testigos.

El hombre se retiró. Afareo presintió el peligro en la cara de su hermano.

Y sin embargo, su expresión era neutra, confiada, casi amable.

Su presencia allí significaba que Eunawos no había cumplido su cometido y se arrepintió de haber enviado a un viejo a hacer algo tan delicado, tan sumamente vital para él.

Sin duda había subestimado a uno y confiado demasiado en el otro.

Un anciano de más de sesenta años contra un joven pletórico de facultades, ¿en qué estaría pensando?

Caminó sin rumbo por la tienda, acercándose lentamente con aire distraído al lugar donde había dejado la espada.

—¿Quieres un poco de vino caliente?

—No, gracias. Recuerdo cuando me preguntaste si Erita significaba algo para mí.

—¿Quién? ¿Erita? Oh, tu esclava. ¿Has venido a mi tienda para hablarme de esclavos?

—La verdad es que sí.

Afareo estaba de pie en el rincón donde varias jabalinas y un par de escudos se apoyaban en una peana de madera. La espada también estaba allí. Kerkios se le acercó.

—¿Por qué? ¿Has hablado con ella?

—¿Hablar? Sí, claro. Y lo que me dijo me ha llevado a plantearme muchas cosas.

Los dedos de Afareo rozaron la empuñadura de la espada.

—Kerkios, no sé lo que…

Empezó a tensar los músculos del brazo.

—Va a darme un hijo.

—¿Cómo?

—Está embarazada. De tres meses.

—¿Te ha dicho eso?

—Voy a tener un hijo con ella. Mi hijo. Hermano, sé que alguna vez sugeriste que ella y tú… En fin, lo que quiero decirte es que Erita y yo vamos a formar una familia. Ella lo quiere y yo lo quiero.

Afareo, perplejo, relajó el brazo.

—Quise venir con ella pero se negó. Y tiene razón: este no es lugar para traer al mundo a una criatura. Haré lo posible para que este asedio y esta guerra de conquista acaben cuanto antes, como desea Eumetas, y luego regresaré a Kutira.

—Kerkios, ¿estás seguro de lo que dices?

—Completamente. Afareo, nuestro padre te engendró a ti en el vientre de una esclava. Y sé que nunca le perdonaste el trato que te dispensó mientras vivió. Tú mejor que nadie has de saber comprenderme.

—Te comprendo, Kerkios. Y me alegro mucho por ti. Por ti y por el hijo que vendrá.

—Y por Erita.

Kerkios abrió los brazos y los cerró en torno a su hermano.

—Sí. También por Erita.

Levantaron los pesados troncos de encina que cinco meses atrás habían sido apilados junto a la muralla y los echaron a un lado.

Entre unos cuantos usaron cuerdas resistentes y gruesas como el brazo de un hombre para arrastrar dos grandes rocas que bloqueaban el postigo de la muralla, y dejaron espacio para que pudiera pasar por él una persona.

Por la estrecha abertura asomó en primer lugar una hoja de palma, seguida de quien la sostenía: un individuo con la barba y el cabello trenzados y vestido con una túnica larga de tonos grises.

Había escogido esa vestimenta incautada en el saqueo de una ciudad de Ḫ atti cuyo nombre ya no recordaba.

Tras él atravesó la angostura del postigo un hombre fornido, de ancho pecho y cabeza rapada; llevaba puesta una túnica de piel de jirafa y se había pintado dos gruesas rayas de color ocre sobre las cejas, siguiendo una antigua costumbre ritual de los guerreros labu .

En último lugar pasó un hombre de cara tostada por el sol y mirada desconfiada, cuerpo pequeño y enjuto y aspecto de tener la piel dura como un odre de cuero.

Aunque quisiera no podría disimular que pertenecía al pueblo de los lukk ā ; remataba su cabeza un tocado con una especie de turbante ancho que le colgaba a un lado, y lucía aros en las orejas y numerosos collares sobre el pecho.

Ninguno de los tres portaba armas. Las cuerdas volvieron a tensarse y las gigantescas piedras ocuparon de nuevo su lugar, cerrando el acceso del postigo.

Los guiaron por una calle larga y recta.

Los habitantes de Enkomi observaron el paso de la comitiva desde las puertas de sus casas con ojos curiosos e incluso rostros sonrientes.

Mientras caminaban los tres hombres vieron carros cargados con heno y también fardos de grano, ánforas de aceite y de vino, y carretas repletas de armamento: lanzas, hachas, espadas, mazas, escudos…

La ancha avenida cruzaba de modo perpendicular varias calles más estrechas e igualmente nutridas de casas, hasta desembocar en una plaza enlosada en la parte norte de la ciudad.

Una enorme construcción de piedra y madera se levantaba en el centro.

Entraron y caminaron por su interior a través de un corredor decorado con pinturas vistosas y estatuas de bronce.

Pasaron junto a una que pareció mirarlos; representaba a un ser tal vez divino de expresión hierática que portaba en la cabeza un casco de enormes cuernos.

Los condujeron hasta el salón del trono, un lugar no muy grande alumbrado por antorchas dispuestas en las paredes y la luz que llegaba desde una abertura superior.

Varias personas, nobles y magistrados de la ciudad, engalanados con túnicas impecables y algunos de ellas con relucientes corazas de bronce, conformaban un espacioso pasillo para los visitantes, al final del cual había un trono algo rústico pero cargado de pieles y remaches de bronce y oro.

Desde la comodidad del sitial alguien los miraba.

—¿Te crees investido de algún poder divino, que te sientas en un trono real? Fue un hombre que ya está muerto quien te puso ahí, como pudo poner a su porquero.

Quien habló fue el guerrero lukk ā . Eumetas se giró enfurecido y lo amonestó.

—Maldita sea, Kukunnis, dije que guardarais silencio. Soy yo quien habla, por los dioses. Espero que no hayan entendido tu jerga de salvaje. —Se volvió hacia el trono y empleó el idioma acadio para dirigirse a la persona sentada en él—. ¿Qué lengua habláis aquí? ¿Acadio quizá? ¿Luvita?

El hombre del trono no parpadeó al hablar.

—En esta isla, que en vuestra lengua vosotros llamáis Kupirijo, en el este denominan Alašiya y en el sur conocen como Isi, tenemos nuestra propia lengua.

Pero también hablamos luvita y acadio, y la lengua de los que viven en Kemet, y la de los labu y la de los akhaios .

Y desde luego, hablamos la lengua de tu amigo lukk ā .

El hombre, bastante más joven que cualquiera de ellos tres, lo miró impávido. «Es una tranquilidad impostada», pensó Eumetas.

—Tendrás que disculpar a Kukunnis, pero probablemente le ha molestado la angostura por la que nos habéis hecho pasar para entrar en la ciudad. ¿No habéis visto la rama de palma? Somos heraldos y venimos a parlamentar.

—Ni en sueños os abriría la gran puerta de la muralla. Conozco bien la fama de desleales de los lukk ā y los akhaios .

Afareo sintió que le hervía la sangre al oír el insulto, aunque hubo de reconocer que tenía toda la razón del mundo. Eumetas arqueó los labios como si hubiera oído un chiste.

—Haces bien en desconfiar de quien tiene asediada tu ciudad desde hace cuatro meses; yo haría lo mismo. Pero estamos aquí para llegar a un acuerdo y poner fin a esta situación de desconfianza.

Se fijó en él: llevaba una colorida coraza de escamas y sobre la cabeza un casco con dos enormes cuernos.

Eumetas recordó la estatua del pasadizo.

Apoyado en sus rodillas sujetaba un cetro de oro rematado con una bola dorada en la que se habían posado dos águilas del tamaño de dos pulgares.

Hizo una pregunta cuya respuesta ya sabía.

—Tu nombre es Ešuwara, ¿verdad? El Gran Supervisor de esta isla.

—Sí. —No le gustaba el apelativo y menos aún oírlo en boca de un enemigo—. ¿Y el tuyo? ¿Sois simples mensajeros u ocupáis algún cargo de responsabilidad entre los vuestros?

A Eumetas le estaba gustando el individuo, todo lo contrario que a Afareo. Desde luego era un pusilánime, aunque tratara de disimularlo.

—Yo soy Eumetas hijo de Dunios, akhaio de la ciudad de Puro, y él es Afareo hijo de Alksoitas, mi sobrino.

Las fuerzas de invasión por tierra están bajo nuestras órdenes.

El guerrero lukk ā se llama Kukunnis, ignoro el nombre de su padre y el lugar donde nació, y seguramente él también; es el máximo responsable de la flota que ha ocupado tu puerto.

Afareo se esforzó por permanecer serio al escuchar las palabras de Eumetas. Era la primera vez que oía hablar del ejército en tales términos.

—Así que si nos matas quizá acabes con la invasión de un plumazo. Pero entonces los dioses te castigarían. —Eumetas sonrió bajo la barba.