Fuego y bronce 5. KUPIRIJO Nueve años después del Desastre #5
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5. KUPIRIJO Nueve años después del Desastre #5

Pasaron la noche juntos y lo mismo hicieron la noche siguiente, simulando que el tiempo no hubiera pasado. Pero no era así: Kerkios notó cambiada a Erita y se culpó por ello. Aún no se había atrevido a decírselo y decidió que no podía seguir ocultándolo.

—He de volver, Erita. Mañana.

Ella no le miró y él supo que ella temía oír esas palabras en algún momento. Estaban desnudos sobre el jergón, la cabeza de ella apoyada en su pecho y él respirando su cabello cobrizo. El pequeño fuego en el centro de la choza proyectaba sus sombras sobre las paredes de adobe.

—Pero esta vez —continuó— quiero que vengas conmigo.

No te dejaré de nuevo. Esta aldea agoniza y no quiero que estés aquí, ni ahora ni cuando muera del todo.

Los que se fueron no regresarán; se quedarán en Kupirijo o irán a otros lugares, pero no volverán a esta isla.

Ya no les interesa este tipo de vida. Han probado la sangre, algunos por primera vez y otros han recordado su sabor. Y les ha gustado.

—¿Quieres llevarme a la guerra? —preguntó Erita—. ¿Y qué me espera allí si te matan?

—No me matarán. Sé cuidarme. Además —rio—, hay gente que vela por mí. Mi tío y mi hermano no dejan que…

—¿Ellos están allí?

—Sí, claro. Ellos dirigen el asedio. Si fuera por Afareo, nos lanzaríamos a escalar los muros de esa ciudad cada día hasta que lo consiguiéramos. Pero Eumetas juega la baza del tiempo para evitar… Erita, ¿qué te pasa? ¿Estás bien?

Ella se había quedado rígida como un poste de madera.

—¿Erita?

—Calla. No digas nada más. Estoy bien —dijo mientras se le hacía un nudo en la garganta.

Kerkios, obediente, guardó silencio y le acarició el pelo. Al cabo de un rato sus párpados cedieron al sueño y se durmió. Erita siguió despierta, inmóvil junto a él, hasta bien entrada la noche. Luego se movió bajo las pieles, se giró hacia él y lo llamó.

—Kerkios —le dijo en un susurro—. Tengo que decirte algo.

Él abrió los ojos y la escuchó mientras hablaba, escuchó cada palabra con suma atención y luego la abrazó con fuerza. No la soltó en toda la noche.

La mañana siguiente amaneció tan fría como lo venía haciendo desde hacía mucho.

En la playa Kerkios daba indicaciones a sus hombres para zarpar.

Tenía las piernas sumergidas hasta las rodillas y el ruido voraz del oleaje no le dejó oír los gritos de Eunawos llamándole hasta que este metió también sus pies en el mar.

Llegó corriendo y casi se cayó de bruces al entrar en contacto con el agua helada.

—¡Kerkios! —gritó, recuperando el aliento—. No pensaba que regresarías tan pronto a Kupirijo.

—Eunawos —se sorprendió—. ¿Vienes a decirme adiós?

—No, no. Escucha, sé que te parecerá extraño. O quizá no, porque tú mismo has visto en qué situación se encuentra la aldea.

—Es lo que buscabas, ¿no? Un lugar tranquilo.

—Por la Potnia, Kerkios. Tranquilo sí, pero no muerto. Por favor, llévame de vuelta a Kupirijo. Prefiero mil veces aquello que esto. Aquí es como estar ya enterrado. Nadie que pudiera marchar querría quedarse.

«Hay quien prefiere este lugar», pensó Kerkios. Se quedó mirando al viejo y le pareció que su juicio era tan voluble e inconsistente como el de una rama al viento. Tras un instante de vacilación, y aunque le incomodaba su presencia, accedió a subirlo de nuevo a bordo del barco.

—Que los dioses te lo paguen, Kerkios. Pero hasta que ellos lo hagan, quiero hacerlo yo: ven, te mostraré algo en mi cabaña, algo con lo que deseo obsequiarte.

—Eunawos, estaba a punto de liberar el ancla y zarpar. No has de darme nada.

—Será solo un momento, Kerkios, te lo ruego.

Cuando he sabido que te ibas he salido corriendo y he olvidado cogerlo.

Se trata de un casco y una espada, pertenecieron a mi abuelo y quiero regalártelos.

Se quedaron aquí en mi primer viaje y ahora te los doy en agradecimiento por dejarme ir en tu barco.

—No es preciso, Eunawos.

—Lo sé, pero quiero hacerlo. Por favor, déjame que te lo muestre.

—Enviaré contigo a uno de mis…

—Acompáñame, por favor. Es muy importante para mí. Lo tengo guardado en un lugar escondido de mi choza a salvo de ojos indiscretos, pero los tuyos no lo son.

Kerkios lo miró con falsa severidad y suspiró. Le pareció un comportamiento infantil que, ciertamente, a menudo se daba en las personas de cierta edad.

—Bien, vamos.

Salieron del agua y se dirigieron a la aldea, Kerkios caminando con ligereza y Eunawos siguiéndole a duras penas con pasos cortos y rápidos.

—Tu choza está al sur, ¿verdad? Nada más pisar la aldea.

—Sí, debe de hacer un año que la construí, cuando vine aquí con tu hermano. Me ayudaron, claro; yo solo no habría podido. Había mucha maleza arrancada, troncos y sogas. Restos de la empalizada de la aldea.

A Kerkios no le interesaba darle conversación a Eunawos; sus pensamientos estaban en otro lugar.

Lo que le había contado Erita por la noche había hecho nacer en él la imperiosa necesidad de llegar cuanto antes a Kupirijo.

Entretanto, Eunawos continuaba hablando mientras trataba de seguir el ritmo de Kerkios.

—Ya lo verás, es un arma preciosa. La usaron mi abuelo y mi padre, y el casco también.

Tiene un hermoso cuerno en el centro. Empuñé esa espada en la revuelta de Puro, cuando cayó el rey Nesti ā n ō r.

Fue una lástima, era un gran caudillo. Y la olvidé cuando partimos todos a conquistar ese lugar.

Kupirijo, la isla del cobre. Te la habría dado antes si te hubiera visto.

Pero no has salido de tu casa en todo este tiempo.

Era cierto: Kerkios se había recluido y no había pisado la aldea en los dos días que había estado allí. Le extrañó que Eunawos estuviera al corriente de eso. Retuvo un poco el paso y se giró para preguntarle.

—¿Cómo lo sabes?

La hoja rasgó la túnica y penetró en el hombro izquierdo hasta tocar el hueso.

La daga estaba destinada a clavarse en su espalda, pero el movimiento de Kerkios provocó que Eunawos errara la estocada.

No soltó la empuñadura y extrajo la hoja en un acto casi reflejo, y Kerkios se tambaleó y cayó.

El agudo dolor lo aturdió por un instante, pero en seguida su instinto le llevó a buscar con su mano derecha el puñal que tenía en el ceñidor.

Tardó demasiado: Eunawos se arrojó sobre él con la daga en alto y Kerkios hubo de interponer el antebrazo ante la inminente cuchillada que amenazaba su garganta.

El viejo tenía el empuje de un jabalí y Kerkios apenas podía mover el brazo herido, aprisionado por el peso de su rival.

Eunawos proyectó toda su fuerza sobre el antebrazo de Kerkios y presionó cuanto pudo.

La punta del arma se acercó al cuello y los rostros crispados de ambos comenzaron a sudar.

Eunawos gritó y jadeó en un último esfuerzo por culminar su ataque.

Los jadeos se convirtieron de pronto en un sonido agónico y desinflado.

Su expresión se relajó, la mano se le aflojó y la sangre que brotó de su boca le corrió por la barba y cayó sobre la mejilla de Kerkios.

El cuerpo de Eunawos se desplomó sobre Kerkios, que respiró exhausto.

Con la mano y la pierna derechas echó a un lado el peso muerto, que quedó tumbado junto a él boca arriba con un puñal clavado bajo el esternón.

Solo entonces Kerkios empezó a preguntarse por qué.

Llegó renqueante a la playa, donde sus hombres lo atendieron con rapidez.

¿Qué había llevado a Eunawos a desear su muerte?

¿Por qué alguien de su propio bando, de su propia raza, haría algo así?

Por un momento no fue capaz de responderse, pero enseguida se dio cuenta de lo absurdo de la pregunta.

¿Acaso los habitantes de la isla que ellos estaban destruyendo no eran gentes en su mayoría hijos y nietos de Akhaia?

Era la guerra y el ansia de poder lo que volvía locos a los hombres y, de algún modo, esa debía de ser la respuesta a la locura de Eunawos.

No se planteó retrasar la partida; la herida era profunda, pero él era fuerte y la larga travesía que le esperaba le vendría bien para recuperarse de nuevo. Al igual que en el viaje de ida, ahora tampoco se cruzaría con piratas: estaba seguro de ello porque todos se encontraban invadiendo Kupirijo.

Su entrada en Enkomi fue discreta. Montó en un caballo y galopó, rodeando las murallas de la ciudad, hasta la llanura del norte.

Llegó por sorpresa; en el campamento nadie le esperaba.

Incluso Eumetas, que contaba con la palabra de Kerkios de que regresaría pronto, tenía sus dudas de que lo hiciera.

—¡Kerkios! ¡Sabía que volverías! ¡Hay novedades que tengo que contarte! ¿Qué te ha pasado?

El cabestrillo donde llevaba sujeto el brazo izquierdo atrajo su atención, pero en seguida le quitó importancia; abrazó a su sobrino y le ofreció vino. Kerkios prefirió un poco de agua.

—Intentaron matarme, aún no sé por qué.

—¿Por qué? —dijo asombrado—. Mira a tu alrededor: ya te dije una vez que el mundo es un caos y nosotros estamos metidos en él. No le busques razones al caos, solo adáptate y sobrevive. ¿Acaso tengo que seguir dándote lecciones después de tanto tiempo?

—Te noto eufórico, Eumetas —sonrió Kerkios—. ¿Cómo va el asedio? ¿Crees que la ciudad caerá pronto?

—Este que está terminando es el quinto mes de sitio, ¿verdad? Pues escucha lo que te digo: antes de que acabe el sexto nos pasearemos por las calles de Enkomi y dormiremos en sus lechos. ¡Tengo un plan!

Kerkios bebió agua de la copa que le tendió Eumetas. Estaba sediento.

—También yo tengo algo que contarte. ¿Dónde está Afareo?

—Salió esta mañana a cazar con sus hombres; hace tiempo que las provisiones escasean. Y el agua —señaló la copa de Kerkios—, pero no el vino. Es curioso. De todos modos, no hay de qué preocuparse. Ven, siéntate y deja que te explique…

—No, Eumetas. Deja que te cuente yo primero.