Fuego y bronce 5. KUPIRIJO Nueve años después del Desastre #4
34%

5. KUPIRIJO Nueve años después del Desastre #4

Una tarde se acercó a la tienda de su hermano. Se asomó bajo las pieles de buey y lo vio estirado en el jergón. Le preguntó si había cambiado de idea sobre su marcha. Sabía que era una pregunta inútil.

—No, Afareo —respondió—. Dentro de dos días partiré. Solo me llevaré un barco, no notaréis mi ausencia. Mi tripulación, no necesito más.

Sin mediar más palabras, Afareo se giró para desaparecer.

—Volveré —añadió Kerkios.

—¿Qué?

—Eumetas me ha persuadido. Me ha dado razones más o menos… convincentes.

—¿Como cuáles?

Se puso en pie de un salto. Parecía más lúcido que de costumbre.

—Como que no debo decepcionar a la escasa familia que me queda. Él y tú. Y que los hombres podrían malinterpretar mi marcha.

—¿Temes que crean que eres un cobarde?

—Eso me da igual. Pero podrían entender que me marcho porque pienso que este asedio no tendrá éxito.

O que es una mala idea, o que no vale la pena el esfuerzo.

Eso les bajaría la moral y los caudillos, a los que a Eumetas tanto le costó traer aquí, tal vez se subieran a sus barcos y se largaran también.

Si sucediera, a mí seguiría dándome igual; pero no quiero hacerle eso a Eumetas.

Kerkios le ofreció vino.

—Afareo, somos hermanos. No estemos enfrentados.

Él tomó la copa. Recordó el sabor: era el vino especiado de Kutira.

—Si todo te da igual, ¿por qué lo haces, entonces?

—Hice una promesa.

Ambos bebieron y rieron y pasaron la tarde recordando viejos tiempos, cuando Afareo le enseñó a Kerkios a llevar las riendas del carro de su padre sin su permiso, y cuando por las noches lo subía a bordo de la barca para enseñarle a guiarse con las estrellas.

Al día siguiente Afareo buscó a Eunawos. Lo encontró recostado contra un árbol, en la zona sur del campamento, alejado de los muros de Enkomi. Dormitaba.

—No hay mucho en lo que ocuparse, ¿eh? —le despertó.

El viejo Eunawos abrió los ojos. Se incorporó un poco y se desperezó.

—Por la Diosa, desde luego que no. Este asedio desquiciaría al más templado. Parece que ahí dentro no les falta la comida, ni el agua, ni las flechas. Tu tío…

No le dejó acabar.

—Ven conmigo. Tienes que hacer algo por mí.

La travesía se le hizo larga. Casi tanto como los tres meses que habían pasado desde su marcha.

De manera deliberada o accidental –no le preocupó indagarlo–, Kerkios se contagió del espíritu vocinglero y vehemente de Afareo y animó repetidas veces a sus hombres para que remaran con fuerza, dando muestras de una impostada efusividad.

Estaba feliz de volver, pero su felicidad no solía mostrarse de ese modo.

Cuando días después avistaron al fin la bahía de Kutira, se puso de pie en la toldilla de proa y sonrió, sin importarle el frío viento que le cortaba la piel del rostro.

—Ya hemos llegado —dijo Eunawos a su espalda. Si era una pregunta, Kerkios no la respondió—. Pareces contento.

—Lo estoy —le confirmó—. Y tú también.

—Sí —le dijo—. Yo también.

El barco varó en la playa. La bahía estaba casi desierta, solo un par de naves descansando en la arena indicaban que aquel lugar aún seguía habitado.

Kerkios lo había olvidado: cuando partieron hacia Kupirijo, la práctica totalidad de los hombres alzaron los mástiles de sus naves y se enrolaron entusiasmados en la conquista de la isla del cobre.

La mayoría pensaba que regresarían en menos de un mes.

Siguieron el sendero a través de la vegetación.

El viejo Eunawos llevaba un pequeño hatillo al hombro y caminaba detrás de Kerkios.

Antes de subir a bordo le había explicado que, como la mayoría de los habitantes de Kutira, se dejó llevar por el frenesí, pero que tras varios meses en Kupirijo había descubierto la cruda realidad: su cuerpo estaba ya desgastado para la guerra.

—Soy mayor para esto —le había dicho—, me duelen los huesos solo de sostener el escudo. Pensé que todo era cuestión de voluntad, pero contra el paso del tiempo la voluntad tiene poco que hacer. He oído que regresas a casa, por eso te pido que me lleves de vuelta a mí también.

De ese modo convenció Eunawos a Kerkios para que lo trasladara en su barco hasta Kutira, donde había decidido vivir tranquilo y alejado del bullicio de las armas.

—¿También tú te retiras de la lucha, Kerkios? ¿Te cansa tanto como a mí?

Kerkios vio sombras en la mirada de Eunawos, pero prefirió pensar que no había malicia alguna en la pregunta.

—Solo estaré ausente un tiempo. Luego volveré al asedio.

—Hazlo, tú que gozas del vigor de la juventud. Si los jóvenes no luchan, ¿quién lo hará? ¿Nosotros los viejos? Eso sería el mundo al revés, ¿no crees?

Tampoco le sonó bien el comentario. Atar la juventud con las cadenas de la guerra le pareció convencional y gratuito.

No cruzaron muchas más palabras durante la travesía.

Y ahora, llegando ya a la aldea de Kutira, Kerkios se alegró de poder perderlo de vista.

No se lo hizo saber, pero no había disfrutado de su compañía.

—Te agradezco que me hayas traído —se despidió Eunawos—. Buscaré mi choza y descansaré del viaje. Quizá nos veamos por aquí estos días.

—Quizá. Adiós, Eunawos.

Kerkios apresuró el paso. Mientras recorría la aldea percibió la sensación de abandono del lugar: nadie en las granjas, nadie en los talleres de cerámica, apenas algún campesino en los campos y unas cuantas mujeres tejiendo en las puertas de las casas.

La mayoría de los hombres estaban ahora mismo frente a los muros de Enkomi.

Y era probable que los demás, impacientes, al ver la situación en que aquellos dejaban la aldea y sin que aún naciera en ellos el sentimiento de raigambre por aquella tierra, se hubieran marchado poco después a cualquier otro sitio.

El lugar que no hacía mucho Kerkios había ayudado a construir caía en fecha tan temprana en una extraña decadencia, cuando todavía no había tenido tiempo de convertirse en nada digno de perdurar.

Y la causa no era la intromisión de pueblos hostiles ni el endurecimiento de las condiciones para vivir, sino ellos mismos.

Ellos habían arruinado lo que antes habían levantado.

Así caían también los imperios, reflexionó Kerkios.

En cualquier caso, le importó poco todo eso.

Ahora no le preocupaban los demás sino él mismo.

No pensar en términos particulares y egoístas lo había alejado, y era tiempo ya de volver.

Vio el pequeño templete de la Diosa y hubo de contenerse para no echar a correr hacia su choza.

Al llegar miró alrededor pero no vio a nadie.

Ella solía sentarse en el tocón de la entrada a enhebrar cuentas para confeccionar abalorios, que luego él vendía en los mercados.

Pero no estaba allí. Abrió la puerta. El silencioso interior despedía frío y oscuridad, y todo conservaba el orden que él recordaba.

Salió y dio una vuelta por el exterior. Se tomó su tiempo en recorrer los alrededores, y la inquietud se fue adueñando de él.

Se negó a creer que hubiera huido. ¿Dónde iría, le dijo ella una vez?

¿Se la habría llevado alguien entonces? Se maldijo por haberla dejado sola y de pronto tres meses le parecieron una eternidad.

Si un día bastaba para poner del revés una vida entera, en tres meses se abría un abismo insalvable.

Se sentó en el tocón de madera, abatido y preguntándose qué debía hacer.

Permaneció así un tiempo, sintiéndose estúpido y vacío por dentro.

Luego se puso en pie y comenzó a dar pasos enérgicos.

Recorrió parte del camino y pasado el templete giró a la derecha.

A lo lejos, en la fuente de la aldea, vio a dos o tres mujeres.

Caminó más deprisa. Una anciana que cubría sus canas con una tela oscura esperaba turno junto al caño, mientras otras dos llenaban vasijas inmersas en una ruidosa charla.

Ninguna de ellas llevaba sobre el cabello el velo que Kerkios esperaba ver.

Cerró los ojos. Si les preguntara por ella quizá le dirían algo.

Era lo único que podía hacer. Oyó detrás de él un sonido, un golpe seco y violento.

Una pequeña ánfora se había hecho añicos contra el suelo, se le había escurrido de las manos a una mujer que miraba a Kerkios con la boca entreabierta.

El velo le enmarcaba la cara con un color entre azul y verde, un color cuyo nombre, ḫ ašmanu , Kerkios conocía bien porque ella se lo había dicho muchas veces.

Las rodillas de la mujer se doblaron y se estrellaron contra el suelo, y sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Erita.

Corrió a abrazarla, y ella siguió llorando mientras Kerkios la cogía y la ayudaba a levantarse.

—Te dije que volvería.

Ella quiso contestar algo, pero no pudo. Kerkios siguió hablándole, dejando que su alegría por verla la apaciguara e hiciera sonreír. Juntos caminaron de regreso a la choza. Él no dejó de hablar y ella no hizo más que escuchar. Entraron.

—Encenderé el fuego, hace frío aquí.

—La leña se acabó y yo aún no he…

—Saldré a buscar, ahora vuelvo. Esta vez no tardaré tres meses.

La broma no le hizo gracia a Erita, pero rio de todos modos.

Kerkios salió y amontonó ramas y troncos.

No se alejó mucho. Hizo un esfuerzo por que todo volviera a la normalidad en su interior, persuadido de que así habría también normalidad en su entorno, y se convenció de que la felicidad que sentía Erita no era menor que la suya.

Por qué no iba a serlo, si él había cumplido su promesa y volvían a estar juntos.

Cuando consideró que tenía suficiente leña volvió a entrar en la choza; Erita seguía de pie y él cerró la puerta.

Y lejos, desde detrás de la alta maleza que delimitaba el santuario de la Diosa, el viejo Eunawos observó toda la escena con atención.