Fuego y bronce 5. KUPIRIJO Nueve años después del Desastre #3
33%

5. KUPIRIJO Nueve años después del Desastre #3

No hizo falta actuar a favor ni en contra de los habitantes de la aldea.

Su mirada bovina y su indiferencia ante lo que les estaba sucediendo llevó a Eumetas a reelaborar sus anteriores palabras: aquellas personas no solo no daban la talla para ser aliados, sino que tampoco merecían ser contrincantes.

Razonó que el carácter apático debía de ser consecuencia de las repetidas veces que Kupirijo había sido invadida.

Hasta donde él sabía, los hombres de Ḫ atti lo habían hecho dos veces, una con el rey Tudhaliya y la última con Šuppiluliuma.

Y seguro que los piratas –como los lukk ā , sin ir más lejos– solían detenerse en la isla para su propio solaz.

Tardaron tres días en instalarse en Khirokitia y bastantes más en acostumbrarse a aquello.

La situación era provisional, pero muchos se habían hecho una idea muy diferente acerca de cómo iba a ser la invasión y no acababan de entender qué estaban haciendo allí, inactivos, mientras seguramente por el este y el oeste ya se estaban librando batallas.

Echaron a la gente de sus casas y se alojaron en ellas, y por azar descubrieron que los habitantes de Khirokitia tenían la costumbre de enterrar a sus muertos bajo el suelo de sus viviendas, encogidos y rodeados de presentes como collares, anillos o copas.

No gustó a nadie dormir sobre huesos y calaveras.

Transcurridos más de diez días desde el desembarco, la ociosidad estaba a punto de provocar una crisis en el seno de la hueste invasora.

Tan solo Kerkios parecía ajeno al nerviosismo general, y Eumetas se mostraba poco interesado en las inquietudes de sus hombres.

Hasta que una mañana un ejército apareció al otro lado del valle.

Los exploradores que Eumetas había distribuido por la zona le anunciaron con rapidez de quién se trataba.

Poco después, la estruendosa carcajada de Afareo se dejaba oír en las empinadas callejas de Khirokitia. Sus hombres habían avanzado desde Maa hacia el este, dejando las montañosas tierras del interior a su izquierda y un sendero de destrucción bajo sus pies. Todos lo envidiaron.

Enkomi se asentaba en un llano al pie de los acantilados rocosos que la ocultaban del mar.

A ese mismo mar pero un poco más al sur, dos ríos llevaban a morir sus cauces.

Un canal navegable acercaba las aguas marinas a la ciudad, rematado por un amplio puerto siempre atestado de barcos mercantes que hacían la ruta al continente con las bodegas llenas de cobre.

Los asaltantes habían bloqueado el canal y tomado el puerto, y ahora eran sus barcos los que se amontonaban en él.

La fortificación de la ciudad era impresionante: dos hileras de gigantescos bloques de piedra componían los sillares, y sobre ellos se erguían altos muros de ladrillo hechos de barro cocido.

La muralla contaba con bastiones rectangulares distribuidos de manera regular a lo largo del perímetro, que reforzaban la consistencia de los lienzos; junto a la puerta, una gran torre se alzaba en el interior.

Los invasores conocían estos detalles de la muralla a la perfección: llevaban tiempo instalados a sus pies, aunque a una prudencial distancia.

Habían construido arietes y largas escaleras de mano, cuyo éxito hasta el momento había sido escaso.

Estaban ya en el segundo mes de asedio y nada hacía presagiar que no se fuera a cumplir un tercero.

Por el flanco norte eran los hombres de Afareo y Eumetas los que habían tomado posesión de la llanura frente a las murallas de la ciudad, para así aislarla del suministro de cobre procedente de las minas.

Allí los muros no eran tan altos como en el sudeste, pero los intentos por escalarlos también habían fracasado.

Solo cabía esperar que Enkomi se viera acosada por el hambre y depusiera entonces sus armas.

—¿Era esto lo que esperabas, Eumetas? —preguntó una fría mañana Afareo. Estaba nublado y los tres, Eumetas, Afareo y Kerkios, se habían congregado al calor de una hoguera. Sus ropas desgastadas estaban sucias de polvo y tierra. Eumetas, con un ritón en la mano, bebía vino caliente.

Según las noticias que llegaban de Kition, situada más al sur en la costa, en esa ciudad estaba sucediendo exactamente lo mismo que en Enkomi: otro enclave portuario, otra fortificación colosal, otra resistencia enconada.

—No era esta la idea que yo tenía de conquistar una isla —insistió Afareo—: languidecer frente a unos muros confiando en que los que viven al otro lado languidezcan antes.

—Como creo haberos dicho alguna vez —contestó Eumetas señalándoles con el ritón—, una isla se toma cuando se toman sus ciudades. De eso se trata, Afareo. Nada más que de eso.

Afareo gruñó.

—También dijiste que el gobernante de la isla era un cobarde que saldría corriendo con el rabo entre las piernas. Y ahí lo tienes, ¿cómo se llama? Encerrado en Enkomi y riéndose de nosotros en nuestra cara. Por su culpa llevamos ya más de dos meses contemplando el musgo de sus murallas de piedra.

—Se llama Ešuwara. Y otra vez tengo que recordarte que todo aquello lo inventé.

—En el suelo, junto a él, había una vasija.

Apuró el ritón de cobre y se levantó para llenarlo de nuevo—.

Se nota que lo tuyo no es cocinar a fuego lento, ¿eh?

Si hubieras estado con nosotros —miró a Kerkios— en Lazpa, en Apaša o en Toroja, sabrías que los asedios…

La mención de esa última ciudad sacó a Kerkios de su abstracción y le brindó la oportunidad de decirles algo. No esperó a que su tío acabara la frase.

—Si esto tiene un final, yo no estaré aquí para verlo.

Los otros lo miraron extrañados.

—Claro que tendrá un final, estas cosas siempre lo tienen. Y claro que estarás aquí para verlo. ¿O piensas quitarte la vida antes? —preguntó irónico Eumetas, tratando de camuflar su sorpresa.

—En diez días a lo sumo regresaré a Kutira.

Afareo expresó su asombro de un modo menos comedido.

—¿Qué estás diciendo? ¿Te has vuelto loco? ¿Por qué?

—Es asunto mío. Cuando dije que participaría en todo esto, sabéis que lo hice a regañadientes.

—Pero ¿qué te ha dado esta mañana? Eso es…

—Déjale, Afareo —le interrumpió Eumetas, comprendiendo que Kerkios hablaba muy en serio—. No tiene sentido insistir. Pero de ti no esperaba algo así, Kerkios.

—¿Y por qué no? —Kerkios se puso en pie, serio y sombrío—. Os dije que vendría y aquí estoy. Pero nunca prometí quedarme hasta que esto terminara.

—Si no fueras mi hermano —se levantó también Afareo— pensaría que…

—¿Qué pensarías, Afareo? Dilo.

Afareo cerró los puños.

—¡Basta! —gritó Eumetas—. Maldita sea, Kerkios, ya hablaremos más adelante. Cuando estemos todos más tranquilos.

—No hay nada que hablar.

Kerkios les dio la espalda y se alejó. Afareo frunció el ceño y Eumetas bebió un trago.

—Di a tus hombres que preparen una vez más el ariete, Afareo. Esos muros los han construido hombres, no dioses.

Afareo obedeció, aunque se preguntó en silencio por qué debía recibir órdenes de Eumetas.

Y este a su vez también se preguntó, mientras observaba las altas almenas de la fortificación y apuraba el vino, qué motivos llevaban a todos a obrar como lo acababan de hacer.

Sus propias razones para desear que Kerkios permaneciera junto a él las conocía bien, pero en cambio ignoraba las de Kerkios para querer lo contrario.

¿Tanto era el rechazo que sentía por su persona, o por la vida que llevaban allí, la misma que habían llevado durante años?

¿Tanto había cambiado su sobrino? ¿O tal vez había alguna poderosa razón en Kutira que le hacía volver?

Por otro lado, Eumetas también se había extrañado de la reacción de Afareo.

Le habría sorprendido mucho menos si se hubiera alegrado por la marcha de Kerkios.

Afareo era un individuo ávido de gloria y en la conquista de Kupirijo había mucha por ganar; sin Kerkios a la vista, el reparto le favorecería más.

De hecho, incluso Eumetas podía convertirse en un obstáculo en el camino trazado por Afareo, llegado el momento.

Así pues, ¿por qué ese enfado con Kerkios?

¿O era que Eumetas veía fantasmas por todas partes y lo que Afareo sentía era simple afecto fraternal hacia su hermano y un deseo de que no se comportara como un cobarde?

Al cabo de varios días la situación no había cambiado.

Los intentos por derribar los muros eran infructuosos: los lienzos de ladrillo estaban demasiado elevados y los impactos del ariete morían en los ciclópeos sillares de piedra maciza de la muralla.

Además, desde las alturas una lluvia de flechas recibía cada tentativa de los asaltantes por escalar las paredes.

Afareo sugirió levantar un terraplén, una rampa por la que ascender hasta las almenas.

A Eumetas le pareció una pérdida de tiempo: perderían tantos hombres en el proceso que luego no tendrían efectivos para llevar a cabo el asalto.

Afareo no insistió: desde hacía unos días otras preocupaciones ocupaban su mente.

Inmersos como estaban en un asedio, no sería difícil disfrazar un asesinato; sin embargo, Afareo no deseaba matar a Kerkios a menos que fuera preciso.

Era su hermano, lo había visto crecer y sentía un profundo afecto por él; le dolería tener que acabar con su vida.

Pero si se viera obligado a ello no dudaría, y eso tal vez pasara si Kerkios volvía a Kutira y descubría lo sucedido con aquella esclava.

¿Lo haría? ¿Cómo reaccionaría, en tal caso?

¿Le importaría? ¿O entendería al fin que los esclavos no eran personas como ellos?

¿Que los esclavos solo estaban en el mundo para satisfacer los deseos de sus amos?

Era evidente que, en el caso de aquella esclava, Kerkios no pensaría así.

Por tanto, y si Afareo no tuvo escrúpulos para hacer lo que hizo, tampoco debía tenerlos ahora para matar a Kerkios.