5. KUPIRIJO Nueve años después del Desastre #2
Esa diversidad de orígenes se traducía en una variedad de embarcaciones tal que era difícil pensar que navegaran unidas por un objetivo común.
Barcos con anchos castillos de popa a modo de toldillas; barcos con el arrufo especialmente pronunciado de forma que la popa y la proa se mantenían por encima de la línea de flotación; otros de quilla plana que contaban, además de la toldilla de popa, con un mascarón en la proa como plataforma para guerreros; mástiles con cofa o sin ella, velas cuadradas o rectangulares, de colores grises o claros, sujetas con brioles a las botavaras o simplemente plegadas en ellas; algunos cascos llevaban espolones que sobresalían de la quilla a modo de ariete con el que echar a pique las naves enemigas; otros se conformaban con un discreto tajamar que bastaba para romper el oleaje y ganar velocidad.
Había naves decoradas con figuras que simulaban cabezas de aves marinas talladas en las rodas y los codastes.
Barcos con una larga espadilla en la popa; otros tenían dos, una a cada costado de la embarcación.
Todas esas naves abarloaron unas junto a otras y sus tripulaciones, entre treinta y cuarenta hombres por barco, guerreros dotados de armas de bronce dispuestos a tomar la isla, saltaron a la arena de Kupirijo.
Afareo no podía sentirse más satisfecho.
En lo alto de la escarpada ladera que se alzaba como frontera natural de la estrecha playa, existía un asentamiento llamado Maa.
Altas y sólidas murallas lo rodeaban, como un bastión anunciando el fuerte e indoblegable carácter de sus habitantes.
O lo que anunciaba tal vez fuera su miedo a ser atacados, interpretó exultante Afareo.
Él comandaba la invasión de la isla por su vertiente occidental, mientras que Eumetas y Kerkios lo hacían por levante.
Maa era el primer obstáculo que Afareo y los suyos habían de vencer.
Eumetas le había recomendado utilizar la diplomacia siempre que fuera posible; las palabras debían ser a los oídos como la miel a la boca; «los halagos penetran mejor en la mente de los hombres que la más afilada de las espadas», le había dicho.
Y Maa era un lugar habitado por posibles futuros aliados, gente de su misma sangre.
Pero Afareo tenía otros planes. Alzó su lanza y golpeó con estruendo el escudo varias veces.
—¡Hombres! ¡Hagámosles un favor a esos malditos y enviémoslos con sus antepasados!
Hordas de guerreros treparon por la ladera y se apretujaron contra los muros de la fortificación. Encontraron las puertas cerradas.
—Bien —se dijo Afareo contrariado—. Habrá que hacerle caso al tío Eumetas.
—Nunca debí hacerte caso, Eumetas.
Kerkios observaba las casas, visibles por detrás de la empalizada de brezos y madera seca que las rodeaba.
La construcción de la aldea era un despropósito: estaba situada en un desnivel, en la ladera de una colina a cuyo pie se extendía el cauce seco de un río.
No hacía falta ver sus calles para saber que recorrerlas sería una especie de ascensión.
Kerkios no tenía propósito de tomar más iniciativa de la necesaria, pero su mente lo traicionó al pensar con qué facilidad podrían hacerse dueños del lugar.
No tendrían más que encender una fogata al pie de la empalizada, y un círculo de fuego la rodearía tan rápidamente como se asfixiarían sus habitantes, pues el viento soplaba colina arriba y trasladaría al interior del poblado el sofocante humo y las llamas del incendio.
Se encontraban a menos de medio bêru de distancia del mar, donde habían dejado los barcos.
Kerkios llevaba la lanza sobre el hombro y el escudo embrazado.
Había olvidado la trivial sensación de notar su peso constante en el brazo durante el combate, el tener las dos manos ocupadas –una con una herramienta para atacar, la otra para protegerse– y el saberse confiado y seguro de sus posibilidades.
Era una sensación agradable, pero, paradójicamente, la detestaba.
—Ya lo hueles, ¿verdad? —replicó Eumetas hinchando el pecho—. Es el olor de la victoria. Pero no te preocupes, no correrá la sangre. A menos que sea preciso.
—No huelo nada. Aunque no parece que ahí dentro nadie vaya a hacernos frente. No quieren problemas, ni buscan crearlos.
—Sobrino, veo que trapichear con telas y vasijas no te ha hecho perder tu buen ojo para estas cosas. Estoy de acuerdo contigo.
La empalizada estaba abierta y Eumetas sonrió a la invitación de visitar el lugar.
Los más de mil hombres que los seguían fueron traspasando la puerta del cercado como una corriente de agua estrechándose en una angostura.
Dentro las casas eran redondas, con gruesos muros y cúpulas fabricadas con ladrillos de barro.
De algunas de ellas brotaba una columna de humo.
Su disposición sobre la ladera no parecía seguir ningún patrón, salvo si acaso el de delimitar una ancha avenida central que recorría la aldea y salía de ella hasta llegar a la cima de la colina.
La escasa población que encontraron allí –artesanos del barro y del metal de manos sucias y cuerpos sudorosos, mujeres despeinadas que tejían pacientemente telas oscuras y niños que con una vara atizaban a exiguos rebaños de cabras en los rediles– los observaron con curiosidad pero sin un ápice de miedo en sus miradas.
Quien tenía poco que perder, imaginó Kerkios, tampoco tenía miedo a perderlo.
—¿Cómo dijiste que se llama este lugar? —preguntó.
—Khirokitia. Sé lo que piensas, Kerkios. Pero mejor empezar por aquí que más al nordeste. En el fondo lo he hecho por ti.
Eumetas solía decir eso de tanto en tanto; Kerkios sabía que mentía en cada ocasión y Eumetas sabía que Kerkios lo sabía.
Ambos sonrieron e hicieron una mueca cómplice.
Los barcos que habían conducido las proas mucho más al este, a las costas levantinas de la isla, estaban guiados en su mayoría por aquellos cabecillas cuyas simples mentes se habían dejado convencer con facilidad por Eumetas.
Allí, en la zona oriental de Kupirijo, se enfrentarían a Enkomi y Kition, ciudades ambas que constituían sendos recintos fuertemente amurallados y que, sin duda, no iban a dejar las puertas de sus fortificaciones abiertas.
Eumetas presumía largos asedios, con el consiguiente desgaste de los hombres, tanto atacantes como defensores.
Y ambas cosas le parecían estupendas. Había entregado el hueso más duro de roer a unos lobos de los que no se acababa de fiar, contando con que al final le devolvieran el hueso ya mondo y que en el esfuerzo los lobos se quedaran sin dientes.
Los hombres de Eumetas se instalaron en la aldea sin dificultad ante la ingenua mirada de los lugareños, quienes aceptaron la intromisión como si se tratara de un fenómeno natural, igual que se recibía una borrasca o una noche sin luna.
A falta de lugar mejor, Eumetas tenía la intención de utilizar la aldea como plaza fuerte desde donde poder moverse al este o al oeste de la isla, en función de las necesidades de la invasión.
—¿Entiendes mi lengua? ¿A qué dioses rendís culto? —preguntó Kerkios a uno de los habitantes de la aldea.
—A la Gran Dama… a la Diosa.
Kerkios había afrontado todo el proyecto de tomar la isla con despreocupación, no había mostrado interés en conocer los pormenores, el plan, la estrategia si la había…
No sabía de la isla más que lo aprendido a través de sus contactos comerciales, pero jamás había estado en ella.
La distancia desde Kutira era grande y pocas veces se había aventurado tan lejos con sus barcos.
Pero ahora acababa de descubrir algo importante y buscó a su tío para hacérselo saber.
Eumetas observaba a unos hombres de su expedición recoger agua de una de las fuentes de la aldea, utilizando ánforas y vasijas que habían encontrado en las casas.
Llevaban faldellines ajustados con borlas y tenían el torso desnudo; Eumetas no recordaba bien de qué barco procedían.
Era extraño que las fuentes mantuvieran su caudal, mientras que el río estaba seco.
Tal vez se trataba de aguas subterráneas que fluían por el interior de la colina, reflexionó.
—Eumetas —le dijo Kerkios—, hablan nuestra lengua, son descendientes de nuestros mismos antepasados. Adoran a la Potnia.
Eumetas lo miró risueño.
—Y a Posedao. ¿Ahora te das cuenta?
Después de años sin tratarle, Kerkios no era capaz de acostumbrarse de nuevo a su frivolidad y volvió a notar el agrio sabor que le producía esa actitud.
—No son enemigos.
Él no pareció prestar atención.
—¿Me estás escuchando, Eumetas? Digo que…
—Que no son enemigos, te he oído. Bienvenido a esta expedición, sobrino —bromeó—.
Pero ¿qué te hace pensar que no lo son? ¿Que sus abuelos nacieron en tu tierra?
¿Qué edad tienes, Kerkios? ¿Treinta ya? ¿Más?
Haz el favor de no comportarte como un crío.
Enemigo puede serlo tu vecino, tu compañero de remo, hasta tu tío, ¡ja, ja!
—Jugueteó con la trenza de la barba, se acercó a Kerkios y le puso las manos en el pecho, simulando alisarle las arrugas de la túnica—.
No estoy hablando en serio. Tienes razón, tal vez en esta aldea encontraremos aliados que quieran luchar con nosotros.
Pero no dejes que sean ellos quienes decidan si van a ser tu enemigo; anticípate, toma tú esa decisión.