5. KUPIRIJO Nueve años después del Desastre
H izo varias inspiraciones lentas y profundas para distender los pulmones.
Sus tripas rugían; apenas había comido ni bebido el día antes con el propósito de mantener su cuerpo despierto y ágil.
La barca se balanceó al sentarse en la borda, desnudo como estaba, y se anudó la cuerda por encima de la cintura.
Aguardó unos instantes y pensó en los dioses, el hambre y el frío.
Observó el reflejo de las nubes bailando sobre las aguas.
Cuando estuvo listo le hizo una señal a su compañero.
Este cogió la losa de granito que había en el fondo de la barca y se la entregó.
Pesaba unos ochenta kor y necesitó ambas manos para sujetarla.
Le acercó un cucharón con aceite; él se llenó la boca y la cerró.
Hinchó el pecho con todo el aire que pudo aspirar por la nariz y se dejó caer de espaldas al mar, abrazado al granito.
Su cuerpo descendió a gran velocidad. Diez codos, quince, veinte tal vez; trató de calcularlo mientras bajaba.
Cuando llegó al fondo soltó la piedra y esta se estrelló contra el lecho marino, provocando una pequeña, amortiguada y silenciosa explosión de arena y algas.
Miró a su alrededor y localizó la formación rocosa que poco antes habían divisado desde la superficie.
Se acercó con lentitud, buceando mientras con las manos se aferraba a las irregularidades del fondo y se daba impulso.
Se aproximó a las rocas y abrió levemente la boca, dejando escapar el aceite.
A través de la pátina que el oleoso líquido formó frente a sus ojos, pudo ver con mayor nitidez lo que buscaba.
Sacó el pequeño cuchillo que llevaba sujeto a la cintura, un minúsculo mango enganchado a una hoja curva como la de una hoz, y se apresuró a cortar.
Tenía fama de aguantar bajo el agua más que nadie.
Desprendió las esponjas de la roca con rapidez pero con sumo cuidado y, en un gesto aprendido desde niño, las fue metiendo en el capacho de malla que llevaba sujeto a la espalda.
No tardó mucho en dejar la zona limpia de esponjas.
Aún le quedaba aire en los pulmones y se propulsó hacia un arrecife que había más adelante.
Allí recogió varias esponjas más, hasta que un ardor en el pecho le indicó que se le había acabado el tiempo.
Dio dos vigorosos tirones de la cuerda que llevaba atada al torso y le unía a la barca; era la señal para que desde arriba lo izaran con rapidez. No sucedió nada.
Volvió a tirar con fuerza. La cuerda se mantenía levemente tensa pero no había reacción a su señal.
Los pulmones le empezaban a quemar. Apoyó los pies en el suelo y se impulsó con energía hacia arriba, braceando con rapidez y sacudiendo las piernas en un esfuerzo agotador por llegar a la superficie cuanto antes.
Durante la ascensión no pudo aguantar más y comenzó a vaciar los pulmones, consciente de que el siguiente paso sería satisfacer la necesidad de llenarlos y para entonces ya debería haber llegado arriba.
Sentía el corazón martillearle el pecho mientras veía con angustia la distorsionada imagen de la quilla de la barca cada vez más cerca, pero aún demasiado por encima de su cabeza.
No pensaba que hubiera bajado a tanta profundidad.
La claridad le anunciaba que le quedaba muy poco y el último instante se le hizo eterno.
Al fin su cabeza apareció con violencia en la superficie del mar y pudo respirar bocanadas de aire fresco, entre toses y jadeos.
Agotado, se aferró a la cuerda que lo unía a la barca y sintió como si acabara de nacer.
—¡No vuelvas a…!
Contuvo su queja al ver una mano asomando inerte por la borda.
Se asustó; hizo un esfuerzo y trepó con ayuda de la cuerda.
En la barca, el asta de una lanza se balanceaba clavada en el pecho de su compañero.
Aturdido por la escena, el esfuerzo y el rápido ascenso de las profundidades, la cabeza comenzó a darle vueltas.
Se frotó los ojos y miró a su alrededor; vio o creyó ver el mar plagado de embarcaciones hasta donde le alcanzaba la vista, con las cubiertas abarrotadas de hombres armados.
Por todas partes había velas rectangulares y espolones agitándose con el oleaje que la propia presencia de las naves producía.
Hombres subidos a la cofa de muchos de los mástiles hacían girar sus hondas y le arrojaban piedras, que impactaban contra las maderas de la barca o sobre la superficie del agua.
No tuvo tiempo de pensar quiénes podían ser o cómo habían aparecido de un modo tan repentino; un minúsculo proyectil de plomo le abrió una brecha en la sien y antes de caerse por la borda una lanza similar a la que había visto en el pecho de su compañero atravesó el suyo y lo empaló en el casco.
Mientras moría vio cómo el agua penetraba en la barca por la vía recién abierta y se mezclaba con su sangre.
—¡Buena puntería, Eunawos! —La felicitación nació de la garganta de Afareo—. Tu brazo está tan fuerte como el de un muchacho.
El viejo Eunawos sonrió bajo su canosa barba.
—Esto es lo que necesitaba, ¡por la Potnia! Sentirme vivo de nuevo.
No hacía ni un año, Eunawos se estaba dejando morir; vagaba por los arrasados campos de Puro y recorría la desierta ciudad buscando algo que le ayudara a engañar su desinterés por subsistir en un mundo desolado; ahora, gracias a aquel personaje de cabeza rapada y túnica de piel de jirafa, volvía a ser el Eunawos de antaño, aunque más envejecido.
Decenas de barcos siguieron doblando el brazo sur de la bahía y se amontonaron frente a la costa.
La orilla, demasiado rocosa para que las proas embicaran, obligó a los timoneles a guiar las naves a lo largo de la corta línea de playa que se abría hacia el norte.
Se esparcieron por la bahía y hubieron de abarloar muy juntas unas de otras para permitir a sus tripulaciones desembarcar saltando de nave en nave.
Desde el mar se veían tierra adentro las montañas, presididas por una imponente cima que asomaba a lo lejos.
La parte occidental de Kupirijo era agreste y montuosa; esa era la ruta por donde la expedición había planeado adentrarse en el interior de la isla.
Afareo tomó sus armas: una afilada lanza y un escudo que lo acompañaba desde su marcha de Akupitija.
Afareo y Eumetas sabían que en la parte oriental, al otro lado de las montañas, se concentraban las minas de cobre y los emplazamientos costeros que mantenían vivo el flujo comercial con el continente.
El plan era simple: el grueso de la flota sitiaría esos lugares fortificados y, si los asedios no se resolvían en poco tiempo, al menos interrumpirían el suministro marítimo, ahogando la economía de las ciudades y forzándolas a rendirse.
Mientras, el resto de las fuerzas de ataque penetraría por la costa occidental, cruzaría o bordearía la región montañosa y trataría de sorprender a las ciudades asediadas por la retaguardia, cortando la comunicación con las minas y haciéndose con su control.
Cuando diez o veinte días atrás Afareo y Eumetas explicaron el plan a los cabecillas de los barcos y flotas piráticas con quienes hablaron, Eumetas les dijo que esperaban encontrar oposición, pero también contaban con superarla sin demasiado esfuerzo, y no por un simple acto de fe sino por varias razones de peso.
En primer lugar, en Kupirijo vivía, además de las familias de larga estirpe cuyos ancestros ya ocupaban la isla desde tiempos remotos, abundante población procedente de las tierras de Akhaia, que hacía generaciones habían emigrado desde sus hogares en busca de mejores condiciones para vivir.
Era más que probable que esos hombres, por cuyas venas corría la misma sangre vigorosa y guerrera que por las de Afareo y Eumetas, se aliaran con ellos para hacerse con el control de la isla.
En segundo lugar, les explicó Eumetas, el dirigente de Kupirijo, un individuo llamado Ešuwara, conocido como El Gran Supervisor, tenía como única tarea cuidarse de la explotación del cobre y rendir cuentas de su labor al Tabarna de Ḫ atti, a quien le debía el cargo y el tributo.
Según los informes de que disponía Eumetas, Ešuwara era un pusilánime que saldría corriendo en cuanto vislumbrara las cofas de sus barcos.
Y además Ḫ atti ya no existía, razón por la cual el pobre y cobarde Ešuwara, al no poder contar con la ayuda del Tabarna pero también al no tener que rendir cuentas ante él, no se jugaría la vida ni sudaría más de lo que su propio decoro le exigiera por defender una isla que, en realidad, nunca había sido suya.
El argumento, sencillo y primario, convenció a los cabecillas, que no precisaban más para hacerse a la mar en busca de botín.
Vitorearon el nombre de Eumetas, y poco después Afareo lo felicitó por disponer de esos informes acerca del carácter del tal Ešuwara.
Le preguntó cómo los había conseguido y por toda respuesta Eumetas le dijo:
—No te creía tan ingenuo, sobrino.
Ambos, y en especial Eumetas, se habían erigido en líderes de la expedición; pero eran numerosos los caudillos que pugnaban por descollar en una conquista que se auguraba fácil, rápida y exitosa en todos los sentidos.
Algunos barcos estaban tripulados por lukk ā ¸ pueblo para el cual las aguas de Kupirijo suponían un lugar habitual de correrías y abordajes.
Otras embarcaciones provenían de rincones de la costa septentrional y de las tierras insulares del lejano occidente, y también de territorios costeros o isleños que en el pasado rindieron tributo a Ḫ atti.
Pero la mayoría no eran más que simples nómadas del mar, apátridas errantes cansados de vagar sobre tablas flotantes y dispuestos a lo que hiciera falta por encontrar un lugar donde establecerse.