4. KUTIRA Ocho años después del Desastre #10
Los días siguientes se vivieron en medio de una actividad frenética.
Los primeros en saberlo fueron los hombres de Afareo: antiguos mercenarios como él, ansiosos de volver a la acción.
Incluso el viejo Eunawos, que se había construido un endeble cobertizo en la aldea y se había resignado a ver pasar desde allí los días hasta que le llegara la muerte, se mostró deseoso de acompañar a Afareo.
Eumetas dijo que se corriera la voz, que se enteraran los demás habitantes de la aldea: cuantos más barcos se unieran a la expedición, mejor. Y muchos lo hicieron.
Se fabricaron montones de hachas para poder talar los árboles que serían precisos en la construcción de más barcos.
Pronto la espesa arboleda del sendero se llenó de claros.
Se prepararon provisiones para el viaje.
Los herreros dejaron de fabricar marmitas y se dedicaron a hacer puntas de lanza, espadas, escudos y armaduras; los tejedores emplearon el lino que los agricultores habían plantado en la isla para confeccionar petos; los curtidores hicieron corazas de cuero, tahalíes y aljabas; los carpinteros astas de flechas y lanzas con madera de cedro.
La aldea entera se revolucionó con la idea de invadir Kupirijo.
Eumetas instó varias veces a Afareo a que partiera cuanto antes para empezar a reunir esa gran flota que les sería necesaria en su propósito. Pero él no estuvo de acuerdo.
—Para manejar una espada o disparar una flecha no pediré ayuda jamás, Eumetas, pero soltar discursos no es lo mío.
Y meter en las duras cabezas de mis amigos la idea de tomar la isla de Kupirijo requiere de grandes dotes de persuasión.
Has de ser tú quien lo haga, yo soy incapaz de hablar de la manera en que le hablaste a Kerkios.
Debemos ir juntos: yo les saludaré y tú les convencerás.
Si voy solo fracasaremos antes de comenzar.
En realidad, aún no comprendo cómo lograste persuadir a mi hermano.
No lo creeré hasta verle a bordo de un barco siguiendo nuestra estela.
—Por sus venas corre sangre akhaia —explicó Eumetas con sencillez—, sangre armígera, sangre que hierve con la visión de una batalla.
No es un vulgar mercader de Aššur: es un guerrero de Akhaia.
Y él lo sabe. Yo no le convencí: le ayudé a mirar en su interior, nada más. La respuesta la halló él solo.
Kerkios estuvo lejos de exigir a su tripulación que le acompañara.
No hizo falta: el ambiente en Kutira era de tal efervescencia y el entusiasmo tan contagioso, que por propia voluntad ardían ya en deseos de zarpar rumbo a Kupirijo.
La bahía se pobló de gente ocupada en preparar las embarcaciones, sustituir las maderas viejas por otras nuevas, pintar y calafatear los cascos, comprobar los cordajes, remendar las velas, lijar los remos.
Eumetas se sintió responsable del frenesí general: hacía tiempo que esas gentes, habitantes de la desaparecida ciudad de Puro, no veían en el horizonte nada por lo que luchar y esforzarse.
Ahora habían recobrado la ilusión de vivir, el ansia por la aventura.
Eumetas pensó que, en cierto modo, él les debía eso, y estaba francamente orgulloso de sí mismo.
La última noche las tripulaciones de Afareo y Eumetas se unieron en la bahía para celebrar la travesía y brindar por la futura victoria. Hubo música, Eumetas cantó y bailó, y Afareo bebió hasta caer rendido.
Kerkios prefirió pasar la noche en compañía de Erita. Abrazados sobre el jergón, Kerkios sintió la desnudez del cuerpo de ella junto al suyo.
—Es lo que soy, Erita. No puedo dejar de serlo.
—Y yo soy tu esclava. ¿Puedo yo dejar de ser eso?
El acento de Erita teñía de musicalidad cada palabra pronunciada en el idioma de Kerkios.
—Sabes que no lo eres. Podrías irte ahora mismo si quisieras y no te lo impediría.
—¿Y adónde iría?
—¿Lo harías?
—No.
—Volveré pronto. Y en el futuro se cantarán historias de esta expedición.
—Puede que también se canten de la destrucción de mi ciudad. ¿Debería alegrarme por ello?
—Te prometo que…
—No prometas nada. No tienes que darme explicaciones.
Kerkios calló. Erita tenía razón en lo que decía, siempre solía tenerla.
—Estos últimos días han sido muy extraños —dijo él—. Te he notado distante, pero no te lo reprocho. Sé que soy una persona difícil y contradictoria, y la presencia de mi tío me…
—No hables, por favor. No hables —dijo ella, y se giró para ocultar las lágrimas que afloraban en sus ojos.
Kerkios obedeció de nuevo. Inmerso en su ceguera, no era capaz de ver la razón de la tristeza de Erita.
¿Cómo era posible, se preguntó ella, cómo podía ser que él no se diera cuenta de lo que le estaba sucediendo?
No era solo su partida o que él le hubiera confesado no poder sustraerse a su naturaleza guerrera.
El motivo de su angustia se remontaba ocho años atrás.
En todo ese tiempo ella había logrado enterrar en su memoria lo que sucedió en Toroja, en su Wiluša, la noche que mataron a su esposo y su hijo recién nacido; la noche que el fuego estuvo a punto de devorarla viva si Kerkios no la hubiera tomado en brazos, apagado las llamas de sus cabellos y su vestido con las simples manos, y sacado de la casa incendiada, entregando su cuerpo semiinconsciente a un esclavo para que la llevara a la playa y la subiera a su barco.
Había enterrado el recuerdo de su casa desmoronándose envuelta en llamas, con su familia dentro sin posibilidad de escapar: sus tres hijos, su marido y su suegro, y el joven esclavo que tuvo la suerte de morir el primero empalado con una lanza.
Había enterrado todo eso en lo más profundo de su memoria gracias en parte a los cuidados de Kerkios, partícipe involuntario de su desgracia pero responsable de su salvación, al rescatarla de aquella catástrofe y llevarla a su ciudad, dejando atrás la ruina y destrucción de su familia y de Wiluša.
Había sepultado también, bajo lágrimas y maldiciones, el recuerdo del hombre que mató a su familia, cuyo rostro yacía enterrado y oculto en el abismo más profundo de su memoria.
Un rostro que había vuelto a ver el día que Kerkios recibió la visita de su tío.
Y al hacerlo, todos los horrores del pasado habían regresado a la vida.
La mañana llegó demasiado pronto, pese a que la noche había sido larga. Kerkios se despidió de Erita jurándole, esta vez ella sí le dejó hacerlo, que regresaría pronto.
—Tres lunas, Erita. Tres lunas y volveré, te lo prometo.
Promesa vana, pensó ella, pues nadie podía saber cuánto tiempo se requería para tomar una isla.
Las naves esperaban en la bahía mecidas por las aguas con las velas recogidas en las botavaras.
En la orilla multitud de hombres aún cargaban las bodegas de sus embarcaciones con provisiones y armas.
El cielo estaba cubierto de grandes nubes blancas y grises, y una brisa fresca aligeraba la densidad del ambiente que se respiraba en cada cubierta.
Eumetas, desde la suya, agitó el brazo cuando vio a Kerkios saltar por encima de la regala y subir a su barco.
—¿Todo a punto, Kerkios? —le gritó.
Kerkios asintió sin emoción y pensó en Erita.
Instintivamente se llevó la mano al collar que pendía de su cuello, el colgante de cornalina en forma de medialuna anaranjada que ella le había entregado la noche anterior.
«¿Me protegerá?», había preguntado él con una sonrisa.
«Quizá no, contestó ella», consciente de que en ella la piedra jamás había tenido ese efecto, «pero hará que no me olvides cuando estés lejos».
En la choza, ella recogió de la mesa la copa en la que Kerkios había bebido el último trago de vino antes de partir y el cuenco donde había tomado el último desayuno.
La melancolía la invadió. ¿Qué clase de mundo era ese que les había tocado vivir?
No podía dejar de pensar que Kerkios y todos los demás iban a provocar en otro lugar la misma desgracia que provocaron en su ciudad y en tantos otros sitios.
No evitó entonces ser egoísta: ¿salvaría Kerkios en Kupirijo a otra mujer de morir abrasada por el fuego?
¿La traería a su casa, como hizo con ella?
La vasija del agua estaba vacía y Erita la cogió para rellenarla en la fuente de la aldea.
Fue consciente del error que cometía al martirizarse pensando lo que aún no había sucedido ni probablemente sucedería jamás.
Al igual que había sido capaz de no someterse a las cadenas del pasado, se convenció de que tampoco debía hacerlo con las del futuro, unas cadenas que nadie sino ella misma estaba fabricando.
No, era el presente lo único que debía importarle.
Alegrarse de estar viva y tener a Kerkios junto a ella.
Eso era lo único que contaba. Quizá incluso pudiera darle un hijo y crear una nueva familia.
Se ajustó el velo de esclava sobre la cabeza y abrió la puerta. Se sobresaltó al ver a alguien al otro lado: allí, ocupando todo el vano, estaba Afareo.
—Hola, Erita. He venido a despedirme.
La empujó al interior y cerró detrás de él.