4. KUTIRA Ocho años después del Desastre #9
—Ocupada —respondió secamente. Tomó el ánfora y vertió su contenido en otro ritón, que ofreció a Afareo. Luego cruzó los brazos sobre el pecho y se apoyó contra la pared—. Bien, ya puedes empezar.
Se mojó los labios en el licor y lo paladeó.
—Delicioso. —Hizo una pausa para ordenar sus pensamientos—.
Afareo, he visto tu barco de Akupitija anclado en la bahía.
Estupendo. Y por lo que nos contaste la otra noche, no te faltan arrestos para tomar las armas y vivir de ellas: lo hiciste durante años en el fuerte de Ammonia.
—Afareo comprobó que Eumetas no era tan desmemoriado como pensaba—.
Eso es lo que hace un hombre como yo, vivir de las armas.
Y es lo que hacías tú el tiempo que estuvimos juntos, Kerkios; yo te enseñé y tú disfrutabas, por mucho que ahora parezca que te pese.
En parte lo comprendo: es una vida dura, te juegas el pellejo en cada ocasión y no siempre el esfuerzo es recompensado.
Pero pensar así es comprensible a mi edad, que he pasado hace tiempo de la cincuentena y mi cuerpo ya no es el que era; no a la tuya.
Kerkios pareció a punto de decir algo, pero Eumetas prosiguió.
—Bien, veo que estoy dando rodeos. Afareo, esto es lo que te propongo: unámonos, según habíamos hablado, pero para hacer algo grande.
Como digo, la vida de pirata desgasta mucho: vives en el mar sin pisar tierra firme durante días enteros, los botines son a menudo dignos de ser tirados por la borda junto con quienes los transportan, y además corres el riesgo de encontrarte con el « akhaios de Puro» —guiñó un ojo a Kerkios—, y entonces se acabó el negocio.
—¿A qué te refieres con eso de «algo grande»? ¿Cómo de grande? —se interesó Afareo.
—Tan grande como una isla.
Afareo casi se atragantó.
—¿Te has vuelto loco?
—Quizá, pero es el signo de los tiempos. Vivimos en un mundo loco.
Kerkios no mudó el semblante ni un ápice, pero Eumetas lo conocía lo suficiente como para saber que su cabeza le daba vueltas a todo lo que estaba escuchando. Afareo, de pie hasta ese momento, bebió un trago y se sentó junto a Eumetas.
—Sigue hablando. No estarás pensando en Melos.
—¿Melos? ¿Ese antro de mercachifles de telas y collares?
¿Qué se me ha perdido a mí en Melos? Allí no hay nada que pueda interesarme; los que van a Melos solo lo hacen para ver si pueden cambiar un mirlo por un gorrión, y luego el gorrión por un estornino.
Con suerte quizá consigan una paloma y entonces la cambiarán de nuevo por un par de mirlos.
¿Y qué es lo que sacaría un pirata como yo robando a esos pobres infelices?
Mirlos, palomas, gorriones… Menudo asco.
Kerkios sintió la mirada de Afareo puesta en él.
—Bien, Eumetas —dijo Afareo—: ¿y qué clase de pájaro querrías cazar tú?
—Yo voy a por el águila, Afareo. Y para cazar un águila has de ir donde tiene su nido.
—Por los dioses, has dicho que no darías rodeos. Déjate de águilas y nidos y haz el favor de explicarte —gruñó.
—La riqueza hoy en día, queridos Afareo y Kerkios, no está en el comercio de telas ni vasijas de barro. Ni siquiera en el del grano. Dejad eso para los mercaderes de poca monta que solo aspiran a subsistir y a ser unos miserables toda su vida. La riqueza está en los metales.
—¿El oro?
—¡Ja, ja! En otro tiempo te habría contestado que sí: oro, plata o piedras preciosas como el lapislázuli, el ónix, la turquesa…
Incluso el ámbar tuvo su momento. Pero ya no.
Maldita sea, veo que el vino os afectó a vosotros mucho más que a mí: hablo del metal con el que se fabrican las armas, el bronce.
Y por lo tanto, del cobre y el estaño. ¿Sabéis que para fabricar buen bronce hay que fundir una medida de estaño por cada diez de cobre?
¿Y eso qué quiere decir? Que el cobre es diez veces más necesario que el estaño, lo cual es perfecto porque el estaño es diez veces más difícil de conseguir que el cobre.
No sé de dónde lo traen a nuestras tierras: de allende las montañas del norte, o de los rincones más remotos de las tierras de Ḫ atti, casi siempre en caravanas de camellos o bueyes, cruzando tierras yermas hasta que llegan a algún puerto, como Ura en la región que llaman Tar ḫ untašša , o Ugarit algo más al sur.
Allí minúsculos fletes de estaño se hacen a la mar y alcanzan lugares como Kaptara y Akhaia.
Buscar un cargamento de estaño en el mar es como buscar una pulga en la piel de un oso; no vale la pena.
Por eso el objetivo ha de ser el otro metal de la aleación.
El cobre, muchachos: el cobre es el águila. ¿Qué os parece?
—Que para no caerte bien los comerciantes, hablas como si lo fueras —ironizó Kerkios.
Eumetas sonrió: había conseguido llamar su atención.
—Bien, el cobre es el águila —dijo Afareo—. ¿Y cuál es su nido? —La sonrisa de Eumetas se amplió—. No, no lo creo. Por la Potnia, no puedes estar pensando en…
—Kupirijo, amigo mío. La isla que al otro lado del mar llaman Alašiya. La isla del cobre.
Afareo apuró su ritón, dándose tiempo para asimilar lo que acababa de oír. Luego apeló a la razón.
—Pero Kupirijo es tan grande como Kaptara, ¿cómo vas a tomar una isla solo con tu barco y el mío? Estás loco.
—Y con los barcos de tu padre, Kerkios. Tus barcos.
—Kerkios dio un respingo y quiso decir algo, pero Eumetas aún no había terminado—.
Y los de tus amigos, Afareo. ¿No nos contaste que en Akupitija y Labu conociste a mucha gente que se hizo a la mar, rehuyendo el oficio de mercenario que les ofrecían allí? ¿Podrías encontrarlos?
—Sí, sé dónde recalan muchos de ellos. El problema no es encontrarlos sino convencerles de participar en… esa locura.
—Si alguien puede eres tú, Afareo. Y es la segunda vez que me llamas loco, sobrino. —Se volvió hacia Kerkios y le miró con serenidad, al tiempo que le mostraba su ritón vacío—. ¿Tú qué opinas? ¿También crees que estoy loco?
Kerkios tomó la vasija y le escanció vino.
—Tu ambición no conoce límites, Eumetas. Pero la cuestión no es esa; la cuestión es que me da igual, porque no pienso participar.
—Lo harás, Kerkios, y te diré por qué. De acuerdo, soy ambicioso, pero todos poseemos ambiciones.
¿Qué clase de vida tendríamos sin algo que nos impulsara a seguir adelante?
La mía es tener una isla y la tuya es, Posedao sabrá por qué, mercadear, comprar y vender cosas, ir de aquí para allá con un cargamento en la bodega.
Pero ¿sabes de qué modo he llegado a convencerme de cometer esa locura, como la llama Afareo?
¿Sabes para qué quiero la isla? —Miró en silencio unos instantes a su sobrino—.
Es por ti, Kerkios, para colaborar en tu propia ambición.
Escucha y no pongas esa cara: en este mundo nuestro quien es dueño del cobre tiene el poder, pero con eso no basta.
Es preciso también controlar las rutas comerciales.
Lo primero está en Kupirijo; lo segundo, en nuestros barcos.
Y no me refiero solo al mío, al de Afareo y a los tuyos: hablo de todos esos barcos que pululan por el mar, como lo hago yo mismo, pirateando y rapiñando; barcos errantes sin rumbo que en el fondo hacen lo mismo que tú: sobrevivir como pueden.
No son tan distintos a ti. Y tú y yo no somos tan diferentes, Kerkios.
Eumetas calló un momento para beber. Sabía que si Kerkios no decía nada en ese corto silencio, el triunfo sería suyo.
Se tomó su tiempo, masticó el vino en la boca, lo paladeó y luego lo dejó correr por su garganta.
Jugueteó con el ritón en las manos y un instante después siguió hablando, seguro ya de la victoria.
—Adueñarse de Kupirijo no es una hazaña descabellada: tomar una isla no consiste más que en tomar sus ciudades.
Y tú y yo, Kerkios, tenemos experiencia en eso.
Sabemos hacerlo a la perfección. La isla actualmente está bajo el influjo, no me atrevería a decir control, de los reyes de Ḫ atti, si es que algún rey se sienta aún en aquel trono, cosa que creo que no sucede hace años.
Acabemos con el gobernante títere de turno en Kupirijo y la isla será nuestra.
Ahí te necesito, Kerkios, y a ti también, Afareo, si lo que nos has contado es verdad.
—Puedes jurarlo.
—Bien, porque harán falta muchos más que tres o cuatro barcos.
Y cuando seamos los dueños de la isla y con todas esas naves dominemos el mar, entonces, Kerkios, si así lo quieres te convertirás en el comerciante de cobre más rico y famoso desde levante hasta las remotas islas de occidente, desde las tierras al norte de Akhaia y de Ḫ atti hasta las arenosas playas de Akupitija.
Kerkios bebió sin dejar de mirar a su tío.
—No soy un ingenuo, Eumetas: no haces esto por mí; lo haces por ti.
—Estoy de acuerdo —intervino Afareo—. Pero ¿y qué? La idea me encanta.
—Yo también estoy de acuerdo —confirmó Eumetas—.
Lo hago por mí, tanto como por ti. Y lo hago por los viejos tiempos, que a ti, por mucho que ahora quieras negarlo, no te desagradaban tanto.
El mundo es una fiera que te devora si no te conviertes tú también en fiera.
Mira, Kerkios: yo no tengo la clave para que las cosas vayan bien, para que todos seamos felices y se acaben las miserias.
Nadie la tiene, solo los dioses, y no parece que tengan interés en facilitarle la vida a nadie.
Encender una antorcha en la noche no ayuda a encontrar el camino, tan solo permite descubrir cuánta oscuridad existe a tu alrededor. Se trata de sobrevivir. Solo de eso.
—El mundo es un caos —dijo Kerkios con amargura.
—Desde luego. Y nosotros formamos parte del caos.